La fantasía bdsm del traje de látex
El sonido de sus tacones sobre el suelo de madera fue marcando el ritmo de mi respiración mucho antes de que la viera entrar. Cada golpe seco me apretaba más la polla dentro del traje, como si mi cuerpo supiera antes que yo que, esta vez, la fantasía iba a cumplirse entera. Cuando apareció en la puerta de la sala, alta, erguida y envuelta de pies a cuello en aquel brillo negro, me quedé inmóvil un segundo, solo mirándola.
No era una sorpresa. Llevaba semanas preparando ese momento, midiendo, buscando, comparando cuerpos, descartando mujeres hasta encontrar a una que pudiera llenar aquel traje como yo lo había imaginado. Aun así, verla delante de mí fue distinto a pensarlo a solas mientras me masturbaba. Fue mejor. Mucho mejor.
La máscara me cubría casi toda la cara, y aun así sonreí. Ella también llevaba el suyo: un mono de látex negro con aperturas precisas para los ojos, la boca, los pechos y el coño. No sobraba nada. No faltaba nada. El material se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, más oscura, más fría, más obscena.
—Date una vuelta —le dije.
Mi voz salió más ronca de lo que esperaba. Ella entendía el español justo, pero esa orden no necesitaba explicación. Giró despacio, mostrándome la curva de la espalda, el culo tensado por el látex, las piernas larguísimas rematadas por unas botas negras de tacón fino que la dejaban casi a mi altura.
Yo también iba vestido igual, con mi propio traje brillante, la polla asomando por la abertura que había mandado hacer a la medida. Ya lo había usado otras veces, con otras mujeres, pero siempre quedaba algo incompleto. Faltaba la otra pieza. Faltaba el reflejo perfecto de mi obsesión. Esa noche, por fin, estaba delante de mí.
Me acerqué sin prisa. Quería mirar cada detalle, registrar cómo el látex se tensaba sobre sus costillas cuando respiraba, cómo sus pezones se erizaban al aire por el contraste entre la piel desnuda y el material frío. Sus labios, pintados de rojo oscuro, eran lo único cálido en medio de tanto negro.
Le rodeé el cuerpo en silencio, observándola como si estuviera inspeccionando una obra terminada. Al llegar a su espalda vi que la cremallera no había subido del todo. Dejaba un pequeño tramo de piel en la nuca, una franja mínima, demasiado humana para lo que yo quería.
Metí dos dedos en la tira del cierre y la subí hasta arriba.
Ella soltó un escalofrío y arqueó apenas la espalda. Ese gesto me encendió más que cualquier palabra. No había miedo en su cuerpo. Había expectativa. Había la atención de quien sabe que la van a usar para una fantasía ajena y está dispuesta a dejarse llevar mientras el precio lo justifique.
—Esta noche haces exactamente lo que yo marque —murmuré frente a su boca—. Si algo no te gusta, lo dices. Si no, obedeces.
Asintió.
—Sí.
Su acento arrastró la palabra de una forma seca y preciosa. Levanté la mano enguantada y la pasé por su mejilla, no por la piel, sino por el borde del látex. Luego incliné la cabeza y saqué la lengua. Ella creyó que iba a besarle la boca, pero giré en el último instante y lamí lentamente la superficie negra que le cubría el pómulo.
El sabor del látex me llenó la boca con algo entre plástico, sudor tenue y anticipación. Repetí el gesto por la sien, por la frente, por la curva del cráneo cubierto. Ella me imitó. Cuando terminé de lamerle el costado izquierdo del rostro, vino hacia mí y recorrió con la lengua el mismo lado de mi máscara, con una concentración casi devota.
Ese fue el juego durante varios minutos. Yo marcaba una zona. Ella la repetía en mí. Cara, cuello, hombros. Iba dejándole claro el ritmo, la regla, la liturgia de aquella escena que no tenía nada improvisado. No era romanticismo. No era ternura. Era control. Era un fetiche viejo por fin respirando fuera de mi cabeza.
Cuando bajé a su cuello, ella echó la cabeza hacia atrás para abrirme espacio. Mi lengua se deslizó por la unión entre el material y la piel, saboreando la sal que empezaba a aparecer. Mis manos descansaron en su cintura, sintiendo el calor atrapado bajo la prenda. El látex ya no estaba frío. Se estaba templando con su cuerpo y con el mío.
Llegué a sus pechos y me detuve. La abertura los mostraba por completo, pálidos, firmes, de tamaño medio, con las areolas rosadas y los pezones duros. La visión me hizo apretar la mandíbula. Había pasado mucho tiempo pensando en esa imagen concreta. Verla al alcance de la boca me dio un latigazo en la polla.
No me lancé de golpe. Primero pasé la punta de la lengua por el borde de la abertura, dibujando el contorno donde el negro del traje terminaba y empezaba su carne. Luego rodeé un pecho completo sin tocar el pezón. Ella respiró más hondo. Repetí en el otro. Solo cuando sentí que ya estaba deseando el contacto directo, cerré la boca sobre un pezón y chupé.
Gimió, esta vez sin contenerse.
La sostuve por debajo del pecho con la mano mientras le trabajaba el pezón con la lengua y después con los dientes, tirando apenas, lo justo para hacerla jadear. Pasé al otro y repetí la tortura, lento, atento a cada reacción. Ella quiso tocarme, pero le agarré las muñecas y se las bajé.
—Quieta.
Obedeció. La palabra la dejó más húmeda de lo que esperaba.
Me arrodillé frente a ella. Desde abajo, las botas se veían obscenas. El tacón fino, la punta alargada, el brillo negro subiendo por sus tobillos y sus pantorrillas hasta fundirse con el traje. Pasé ambas manos por sus gemelos, sintiendo cómo los músculos se tensaban para sostener el equilibrio.
Besé la punta de una bota. Luego la lengüeta de la suela. Después la curva imposible del tacón. Lo hice con lentitud, como si estuviera adorando un objeto sagrado. Ese fetiche siempre había estado unido al resto: el cuerpo cubierto, el brillo, la figura deshumanizada, la sensación de estar frente a algo fabricado solo para excitarme.
Ella apoyó una mano en mi hombro para no caer mientras yo le lamía la suela y el tacón, subiendo luego por la parte interior de su pantorrilla. La lengua resbalaba mejor ahora; el material tenía ya una fina película de calor y sudor. Llegué a la rodilla, seguí hacia el muslo, y al abrirle más las piernas me encontré por fin con el coño descubierto en medio de aquella negrura perfecta.
Era rosado, lampiño, ya húmedo. Muy húmedo.
La miré desde abajo antes de tocarla.
—Así te quería ver.
Ella se mordió el labio.
Pasé la yema del dedo enguantado por sus labios, apenas rozándolos. No entré. Solo extendí la humedad, subiendo hasta el clítoris y volviendo a bajar. Tembló. Le separé un poco más las piernas y entonces sí le metí la lengua, de abajo arriba, larga, firme, abriéndole el coño con la punta.
Su gemido me cayó encima como una recompensa.
Empecé a comérmela despacio, alternando lamidas abiertas con golpes más precisos en el clítoris. Mis manos se aferraban a sus muslos forrados de látex, y ese contraste me volvía loco: lengua en carne viva, dedos en superficie brillante. Ella respiraba cada vez peor. Sentí cómo buscaba mover la cadera, pero le apreté las piernas para mantenerla donde yo quería.
—No te corras todavía.
—Joder... —soltó en un español torpe pero clarísimo.
Le metí un dedo. Después dos. Entraron con facilidad por lo empapada que estaba. Los moví despacio al principio, abriéndola, sintiendo las paredes apretarse alrededor del cuero del guante. Mientras tanto, mi lengua no dejó de darle al clítoris. Ella inclinó la pelvis hacia mí y tuve que sujetarla más fuerte.
—Quieta, he dicho.
Esa vez gimió y obedeció a medias, temblando entera.
La excitación me estaba golpeando a mí con la misma violencia. Mi polla asomaba dura, gruesa, latiendo contra la abertura del traje, húmeda ya de tanto rozar el látex y de ver aquella escena exacta hecha realidad. Necesitaba sentir su boca, pero no quería dejar su coño todavía. Así que la hice esperar un poco más, follándola con los dedos mientras le chupaba el clítoris hasta oírle decir algo en su idioma entre jadeos.
Cuando ya la noté al borde, aparté la boca de golpe. Ella protestó con un gemido ahogado.
—A cuatro patas —ordené.
Lo hizo sin discutir. Bajó al suelo con una torpeza elegante por culpa de los tacones y se colocó frente a mí. El brillo del traje bajo la luz de la sala era una locura. Parecía una figura salida de una fantasía enferma y exacta. Me tumbé también y la atraje por la cintura hasta que nuestras caras quedaron enfrentadas, nuestros cuerpos negros rozándose como dos animales extraños.
Entonces sí nos dedicamos a la carne descubierta.
Ella agarró mi polla con una mano y la miró apenas un segundo antes de meterla en la boca. Lo hizo con oficio, sin prisa, probando primero la punta con la lengua y luego bajando más, cada vez más, mientras me pajeaba el tronco. Yo volví a abrirle el coño con los dedos y me enterré de nuevo entre sus piernas, alternando lamidas y succiones.
El ruido se volvió húmedo, sucio, animal. Su boca tragando mi polla. Mi lengua chapoteando en su coño. El roce del látex cada vez que intentábamos pegarnos más. Ella chupaba mejor de lo que esperaba: profunda, insistente, consciente del punto exacto donde yo me tensaba. Yo le comía el coño con la misma dedicación, metiéndole la lengua todo lo que podía y sacándola para golpearle el clítoris.
Le metí tres dedos y los curvé dentro. Su reacción fue instantánea. Se atragantó conmigo un segundo y luego gimió con la boca aún alrededor de mi polla.
—Así —le dije, notando cómo me escurría saliva por el tronco—. Sigue, sigue.
La muy cabrona obedeció y me la tragó más hondo, dejándome sentir el límite de su garganta. Tuve que apartarle la cabeza porque estuve a punto de correrme ahí mismo. Ella levantó la vista, con la boca brillante, respirando rápido.
—No. Todavía no.
La hice incorporarse. La empujé hacia la mesa del comedor y la doblé sobre una de las sillas. El látex de su espalda crujió bajo mis manos. Le separé las piernas con una rodilla y me quedé un momento mirando su culo, la raja insinuada por el traje, el coño abierto y mojado esperándome debajo.
Pasé la palma por sus nalgas, apretándolas con fuerza. No era una sesión de dolor, pero quería que sintiera la posesión. Le di una palmada seca en una nalga. Luego otra. El sonido fue limpio. Ella soltó un gemido ronco y empujó el culo hacia atrás, pidiéndome más sin palabras.
—Te gusta obedecer cuando te usan bien, ¿no?
—Sí.
Le metí dos dedos otra vez, profundo, y con la otra mano le agarré un pecho por delante, tirando del pezón hasta hacerla jadear. Mi polla rozaba sus muslos, dura hasta dolerme. Ya no quería alargarlo más. Había esperado demasiado por esa imagen, por esa unión entre ambos trajes, por el momento exacto en que mi cuerpo se fundiera con el suyo en esa obscenidad brillante.
Me coloqué detrás y guié la punta hasta su entrada. Ella estaba tan mojada que el primer empuje fue fácil. Entré despacio, disfrutando centímetro a centímetro de cómo me iba tragando. El borde del látex alrededor de su coño me rozó la base y casi me hizo perder el control. Cuando estuve dentro del todo, le agarré las caderas y me quedé quieto un instante, respirando contra su espalda.
—Joder —murmuré—. Así. Exactamente así.
Ella movió el culo hacia atrás, obligándome a reaccionar. Salí casi entero y volví a entrar más fuerte. El chasquido del contacto, mezclado con el sonido del látex arrugándose, me disparó la excitación. Empecé con un ritmo firme, todavía medido, pero cada embestida me iba soltando más.
La follaba y mis manos no se estaban quietas. Le recorrían el vientre, le amasaban los pechos, subían por el traje pegado a sus costillas, se cerraban sobre su garganta sin apretar de verdad, solo marcando control. Ella gemía con la cara casi pegada al asiento de la silla, moviéndose al ritmo que yo le imponía.
Metí la mano entre sus piernas y le busqué el clítoris mientras seguía penetrándola. En cuanto lo toqué, su coño se contrajo alrededor de mi polla.
—¿Te vas a correr?
—Sí... sí...
—No hasta que yo te deje.
Apreté un poco más el paso. Las embestidas se volvieron más cortas y más brutales. La mesa temblaba. La silla rechinaba. Su cuerpo adelante y atrás parecía una figura de caucho a punto de romperse, y eso me ponía todavía más. Le separé las nalgas con una mano para ver mejor cómo mi polla entraba y salía mojada, brillando bajo la luz antes de volver a hundirse en su coño.
Ella ya no fingía nada. Se le notaba en las piernas temblorosas, en la respiración rota, en cómo trataba de echar el culo atrás para tragarse cada embestida más hondo. La profesional fría había desaparecido. Quedaba una mujer cachonda, tomada por una fantasía ajena que también la había arrastrado.
La saqué de golpe y la hice girar. La senté sobre la mesa, apartando con el brazo lo que había encima. Sus botas golpearon la madera. Le abrí más las piernas y volví a entrar, esta vez de frente. Su espalda se arqueó al instante. El ángulo era más profundo y ella lo sintió de una forma casi violenta.
—Fóllame —dijo, clara esta vez, sin acento que importara.
Eso bastó para romperme del todo.
La agarré por detrás de las rodillas y empecé a clavarme en ella con más fuerza, más rápido, viendo cómo le rebotaban los pechos en cada golpe. Ella me rodeó la cintura con las piernas, los tacones rozando mi culo, y me tiró de la máscara para atraerme a su boca. Nos besamos sucio, con saliva, con jadeos, chocando dientes a ratos mientras seguía follándola.
Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó mientras yo le daba cada vez más duro. Luego bajé esa misma mano y se los puse en el clítoris, frotando en círculos rápidos. Su reacción fue inmediata. Se tensó entera, me clavó las uñas a través del traje y gimió tan fuerte que ya no pude sostenerla al borde.
—Ahora. Córrete ahora.
Se corrió con un espasmo brutal, apretándome la polla de tal manera que tuve que cerrar los ojos. Su coño latía, húmedo, caliente, convulsionando alrededor de mí. Seguía frotándole el clítoris mientras ella se sacudía sobre la mesa, y la visión de aquel cuerpo negro brillante perdiendo el control me llevó al límite.
No aguanté más.
Salí una vez, volví a entrar hasta el fondo y me corrí con una primera descarga dentro de su coño. El placer fue tan fuerte que gruñí. Saqué la polla a medias y seguí bombeando mientras el semen salía a chorros, manchándole el traje en la parte alta de los muslos y resbalando por el borde de la abertura. Me masturbé encima de ella, exprimiéndome hasta la última gota. Mi corrida, espesa y blanca, quedó obscena sobre el negro brillante del látex.
Ella respiraba con la boca abierta, todavía temblando. Yo también. Durante unos segundos solo miré el contraste: el semen resbalando despacio por su piel y por la prenda, bajando en hilos por el muslo, acercándose al borde de la bota. Era una imagen asquerosa y perfecta. Exactamente la clase de imagen que me había perseguido durante años.
Pasé los dedos por uno de esos hilos blancos y embadurné con ellos el traje de mi propio abdomen. Luego me incliné y lamí su vientre, siguiendo el rastro de mi corrida hacia abajo. Ella soltó un gemido cansado al sentir mi lengua. Recogí el semen del borde de su coño, lo saboreé, y subí otra vez por su cuerpo lamiendo el látex, la piel, la mezcla de sudor y corrida.
Al llegar a su cuello le aparté la cara con suavidad. Tenía las mejillas rojas, los labios corridos, los ojos azules más turbios que al principio. Le di una última lamida en el costado del rostro, como había hecho al empezar, cerrando el círculo de mi juego.
—Ya puedes moverte —le dije.
Se dejó caer hacia atrás sobre la mesa y soltó una risa corta, exhausta. Yo seguía empalmado a medias, todavía excitado por lo que acababa de ver y de hacer, pero ya no necesitaba nada más. La prenda estaba estrenada. La fantasía, cumplida. Y lo que había imaginado tantas veces no se había quedado corto.
Había sido más sucio, más crudo, más exacto.
Ella se incorporó despacio y miró el desastre de semen sobre su traje.
—Te gusta mucho esto —dijo.
La miré de arriba abajo una vez más. El negro brillante, las manchas blancas, la boca hinchada, el temblor todavía visible en las piernas. Me acerqué, le puse una mano en la cadera y asentí.
—No tienes idea.
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