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Relatos Ardientes

La noche que espié a mi padre con mi mejor amiga

Aquella tarde de vacaciones empezó como cualquier otra, con el calor pegado a la piel y las horas estirándose sin nada que hacer. Yo seguía dándole vueltas a lo que me había pasado días atrás en la playa, a aquel desconocido y a la mezcla de descaro y deseo que me había dejado temblando. Por eso, cuando me vibró el móvil y vi el nombre de Bianca en la pantalla, sonreí. Después de aquel juego nuestro que se nos había ido de las manos, las cosas habían quedado raras entre las dos, y la echaba de menos.

Me mandaba memes tontos, como antes, buscando conversación como si nada hubiera pasado. Aproveché el impulso y la invité a casa a pasar la tarde. A eso de las seis apareció en la puerta con un top de tirantes y un short, y yo con una camiseta holgada y el pantalón de andar por casa. Nos tiramos en el sofá del salón, puse el canal de cine y dejamos la película de fondo. Ni recuerdo cuál era. Lo único que hacíamos era hablar.

—¿A que no sabes dónde estuve el otro día? —le solté, muerta de ganas de contárselo.

—Ni idea. Dame una pista.

—Cogí el autobús sola y me fui a la costa.

—¿Tú sola? Eso es nuevo. ¿Y qué pasó?

—Me puse cerca de una pareja y, sin querer, el chico empezó a mirarme tanto que se montó una bronca entre ellos. Ella acabó largándose.

—No me lo creo. ¿Y luego?

—Luego él se acercó cuando me estaba dando un baño. Una cosa llevó a la otra y terminamos en las casetas de la playa. —Hice una pausa solo por el gusto de verle la cara—. Me metió la polla hasta el fondo dos veces, sin sacármela entre corrida y corrida. El tío sabía follar. Me abrió de piernas contra la madera, me chupó el coño hasta que le supliqué que me metiera la verga, y me acabó llenando la boca de semen para que no gritara.

—Eres una guarra —se rió, tapándose la boca—. Qué suerte. Yo, desde que lo dejé con Marcos, nada de nada. Tengo el coño más seco que el desierto.

Y vaya si surgió algo, pensaría después. Pero esa tarde aún no lo sabía.

Seguimos charlando de cosas sin importancia, de Diego, su último novio, del descanso en el que estaban, de los tres tíos con los que había estado mientras tanto. Le dije lo de siempre: que entre nosotras no pasaría nada que ella no quisiera, que la quería igual. Nos dimos un abrazo largo y dejamos el tema enterrado. Cuando miré el reloj, eran ya las ocho.

—Joder, qué tarde. ¿Te quedas a dormir? Como en los viejos tiempos.

—Vale, me apetece. Espera que avise en casa.

***

Nos pusimos a preparar la cena y esperamos a que llegara mi padre. Cuando entró por la puerta y la vio en la cocina, se quedó parado un segundo. Hacía años que Bianca no se pasaba por casa tan tarde, y él no coincidía con ella desde que las dos éramos unas crías.

—¿Tú eres Bianca? —preguntó.

—La misma, señor Ricardo.

—Pero bueno, cómo has crecido. La última vez eras así de pequeña. —Y movió la mano a la altura de la cintura.

—Algo he crecido, sí —se rió ella.

—Lo suficiente como para no reconocerte por la calle. —Le pedí que la dejara quedarse a dormir y aceptó sin problema, con esa tranquilidad suya de hombre cansado al que ya nada le sorprende.

Mi padre trabajaba de lunes a sábado y apenas paraba en casa más que para cenar y dormir. Salía a las ocho de la mañana a hacer el reparto de suministros por toda la zona de la costa. Llevaba separado varios años y, desde el divorcio, nunca lo vi con otra mujer. Era un hombre de cuarenta y ocho años, fornido, con una barriga que empezaba a asomar y un pelo que todavía aguantaba aunque ya daba señales de rendirse. No era el típico hombre que arrasara entre las mujeres. Pero tenía un aire de autoridad tranquila, esa seguridad que solo da haber vivido lo suficiente.

Cené entre los dos, yo a su lado y Bianca enfrente. La conversación fluía sobre el centro comercial que iban a construir cerca de la ciudad, pero yo apenas atendía. No podía dejar de fijarme en cómo le sentaba a mi amiga ese top, en cómo el escote dejaba intuir el tamaño de sus tetas. Días atrás las había tenido entre mis manos, bajo el agua, en aquel juego que se nos fue de las manos: le había chupado los pezones hasta ponérselos duros como piedras, se los había mordido con ganas mientras ella me metía dos dedos entre las piernas. El recuerdo me calentó la cara y me humedeció las bragas.

Entonces giré la cabeza hacia mi padre y descubrí que su mirada apuntaba exactamente al mismo sitio que la mía. Le di un codazo disimulado para que lo dejara. Me molestó. ¿Cómo podía ser tan descarado? Bianca era la mejor amiga de su hija, tenía mi edad, la había visto crecer. Y aun así no podía apartar los ojos de aquel escote. Por suerte, pensé, ella no se daba cuenta.

***

Después de cenar, mi padre se fue a ver la tele al salón y nosotras recogimos y subimos a mi cuarto. Le preparé la cama supletoria y le presté un pijama mío: una camiseta holgada y un short deportivo. Nos acostamos y me quedé dormida enseguida.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me desperté. Lo primero que noté fue que la cama de Bianca estaba vacía. Pensé que la cena le habría sentado mal y salí a buscarla al baño. Pero, según avanzaba por el pasillo, empecé a oír unos susurros que venían de la cocina. Solo podían ser ellos dos; no había nadie más en la casa. Me detuve antes de llegar a la puerta, pegué la espalda a la pared y contuve la respiración. Desde ahí lo escuchaba todo.

—Enterarme de esa forma me dolió muchísimo —decía ella.

—Los chicos a esa edad solo piensan en una cosa.

—Ya, pero no me esperaba que él también me engañara.

Hablaban de la ruptura de Bianca. El imbécil de Diego le había sido infiel y, al intentar escribirle a la otra, se equivocó y le mandó el mensaje a ella. La segunda vez que le pasaba algo así, contó con la voz rota.

—Eso depende de cada uno —dijo mi padre—. Yo jamás engañé a la madre de mi hija. Ella, en cambio, sí.

Por eso me vine a vivir con él, pensé yo desde el pasillo. Mi madre se había acostado con su jefe, y cuando lo supe corté con ella y me quedé con mi padre.

—No entiendo cómo le hacen eso a una chica tan guapa como tú —siguió él.

—Lo dices para que me sienta mejor.

—Lo digo en serio.

—Y más viniendo de ti, que tienes experiencia.

—Oye, gracias por llamarme viejo —se rió.

—No era eso. ¿Te puedo preguntar una cosa? —La voz de Bianca cambió, se volvió más baja—. ¿Alguna vez has estado con alguien mucho más joven? De mi edad, por ejemplo.

—No debería contarle esto a la mejor amiga de mi hija —dijo él tras un silencio—. Pero, ya que lo preguntas, desde que lo dejé con su madre no he vuelto a estar con nadie.

—¿Y no lo echas de menos? ¿No echas de menos meterle la polla a una mujer y correrte dentro?

—Claro que sí, joder. Pero entre el trabajo y mi hija, nunca surgió la ocasión.

—Las ocasiones aparecen cuando menos te lo esperas.

El corazón me latía a toda velocidad. ¿De verdad mi mejor amiga estaba intentando seducir a mi padre? Y si lo hacía, ¿iba yo a impedirlo? Lo dudaba. Algo en mí, alguna parte que no quería reconocer, quería ver cómo terminaba.

—A los hombres de mi edad ya no se nos empalma como antes —dijo él, fingiendo modestia.

—¿Ah, no? Pues en la cena bien que me mirabas las tetas. Y con ganas de sacármelas y chupármelas.

—No te equivocas —admitió.

Siguió un silencio espeso, perturbador. No sería capaz de... La curiosidad pudo conmigo. A riesgo de que me descubrieran, asomé un ojo por el filo de la puerta. Mis sospechas eran ciertas. Bianca tenía la camiseta levantada hasta los hombros, sin sujetador debajo, las dos tetas al aire, los pezones ya erguidos, y mi padre la miraba como si no se creyera lo que tenía delante. Volví a esconderme, con la espalda contra la pared y el pulso golpeándome en el cuello.

—Madre mía —murmuró él—. Qué tetas tan bonitas.

—¿Te gustan o no?

—Gustar es poco. Me la están poniendo dura como hacía años que no.

—Ven. Tócalas. Chúpamelas. Quiero sentir tu boca en los pezones.

No hizo falta que volviera a asomarme para saber lo que pasaba. Lo oía todo: los suspiros contenidos, la respiración pesada de mi padre, el ruido húmedo de su lengua sobre la piel de Bianca, los pequeños quejidos de ella cuando él apretaba demasiado o le mordía los pezones.

—Qué suaves, joder... y qué duros los tienes. Se ponen enormes cuando los chupo.

—Aay, con cuidado, que me los muerdes.

—Es que me pones burro. Me dan ganas de comértelos enteros.

—Sigue, sigue así... con la lengua. Aay, qué gusto.

—Ya veo que tú también estás caliente. Se te marcan las bragas.

—Chorreo desde la cena —confesó ella—. Cada vez que te miraba se me escurría por los muslos.

Se me erizó todo. La oí gemir bajito y me imaginé la escena entera al otro lado de la pared: mi padre con la boca pegada a esas tetas que yo también había chupado, mordiéndoselas como un animal hambriento, la mano metida ya bajo el short deportivo, dos dedos buscándole el coño empapado. Me apreté los muslos sin querer y noté que yo también estaba mojada.

Aquello me superaba. Estaban a punto de follar con su hija durmiendo a unos metros. O eso creían ellos.

—Mejor paramos —dijo Bianca de pronto, recuperando algo de cordura—. Tu hija podría pillarnos.

—Si está dormida, no la despierta ni un terremoto.

—Déjame ir a comprobarlo.

—Como quieras. Te espero en el salón, allí estaremos más cómodos y te la meto en condiciones.

***

Salí disparada hacia mi cuarto sin hacer ruido. Me metí en la cama y me hice la dormida justo a tiempo. Oí los pasos de Bianca acercándose. Se detuvo a un palmo de mí y se quedó quieta, mirándome. ¿Qué estará pensando?, me pregunté con los ojos cerrados y el cuerpo en tensión. No me dio tiempo a responderme: la oí alejarse y cerrar la puerta con cuidado.

Esperé un poco, lo justo, y entonces me levanté. No pensaba perdérmelo. Avancé descalza por el pasillo y me asomé al salón desde el umbral, oculta en la sombra. La función ya había empezado sin esperarme.

Mi padre estaba en el sillón, con las piernas abiertas y el pantalón por los tobillos, la polla dura, gruesa y venosa apuntando al techo. Bianca, arrodillada delante de él, ya se la tenía metida hasta el fondo de la garganta. Se la chupaba con un ansia que nunca le había visto: la sacaba lentamente, dejando un rastro brillante de saliva por todo el tronco, y volvía a tragársela entera hasta que los labios le tocaban los pelos del pubis. La cabeza le subía y bajaba con un ritmo obsceno, y cada vez que llegaba al fondo se le escapaba un gorjeo ahogado, como si se estuviera atragantando de gusto.

Estaban tan concentrados que, salvo que se giraran de golpe hacia su derecha, jamás me descubrirían en aquel rincón oscuro. Me quedé inmóvil, sin atreverme casi ni a respirar, sintiendo cómo el calor me subía por todo el cuerpo y me bajaba una mano hacia las bragas sin poder evitarlo.

—Qué bien la chupas —le decía mi padre, recogiéndole el pelo con una mano para verle mejor la cara y la boca llena—. Se nota que has tenido con quién practicar. Mira cómo entra, joder, cómo se te mete entera.

Ella ni contestó. Estaba demasiado ocupada con la boca llena. Sacó la polla un momento, se la escupió encima y le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, chupándole el glande como si fuera una piruleta. Luego se la volvió a meter entera, apretando los labios alrededor del tronco, y le agarró los cojones con una mano mientras con la otra le masajeaba la base.

—Así, guarra, así... mámamela toda. Métetela hasta el fondo. —Mi padre le empujaba la cabeza con las dos manos, hundiéndosela hasta que a ella se le saltaban las lágrimas—. Como sigas así me voy a correr en tu boca. Para, para, que quiero follarte primero. Luego te dejo terminar y te trago todo lo que sueltes.

Su voz tenía un peso de autoridad al que Bianca obedeció al instante. Sacó la polla de la boca con un plop húmedo y se quedó de rodillas, esperando, con un hilo de saliva colgándole del labio hasta el pecho, como si le hubieran quitado un caramelo de la boca.

—Así me gusta. Ahora levántate y acércate.

Él se incorporó y dejó el pantalón en el suelo. De pie, frente a frente, los dos se miraban con una tensión que se podía cortar. Fue mi padre quien tomó la iniciativa. Le agarró la camiseta y se la sacó por la cabeza despacio, dejándola casi desnuda. Sus manos bajaron entonces por el cuello, recorrieron la curva de sus tetas, se las apretó de nuevo, le pellizcó los pezones hasta que ella soltó un quejido, descendieron por el vientre y las caderas hasta el borde del short. Metió los pulgares a cada lado y, de un solo tirón, se lo bajó hasta los tobillos junto con las bragas. Bianca quedó completamente desnuda, a su merced, el coño depilado brillando de humedad bajo la luz del salón.

—Así estás mucho mejor —murmuró él, pasándole un dedo por la raja empapada—. Bendita juventud. Todo en su sitio. Y qué mojada estás, joder, me estás chorreando en la mano.

—No eres el único que está firme aquí —respondió ella, cogiéndole la polla con la mano y masturbándosela despacio—. Menuda verga tienes, no me esperaba semejante trozo.

Mi padre la empujó contra el brazo del sillón, la dobló hacia adelante y le abrió las piernas de una patada suave. Se agachó detrás de ella y le hundió la cara entre las nalgas. Oí perfectamente el ruido de la lengua trabajando ese coño, los lametazos largos y golosos, los gemidos ahogados de Bianca cada vez que él le atacaba el clítoris. Le comió el coño con el hambre de quien lleva años sin probar uno, hasta que ella empezó a temblar y a empujar el culo contra su cara pidiendo más.

—Métemela ya, por favor —suplicó ella—. No aguanto más, fóllame de una vez.

Mi padre se incorporó, se agarró la polla y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, mientras Bianca se agarraba al respaldo del sillón. Cuando entró entera, ella dejó escapar un gemido largo y grave que me traspasó de arriba abajo. Yo tenía dos dedos metidos en el coño desde hacía rato, sin darme cuenta.

—Qué apretada estás, hostia —jadeó él, agarrándola por la cintura—. Vas a hacer que me corra en dos embestidas si te sigues moviendo así.

Empezó a follársela por detrás, con embestidas cada vez más rápidas y profundas. Se oía el chasquido húmedo de las caderas contra el culo de Bianca, sus tetas balanceándose de adelante atrás con cada golpe, y los jadeos entrecortados de los dos llenando el salón. Mi padre le dio una nalgada seca que sonó como un latigazo, y luego otra, y Bianca gritó más fuerte, empujando el culo hacia atrás para recibir la polla entera.

—Más fuerte, joder, más fuerte, así, así...

—¿Te gusta cómo te la meto? ¿Te gusta que te folle el padre de tu amiga?

—Sí, sí, no pares... rómpeme el coño, dámelo todo...

Lo que vino después lo recuerdo en fogonazos, porque yo apenas podía pensar. Mi padre la agarró por los muslos, justo debajo de las nalgas, y la levantó del suelo con la polla todavía dentro. Bianca se enganchó a su cuello y le rodeó la cintura con las piernas. Él la sostuvo en el aire y empezó a subirla y bajarla sobre su verga como si no pesara nada, embistiéndola con la cadera al mismo tiempo. Cada vez que la dejaba caer, ella soltaba un gemido ronco que se le quebraba en la garganta. Apenas aguantaron un minuto en esa postura imposible antes de desplomarse los dos en el sillón, ella encima, la polla clavada hasta el fondo.

—Ahora me toca a mí —dijo Bianca, sin aliento.

Empezó a moverse sobre él, subiendo casi hasta el final —dejando ver la polla brillante y empapada de flujo asomando entre sus muslos— y dejándose caer de golpe una y otra vez. Se oía el chapoteo del coño ensartándose una y otra vez, el ruido húmedo del sexo trabajando a fondo. Mi padre aprovechó para volver a aquellas tetas que ahora tenía a su disposición; se las llevaba a la boca por turnos, se las chupaba entera, le pellizcaba los pezones entre los dientes. Las caricias se convirtieron en apretones brutales, los besos en mordiscos, según el ritmo de ella se aceleraba. Los jadeos de Bianca inundaban el salón, cada vez más agudos, más descontrolados.

—Me corro, joder, me corro ya... —empezó a temblar entera, con la cabeza echada hacia atrás—. Ay, ay, ayyy... méteme la polla hasta el fondo, no salgas, no salgas...

Yo seguía clavada en el umbral, incapaz de moverme, con la mano metida por dentro del pantalón y tres dedos entrándome y saliéndome del coño al mismo ritmo que la polla de mi padre entraba y salía del de Bianca. Atrapada entre la vergüenza y algo mucho más difícil de admitir, ahogué mi propio gemido contra el hombro para no delatarme.

Cuando llegó al orgasmo, ella se quedó temblando, derrumbada sobre el pecho de mi padre, con la polla aún dentro, contrayéndose alrededor de ella. Le susurró algo al oído que yo nunca llegaría a saber. Y entonces se incorporó, se giró y su mirada se cruzó de lleno con la mía.

Me había descubierto.

No se inmutó. No apartó los ojos, no se tapó, no dijo nada. Al contrario: sin dejar de mirarme, se deslizó de nuevo hasta el suelo, se arrodilló entre las piernas de mi padre y volvió a su caramelo con una lentitud deliberada. Le sacó la polla goteando de su propio flujo y se la metió en la boca hasta la garganta, chupándosela entera, tragándose todo lo que ella misma había dejado, sin dejar de mirarme ni un segundo. Le lamió los huevos, le pasó la lengua desde la base hasta la punta, se metió el glande hinchado hasta el paladar y aceleró el ritmo. Todo dedicado por entero a mí.

Vi cómo mi padre echaba la cabeza hacia atrás, cómo le agarraba el pelo con las dos manos, cómo le empujaba la cara contra el pubis en el último momento. Oí perfectamente el gemido ronco con el que se corrió en la boca de mi mejor amiga, y vi cómo ella se lo tragaba todo sin perder una gota, con los ojos clavados en los míos.

Continuará…

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Comentarios(7)

pibe_sur

dios mio que comienzo... no pude dejar de leer. Necesito la segunda parte ya!!!

Tatiana_Bnos

Que situacion tan intensa. Me dejo sin palabras, muy bien narrado, se siente real.

MarisolMDZ

increible!!!

Rocio_Valle

Me encanto como describiste ese momento de quedarse congelada sin saber que hacer. Tenes mucho talento, seguí escribiendo.

NocheSinSueño

jajaja yo en tu lugar hubiera salido corriendo sin mirar. Buen relato, engancho desde el primer parrafo

DiegoMdq

se hizo cortisimo, queremos mas capitulos por favor!!

LunaLectura

Las sorpresas que nos da la vida... Excelente relato, me genero muchas emociones encontradas.

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