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Relatos Ardientes

Mi compañera tomó el control en el probador vacío

Faltaban pocos días para las fiestas y la tienda llevaba toda la jornada a reventar. La gente entraba en oleadas, vaciaba los estantes, dejaba la ropa tirada por cualquier rincón y volvía a salir cargada de bolsas. Diego y Marina habían pasado las últimas dos horas detrás del mostrador, sin levantar la cabeza, hasta que dos compañeros del turno de tarde les hicieron el relevo.

—Salgo a respirar cinco minutos o me da algo —dijo Marina, ya cruzando la puerta de cristal hacia la calle.

Diego la siguió. El aire frío de diciembre fue un alivio después del calor pegajoso de los probadores y el aliento de tanta gente.

—¿Y tú qué planes tienes para estas Navidades? —preguntó ella, encendiendo un cigarrillo y dando la primera calada con los ojos entrecerrados.

—Ya sabes. Mujer, niños, la familia de ella... Se vienen unas fiestas la mar de apasionantes —respondió él, marcando las comillas en el aire.

—O sea, el infierno con luces de colores.

—Algo parecido. ¿Y tú?

—Me voy a la montaña con unas amigas. Esquí, vino caliente y nada de horarios.

—¿Te lo cambio? —dijo él, medio en broma.

—Lo haría, pero me matarían las chicas. Llevamos meses planeándolo.

Hablaron de tonterías el resto del descanso, de la cuesta de enero y de un cliente que esa mañana se había probado medio departamento de caballero sin comprar nada. Cuando el cigarrillo se consumió, apagaron la colilla y volvieron dentro. Y los dos se detuvieron en seco al cruzar la puerta.

—¿Pero qué...? —Diego dejó la frase a medias.

La tienda estaba vacía. No medio vacía: completamente desierta. Las perchas por el suelo, los maniquíes a medio vestir, montones de ropa amontonados en los pasillos como si una marea se la hubiera tragado de golpe. Ni clientes, ni compañeros, ni rastro de los dos que les habían hecho el relevo.

—Aquí va a estallar un apocalipsis zombi de un momento a otro —murmuró él.

—No digas barbaridades, Diego. La gente tiene que estar en alguna parte. Vamos a mirar.

Se repartieron el terreno. Marina se encargó de la zona de cajas y los aseos del fondo; Diego, de los departamentos de ropa y los probadores. Recorrió los pasillos llamando a media voz, sintiéndose un poco ridículo, hasta que llegó al final, junto a las cabinas. Allí, por encima del zumbido del aire acondicionado, escuchó algo que no encajaba con una tienda abandonada.

—Así... no pares...

Era una voz de mujer, ronca, entrecortada. Por un instante creyó que venía de una persona, pero enseguida reconoció ese filtro metálico de un altavoz pequeño. Una grabación. Y, a juzgar por el tono, no era precisamente un anuncio de rebajas.

Se acercó a la última cabina con la cortina entreabierta y se asomó conteniendo la respiración.

—Métemela toda...

En la pantalla de un móvil apoyado contra el espejo se proyectaba una película. Y, en el suelo, frente a ella, estaba Natalia, la chica de Recursos Humanos. Sentada sobre la moqueta, la falda subida hasta la cadera, una mano metida entre los muslos y los ojos clavados en el teléfono. No lo había oído llegar. No oía nada que no fuera la voz de la grabación.

Diego se quedó petrificado. Sabía que tenía que retroceder, salir de allí, fingir que no había visto nada. Pero no se movió. La imagen lo retenía: las piernas de Natalia enfundadas en unas medias finas que atrapaban la poca luz, los pies apoyados contra la pared de la cabina, los dedos arqueándose cada vez que se acariciaba más adentro.

Joder.

Era su debilidad y ella ni siquiera lo sabía. Los pies de una mujer, una buena media de seda tensándose sobre el empeine, eso lo desarmaba más que cualquier desnudo. Y allí tenía las dos cosas a la vez, sumadas a la respiración agitada de una compañera que se masturbaba sin sospechar que tenía público. La ecuación se resolvía sola.

—Qué rico... —gimió Natalia, y se introdujo dos dedos mientras echaba la cabeza hacia atrás.

Diego no aguantó. Sin apartar la vista, se desabrochó el pantalón y se sacó la verga, ya dura, latiéndole en la mano. Empezó a acariciarse despacio, midiendo cada movimiento para no hacer ruido, con la frente apoyada en el filo frío de la pared de la cabina.

***

Marina, mientras tanto, no había encontrado nada en su mitad de la tienda. Ni un alma en las cajas, ni en los aseos, ni en el almacén pequeño del fondo. Miró la hora en el reloj y arrugó el ceño. No tenía ningún sentido que toda la plantilla se hubiera esfumado, pero, fuera lo que fuese, ella y Diego no iban a salvar la Navidad solos. Lo más lógico era cerrar y mandar a cada uno a su casa.

Fue a buscarlo a los probadores para decirle que se olvidara de todo, que se fuera tranquilo con su mujer y sus hijos. Y, al doblar hacia las cabinas, vio algo que la hizo frenar.

Diego estaba de espaldas, inmóvil delante de una cortina, con el brazo moviéndose en un vaivén que ella tardó un segundo en interpretar. No quiso sacar conclusiones precipitadas. Se aproximó de puntillas, conteniendo el aliento.

—Qué rico... —oyó salir de dentro de la cabina. Una voz aterciopelada, de mujer, entre jadeos.

Lo entendió de golpe. Había alguien al otro lado disfrutando, y Diego, su compañero, estaba allí plantado, espiando como un mirón mientras se daba placer a sí mismo.

Algo se encendió en el estómago de Marina, una mezcla de escándalo y de calor que no esperaba. Se quitó los zapatos para no hacer ruido y dio los últimos pasos descalza sobre la moqueta. Cuando llegó detrás de él, se asomó por encima de su hombro.

Se llevó la mano a la boca. Natalia, la de Recursos Humanos, masturbándose en el suelo frente a una película. Diego, con la polla en la mano, devorándola con los ojos. Marina se mordió el labio inferior. Notó que los pezones se le tensaban bajo la camisa, y que más abajo, sin haberlo decidido, también empezaba a reaccionar.

No se lo pensó. Estiró la mano y la cerró sobre la de Diego, sobre la verga que él mismo se acariciaba.

Él se sobresaltó y estuvo a punto de girarse, pero ella le clavó la boca en la oreja antes de que pudiera decir nada.

—Chist. No conviene que nos oiga —susurró—. Imagina que es ella la que te lo hace.

Diego tragó saliva. El corazón le martilleaba. Sentir la mano de Marina cerrarse y moverse sobre la suya, marcándole el ritmo, lo desarmó por completo.

—Me vuelven loco las medias... —confesó él en voz muy baja, casi sin pensar.

—¿Las medias? —Marina arqueó una ceja, divertida—. Vaya, vaya. ¿Eres de los de fetiche?

—No te imaginas cuánto.

Marina sonrió en la penumbra. Algo en ella tomó el mando de la situación con una naturalidad que la sorprendió a sí misma. Apartó la mano de él, le agarró el brazo y, sin levantar la voz, lo hizo retroceder unos pasos hasta un rincón del pasillo donde la cortina de Natalia seguía siendo una franja de luz parpadeante, pero ya no podía alcanzarlos la vista de nadie.

—Túmbate —ordenó.

—¿Aquí?

—Aquí. Y calladito.

Él obedeció. Se dejó caer de espaldas sobre la moqueta, con el pantalón abierto y la verga apuntando al techo. Marina se sentó frente a él, se recogió la falda hasta los muslos y, despacio, levantó un pie. Llevaba unas medias oscuras, tupidas, que terminaban en una puntera redonda y suave.

—A ver si es verdad que te gustan tanto —dijo, y apoyó la planta del pie sobre el glande.

Diego dejó escapar un gemido que ahogó apretando los dientes. La tela tibia se deslizó por toda su longitud, de arriba abajo, con una lentitud calculada. Marina lo observaba desde arriba, disfrutando del efecto que tenía sobre él cada centímetro de roce.

—Marina... —jadeó él.

—No digas nada. Solo disfruta.

Se apoyó sobre los antebrazos para tener mejor ángulo y sumó el otro pie. Atrapó la verga entre ambas plantas y empezó a subir y bajar, presionando, girando los talones, sintiendo cómo él se endurecía aún más bajo la seda, si es que eso era posible. Del otro lado de la cabina, los gemidos grabados de la película y los reales de Natalia se mezclaban y tapaban los suyos.

—Dios, Marina... —murmuró Diego, con las manos crispadas sobre la moqueta.

—Así que eres un mirón —dijo ella, sin dejar de mover los pies—. No me lo esperaba de ti.

—Yo no...

—Y me encanta. —Lo cortó apretando un poco más—. Confiesa. ¿Me has espiado alguna vez a mí mientras me cambiaba? ¿Te has tocado pensando en mis pies cuando me descalzaba en la trastienda?

La respiración de Diego se entrecortaba a cada palabra. No hacía falta que respondiera; su cuerpo lo decía todo.

—Eres un fetichista de manual, ¿verdad? —siguió ella, bajando la voz hasta un hilo—. Amante de los pies de mujer. Capaz de perder la cabeza por una media bien puesta.

—Lo soy... —admitió él, derrotado y excitado a partes iguales.

—¿Y los míos? ¿Te gustan los míos? —De pronto detuvo el movimiento por completo, dejándolo a medio camino, temblando.

—Me vuelven loco, Marina... por favor, no pares.

Ella sonrió, satisfecha del poder que tenía sobre él en ese momento. Le hacía sentir algo nuevo, algo que no había probado nunca: marcar el ritmo, conceder y retirar el placer a voluntad, verlo suplicar con la mirada. Reanudó el vaivén, esta vez más rápido, sin piedad.

Al otro lado, Natalia anunció entre jadeos que se corría. La voz se le quebró en un gemido largo. La cara de Diego, tensa, con la frente perlada de sudor, anunciaba que él estaba en el mismo punto.

—Qué ricos pies tienes... —alcanzó a decir.

Marina aceleró. Quería que ese hombre se vaciara sobre sus medias, sobre la seda que tanto lo enloquecía. Y ya había decidido algo más: cuando ocurriera, no se las cambiaría. Llegaría a casa con ellas puestas, marcadas, y tendría una historia que sus amigas no iban a creerse durante el viaje a la montaña.

—Me corro —avisó él, con la voz rota.

—Hazlo en mis medias, Diego. Córrete en ellas.

No tuvo que repetirlo. Diego se arqueó contra el suelo y el chorro cálido le manchó el empeine y la parte baja de la pierna, sobre la tela oscura. Se dejó caer hacia atrás, respirando a bocanadas, mientras Marina observaba el desastre con una sonrisa lenta y se acariciaba el muslo manchado como si fuera un trofeo.

Justo entonces la cortina de la cabina se descorrió. Natalia salió todavía colorada, ajustándose la falda, y se quedó clavada al ver la escena: Diego tirado en el suelo, Marina sentada frente a él con las medias relucientes, los dos mirándola. Llevó las manos hacia abajo en un gesto torpe de pudor.

—No te tapes, Natalia —dijo Marina con una calma perversa, poniéndose de pie sin la menor prisa—. Y déjate las medias puestas. La tienda está vacía y nadie va a volver en un buen rato. —Recogió uno de sus zapatos del suelo, lo balanceó del dedo y sonrió—. Tengo la impresión de que esto acaba de empezar.

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Comentarios (4)

Flor_Entre

Me enganche desde el primer parrafo, la tension del probador esta muy bien lograda. Tremendo!!

CarlosDeSalta

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de saber que pasa despues. Muy buen relato!

Sandra_noche

buenisimo!!! original y con mucho morbo, se lo recomiendo a cualquiera

Valeria_03

Ese giro cuando ella toma el control... no me lo esperaba para nada. Muy bien jugado, me gusto muchisimo

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