Castigo BDSM: la mamada que le debía
El sábado amaneció distinto.
Después de casi una semana entera sometida a sus reglas dentro del apartamento, noté el cambio desde el primer minuto. Me dejó vestir una camisa de noche negra de seda, me ató las manos por delante con una cuerda más suave de lo habitual y fijó uno de mis tobillos al radiador con suficiente largo como para moverme por todo el dormitorio sin ir dando tirones como una perra nerviosa.
No había mordaza. Tampoco esposas. Solo la cuerda, su voz y esa manera suya de mirarme que bastaba para recordarme quién mandaba.
Además me dejó cerca la tableta, el lector y el móvil. El teléfono no llegué a tocarlo. Me bastó mirar mis dedos libres para recordar lo que sentía al tenerlos encintados y preferí no tentar la suerte.
Pasé la mañana sola, entretenida, todavía sometida pero más cómoda. Esa mezcla me ponía más de lo que quería admitir. No era solo el encierro; era saber que cada mínima mejora dependía de mi comportamiento, de su criterio, de la forma en que él quisiera administrarme el premio o el castigo.
A media mañana entró con una bebida fría y me la sostuvo en los labios para que bebiera sin mancharme. Ese gesto tan simple me estremeció más que cualquier orden brusca. En nuestra dinámica, el cuidado era otra forma de control, y cuando me acarició la barbilla antes de irse sentí un calor húmedo entre las piernas.
Más tarde me permitió asearme. Primero me soltó del tobillo, luego de las muñecas ya en el baño, solo el tiempo imprescindible para desnudarme y lavarme. En cuanto terminé, volvió a atarme con cuerda seca, firme, sin apretar de más. Le gustaba verme funcional y limitada a la vez.
Cuando regresamos al dormitorio, me encontré la cama preparada con una partida digital abierta, dos pinzas y dos mordazas apoyadas junto a la almohada. Una pequeña, de las que podía soportar durante horas. La otra, grande, negra, obscena, hecha para abrirme la boca hasta dejarme la mandíbula tensa.
Lo miré sin preguntar. Yo sabía callarme cuando convenía.
Él se sentó al borde de la cama y me hizo un gesto para que me acercara. Me acomodé con la espalda contra la pared y las piernas dobladas, observando el tablero. Empezamos a jugar.
Las reglas no tardaron en quedar claras. La primera vez que me comió una ficha, cogió una pinza y me la dejó en la palma atada de las manos. No tuve que oír una orden para entenderlo. Separé la seda de la camisa y me pellizqué un pezón.
Dolió. Lo justo. Esa punzada seca me arrancó una respiración más profunda, y el roce de la tela sobre el pezón atrapado terminó de encenderme. Cuando yo le devolví la jugada y le saqué una ficha, me tendió la mano para que le entregara la pinza. En cuanto me la quité, el pezón recuperó el riego con un latigazo de dolor mucho más intenso. No pude evitar gemir.
Él sonrió apenas. Suficiente para saber que estaba disfrutando.
Seguimos así un buen rato. Las pinzas iban y venían, y cada vez que volvían a morderme la carne notaba los pezones más duros, más sensibles, más vivos. La conversación empezó despacio, casual, y esa normalidad mezclada con mi sumisión me resultó peligrosamente excitante. Parecíamos una pareja cualquiera pasando la mañana juntos, salvo porque yo estaba atada, descalza y pendiente de cada gesto suyo como si me fuera la vida en ello.
Las mordazas siguieron ahí, inmóviles, provocándome con su simple presencia. Cada vez que miraba de reojo la grande, sentía una contracción involuntaria en el coño. No saber cuándo las usaría era casi peor que tenerlas puestas.
Cuando la partida se acercó al final, me tensé de verdad. Ganar podía molestarle. Perder podía costarme caro. Él no dio ninguna pista. Metí la última ficha y le gané.
Lo miré con auténtico miedo.
Él se limitó a recoger la tableta, las pinzas y las mordazas. Se puso de pie, salió del dormitorio y cerró la puerta.
Me quedé sola, con el corazón todavía acelerado, sin saber si aquello había sido un indulto o el preludio de algo peor. Durante un rato no hice más que repasar cada detalle, cada palabra, cada silencio, intentando adivinar qué había significado esa victoria.
La respuesta llegó a la hora de comer, aunque no como yo esperaba.
Había preparado carne con verduras y me lo dejó todo cortado para que pudiera alimentarme con las manos atadas sin dificultad. Comimos juntos en la sala con una tranquilidad doméstica que descolocaba. Hablamos poco, pero no por tensión, sino por esa intimidad rara que se instala cuando dos personas se entienden incluso en el silencio.
Al terminar, revisó mis muñecas. Me preguntó si podía seguir así. Le respondí que sí, aunque le recordé que más tarde tendría que salir a trabajar y no quería marcas demasiado visibles. Enseguida llevó las manos a la cuerda para deshacer el nudo.
Yo lo detuve apoyando mi mano atada en su muñeca.
—Déjame un momento más así —le dije—. Quiero agradecértelo.
Él levantó una ceja, sin apartar la mirada de la mía. No preguntó qué pensaba hacer. No hacía falta.
Lo conduje hasta el sofá y lo senté. Luego me arrodillé entre sus piernas. Sentí el tirón corto de la cuerda en mis muñecas al llevar las manos a su cinturón, y ese pequeño estorbo me excitó todavía más. Tener las manos limitadas convertía cada movimiento en algo deliberado, más servicial, más entregado.
Le abrí el pantalón despacio. Bajé la tela junto con la ropa interior y su polla salió pesada, blanda aún, descansando contra el abdomen. Solo verla ya me humedeció de golpe. Llevaba demasiados días acumulando deseo, demasiado tiempo sin tocarme, sin correrse él en mi boca, sin sentir que mi obediencia tenía una recompensa tan concreta.
Empecé con besos suaves en la base, en el tronco, en la punta. Pequeños, húmedos, insistentes. Mis dedos rodearon sus huevos por debajo, acariciándolos con la yema y apenas presión. Me gustaba despertarlo así, sentir cómo respondía poco a poco, cómo la carne se iba poniendo tensa bajo mi boca antes incluso de metérmela dentro.
Él no habló. Solo abrió un poco más las piernas para mí.
Le sonreí desde abajo, conteniéndome. Después aparté su polla a un lado con ambas manos torpes por la cuerda y me dediqué a lamerle los testículos con la punta de la lengua, despacio, alternando uno y otro. Noté el primer endurecimiento real en mi mejilla cuando la verga comenzó a levantarse sola, reaccionando al contacto.
Besé el glande una vez. Luego otra. Después lo rozé con los dientes, apenas un pellizco que lo hizo tensarse. Fui bajando de nuevo por el tronco con los labios cerrados, recorriéndolo entero. Me encantaba conocerlo tan bien, saber en qué parte de la piel un beso lo hacía respirar hondo y en cuál lo obligaba a apretar los dedos contra el sofá.
Yo estaba empapada. El coño me latía entre las piernas como si también pidiera atención, pero no iba a dársela. Ese rato era suyo. Quería servirle de verdad, quería que sintiera en la boca todo lo agradecida que estaba, todo lo caliente que me ponía seguir siendo suya incluso después del castigo.
Cuando ya la tuvo medio dura, por fin abrí la boca y atrapé la punta entre los labios. La sostuve dentro, caliente, húmeda, sin moverme casi. Dejé que la saliva se acumulara y resbalara por el tronco. Luego usé mis dedos para extenderla desde la base hasta los huevos, masajeándolo todo con lentitud.
Él soltó aire por la nariz, más fuerte.
Metí un poco más. Solo un poco. Lo bastante para sentir el grosor llenándome la lengua, lo bastante para que el glande me presionara el paladar. Retrocedí otra vez, dejando que escapara de mi boca con un chasquido húmedo. Repetí el gesto y, esta vez, deslicé la punta hacia el interior de una mejilla para marcar el bulto desde fuera. Sabía que le encantaba verme así, con la cara deformada por su polla y la baba escurriéndose sin pudor.
Su respiración ya era otra. Más densa. Más sexual.
Lo solté solo para coger aire y me reí por lo bajo, excitadísima, antes de dejar caer un hilo de saliva sobre mi propio pecho. La seda negra se manchó de inmediato. Lo hice otra vez hacia el otro lado, sin apartar los ojos de él. Quería provocarlo, darle la vista completa de mi degradación voluntaria, de lo mucho que me gustaba ponerme perdida por comérsela.
—Me encanta chuparte la polla —murmuré, ya sin ningún filtro.
Y me la metí hasta el fondo de una sola vez.
La punta me golpeó la garganta y tuve que relajarla a la fuerza, respirando por la nariz, quieta unos segundos para acostumbrarme. La cuerda en mis muñecas me rozó la piel al agarrarle la base. Mi nariz quedó pegada a su vientre. Sentí su polla gruesa, dura del todo, atravesándome la boca hasta el límite de lo que podía tragar.
Saqué la cabeza despacio, apretando con los labios y la lengua. Bajé otra vez igual de lento. Subí. Bajé. Cada recorrido dejaba más saliva, más ruido húmedo, más necesidad. Cuando llegaba al fondo, me quedaba un segundo con la arcada temblándome en el pecho y luego subía rápido para recuperar aire.
Él seguía sin dar órdenes. Me dejó hacer.
Eso me permitió ponerme creativa y cruel. Me dediqué a alternar profundidades. Unas veces solo la punta, succionando fuerte el glande hasta notar cómo se endurecía todavía más. Otras, medio tronco con un ritmo rápido, constante, para calentarlo sin darle aún lo que quería. Luego otra vez hasta el fondo, tragándomelo todo, sujetándole los huevos entre los dedos y apretando ligeramente mientras mi garganta lo apuraba.
El salón empezó a llenarse del sonido obsceno de mi boca trabajándolo. Chupadas húmedas, jadeos, mi saliva cayendo a chorros sobre sus muslos y mis manos. No traté de ser delicada. Quería que fuera sucia, visible, física. Que me sintiera usada de la manera que a los dos nos volvía locos.
Él me pasó una mano por el pelo, apartándomelo de la cara. Luego me agarró la nuca. No para forzarme todavía, sino para marcar presencia, para recordarme quién decidía hasta dónde y a qué ritmo. Esa mano bastó para hacerme gemir con la boca llena, y la vibración le arrancó un gruñido bajo.
Subí hasta la punta y la lamí en círculos, rápida, antes de volver a hundirme. Esta vez empecé a follármela con la boca de verdad: arriba, abajo, arriba, abajo, más rápido, usando la mano en la base para cubrir lo que no entraba. La mezcla de lengua, labios y puño resbaladizo hizo que sus caderas se tensaran.
Sentía mi propia humedad escurriendo entre los muslos. Cada vez que él soltaba un sonido ronco o me clavaba un poco más los dedos en el cuero cabelludo, mi coño se contraía vacío. Me moría de ganas de tocarme, pero me contuve. Quería merecerme el placer, no robármelo.
Volví a metérmela entera. Saqué. Medio ritmo. Fondo otra vez. Mi garganta ardía, las comisuras me dolían y la mandíbula empezaba a resentirse, pero esa incomodidad me ponía todavía más caliente. Cada pequeña molestia era la prueba de que estaba entregándome de verdad, no fingiendo una escena bonita.
Entonces él habló por fin.
—Más rápido.
Levanté la mirada desde abajo, con la boca húmeda y el mentón empapado.
—Sí, señor.
Obedecí al instante. Me recolocó del pelo detrás de las orejas como pudo y yo empecé a mover la cabeza con más velocidad, tragando media polla una y otra vez. Arriba-abajo, arriba-abajo, sin pausa, dejando que la saliva rebosara y me escurriera por las manos atadas. Cada embestida de mi boca arrancaba un sonido sucio, más crudo que el anterior.
Él me sujetó la nuca con firmeza ahora sí. Empezó a acompasar mis movimientos con pequeños empujes de cadera, no brutales, pero sí autoritarios. Cada vez que yo bajaba, él encontraba mi garganta un poco antes, obligándome a recibirlo más hondo. Me lloraron los ojos. Seguí. La baba me chorreaba hasta las muñecas. Seguí. Se me escapaban ruiditos ahogados, roncos, de puro esfuerzo. Seguí.
—Así —dijo entre dientes—. No pares.
No paré.
Ya no había juego ni ternura en el ritmo. Solo hambre. Yo le bombeaba la polla con la boca como una puta obediente, sosteniéndole los huevos, sintiendo cómo se le tensaban el vientre y los muslos. Él me tenía agarrada y me usaba lo justo para marcarme el compás. Cada vez que llegaba al fondo, notaba el espasmo previo en la base de la verga y sabía que estaba cerca.
Subí hasta la punta para lamerla y él me volvió a hundir con la mano en la nuca. Esta vez sí me folló la boca durante varios empujes cortos, secos, controlados. Mi garganta protestó, pero abrí más, relajándome todo lo que pude, dejándolo entrar. Era exactamente lo que quería: sentirlo perder un poco el control y correrse porque yo lo había llevado hasta ese borde.
De pronto se tensó entero.
Sus dedos se clavaron con fuerza en mi pelo y su polla palpitó dentro de mi boca. La primera descarga me golpeó la lengua caliente y espesa. Luego vino otra, y otra más, abundantes, empujadas por el temblor de su abdomen. Me quedé quieta, tragándolo hasta donde pude mientras me llenaba la boca de semen y me obligaba a sostenerlo sin derramar ni una gota.
Cuando por fin aflojó la mano, fui sacándomela despacio, todavía sensible y latiendo. El semen me inundaba la lengua y el interior de las mejillas. Levanté la cabeza con cuidado para no perder nada y lo miré desde abajo, sonriendo con la boca medio abierta, cargada con su corrida.
Él tardó unos segundos en volver del orgasmo. Respiraba con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando. Verle esa cara después de correrse así me dio un golpe de orgullo sucio en todo el cuerpo. Se había vaciado entero por mi boca. Lo había dejado temblando.
Cuando por fin abrió los ojos y me enfocó, todavía seguía arrodillada frente a él, atada y obediente, esperando la orden con su semen caliente dentro.
—Traga.
Lo hice de una vez.
Sentí cómo bajaba espeso por mi garganta. No aparté los ojos de los suyos ni un momento. Cuando terminé, abrí la boca para enseñarle que no había guardado nada y saqué la lengua, brillante, vacía.
—Gracias, señor.
Su expresión cambió. La dureza se le ablandó en algo más profundo, más íntimo. Me tomó de la mandíbula con una mano y me levantó la cara. Luego me acarició la mejilla con el pulgar, limpiando una pequeña línea de saliva que me quedaba junto a la boca.
Yo seguía ardiendo. No me había corrido, ni me había rozado el coño en toda la mañana, y sin embargo me sentía más satisfecha de lo que habría imaginado. Servirle así, dejarlo correrse en mi boca, recibir su aprobación en esa caricia lenta, era otra forma de orgasmo.
Él lo notó. Claro que lo notó. Me bastó ver cómo se le iba dibujando una sonrisa tranquila mientras me observaba arrodillada entre sus piernas, con la camisa de seda manchada de baba, las muñecas aún atadas y las piernas apretadas una contra otra por la excitación acumulada.
—Has sido una buena chica —dijo al fin.
Esas cinco palabras me hicieron temblar más que cualquier pinza.
Bajó la mano hasta la cuerda de mis muñecas, pero no la desató enseguida. La sostuvo, jugando con el nudo, dejando claro que la decisión seguía siendo suya. Después apoyó dos dedos en mi barbilla y la inclinó hacia arriba.
—¿Sigues queriendo agradecerme el sábado? —preguntó.
Asentí sin pensarlo.
—Entonces levántate, date la vuelta y apoya las manos en el respaldo.
La orden me atravesó como un chispazo. Me puse de pie con un esfuerzo torpe por la postura y me giré frente al sofá. El corazón volvió a acelerárseme. Apoyé las manos atadas en el respaldo tal como me indicó y separé un poco las piernas.
Escuché el sonido de su ropa moviéndose detrás de mí. Sus manos me subieron la camisa de noche por los muslos hasta dejarme el culo al aire. El aire fresco sobre la piel húmeda me hizo jadear.
—Mírate —murmuró detrás de mí—. Te has pasado media hora chupándomela y sigues chorreando.
Sus dedos se deslizaron entre mis piernas y encontraron el coño empapado sin ninguna dificultad. Me abrió los labios con calma, acariciándome apenas el clítoris antes de hundir dos dedos dentro. Entraron fácil, con un ruido húmedo que me avergonzó y me excitó a la vez.
—Joder —solté, perdiendo por fin la compostura.
Me folló con los dedos despacio al principio, solo lo suficiente para comprobar cómo estaba. Luego aceleró. Su pulgar empezó a trabajarme el clítoris mientras sus dedos entraban y salían con fuerza creciente, y en pocos segundos ya estaba moviéndome contra su mano como una desesperada.
—Así te quería ver —dijo pegado a mi oído—. Necesitada.
Gemí sin esconderme. Después de contenerme toda la mañana, aquel contacto me resultó casi violento de puro placer. Cada embestida de sus dedos me arrancaba un espasmo en el vientre. Tenía las piernas flojas. Me sujeté al sofá como pude con las manos atadas mientras él me abría más con la rodilla entre las piernas y seguía metiéndome los dedos hasta el fondo.
—Dime qué quieres.
—Correrme —jadeé—. Quiero correrme, señor.
Su mano salió de golpe de mi coño y me dejó vacía, palpitando.
—Todavía no.
Me dio un azote seco en una nalga. No muy fuerte, pero sí lo bastante para hacerme arquear la espalda. Luego otro. Y otro más. Mi cuerpo respondió mezclando dolor leve y excitación de una manera obscena. Sentía el coño latiéndome alrededor de la nada, pidiendo más.
Volvió a meterme los dedos sin avisar y esta vez fue más duro. Tres dedos. Rápidos. Mojados con mi propia lubricación y con los restos de saliva que aún tenía en la mano. El sonido era indecente. Yo ya no gemía: prácticamente suplicaba.
—Te lo has ganado —murmuró—. Después de cómo me la has chupado, te lo has ganado.
Su pulgar se quedó fijo sobre el clítoris, presionando en círculos exactos, mientras sus dedos me follaban con un ritmo brutal. La tensión que llevaba acumulando días enteros subió de golpe. Noté el orgasmo formándose rápido, inevitable, apretándome desde abajo hasta el vientre.
—No pares... por favor... no pares...
—Córrete.
Eso fue todo lo que necesité.
Me corrí con un gemido ronco, largo, perdiendo por completo la fuerza en las piernas. El orgasmo me sacudió de verdad, con espasmos repetidos alrededor de sus dedos y una descarga tan intensa que tuve que apoyar toda la frente en el respaldo del sofá para no venirme abajo. Él siguió un poco más, exprimiéndomelo, hasta dejarme temblando y chorreando sobre su mano.
Cuando por fin se retiró, yo apenas podía respirar con normalidad.
Sentí cómo deshacía al fin el nudo de mis muñecas. La cuerda cayó y me masajeó las manos unos segundos con una paciencia casi tierna. Después me giró hacia él y me besó. Profundo. Sin asco por su semen todavía reciente en mi boca, sin prisa, saboreándome entera.
Apoyé la frente en la suya y cerré los ojos.
Ya no me sentía castigada. Ni prisionera. En momentos como ese, mi lugar dentro de su dominio no se parecía a una condena, sino a un idioma privado que solo nosotros hablábamos bien.
Él me apartó un mechón de la cara y sonrió.
—Ahora sí. Ve a cambiarte antes de irte.
Yo le devolví la sonrisa, todavía con las piernas temblándome.
La mamada de su vida, pensé. Y por la forma en que seguía mirándome, supe que estaba de acuerdo.
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