Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi marido quería que todos me vieran desnuda

El domingo, mientras desayunábamos, le pregunté a Damián por qué le había soltado a Hugo aquella trola del plug anal. Lo que más me reventaba no era el invento, sino que el muy crédulo se lo hubiera tragado enterito.

—Le dije que habíamos visto unos vídeos de chicas que lo llevan puesto por la calle —contestó sin levantar la vista de la tostada—. Y otras paseando con un huevo metido.

—Menuda excusa —resoplé—. Hugo ya sabe de sobra cómo soy. ¿En serio se lo creyó?

—Del todo. Por eso pensaba la otra noche que lo tenías tan abierto. —Se reía solo—. Hasta le dije que te iba a comprar uno con lucecita y mando a distancia.

—Serás cabrón. Ni que tuvieras rayos equis en los ojos. Estaba medio a oscuras, no se veía nada.

Lo peor es que la idea me hacía gracia.

Al poco tiempo tenía un cajón con un juguete de cada tamaño, incluso uno grande que se pegaba al suelo con una ventosa. Pero no quiero adelantarme. Esa mañana Damián propuso volver a la zona donde habíamos estado con Hugo la noche anterior, junto al río. Cogí una mochila pequeña: tabaco, móvil, agua y toallitas. Ya me imaginaba cómo iba a terminar el paseo, y no pensaba volver a casa con la pringue pegada hasta el coche.

Me puse unas mallas, una camiseta blanca de tirantes y otra de manga corta encima, para disimular que iba sin ropa interior. En el coche me preguntó si pasábamos a buscar a Hugo.

—¿Quieres que me vea el culo de día? —le dije—. Vamos, si tanto te apetece.

***

Nos abrió la madre de Hugo. Dijo que su hijo seguía acostado, pero que entráramos a preguntarle. Damián lo llamaba y él no hacía amago de levantarse; se notaba a la legua que se hacía el dormido. Lo zarandeó un rato, incluso me obligó a bajarme las mallas para enseñárselo.

—Mira, Hugo, que viene Marina preparada para que la disfrutes otra vez —decía, girándome para que se viera todo bien. Le cogió la mano y la pasó un par de veces por mi sexo, pero Hugo ni se inmutó.

—Déjalo, si no quiere venir que se quede —corté yo, ya un poco picada.

Al salir, la madre comentó que había llegado a las siete de la mañana. Nosotros lo habíamos dejado sobre las tres. Subimos al coche con la mosca detrás de la oreja: a esas horas el muy listo se había ido a verse con alguien, seguro. Llegamos a la explanada, aparcamos y, cruzando el puente, Damián volvió a la carga.

—Anda, ponte en un lado, que te hago unas fotos para que Hugo vea lo que se ha perdido.

Me aparté del camino y me subí la camiseta.

—¿Así te vale, cabrón?

Tenía que valerle, porque me disparó media docena. Luego me pidió que me bajara las mallas, que ya me había visto en su casa y sabía que iba sin bragas. Me hizo posar de frente, de espaldas, de lado para que las tetas colgaran, sujetándomelas con las manos. Después quiso un primer plano abriéndome con los dedos.

—¿Te gusta así? —le pregunté, con el cigarro en la otra mano.

—Qué guarra eres, cariño. Verás cuando le diga a Hugo que paseaste con el consolador puesto.

Cuando vi las fotos me di cuenta de la pinta que tenía: en todas salía con el pitillo entre los dedos y una cara que yo creía de pícara y resultaba ser, simplemente, mi cara de verdad.

***

Terminamos en una casita medio hundida que hay a un par de kilómetros, escondida entre matorrales. Antes de tocarme, claro, otro reportaje. No me extraña que tuviera que comprarse un disco duro aparte para guardar todo lo que acumula.

—Qué suerte la mía —protesté—. Siempre me toca quedarme en pelotas, y al señorito le basta con bajarse un poco el pantalón.

Por fin soltó el móvil. Lo primero que hizo fue meterme los dedos y dedicarles un buen rato. Luego me giró contra la pared, tiró de mis caderas para que sacara el culo y, en vez de penetrarme, se arrodilló a besarme entre los muslos. Acabó con la lengua dentro de mí, mordiéndome la cara interna de la pierna, alternando la boca con los dedos.

—Joder, qué a gusto estás —murmuraba entre palmada y palmada—. Te estás derritiendo.

—Pues sigue, cabrón, no pares ahora.

Cambió de postura, me dio la vuelta y volvió a comérmelo de frente mientras colaba un dedo más atrás. Intenté apartarlo por inercia, pero terminó dentro, acompañado de otro al poco rato. Estuvo así varios minutos, la lengua en un sitio y los dedos en otro, hasta que paré yo.

—Aclárate, que me iba a correr y no es momento.

Me devolvió contra la pared y me soltó un azote más fuerte que los anteriores.

—Otra foto, que vea Hugo cómo te dejo. Lo que se está perdiendo.

—El que se lo pierde es él por preferir irse de juerga —solté del alma.

***

Me arrodilló sobre los escombros para una mamada y, cómo no, sin dejar de grabar.

—Ni se te ocurra mandarle esto a Hugo —le advertí en cuanto pude sacar la boca.

—El que está deseando que te follen eres tú —le respondí cuando me ponía otra vez de cara a la pared—, que todas las vacaciones estuviste ofreciéndome a los viejos del hotel para ir a la playa nudista.

Se bajó por fin el pantalón. La verdad es que yo ya lo estaba deseando, tanto por las ganas como por correrme y vestirme antes de que apareciera alguien. Me penetró tirando de mis caderas, repartiendo cachetes.

—La próxima vez deja que Hugo te lo haga, que se muere de ganas.

—Pues no se nota mucho —pensé en voz alta—. Tiene permiso para lo que quiera y ni lo intenta cuando estamos solos.

Hizo una parada, a punto de correrse, y se agachó a masturbarme con la mano. No quería terminar de pie, así que le pedí que se tumbara.

—No fastidies, que no hay nada para poner.

—Tú vas vestido, no pasa nada si se te mancha. Ahora mando yo.

A regañadientes buscó un sitio más despejado y se tumbó. Jugué un rato encima, hasta que me sujetó de las piernas para que bajara del todo. Quería correrme con él dentro, así que lo cabalgué despacio, rozando su pelvis contra el clítoris en círculos, persiguiendo el orgasmo a mi ritmo. Él no paraba de provocarme con la boca y, cuando abrí los ojos, otra vez tenía el maldito móvil en la mano.

—Deja ya de grabar y ponte al lío.

—Que vea el tonto de Hugo lo que se pierde. Te encanta que miren, no disimules.

Y lo peor es que tenía razón. Aceleré el ritmo hasta que noté los chorros calientes llenándome por dentro. Mi orgasmo llegó justo encima del suyo, descontrolado, y dije cosas que ni yo me esperaba. Normalmente exagero para seguirle el juego a Damián; aquella vez, con la cámara encendida, no podía fingir que era teatro. Me daba igual.

—Si quieres, ahora se lo enseñas a tu amiguito —solté, todavía sentada encima sin sacarla.

***

Forcejeamos un poco para quitarle el móvil. Salió él perdiendo, manchado y muerto de risa.

—Cada día eres más guarra. Te pegas unas corridas pensando en Hugo que te quedas seca.

—Al menos tú tienes toallitas. Yo me he quedado con la pringue hasta casa más de un día por tu culpa.

Nos limpiamos y, cuando fui a vestirme, me dijo que esperara: quería que siguiera desnuda hasta una arboleda que había treinta metros más allá.

—¿Y si viene alguien y me pilla del todo?

—A estas horas no hay nadie.

Como siempre, terminé caminando en pelotas por mitad del sendero, atenta a cada ruido. Por suerte no me vio nadie, o eso quiero creer. Me puse unos pañuelos entre las piernas y las mallas, porque de vuelta al coche no dejaba de soltar semen.

***

Eran casi las tres de la tarde cuando me propuso comer en el merendero del viejo, ese al que no volvíamos desde el verano.

—Seguro que te echa de menos —dijo con retintín.

Ya ni me acordaba de aquella mentira mía: le había hecho creer que un señor del lugar me había manoseado, y el muy cabezota todavía dudaba si sería verdad. Llevaba unas pintas poco apropiadas para un domingo, marcando los pezones y oliendo a sexo, pero a Damián eso le daba lo mismo.

—Hoy déjate tocar las tetas por él y que nos invite a comer —insistió, medio en broma.

—Lo mismo me animo —le contesté con una sonrisa, sabiendo que no pensaba hacer nada. Era solo por picarlo, igual que él me picaba a mí con el viejo.

Antes de entrar me pidió que me quitara la camiseta de manga corta y me quedara con la de tirantes.

—Estás tonto, no entro enseñando las tetas.

—Es para un selfi y se lo mando a Hugo, por si quiere venir a tomar café.

Nos sentaron en una mesa apartada, ideal para mis pintas, lejos de las miradas cotillas. Fui tres veces al baño, en parte porque soy muy meona y en parte para cambiar los pañuelos. Cada vez que volvía, Damián me preguntaba con cara de niño:

—¿Has visto a tu amigo?

—No —le decía yo, disfrutando del juego.

Comimos de maravilla. Nos invitaron a los chupitos y a un par de copas, esta vez una camarera joven. Damián seguía con la fantasía de que el dueño me diera la vuelta a los jamones a cambio de la cuenta, y yo aguantaba la risa pensando que todo era mentira mía. Al final pregunté a un camarero por el dueño: no había venido en todo el día. Damián se quedó mudo.

—Tenemos que volver otro día, a ver si hay suerte y lo pillamos —dijo, terco hasta el final.

—Eres un cachondo. ¿En serio has preguntado por él?

—Claro. Hugo me dijo quién era y te lo quería presentar. Seguro que da tanto juego como los viejos de las vacaciones.

—La madre que te trajo. No tienes bastante dinero para pagar y me ofreces a mí de moneda de cambio.

***

En casa pude darme por fin una ducha larga. Sentada en el sofá, le entró un mensaje a Damián: Hugo. Abrí el WhatsApp y me encontré con dos fotos que mi marido le había mandado en la puerta del restaurante. En una salía solo mi cara y el escote, marcando el canalillo y los pezones bajo la tela.

—«Mira dónde me ha traído Marina a comer» —leí en voz alta—. «Venía preparada por si estaba fulanito, se ha quitado una camiseta por si se animaba a tocarle las tetas».

La respuesta de Hugo no se hizo esperar: «Joder, Damián, no me extraña, si siempre va medio en pelotas. Como la pille el dueño, fijo que os invita y os da un vale para repetir». Y después, una frase que me heló: «Le va a pasar como con Esteban. Tenemos que ir un día al chalet, que me ha dicho que pidas las llaves sin compromiso».

Casi se me cae el móvil. Ni me acordaba de Esteban. Damián entraba en el salón en ese momento.

—Oye, ¿te ha dicho Hugo si Esteban me vio desnuda en el chalet? —pregunté como quien no quiere la cosa.

—¿Por qué lo dices ahora? —se extrañó.

—Porque acaba de soltar un comentario raro en las fotos.

—No ha dicho nada de eso. Estabas pasando el día en la piscina, no pasa nada.

—Vamos a ver, cariño —insistí—. Era el campo de Esteban, y le resultaría muy curioso ver a tu mujer en cueros delante de Hugo. Entera, no en toples. Y eso suponiendo que solo viera eso y no algo más.

—Dice Hugo que Esteban es muy prudente, que nunca cuenta nada de nadie.

—Eso lo dices tú —repliqué—. Si hubiera contado algo, ya nos habríamos enterado por sus padres.

Nos quedamos un rato en silencio, mirando la pantalla. Le hice prometer que no mandaría más fotos a Hugo, que el día menos pensado las veía quien no debía y se nos venía todo encima. Ya tenía bastante con saber que medio pueblo podría haberme visto sin pretenderlo, por hacer cosas en sitios donde nos conocen y por no ponerle jamás un límite al cabrón de mi marido.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé chicas escort en Microcentro.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios(8)

Nacho_Cts

tremendo relato!!! no esperaba ese final jaja

Mila_Bsas

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de mas. Excelente!

PatriRod_BA

Me recordo a algo que le propuse a mi pareja hace tiempo... nunca llegamos tan lejos jaja. Muy bueno, se siente real.

Marcelox_77

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo

Trini_lectora

Me engancho desde el principio. La forma en que esta contado hace que te metas de lleno en la historia. Mas asi por favor!

PabloK23

tremendo!! sigan subiendo

Fiorella_R

Que buenisimo relato! Es una historia real o es ficcion? porque se siente demasiado autentico. Saludos

SandraGba

Lo lei dos veces porque me gusto mucho. El detalle de la camara le da un toque especial, muy bien logrado.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.