Vestida de ángel para mi reencuentro en la playa
Encontré una foto vieja guardada en un cajón y, de golpe, supe exactamente lo que quería pedirle a cada uno de ellos esas vacaciones.
Encontré una foto vieja guardada en un cajón y, de golpe, supe exactamente lo que quería pedirle a cada uno de ellos esas vacaciones.
Lo toqué solo un instante y la suavidad del encaje despertó algo dormido. Esa noche soñé que me lo ponía, y supe que tarde o temprano volvería a por él.
Frente al espejo dejaba de ser Sebastián. Me ponía sus medias, su falda, su perfume, y me convertía en la mujer que nadie sabía que llevaba dentro.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.
Guardé su número como «S.1». Dos días para arrepentirme y ni una sola vez quise hacerlo: quería que me usaran otra vez, peor que la primera.
Me arreglé como una diosa, cociné para él y dejé que me mirara toda la semana. El viernes bajé en lencería, dispuesta a que lo descubriera todo.
El armario del señorito guardaba un uniforme negro con cofia blanca, y don Aurelio le aseguró que en cuanto se lo pusiera dejaría de ser Marcial para siempre.
Me arreglé como nunca para verlo: minifalda, tacones, peluca. Lo que no esperaba era que su hermana apareciera y adivinara, de una sola mirada, todo lo que callábamos.
Mi novio no apareció en la posada navideña. En cambio, su padrino —mi vecino de enfrente— me ofreció un trago, y esa copa de más lo cambió todo.
Llevaba la lencería más atrevida y ganas de que alguien me notara. Cuando él apareció entre los jardines y me vio cruzada de piernas, supe que la semana iba a ser distinta.
El profesor frenó bajo los árboles y metió la mano bajo mi falda. Era la primera vez que alguien me tocaba así, y no quise que parara.
Cuando lo vi subirse al autobús aquella mañana, aparté la vista enseguida. Pero esa semana aprendí que hay miradas que no se olvidan.
Cuando abrí la puerta del baño y vi a Sandra con esa faldita y los labios pintados de rojo, entendí que el plan original ya no existía.
Bajé al patio del bar a las dos de la mañana porque en mi cuarto no se podía respirar. No imaginaba que terminaría siguiéndola hasta el cuartito de atrás.