El instalador de muebles que se quedó hasta tarde
Cuando se quitó la camisa para cambiarse de ropa, supe que no iba a poder concentrarme en nada de lo que decía sobre tornillos y estantes.
Cuando se quitó la camisa para cambiarse de ropa, supe que no iba a poder concentrarme en nada de lo que decía sobre tornillos y estantes.
Me planté en su esquina sin saber bien qué buscaba. La primera vez que un desconocido me pidió precio, la voz me tembló más de lo que esperaba.
Un bravucón que nunca aprendió a respetar. Ese día en el parque iba a recibir la lección que nunca olvidaría, de las mismas manos que había intentado humillar.
Cuando me quedé sin un peso para pagar la renta, Lorenzo tocó mi puerta a las diez en punto. Nunca había estado con un hombre hasta esa noche.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.
Hacía días que Luciana había tenido su debut bisexual y ya pedía más. Lo que planeamos esa noche en Buenos Aires cambió todo para ella.
Vivía en el campo y podía vestir ropa de mujer todo el día sin que nadie me molestara. Hasta que un desconocido escribió diciendo que le gustaban mis fotos.
Chupé muchas vergas antes de atreverme. Pero siempre llegaba un momento en que me detenía. Esa noche, un desconocido me convenció de cruzar ese límite.
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
Volví al cuarto envuelta en la toalla. Cuando escuché que alguien empujaba la puerta, no me imaginé quién iba a ser ni cómo iba a terminar la noche.
Llevaba meses sin un hombre cuando publiqué ese anuncio. Marcos fue el único que pareció de verdad interesado, y lo que pasó esa tarde no lo olvidé nunca.
Vino dos horas antes de su vuelo, dejó la maleta en el pasillo y, antes de que pudiera reaccionar, se quitó la sudadera frente a mí.
Llevaba tres días en Cartagena pagando por encuentros que terminaban con la misma sorpresa, hasta que ella entró al bar y todo cambió de golpe.
Se escabulleron entre los árboles con el pretexto de fumar. Lo que empezó como un porro compartido terminó con Rodrigo desnudo y Tomás de rodillas.
Pensé que solo venía a explicarme el acuerdo. No esperaba que cerrara la puerta detrás de los guardias y se acomodara el cabello con esa mirada que ya no era profesional.
Lo escuché con paciencia y le sonreí. No iba a discutirle la fantasía. Iba a llevársela hasta el último rincón, justo donde él nunca se atrevió a mirar.
Llevábamos meses en una rutina cómoda. Aquella tarde en el pinar, con otra pareja a tres metros, mi novia decidió que ya estaba bien de esperar a que yo lo hiciera todo.
Después de un par de copas, me pidió detalles de mi primera vez. No imaginé que escuchar a otro hombre dentro de mí lo pondría más duro que cualquier caricia.
Marco creía que iban al cine. No sabía que ella había planeado cada detalle desde semanas antes, incluyendo en qué bolsillo llevaba la llave.
Cuando salí del probador con la minifalda de colegiala, supe por la cara del vendedor que mi marido no había venido solo a comprar ropa.