Lo que mi mujer hizo en la playa casi vacía
Carla y yo habíamos decidido escaparnos un día a la playa, solo una jornada, aunque todavía no era verano. Queríamos aprovechar que iban a dar buen tiempo y huir un rato de la rutina.
—La verdad es que se está de maravilla —dijo mi mujer dejándose caer sobre la arena.
—Sí, está muy tranquila —añadí, mirando la orilla.
Al no ser temporada alta, la playa estaba casi desierta. Apenas tres o cuatro parejas repartidas y un par de grupos de chicos jóvenes a lo lejos. El sonido del mar lo llenaba todo.
—Voy a ver si cojo un poco de color —dijo Carla quitándose la parte de arriba del bikini y acomodándose boca abajo sobre la toalla.
—Me parece perfecto —respondí, dándole un pellizco suave en un pecho.
Estuvimos un buen rato sin cruzar palabra, relajados, cada uno perdido en sus pensamientos, hasta que su voz me sacó del ensimismamiento.
—¡Anda, no me lo puedo creer! —exclamó de pronto.
—¿Qué pasa? —pregunté incorporándome.
—Esos dos trabajan conmigo —dijo señalando con disimulo a dos chicos que caminaban por la orilla.
Eran dos jóvenes que avanzaban charlando tranquilamente con los pies en el agua. Uno de ellos, el más alto y moreno, giró la cabeza dos veces hacia nosotros y enseguida levantó la mano en señal de saludo. Carla correspondió, y los dos cambiaron el rumbo hacia nuestras toallas.
—Vaya casualidad —murmuró ella volviéndose a poner el sujetador a toda prisa.
Cuando llegaron pude observarlos mejor. El moreno era alto, con cuerpo de gimnasio; el otro, rubio, algo más bajo que yo y delgado, con cara de buen chico.
—¿Qué tal, jefa? —preguntó el moreno con una sonrisa.
—De escapada —contestó mi mujer.
—Hasta en los días libres nos tenemos que cruzar —dijo él riéndose.
—Ya ves —respondió Carla.
Ella se levantó para darles dos besos y yo me incorporé para estrecharles la mano.
—Estos son Bruno e Iván, trabajan conmigo —me los presentó señalando primero al moreno y después al rubio.
—Íbamos ahora mismo a la tienda de ahí a por bebida —dijo Bruno—. ¿Os traemos algo?
—Nosotros pensábamos ir luego, pero si nos traéis unas cervezas, se agradece —contestó Carla con naturalidad.
—Hecho, jefa —respondió el moreno.
Los chicos se alejaron hacia el chiringuito y nos dejaron otra vez solos.
—Cómo los manejas, jefa —le solté con sorna.
—Qué tonto eres —contestó riéndose.
—Oye, ¿ese es el Bruno del que alguna vez me has hablado, el que te pone un poco cachonda? —pregunté entrecerrando los ojos.
—Sí —respondió mirando la arena.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Pero si es un crío —dije sin dejar de reír.
—No me dirás que no está bueno —replicó ella.
—El chico está bien —admití asintiendo con la cabeza.
—Pues eso —añadió poniendo cara de enfurruñada, pero con media sonrisa.
Seguimos hablando un rato de su trabajo y de tonterías hasta que los vimos volver. Traían una nevera de corcho de esas grandes, y por cómo caminaba Bruno parecía que la habían llenado bien.
—Hemos traído cerveza de sobra para todos —dijo dejando la nevera en la arena.
—Gracias —contestó mi mujer con una sonrisa coqueta que no se me pasó por alto.
Abrieron la nevera y todos nos servimos.
—¿Os importa si nos sentamos un rato? —preguntó Iván, que hasta entonces no había abierto la boca.
Carla me miró y yo asentí.
—Claro, sin problema —respondí.
Confieso que tenía curiosidad por ver cómo era la relación de mi mujer con sus compañeros, y más siendo tan jóvenes. Los dos se acomodaron en la arena y empezamos a charlar.
—Venga, contadme algún cotilleo del trabajo —dijo Carla abriéndose otra cerveza.
—No hay mucho que contar, jefa —respondió Bruno.
—A ver, ¿quién se lía con quién? —insistió ella incorporándose un poco.
Los dos chicos se miraron y soltaron una sonrisa cómplice.
—¿Con quién te has liado tú, Iván? —preguntó al rubio.
—Con Lucía —respondió tras pensárselo un par de segundos.
—Pero Lucía tiene novio, ¿no? —preguntó Carla.
—Sí —admitió él.
Volvieron a mirarse y se rieron.
—Con lo tímido que pareces —añadió mi mujer.
—Solo fue un rollo, no llegamos a más —se justificó.
—¿Y tú, Bruno? —volvió a preguntar.
—Eso no te lo puedo contar, jefa —respondió él con media sonrisa.
—¿Por qué no? —insistió ella.
El moreno se quedó pensando unos segundos y buscó la mirada de su amigo.
—Cuéntaselo —lo animó Iván—. Sabes que Carla es enrollada.
—Me lié con Patricia —soltó al fin.
Patricia era la superiora de Carla, su jefa directa, con la que tiempo atrás nosotros habíamos tenido un trío.
—Pero si es de mi edad —exclamó mi mujer.
—¿Y qué? —respondió el chico encogiéndose de hombros.
En ese momento, quizá fueran imaginaciones mías, pero esa respuesta no le gustó nada a Carla. Yo sabía que Bruno la ponía un poco caliente, lo habíamos comentado alguna vez, y me pareció ver un atisbo de celos cruzarle la cara.
—Yo también me la he tirado —solté de golpe, casi sin pensar.
—¡Andrés! —exclamó mi mujer en tono de regañina.
—¿Qué? Los chicos se están sincerando, lo justo es que nosotros también —me excusé guiñándole un ojo.
En ese cruce de miradas apareció esa complicidad que tenemos Carla y yo, esa forma de entendernos sin decir una sola palabra. Supe que estábamos ante una de esas ocasiones en las que podía empezar una de nuestras pequeñas aventuras.
—¿Os gustan las maduritas? —les preguntó ella a los chicos.
—A mí sí —respondió Bruno enseguida.
—Yo nunca he estado con una, pero me gustaría —añadió Iván.
Carla se rió con picardía.
—Una pregunta, Andrés —dijo Bruno—. ¿Lo de Patricia fue antes de estar con Carla?
—Hicimos un trío —se adelantó a responder mi mujer.
—Qué envidia —exclamó el moreno.
—Si tú también te has acostado con ella —le recordé.
—Ya, pero no con las dos a la vez —añadió sin medir bien sus palabras.
Noté cómo se le encendieron las orejas en cuanto lo dijo delante de Carla. Las cervezas ya nos estaban soltando la lengua a todos.
—No imaginaba que fueras tan liberal, Carla —dijo Iván rompiendo el silencio incómodo.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—No sé, siempre tan recta en el trabajo, tan seria.
—En el trabajo tengo que serlo. En mi vida soy mucho más divertida —respondió con una risita.
Vi cómo esbozaba media sonrisa. Le estaba gustando la situación, así que decidí echarle un cable para ver por dónde iban las cosas.
—¿Os parece atractiva mi mujer? —pregunté a bocajarro.
Los chicos se miraron sin decir nada. Supuse que mi presencia los intimidaba un poco, porque a mí no me conocían de nada.
—Sed sinceros —dije para aflojar la tensión.
—Sí —respondió Iván con timidez.
—Mucho —dijo Bruno, más directo.
Carla soltó una risilla y, apoyando las manos en la toalla, gateó hasta ellos para darles un beso en la mejilla a cada uno.
—En el fondo sabéis que sois mis niños favoritos —dijo acariciándoles levemente el pecho.
Volvió a su sitio y se puso a rebuscar en la bolsa de playa.
—Voy a echarme crema, que al final el sol pega y me quemo —dijo sacando el bote.
Empezó a extenderse la crema por los brazos, por las piernas, todo ante nuestra atenta mirada. Entonces decidí encenderme un cigarro, anticipándome a lo que veía venir.
—¿Me das crema en la espalda, papi? —me pidió.
—¿Justo ahora que me acabo de encender el cigarro? —contesté mirándola a los ojos.
Ella captó el gesto al instante y me devolvió una sonrisa de complicidad.
—¿Pues me la echas tú, Bruno? —le ofreció el bote al moreno.
—Claro, jefa —respondió él acercándose.
Carla se puso de espaldas a los dos y se desató el bikini, sujetándose la parte de delante con las manos para que no se cayera del todo. Bruno empezó a extenderle la crema con dedicación, deleitándose en recorrerle la espalda con las palmas.
—Por los lados también —dijo ella, y muy despacio dejó caer a un lado la parte de arriba del bikini mientras levantaba los brazos.
El chico continuó deslizando las manos por sus costados, rozando casi sus pechos sin llegar a tocarlos.
—Qué gustito —murmuró Carla soltando un suspiro y mirándome de reojo.
Al instante le agarró las manos a Bruno y se las llevó directas a los pechos. El chico se quedó paralizado unos segundos, con las palmas plantadas sobre ella.
—Joder, jefa —exclamó antes de empezar a acariciarla.
Carla se rió con malicia, y su siguiente movimiento fue meter la mano dentro de mi bañador y empezar a acariciarme, dejando muy claras sus intenciones.
—Ven aquí, Iván —dijo con un tono que no admitía discusión.
El rubio obedeció sin rechistar y se plantó de rodillas frente a ella.
—Bésame, guapo —le ordenó acariciándole la cara.
Iván no se lo pensó. Yo miré alrededor: el sol caía y apenas quedaba nadie en la playa, lo que facilitaba el juego que mi mujer acababa de iniciar.
—Quiero que me acariciéis los dos —dijo Carla con firmeza, y los chicos obedecieron sin dudar.
Para mí la escena no podía ser más morbosa. Ver cómo jugaba con esos dos chicos que cumplían a pies juntillas todo lo que les pedía me resultaba tremendamente excitante.
—Muy bien, chicos —dijo ella en tono mandón, soltando otro suspiro.
Lo que más me ponía no era la piel, ni las manos sobre su cuerpo semidesnudo. Era su cara. Saber que lo estaba disfrutando más que nadie.
—Parad —dijo de pronto.
Los chicos se quedaron petrificados, y confieso que yo también. No tenía ni idea de qué pasaba por su cabeza en ese instante.
—Quitaos el bañador —ordenó.
Ambos se miraron y negaron rotundamente con la cabeza.
—¿Seguro? —insistió ella sacándome el sexo del bañador y empezando a masturbarme—. Luego me desnudo yo —añadió, llevándose la otra mano a la entrepierna para acariciarse por encima de la braguita.
Vi el deseo cruzar los ojos de los dos. Estaba claro que, por mucha vergüenza que tuvieran, iban a ceder. Y así fue. Se levantaron y en cuestión de segundos se quedaron desnudos delante de ella.
—Parece que en el fondo lo estabais deseando —dijo Carla riéndose al verlos ya completamente excitados—. Lo prometido es deuda.
Se puso de pie frente a ellos y empezó a desatarse la braga del bikini muy despacio, a escasos centímetros de sus caras, hasta quedarse desnuda. Giró la cabeza hacia mí y vi la lujuria en sus ojos. No hizo falta nada más: un guiño mío bastó.
—¿A qué esperáis? —dijo de nuevo, abriendo los brazos.
Dudaron un par de segundos, pero al final Bruno, más lanzado, se acercó y empezó a recorrerle el cuerpo con las manos.
—Qué buena estás, jefa —exclamó agarrándole los pechos.
Casi al instante Iván se colocó por detrás y le acarició el culo.
—Muy bien, chicos —dijo ella girando la cara hacia mí con una sonrisa.
Los dos continuaron acariciándola, besándole el cuello y la espalda. Carla solo les sonreía con picardía mientras me lanzaba alguna mirada furtiva.
—¿Te apuntas, papi? —me preguntó en una de esas miradas.
La situación me estaba excitando muchísimo y habría participado de buena gana. Sin embargo, pensé que si me metía, los chicos se sentirían incómodos; seguían mirándome de reojo cada poco, comprobando que yo no reaccionara de mala manera. Y, por la cara de Carla, lo último que quería era estropearle el momento.
—No, mami, no quiero cortaros el rollo —dije guiñándole el ojo—. A la próxima.
—Vale —respondió ella con una risita, entendiendo perfectamente.
Entonces su gesto cambió. Les agarró una mano a cada uno y se las guió hasta su entrepierna. En cuanto los dos empezaron a acariciarla, ella respondió masturbándolos a la vez, uno con cada mano. No pude evitar reírme por lo bajo: mi mujer se había puesto en modo loba.
—Soy toda vuestra, entonces —dijo volviendo la cara hacia ellos.
Esas palabras les dieron alas. Las manos de los dos casi se peleaban por tocarla, coincidiendo a veces los dedos en su interior. Carla empezó a gemir, sintiendo el morbo de esas cuatro manos sobre su cuerpo.
—¿Te gusta? —le preguntó Iván, que parecía haber perdido del todo la timidez.
—Mucho —jadeó ella—. No paréis hasta que me corra.
Se dejó llevar por completo. Empezó a masturbarlos con más intensidad, y los chicos soltaban pequeños gemidos mientras el cuerpo de mi mujer se estremecía de vez en cuando.
—Joder, jefa, estoy a punto —avisó Bruno al cabo de unos minutos.
—Yo también, no paréis, por favor —suplicó ella.
Los instantes siguientes fueron el culmen de todo lo que estaba presenciando. En apenas un momento, la espalda y los pechos de Carla recibieron la descarga de los dos. El morbo que vi en sus ojos al sentirse marcada por ellos fue lo que la llevó al orgasmo, con un gemido tan fuerte que tuvo que sujetarse al cuerpo de Bruno para no caerse.
—Muy bien, chicos —dijo cuando recuperó el aliento, como una felicitación.
Se incorporó, se miró el cuerpo y esbozó una enorme sonrisa.
—Creo que me voy a dar un baño —anunció encaminándose hacia el mar.
Los tres nos quedamos mirando cómo esa mujer increíble se alejaba desnuda mientras el sol terminaba de ponerse sobre el agua. Y yo, con el cigarro consumido entre los dedos, supe que esa no sería la última de nuestras pequeñas aventuras.





