La mañana que mi jefe me entregó para cerrar el trato
Esa mañana de otoño no debía ser distinta a cualquier otra. Mi jefe, Esteban, me llamó a su despacho apenas crucé la puerta de la oficina y me extendió una lista escrita a mano, con esa letra apretada que solo él entendía.
—Necesito que vayas vos al depósito de Damián —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—. Llegaron materiales nuevos y quiero que alguien de confianza los revise antes de que yo firme nada.
Protesté. Yo no era la indicada para evaluar perfiles de acero ni partidas de cemento; para eso estaban los de obra. Pero Esteban insistió con esa calma suya que no admitía réplica.
—No confío en nadie más. Y de cómo salga esta charla depende un contrato grande. Andá, Marina. Hacelo por mí.
Hacelo por mí. Lo dijo como si fuera un favor menor, como si no supiera del todo lo que estaba pidiendo. Aunque, pensándolo después, creo que lo sabía perfectamente.
Acepté, como están leyendo, porque siempre terminaba aceptando. Tomé mi cartera, las llaves del auto y salí con la lista doblada en el bolsillo, sin imaginar de qué manera iba a cerrarse ese negocio.
El depósito quedaba en las afueras, una nave enorme de chapa con un salón de ventas al frente y oficinas al fondo, después de varias dependencias llenas de bobinas y estanterías. Un empleado me recibió y me pidió que esperara a que su jefe diera el visto bueno para que pasara. A los pocos minutos atendió un llamado interno, asintió un par de veces y me indicó que lo siguiera por un pasillo lateral.
Damián abrió la puerta de su oficina antes de que yo terminara de llegar. Era más alto de lo que recordaba de las veces que lo había cruzado en reuniones, con el pelo entrecano y una barba candado recortada con prolijidad. Me saludó con una sonrisa de oreja a oreja y un beso en la mejilla, aprovechando para arrimar su cuerpo al mío lo justo para que sintiera su dureza apretándose contra mi muslo. Me recorrió de arriba abajo sin disimulo, evaluando cómo había ido vestida, y su perfume me envolvió la nariz: caro, masculino, demasiado consciente de lo que provocaba.
Esa mañana fresca me había puesto una remera de muselina negra sobre un corpiño de encaje, un jumper de jean con la pollera corta y algo acampanada, medias de lycra opacas y unas botas de caña alta hasta la rodilla, de taco, en un azul gamuza que me gustaba demasiado. Debajo, una tanga diminuta color piel, apenas un hilo y un triángulo de tela que no tapaba casi nada. Me había vestido así para una oficina, no para esto. O eso me dije a mí misma mientras él miraba.
—Sacate el saco, que hace calor acá adentro —dijo, y no era una sugerencia.
Le hice caso. Cuando dejé el saco de paño sobre una silla, sus ojos terminaron de recorrerme y se le escapó un silbido bajo.
—Una pena que estés casada —comentó, sirviendo café de una cafetera express—. Si no, no te dejaría salir de esta oficina.
Sonreí y agradecí el halago como se agradece una mentira agradable. Me senté en un sillón bajo, de esos que te obligan a quedar más abajo que el otro, y me apuré en sacar la lista para hablar de lo que me había llevado hasta ahí.
—Ya sé a qué viniste —me cortó, acercándome la taza—. Pero antes vamos a ver los materiales y a qué arreglo llegamos. Con Esteban hablamos un precio, y ese precio se puede mejorar bastante si de vos depende.
Si de vos depende. La frase quedó flotando en el aire, cargada de un peso que los dos entendíamos.
Tomamos café y hablamos. Un poco de la obra, mucho de mi vida. Le conté que mi marido era marino mercante, que llevaba doce días embarcado y que entre mi hija, el trabajo y la casa todo se me hacía cuesta arriba. Le conté, sin querer, que lo extrañaba. Que extrañaba tenerlo cerca. Damián escuchaba con los codos sobre las rodillas, inclinado hacia mí, asintiendo en los momentos justos.
Entonces se paró. Se acercó, se agachó frente a mi sillón y me tomó de los hombros con las dos manos.
—Marinita, acá estoy para ayudarte en todo lo que me dejes —dijo, y bajó la voz—. Sé que soy un atrevido al decírtelo, pero no me gusta verte así.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos y ya no me soltaron. No sé bien cómo pasó. Un segundo estaba pensando en cómo responderle y al siguiente su boca estaba sobre la mía, su lengua entrando despacio, y yo abriéndole los labios sin oponer nada. La barba me raspaba el mentón y ese roído áspero, en lugar de molestarme, me encendió. Me besó como si ya hubiéramos arreglado todo de antemano, y quizá así era.
Me levanté del sillón para acomodarme mejor contra él. Damián me besaba el cuello, detrás de la oreja, bajaba por la clavícula, y yo sentía su erección apretada contra mi cadera. No era enorme, pero estaba durísima, y la manera en que la apoyaba contra mí, con intención, sin apuro, me decía que él tenía el control y que esperaba que yo lo aceptara.
—Date vuelta —me ordenó al oído.
Y lo obedecí. Esa fue la palabra exacta de lo que sentí: obediencia. Me di vuelta y dejé que sus manos me recorrieran las nalgas por encima de las medias, que me apretara contra él, que hiciera conmigo lo que quisiera. En mi cabeza no había culpa, no había todavía un pensamiento para mi marido a doce días de distancia; solo estaba el peso de ese hombre detrás de mí y las ganas de pertenecerle un rato.
***
—Bajame el pantalón —dijo, y volvió a no ser una pregunta.
Me arrodillé frente a él sobre la alfombra, le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón de un tirón. No tenía nada debajo. Su sexo saltó frente a mi cara, duro, el glande brillante y tenso, y yo lo tomé con las dos manos como quien recibe algo que le pertenece. Lo besé primero en la base, despacio, subiendo con la lengua hasta la punta, sintiendo cómo le temblaba el muslo.
—Así, Marina —murmuró, juntándome el pelo en un puño detrás de la nuca—. Despacio.
Me lo metí en la boca entero, todo lo que pude, y lo dejé tocar el fondo de mi garganta antes de retroceder. Lo chupé sin apuro, con los ojos cerrados, escuchando su respiración cambiar de ritmo encima de mí. Él me marcaba el compás con la mano en mi pelo, ni brusco ni suave, lo justo para recordarme quién mandaba. Y a mí me gustaba que me lo recordara.
Cuando me apartó, no fue porque quisiera terminar así. Me hizo poner de rodillas sobre el sillón bajo, con el respaldo de pana entre las manos y la cola hacia él. Todavía tenía la tanga puesta y las medias hasta la cintura, empapadas, pegadas a la piel por lo mojada que estaba. Sentí su aliento primero, después su boca recorriéndome por encima de la lycra, mordiendo despacio, antes de bajarme las medias hasta los muslos y correr el hilo de la tanga con un dedo.
Su lengua llegó sin aviso y me arrancó un sonido que no supe contener. Me lamió de abajo hacia arriba, demorándose, subiendo a veces hasta el otro lugar, ese que nunca esperaba, dejándolo húmedo y palpitando.
—Quieta —dijo cada vez que yo empujaba la cadera buscándolo—. Cuando yo diga.
Y me quedé quieta, temblando, con los nudillos blancos sobre el respaldo. Hacerme esperar era parte de lo que él disfrutaba, y yo había dejado de tener voluntad propia en algún momento entre el primer beso y ese instante.
—Te voy a dar todo, despacito —me susurró contra la nuca, apoyando la punta de su sexo entre mis labios—. Pero me lo vas a pedir.
Empujé la cola hacia atrás, buscándolo, y él la corrió un par de centímetros, jugando, hasta que no me quedó orgullo.
—Por favor —dije, y la voz me salió rota—. Metémela. Por favor.
Recién entonces me tomó de las caderas con las dos manos y entró, abriéndose paso despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí su pelvis chocar contra mí. Se quedó un segundo así, hundido del todo, dejándome sentir cada milímetro. Después empezó a moverse, un vaivén firme y profundo, inclinándose sobre mi espalda para besarme la nuca y morderme el cuello, esa barba raspándome la piel y derritiéndome entera.
—Sos mía esta mañana —dijo, marcando cada embestida—. Decilo.
—Soy tuya —respondí, y lo dije en serio, sin pensarlo dos veces—. Soy tuya.
Me sentí vacía cuando salió de golpe. Lo escuché agacharse otra vez, sentí su lengua de nuevo más atrás, mojándome, preparándome, mientras yo me abría las nalgas con las dos manos y se lo ofrecía sin que me lo pidiera. Esta vez fui yo la que pedí.
—Quiero que me la des ahí —dije, sorprendida de mi propia voz—. Dejame a mí.
Apoyó la punta contra el centro y no se movió. Esperó, dándome el control de esa parte, sabiendo que era la mejor manera de tenerme del todo. Apoyé las manos en el respaldo y empecé a empujar hacia atrás, sintiendo cómo cedía despacio, cómo se abría paso, cómo me llenaba de a poco mientras yo controlaba la velocidad. Era una sensación al borde de lo demasiado, justo del lado del placer, y la quería completa. Empujé hasta que su pelvis volvió a chocar contra mí, y después empujé un poco más, solo para sentirlo hasta el fondo.
—Bien, Marina —dijo con la voz ronca, las manos clavadas en mi cintura—. Movete vos. Así.
Y me moví. Hacía meses que no me sentía tan dueña de mi cuerpo y tan entregada al mismo tiempo, las dos cosas a la vez, contorneándome para sentirlo en cada ángulo, buscándole el ritmo que lo iba a desarmar. Él me dejó hacer un rato, dándome la ilusión del mando, hasta que la respiración se le quebró y retomó el control con las dos manos, empujándome contra él, hundiéndose más hondo de lo que yo me animaba.
—Ya no aguanto —jadeó contra mi oído.
—No te la saques —le pedí—. Adentro. Quedate adentro.
Lo sentí tensarse entero, ese latido inconfundible anunciando el final, y me agarró fuerte de las caderas para hundirse hasta donde no se podía más. Acabó con un gruñido contra mi nuca, pegado a mi espalda, mientras yo apretaba alrededor de él una y otra vez para sacarle hasta la última gota. Nos quedamos así varios segundos, encastrados, respirando agitados, sin querer movernos. Después salió despacio y me dio vuelta para abrazarme, todavía temblando los dos.
Me vestí en el pequeño baño de la oficina, acomodándome las medias sobre la tanga empapada, mirándome en el espejo con una calma rara, sin un gramo de culpa. Damián me esperaba apoyado en el escritorio cuando salí.
—Decile a Esteban que el descuento está asegurado —dijo, y me dio un beso largo en los labios—. Que aprendió a hacer negocios.
Nos despedimos en la puerta. Manejé de vuelta a casa con las ventanillas bajas y la cabeza extrañamente liviana. Antes de llegar, le mandé un audio a Esteban: que todo estaba en orden con los materiales, que había conseguido un descuento importante, y que me iba a tomar el resto del día para reponerme.
Recién entonces, frenada en un semáforo, entendí lo que de verdad había pasado esa mañana. Esteban no me había mandado a revisar perfiles de acero. Me había mandado a mí porque sabía exactamente cómo cerrar ese trato, y yo era la herramienta. Lo más raro es que la idea, en lugar de indignarme, me hizo sonreír. Mi jefe me había entregado, y a las dos partes les había salido el negocio perfecto.