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Relatos Ardientes

La pintora nos miró posar desnudas en su estudio

Supe que Renata por fin se había relajado cuando se acercó al pie de la sombrilla, donde teníamos los bolsos, y se puso en cuclillas a teclear el móvil de espaldas a nosotras. Se quedó así, casi inmóvil, varios minutos. Yo la observaba sin disimulo. Tenía esa postura que tanto me gusta, la de alguien que se agacha a hacer pis, ofreciendo el culo sin pudor.

Vera se dio cuenta de la situación. La miró a ella, después me miró a mí, y adiviné en sus ojos un «mira con la tía Renata, cuánta vida nos había ocultado». Yo solo pude sonreír y encogerme de hombros, como diciendo que la culpa no era mía si la mujer se ofrecía de esa manera.

***

Cuando volvimos las tres a casa, Vera fue directa a su ordenador. Quería revisar la disponibilidad de unos materiales de pintura antes de comprarlos. Renata se metió en el baño y ya se oía la ducha cuando llamé a la puerta.

—Casi no aguanto, ¿te importa que pase a hacer pis? —pregunté.

—Pasa, pasa —me respondió desde el vapor.

Mientras lo hacía, noté que me miraba. No de pasada, sino con atención, casi con estudio. Luego me dijo, con una sonrisa lenta, que tenía muy poco tiempo, que de no ser por eso le habría encantado que la ayudara a extenderse crema hidratante por todo el cuerpo.

—¿Siempre tienes ganas de sexo? —le pregunté, medio en broma.

—Muchas veces al día —contestó sin pestañear—. Y me alegra que se me note la intención.

Mientras se secaba, me confesó algo. En la playa, cuando yo creía que ella manejaba el móvil de espaldas, en realidad me observaba a mí en un pequeño espejo que llevaba en el bolso.

—Te ha gustado verme agachada —dijo—. He visto cómo me mirabas, fascinada. Es inequívoco. Lo supe el otro día, en aquella galería, viéndote tan absorta delante de ese cuadro. A mí también me encantan los culos de las mujeres en cuclillas. Siento lo mismo que tú cuando los veo. Me he puesto así a propósito, para que lo disfrutaras.

Conque me había tendido una trampa y yo había caído encantada.

—Seguro que te encanta mi culo —añadió, envolviéndose en la toalla—. Y muchas gracias por el masaje de hace un rato, perdona el lenguaje, pero me he corrido como una perra.

Se marchó enseguida, arreglada como para una portada, y cualquiera sabía con quién había quedado. «Menuda caja de sorpresas», dijo Vera, que ya entraba ella misma en la ducha.

***

Esa noche teníamos que pasar a recoger a Ingrid para salir a cenar. No había podido venir a la playa, seguía intentando resolver unos asuntos familiares que la traían a mal traer. Ya las tres juntas, Vera nos dijo que le apetecía llevarnos antes a su casa para enseñarnos su estudio.

Tenía, dentro de la finca, algo así como un piso entero en la planta superior. Lo único convencional era el baño; lo demás era un estudio de pintura y unas habitaciones convertidas en pequeño museo. Vera tenía un don y una cultura pictórica enormes. Nos enseñó cuadros muy distintos entre sí, la mayoría con personajes famosos perfectamente reconocibles, reinterpretados a su manera.

—Ya veis que no se me da mal retratar a la gente —dijo, paseándose entre los lienzos—. Tanto su físico como su carácter. Y quiero haceros una oferta que me gustaría que aceptarais.

Se detuvo frente a un cuadro grande, reproducción de una obra que ella llamaba Aguas mansas: tres bañistas de espaldas, una de ellas agachada al borde de una piscina.

—Sería un placer pintar una versión de este cuadro con modelos vivas y reales: vosotras. Quiero que sean vuestras caras y vuestros cuerpos los que se reconozcan en él.

—¿Reconocibles del todo? —pregunté, notando un calor súbito en la nuca.

—Del todo —confirmó—. Tú, Lucía, serás la del centro. Tu cara, con esa sonrisa burlona que seguro vas a poner, y por supuesto tu culo, que es bastante más bonito que el de la modelo original.

***

Ingrid se rio, pero Vera siguió, muy seria.

—La otra figura, la de la derecha, serás tú, Ingrid. Igual de identificable, aunque de ti solo se verá parte del pecho. Es un cuadro de casi dos metros. Va a presidir vuestra casa durante muchísimo tiempo, vuestra vida entera, quizá. Y es innegociable para mí que sea un retrato vuestro, real. ¿Os gusta la idea? ¿Aceptáis el reto?

—¿Y la tercera bañista? —preguntó Ingrid.

—De eso ya me ocupo yo —respondió con una sonrisa enigmática—. Ah, y no os he dicho lo mejor: es un regalo. Os debo mucho más. Compartiendo piso con vosotras he aprendido de la vida como empleada, con sus ventajas y sus límites, una vida muy distinta a la que llevaba antes, cuando vivía aquí y estudiaba mi máster en Estados Unidos.

No nos costó nada aceptar. La idea de quedar inmortalizadas así, desnudas y reconocibles, despertaba en mí exactamente esa mezcla de vergüenza y excitación que llevaba toda la vida persiguiendo sin atreverme a confesarla.

***

En un momento en que me quedé a solas con Vera, le comenté que me parecía injusto que el cuadro fuera solo para mí. Las tres sabíamos que Ingrid había compartido su apartamento con ella; de hecho lo había compartido muchas veces, y no solo el piso, también el cariño y las caricias, allí mismo, contra esa misma pared del estudio.

—¡Me has roto la sorpresa! —protestó, riéndose—. Tenía pensado pintar un segundo cuadro con los papeles invertidos: Ingrid enseñando cara y culo, y tú solo parte del pecho.

Me dio tanta alegría oírla que le planté un beso largo, de los que no dejan dudas.

—¿Y la tercera figura de cada cuadro? —insistí contra su boca—. ¿La que solo enseña la espalda y un glúteo?

—Esa quiero que me la hagáis vosotras —dijo—. Me sacáis una foto, y a partir de ella me pinto yo misma.

Cuando se lo contamos a Ingrid, se le saltaron las lágrimas. Nos abrazamos las tres en un revoltijo de brazos, de bocas y de risas, prometiéndonos que aquello quedaría entre nosotras para siempre.

***

Posaríamos en el estudio, y Vera se encargaría de coordinarnos. No era fácil: nuestros viajes de trabajo, sus turnos y descansos, el poco tiempo que le quedaba antes de empezar a rotar por distintas sedes de su empresa, y la necesidad de evitar visitas curiosas que vinieran a fisgar y entorpecer el proceso. Pensábamos sobre todo en la tía Renata, capaz de presentarse sin avisar con su espejito en el bolso.

En cuanto Vera tuvo listos los grandes lienzos, fuimos montando lo que ella llamaba el «tetris» de los horarios. Cada jornada empezaba igual: las tres nos desnudábamos por completo nada más llegar, para que el resto del día transcurriera con naturalidad, sin pudores tontos. Lo recomendó ella, con toda lógica de pintora, y tenía razón. A los diez minutos una se olvidaba de que estaba desnuda.

Vera sacaba además fotografías de cada composición para pedirnos opinión y estudiar posibles correcciones. Yo misma la retraté a ella, para que pudiera pintarse como la tercera bañista. Alternábamos los posados, que eran agotadores, con baños relajantes en la piscina y ratos de sol en las hamacas, comodísimas, las mismas que tanto había disfrutado Renata aquella tarde. Cuando alguna de nosotras faltaba por trabajo, Vera seguía avanzando el fondo y los detalles sin las modelos.

La postura central, la mía, era la más exigente. Tenía que arrodillarme inclinada hacia delante, igual que Renata aquella tarde en la arena, con el peso repartido entre las rodillas y las palmas, la cabeza vuelta sobre el hombro para que se viera la cara. A los pocos minutos me ardían los muslos y se me dormían las manos, pero apretaba los dientes y aguantaba. Vera me lo agradecía con la mirada cada vez que levantaba los ojos del lienzo.

—No te muevas —murmuraba—. Justo así. No tienes ni idea de lo bien que sale esto.

Ingrid, a mi derecha, posaba de perfil, con un brazo cruzado sobre el pecho. De vez en cuando me buscaba la mano libre y entrelazaba sus dedos con los míos para que la espera se hiciera más corta. Sentir su piel mientras las dos permanecíamos quietas, observadas, retratadas, me ponía la carne de gallina. No era exactamente deseo, o no solo deseo: era la conciencia plena de estar siendo mirada, estudiada, fijada para siempre.

***

Lo que más me sorprendió de aquellas semanas no fue la desnudez, sino la mirada constante. Estar siendo observada hora tras hora, sentir los ojos de Vera recorriéndome el cuerpo no por deseo inmediato sino para traducirlo en pintura, me producía una excitación lenta y sostenida que no se parecía a nada. Y saber que ese cuerpo quedaría expuesto, reconocible, para que cualquier visita lo contemplara, multiplicaba la sensación.

—Te gusta esto —me dijo Vera una tarde, sin levantar la vista del lienzo—. Que te miren. Que sepan que eres tú.

—Me gusta —admití, y fue la primera vez que lo dije en voz alta.

En tres semanas muy intensas los cuadros quedaron terminados. Superaban mis altas expectativas con creces. No imaginaba que pudieran ser tan hermosos. Saber que era fielmente yo, mi cuerpo, mi cara, me provocaba una emoción que iba mucho más allá de la sensualidad o el erotismo. Ingrid se expresaba en términos parecidos, y Vera se mostraba orgullosa y feliz de su trabajo.

***

Llevamos cada retrato a su casa y le buscamos el sitio de honor, estudiando con cuidado la pared y la luz para darle el realce que merecía. Somos de las que apenas traen gente a casa, solo a las personas de mucha confianza. Y sé que cuando alguna de esas pocas visitas se planta delante del cuadro, le asalta la duda: ¿de verdad ese cuerpo, ese culo, esos pechos, se corresponden con la cara de esta mujer que las recibe con una sonrisa burlona?

A veces estoy dispuesta a resolverles la duda. A veces no. Disfruto igual de las dos opciones.

Nunca habría imaginado que mi afán por ser mirada, ese gusto por exhibirme que durante años creí un secreto vergonzoso, pudiera elevarse hasta semejante grado de sublimación. Mi cuerpo, mi culo del que tan orgullosa me siento, colgado en mi salón para que quien yo elija lo contemple. Mi cuerpo convertido, por fin, en una obra de arte.

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