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Relatos Ardientes

El día que mi tía me castigó con sus guantes

Mucha gente me ha preguntado a lo largo de los años de dónde viene mi fetiche por los guantes de goma, por qué me pone tan cachondo que me humillen y me castiguen con ellos. Casi nadie conoce la respuesta, y la verdad es que no es una historia fácil de contar. No diré que todo ocurrió exactamente así, pero lo que sigue explica mejor que cualquier otra cosa cómo se despertó en mí ese deseo. Aviso desde ya: hay dominación, dolor, correazos, pollas empalmadas contra la sábana y, sobre todo, guantes.

Me crie desde niño con dos mujeres bajo el mismo techo. Una era mi madre; la otra, su hermana mayor, mi tía Casilda. Mi padre fue un hombre despreciable, un sinvergüenza al que se me acabarían los insultos antes de terminar de describirlo. Un día nos dejó tirados por otra mujer y no volvimos a saber de él. Aunque fue lo mejor que pudo pasarnos, porque nunca se ocupó de nosotros: llegaba a casa dando voces, faltando al respeto, humillando a mi madre con palabras aunque jamás la tocara.

Mi tía Casilda, en cambio, nunca se había casado. Que yo supiera, jamás le conoció pareja a nadie. Era una mujer atípica, de carácter durísimo, y cualquier hombre que se le acercaba salía huyendo a los dos días. Mi madre era guapa pero blanda, demasiado sensible, y desde lo de mi padre dejó de confiar en cualquiera. Cuando se quedó sola, las dos hermanas decidieron alquilar una casa y compartir gastos.

Casilda rondaba los cincuenta y muchos. Tenía un cuerpo grande, pesado, voluptuoso; siempre le gustó comer y se le notaba. Las tetas enormes tirándole del vestido, el culo ancho, los muslos gruesos que se le rozaban al andar. La cara redonda, un lunar prominente en la mejilla. De pequeño yo la llamaba «la bruja» por su aspecto, y a ella le daba exactamente igual.

Las dos cargaban con un peso que se llamaba como yo. Era un chico desobediente, maleducado, idéntico a mi padre en lo peor. Cada día me volvía más insoportable, más prepotente, más convencido de que el mundo me debía algo. Me echaron del instituto, me junté con la peor gente del barrio y empecé a meterme en líos serios: robos, peleas, trapicheos. Apenas sabía escribir y me creía un rey.

Mi madre ya no sabía qué hacer conmigo. No la obedecía, no la escuchaba, no la miraba siquiera. Pero el detonante de esta historia fue otra cosa: una tarde me comporté de forma imperdonable con una chica del barrio. Ella no quiso seguirme el juego y salió de mí lo más feo que tenía dentro. La humillé, casi llegué a las manos. Aquello me marcó como lo que era, un abusador, y no supe estar a la altura de una mujer ni de lejos.

El disgusto de mi madre y de mi tía fue enorme. Intentaron hablar conmigo, reprocharme, hacerme entrar en razón, y yo las insulté y me fui de casa con mis amigos sin mirar atrás. Mi madre lloraba. Mi tía Casilda, en cambio, se quedó callada, con los puños apretados y una idea creciéndole por dentro.

—Si tú no haces nada por corregir a tu hijo, lo haré yo —le dijo a mi madre aquella noche.

Mi madre no la tomó en serio. Me daba por perdido y solo sabía llorar. Le hizo un gesto con la mano para que la dejara sola. Pero aquel fue el día en que mi tía empezó a urdir su plan.

Lo pensó despacio, a solas. Tenía que ser un castigo duro, doloroso, humillante. Algo que me dejara claro de una vez por todas quién mandaba en esa casa. Anotó ideas en una libreta y una lista de lo que necesitaba comprar.

Era miércoles. Eligió el viernes, porque mi madre tenía turno doble y estaría todo el día fuera. Estaríamos solos ella y yo. Sin perder tiempo se acercó a una ferretería y compró todo lo necesario. El dependiente seguramente la miró raro, porque lo que se llevaba servía para inmovilizar a alguien, pero a Casilda le dio igual.

El viernes me desperté tarde, como siempre, después de una noche entera bebiendo y planeando tonterías con mis amigos. Bajé a la cocina, me preparé un café y me senté a no hacer nada. No ayudaba en casa, ni con dinero ni con las tareas; vivía de mi madre y de mi tía como un parásito.

Estaba a medio desayunar cuando escuché a Casilda llamarme desde su habitación, al otro extremo de la casa. No tenía la menor intención de ir, pero pudo más la curiosidad. La encontré sentada en el borde de la cama, con un vestido sin mangas hasta la rodilla que dejaba al aire sus brazos carnosos. El escote profundo dejaba ver el nacimiento de sus tetazas apretadas contra la tela. Estaba seria como nunca.

Me ordenó pasar. En cuanto entré, se levantó, cerró la puerta y apoyó toda su espalda contra ella, bloqueando la salida con su peso. Quedamos los dos encerrados. Me miraba fijo, sin pestañear.

Sin decir palabra, metió la mano en el bolsillo de la bata que llevaba anudada al cuerpo y sacó un par de guantes de goma largos, amarillos, de esos de fregar. Empezó a calzárselos despacio, disfrutando de cada segundo. La escena me recordó a esas películas de terror en las que la asesina se ajusta los guantes antes de actuar, solo que aquí la asesina era mi tía. La goma chirriaba al entrar en sus brazos gruesos, apretándolos, marcándole cada pliegue de carne, y aquel sonido me puso la piel de gallina. Cuando terminó, flexionó los dedos uno por uno y los hizo crujir contra la palma, mirándome sin parpadear.

¿Qué demonios pretende?

Cuando terminó de ajustárselos, el miedo pudo conmigo y di un paso hacia la puerta. Intenté apartarla con la mano y recibí un bofetón en plena cara. La palma enguantada se estrelló contra mi mejilla con una fuerza brutal.

El chasquido de la goma resonó en toda la habitación. Me ardía la cara, y en la piel me quedó marcada la huella húmeda del guante.

—No vas a ninguna parte, estúpido —me escupió, con la mano de nuevo levantada en el aire.

No era ningún juego. Me lo había dejado claro de un solo golpe. Me quedé quieto, mirando aquella palma amenazante que goteaba el resto de agua jabonosa de las últimas horas de faena.

—Túmbate en la cama, boca abajo, ahora mismo.

Me quedé paralizado, sin reaccionar, y llegó la segunda bofetada, igual de dura que la primera. El guante apretado contra su brazo grasiento golpeaba como un látigo de goma. La mejilla me palpitaba de dolor.

—Obedece o te rompo la cara a guantazos, cabroncete.

Toda mi prepotencia se redujo a nada en un segundo. Me tumbé boca abajo sin entender qué estaba pasando.

—¿Qué vas a hacerme? —pregunté, temblando.

—Cállate. No quiero oír una sola palabra.

Se subió a la cama y dejó caer todo su peso sobre mi espalda. Me inmovilizó por completo; con su corpulencia, yo no era más que un muñeco bajo ella. Notaba las tetas gordas aplastarse contra mis omóplatos y el coño oculto bajo el vestido presionar mi lumbar. Me llevó las manos a la espalda y sentí un metal frío rodeándome las muñecas. Esposas. Unas esposas de verdad. Las cerró con dureza, asegurándose de que apretaran, y las ancló con un candado grueso al cabecero de la cama. Quedé con los brazos doblados hacia atrás, en una postura incomodísima.

—Me hacen daño, suéltame —protesté.

—Ya me he cansado. Vas a tener la boca bien cerrada.

Se incorporó y sacó cosas de una bolsa que tenía preparada: una cinta de embalar gris, un collar grueso de los de perro y otro candado. El nerviosismo se me convirtió en miedo de verdad. Volvió a sentarse sobre mí y me ciñó el collar al cuello, lo cerró por la hebilla y lo enganchó al cabecero con el segundo candado, de modo que ni con las manos libres habría podido quitármelo. Y las manos no las tenía libres.

—Suéltame ahora mismo, bruja, te vas a enterar cuando me libere —la amenacé, muerto de miedo.

—Vas a aprender modales. Se te van a quitar las ganas de faltarnos al respeto a tu madre y a mí.

Se levantó para quitarse la ropa interior. Vi cómo se remangaba el vestido hasta la cintura, cómo bajaba unas bragas blancas enormes por sus muslos gruesos, cómo las hacía saltar por los tobillos con un pie. Hizo un ovillo con las bragas en su mano enguantada y volvió a dejarse caer sobre mí. Me las acercó a la cara y comprobé, horrorizado, que estaban sucias, usadas, con una mancha amarillenta en la entrepierna y un olor fuerte, agrio, a coño de mujer mayor sudada, que me revolvió el estómago.

—Abre la boca.

Por supuesto que la apreté. Pero ella acercó la mano enguantada y empezó a forzar la tela entre mis labios, empujando con la yema de los dedos de goma hasta meterlas del todo, apretándolas contra la lengua para que el sabor me quedara pegado al paladar. Fue la primera vez en mi vida que me sentí completamente humillado. Y no solo por las bragas: descubrí que los guantes desprendían su propio olor, el de los productos de limpieza con los que mi tía fregaba a diario, un tufo penetrante a vinagre y a lejía. La goma estaba gastada, manchada de marrón por el uso, con restos secos en las yemas. Sentí náuseas, y sin embargo algo dentro de mí registró aquel olor —el vinagre del guante mezclado con el flujo agrio de su coño— para no olvidarlo nunca.

Cogió la cinta de embalar y me la enrolló varias veces alrededor de la cabeza, sin escatimar, asegurándose de que no pudiera escupir la mordaza. Intenté insultarla y solo me salió un sonido ahogado.

—Así, calladito. No eres más que un comebragas. ¿Dónde está tu chulería ahora? Tu madre no vuelve hasta la noche y nadie va a oírte. Inténtalo, pide ayuda, a ver si puedes.

Me ató los pies con una cuerda y los fijó al extremo metálico de la cama, abriéndomelos un poco, dejándome el culo expuesto y separado. Quedé inmovilizado por completo: muñecas a la espalda, cuello anclado, la boca llena del sabor de su ropa sucia. La bruja a la que yo bautizara de pequeño se había convertido en una bruja de verdad.

Se acercó al armario con toda la tranquilidad del mundo, sabiendo que yo no iba a ninguna parte, y sacó un cinturón de cuero grueso, oscuro, uno de esos que usaba sobre el vestido para ceñirse la cintura. Se enrolló un extremo a la mano enguantada y volvió hacia la cama. Me bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y me dejó desnudo de cintura para abajo, con el culo blanco al aire.

—Voy a hacer lo que debí hacer hace mucho. No voy a consentir que seas un desgraciado como tu padre. Esto te va a doler, y mucho, pero a mí me da igual. A ti tampoco te importaron los llantos de tu madre, ni los problemas que causaste, ni cómo trataste a aquella chica.

Echó el brazo atrás y descargó el primer correazo sobre mi piel desnuda.

El chasquido retumbó en la habitación. Sentí una línea de fuego cruzándome las nalgas de lado a lado. Quise gritar, pero la mordaza era demasiado eficaz y solo aguanté en silencio la mordida del cuero.

—No vas a volver a faltarnos al respeto nunca más.

Otro golpe. Y otro. Cada correazo dolía más que el anterior. La goma del guante que sujetaba el cinturón crujía a cada latigazo, y a cada uno ella sumaba una orden nueva.

—Nos vas a obedecer en todo. Vas a ayudar en casa y vas a buscarte un trabajo. Mañana le pedirás perdón a esa chica de rodillas. ¿Sabes qué pasará si no obedeces? Que volveré, te ataré y te romperé otra vez a correazos.

Entre golpe y golpe me metía dos dedos enguantados por la raja del culo, hasta el ojete, para recordarme que también aquello estaba a su alcance. La goma sucia me tocaba el agujero apretado y luego volvía el cinturón. Acabé llorando como un crío, desconsolado, con el trasero en carne viva, cruzado de líneas rojas e hinchadas. Fueron quince o veinte minutos eternos. Cuando terminó, se quitó los guantes, los guardó en el bolsillo de la bata y me dejó atado y amordazado sobre la cama.

—El día va a ser muy largo para ti. Volveré más tarde y seguiremos. Esto no ha hecho más que empezar.

Antes de salir, sacó del armario una bolsa azul. Dentro había un tubo de goma flexible, fino, del que se usa para conducir gas. Lo había comprado a propósito, sabiendo el dolor que provoca.

—Cuando vuelva veremos qué se rompe antes, si tu culo o la goma —sentenció, y cerró la puerta con llave.

***

Pasé horas encerrado, inmóvil, amordazado, dándole vueltas a todo. El trasero me ardía, las muñecas me dolían, el sabor de aquella tela me llenaba la boca. La mancha de flujo de sus bragas se me deshacía en la lengua, mezclada con la saliva, y ya no sabía si me daba asco o si me la estaba tragando a conciencia. Y sin embargo, en algún momento empezó a abrirse paso una sensación que no entendía.

Me descubrí completamente empalmado, con la polla dura como una piedra apretada entre mi vientre y la sábana. Más dura de lo que la había tenido en mi vida. Cada vez que intentaba moverme para aliviar el dolor del culo, el capullo se frotaba contra la tela y una descarga de placer me subía por la espalda hasta la boca amordazada. No tenía ningún sentido sentir aquello dentro del dolor y la humillación, pero ahí estaba. Empujaba las caderas sin querer, restregándome contra el colchón como un perro, y me odiaba por hacerlo y a la vez no podía parar. Decidí que ya lo pensaría más tarde.

Cuando regresó, lo primero que hizo fue volver a calzarse los guantes. Otra vez el chirrido de la goma entrando despacio en sus brazos, y otra vez aquel olor a vinagre. Tiró del extremo con un golpe seco.

—Te lo advertí. Esto te va a doler mucho más. Vas a llorar como una niña mimada, y a mí me va a dar igual.

Antes de empezar, se inclinó sobre mí y me pasó dos dedos enguantados por el culo hinchado, palpando cada verdugón, apretándolos uno por uno. Cada vez que apretaba una marca, yo daba un respingo y ella se reía por lo bajo. Me metió el pulgar de goma en el ojete, sin lubricar, hasta el nudillo. Me removí, mordí la mordaza, gemí ahogado. Ella lo sacó despacio y se limpió los guantes contra mis nalgas.

—Aquí también aprenderás si hace falta. Pero hoy toca esto.

Levantó el tubo de goma y lo descargó sobre mi piel ya castigada. El dolor fue infinitamente peor que el del cinturón. La goma era más fina, más cruel; quemaba y picaba a la vez sobre las marcas anteriores. Azotó una y otra vez, sin piedad, con toda la rabia acumulada. El tubo silbaba al partir el aire y estallaba contra la carne dejando surcos rojos que se hinchaban al momento.

—Niñato estúpido. Hoy vas a aprender lo que es el dolor. El mismo que nos das tú.

Lloré de nuevo, exactamente como me había prometido, en silencio, ahogado por la mordaza. Descubrí lo que significa la palabra impotencia: no poder hacer nada, no poder moverte un milímetro, recibir golpe tras golpe sin la menor posibilidad de defenderte. Y descubrí, para mi vergüenza, que la polla no se me bajó ni un segundo. Cuanto más fuerte pegaba, más se me clavaba el capullo contra el colchón, más caía la gota de babilla por la punta empapando la sábana.

—Escúchame bien —dijo, acercando su cara a la mía—. A partir de hoy obedecerás a tu madre y a mí sin rechistar. Si no, me pongo los guantes, cojo la goma y te azoto hasta que aprendas. Atadito y con la boca tapada. ¿Lo has entendido?

No podía contestar, así que asentí con el poco margen que el collar me dejaba. Hice un gesto torpe con la cara para que viera que había entendido.

—Muy bien, así me gusta. Vuelve a desobedecer y la próxima será mucho peor.

Antes de irse, alargó una mano enguantada y me la deslizó bajo el cuerpo, palpando entre mi vientre y la sábana. Encontró lo que se temía. Enroscó los dedos de goma alrededor de mi polla dura, la apretó, la sacudió una vez.

—Vaya, vaya. Con que te gusta, eh, cerdito. La tienes empalmada y todo. Ya me lo suponía. Serás degenerado.

Me la soltó de golpe con un chasquido de goma que me dolió más que cualquier correazo, y salió de la habitación riéndose entre dientes.

Se marchó otra vez, dejándome encerrado hasta la noche. Tuve más horas para pensar, y cuanto más pensaba, menos lo entendía. Seguía empalmado, con la polla latiéndome contra el colchón, chorreando pre-semen sobre la sábana ya manchada. Y no era por terror: era atracción. Me había roto a golpes, me había humillado de la peor manera, y yo no podía dejar de pensar en sus guantes usados, en su olor a vinagre, en su tacto rugoso, en el momento en que me la había estrujado con la palma de goma. En lugar de aborrecerlos, los deseaba. Quería volver a sentirlos sobre mi piel, en mi cara, en mi boca, alrededor del rabo. Quería verla acercarse a mí con ellos puestos.

Empecé a mover las caderas contra el colchón, primero despacio, como si no lo estuviera haciendo yo. La sábana me arrancaba las costras recién formadas de los verdugones y cada roce dolía y a la vez me subía la excitación un peldaño más. Empujaba, me frotaba el capullo contra la tela, imaginaba la palma enguantada envolviéndome otra vez, apretando, sacudiendo. La imaginé también en mi boca, tapándomela con la goma, obligándome a lamer los dedos que acababan de meterse por su coño de vieja. Imaginé aquellas bragas sucias volviendo a mi lengua.

Sin tocarme, sin nada más que aquellas imágenes en la cabeza y el roce ardiente de la sábana contra la polla, me corrí. Sentí el latigazo del semen saliéndome a chorros calientes, atrapado entre mi vientre y el colchón, empapándome la piel. Manché las sábanas del todo, con una lefada espesa que se mezcló con el sudor y las lágrimas. Y en cuanto recuperé el aliento, me invadió una urgencia nueva: que no lo notara, que no descubriera lo que su castigo había despertado. Que no viera el charco pegajoso bajo mi tripa. Aunque, por lo bien que me había estrujado la polla enguantada al irse, ya lo sabía perfectamente.

No comprendía nada de lo que sentía, pero supe con total claridad que quería volver a sentirlo. No ese día, ni el siguiente —tenía el trasero destrozado y sus amenazas eran de verdad—, pero algún día. Quería que volviera a atarme, a amordazarme con sus bragas, a llenarme el culo de dedos de goma, y esta vez que también me la sacara y me hiciera correrme del todo con el guante.

***

Cuando volvió por última vez, llevaba los guantes ya puestos; quizá no se los había quitado desde que salió. Se acercó por detrás y me agarró de la nuca con fuerza, retorciéndome con la goma hasta arrancarme un quejido ahogado. Después bajó la mano libre entre mis piernas y me palpó los huevos, comprobando el charco frío y pegajoso que me había quedado bajo el vientre.

—Mira lo que ha hecho el niñato. Se ha corrido como una perra en su propio castigo. Comebragas, cerdo, degenerado. No te has enterado de nada, ¿verdad? Pues ya nos entenderemos.

Me clavó dos dedos enguantados por el ojete escocido, hasta el fondo, y los revolvió. Sentí la presión y el dolor, pero también, para mi propia vergüenza, otra punzada de placer que me hizo apretar los guantes por dentro con el culo. Ella se dio cuenta.

—Sí, señor. Lo has entendido perfectamente. Este culo va a ser mío cada vez que me dé la gana.

Los sacó despacio, se los llevó a la nariz, los olió con una mueca de asco fingido y me los pasó por debajo de la mordaza para que oliera yo también. La goma manchada de sudor y de mis adentros me llenó el olfato.

—Voy a soltarte. Tu madre está a punto de llegar. La recibirás con educación y le pedirás perdón por todo. Le dejarás claro que vas a cambiar. Y te lo digo una sola vez: una falta de respeto más, una sola desobediencia, y lo de hoy te parecerá un juego de niños.

Me quitó las esposas, las cuerdas y el collar. Antes de sacarme la mordaza, me sujetó la barbilla con la mano enguantada y me apretó las mejillas hasta que se me abrió la boca del todo.

—No eres más que un comebragas. La próxima vez pueden estar todavía más sucias. Puede que ni siquiera te las quite antes de metértelas: puede que me las saque yo misma delante de ti, después de haberlas llevado todo el día. Atrévete a desobedecer y lo comprobarás.

Antes de que me subiera los pantalones, me dio una última cachetada en el culo con la palma abierta enguantada. El dolor sobre los verdugones fue tan brutal que se me escaparon dos lágrimas más. Y sin embargo, mientras me abrochaba el cinturón temblando, la polla se me volvió a empinar bajo la tela.

Llegó mi madre y la esperé en la puerta, tal como me había ordenado. Le pedí perdón con una humildad que ella no me conocía y le prometí no volver a faltarle. Mientras hablaba, miraba de reojo a mi tía Casilda, unos metros más atrás, golpeándose suavemente la palma con uno de los guantes. Mi madre se emocionó hasta las lágrimas. Por primera vez en años, esa noche fue feliz.

Me disponía a retirarme a mi cuarto, agotado, cuando Casilda me detuvo.

—No tan rápido. Hoy no has comido nada y no pienso permitir que enfermes. ¿Te acuerdas del plato que tiraste al suelo el otro día, insultándonos porque no te gustaba?

—Sí, tía. Lo recuerdo. Lo siento mucho —contesté, educadísimo, notando cómo el cuerpo volvía a traicionarme y la polla se hinchaba otra vez dentro del pantalón.

La vi calzarse otra vez los guantes, y otra vez el chirrido de la goma me erizó la piel, mitad miedo, mitad deseo. Me miró fijo, con media sonrisa, mientras se pasaba los dedos enguantados por los labios como si se relamiera.

—Vas a comerte todo el plato de mi mano, sin rechistar. Y después subirás a mi habitación conmigo. Todavía hay sábanas que cambiar por tu culpa, cerdito. Y esta vez no te voy a dejar tan fácil.

Y supe, mientras la goma sucia se acercaba a mi boca y el olor a vinagre me llenaba otra vez la nariz, que aquel día no había terminado de cambiarme la vida. Apenas la había empezado.

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Comentarios(8)

CarlosR_BA

increible!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

LuisGarcia_69

Por favor segunda parte, quede con ganas de saber cómo continuó todo eso

Sole_RdP

Jajaja yo tambien tengo mis fetiches rarísimos y jamas se los cuento a nadie. Me identifique bastante con el comienzo

FerSurenos

Me pregunto si tu tia sabe que escribiste este relato jajaja. Muy buen detalle lo de la puerta con llave, dice todo sin decir nada

DiegoF_84

brutal. corto pero te deja con ganas de mas!!

MatiasGdl

Lo que mas me gusto es cómo empieza explicando el origen del fetiche, eso le da un realismo que la mayoria de los relatos no tiene. Se siente como una confesion de verdad. Esperando el proximo!

NocturnaL_27

que relato mas morboso, seguii así!!

RocioFP

El detalle del viernes con la puerta cerrada con llave... dice todo. Muy bien contado, sin apurarse

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