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Relatos Ardientes

Mi jefe me dio una orden y la obedecí en silencio

Escribí esta historia hace años, cuando todavía me creía una mujer simple y previsible. Sigo casada con Martín y desde entonces pasaron muchas cosas, casi todas las callo. Pero esta no puedo callarla, porque fue el día exacto en que algo dentro de mí hizo un ruido seco, como un cerrojo que se abre, y descubrí una parte de mí que prefería no haber conocido. No estoy arrepentida. Apenas un poco culpable, lo justo para que el recuerdo siga teniendo filo.

Tenía veintinueve años y un cuerpo del que la gente todavía hablaba en la calle. No tuvimos hijos, así que conservaba la cintura, las tetas firmes y paradas, esa manera de caminar que hacía girar cabezas sin que yo me lo propusiera. Lo cuento sin vanidad, porque después entendí que mi cuerpo no fue lo que me perdió. Fue otra cosa, algo más profundo y más vergonzoso de admitir.

Un año y medio antes le habían recortado el sueldo a Martín en su empresa, una de esas reestructuraciones que llaman con palabras elegantes a la misma vieja precariedad. Decidimos que yo trabajara. Una amiga me consiguió un puesto de secretaria en un centro de rehabilitación donde atendían tres especialistas. Me prometí a mí misma que iba a cuidar ese empleo con uñas y dientes. Aprendí los horarios, las facturas, los nombres de los pacientes. Me volví indispensable en tres semanas.

El que mandaba de verdad ahí era el doctor Raúl Vidal. Cuarenta y ocho años, el pelo gris cortado al ras, las manos de alguien acostumbrado a que las cosas se hagan como él dice. No gritaba nunca. No le hacía falta. Bajaba la voz y la gente se inclinaba para escucharlo. Yo lo trataba con el respeto distante que se le tiene a un jefe, y él me trataba con una cortesía que tardé en notar que tenía un fondo oscuro.

—Lo hizo bien, Mariana —me decía cuando le dejaba un informe ordenado, y apoyaba dos dedos sobre el papel, no sobre mi mano, pero tan cerca que el gesto significaba lo mismo.

No es nada. Son imaginaciones tuyas.

Me repetía eso cada noche, en la cama, al lado de Martín dormido, mientras entre las piernas me nacía una humedad tibia que no tenía nada que ver con mi marido. Y cada mañana volvía a esa recepción de paredes blancas con una mezcla de nervios y de algo que no me animaba a nombrar.

***

La mañana que lo cambió todo, llegué una hora antes para cerrar una facturación atrasada. El centro estaba en silencio, con esa quietud particular de los lugares que todavía no abrieron, donde se escucha el zumbido de las luces y el propio corazón. Pensé que estaba sola. Entré al pequeño vestidor del fondo a cambiarme el saco por la chaqueta del uniforme, me quité la blusa y me quedé un instante frente al espejo, en corpiño y falda, ordenándome el pelo.

Escuché la puerta. No la golpearon. Simplemente se abrió, despacio, y en el reflejo del espejo apareció él. El doctor Vidal, todavía con el ambo del consultorio, mirándome sin un gramo de sorpresa, como si hubiera sabido exactamente lo que iba a encontrar.

—Disculpame, Mariana —dijo, sin disculparse en absoluto—. Terminé una sesión larga y quedé con los nervios tensos. Te escuché entrar y pensé en vos. Hace tiempo que pienso en vos.

Me crucé los brazos sobre el pecho. La voz me salió fina, casi un susurro.

—Doctor, usted sabe que estoy casada. Respeto a mi marido. Si quiere le preparo un té.

Lo dije como quien tiende una soga, una salida para los dos. Él ni la miró. Avanzó un paso. No me tocó todavía. Se quedó detrás de mí, lo bastante cerca para que sintiera el calor de su cuerpo en la espalda, y habló contra mi nuca con esa voz baja que usaba para que la gente obedeciera.

—Bajá los brazos.

Fue una orden. Limpia, sin ruego, sin pregunta. Y lo más insoportable, lo que todavía me cuesta confesar, es que la obedecí. Mis brazos cayeron a los costados solos, antes de que mi cabeza decidiera nada. Me quedé ahí, expuesta frente al espejo, mirándome la cara descompuesta por algo que no era miedo, y lo vi a él sonreír apenas, satisfecho, como quien confirma una sospecha. En el reflejo se me marcaban los pezones duros contra el encaje del corpiño, delatándome antes de que abriera la boca.

—Eso es —murmuró—. Sabía que adentro tenías esto. Mirate las tetas, Mariana. Se te paran solas y todavía no te toqué.

***

Apoyó las manos en mis hombros y las deslizó despacio hacia abajo, por los brazos, dejándome la piel erizada a su paso. Me corrió el pelo a un lado y me besó el cuello, justo debajo de la oreja, un beso lento y húmedo, con la punta de la lengua, que me aflojó las rodillas. Yo seguía con la vista clavada en el espejo, viendo cómo otra mujer ocupaba mi cuerpo, una que cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás.

Sus manos me rodearon por delante y me agarraron las tetas por encima del corpiño, apretándomelas con una firmeza que no era caricia, que era posesión. Me sacó una copa del encaje con un tirón seco y el pezón me saltó afuera, hinchado y rosado. Me lo pellizcó entre el pulgar y el índice, girándolo despacio, y me arrancó un gemido que rebotó contra el espejo.

—Por favor —dije, y ni yo supe si pedía que parara o que siguiera.

—Vos no decidís ahora —contestó él contra mi piel—. Ahora solo escuchás. Y abrís las piernas cuando yo te diga.

Sus manos bajaron por mi cintura y se metieron bajo la falda. Las sentí subir por mis muslos enfundados en las medias finas que usaba siempre, esa lencería que me ponía cada mañana sin pensar para quién. El roce de sus dedos sobre la tela hacía un sonido tenue en el silencio del cuarto, un susurro que parecía el más fuerte del mundo. Cuando llegó al elástico de la bombacha metió los dedos por debajo, sin preguntar, y me la corrió a un costado.

—Mirá qué suave —dijo, recorriéndome las nalgas por encima de la media—. Y mirá cómo temblás. No sos de hielo, Mariana. Eso lo supe el primer día. Estás empapada. Se te chorrea por los muslos.

Deslizó dos dedos por la raja del coño, de atrás hacia adelante, y los levantó a la altura del espejo para que yo los viera brillar. Me los pasó por los labios, mojándomelos con mi propia humedad, y después me los metió en la boca. Los chupé. Lo hice sin pensarlo, y esa fue la primera vez que entendí que ya no había vuelta atrás.

Quise responder algo digno y no me salió nada. Me giró por los hombros con firmeza, sin brusquedad, para tenerme de frente. Me miró a los ojos un segundo largo, esperando, y entendí que esperaba mi permiso disfrazado de silencio. No dije que no. Esa fue mi traición, la verdadera: no la boca, sino el silencio.

***

Me sentó en el borde de la camilla en desuso que había contra la pared, una de esas viejas que ya no usaban. Me abrió las piernas con las dos manos, despacio, y se quedó un momento mirándome sin tocar, vestido todavía, mientras yo estaba a medio desvestir y agitada. La diferencia de poder estaba ahí, expuesta, y descubrí que era exactamente eso lo que me encendía: que él tuviera el control entero y yo apenas tuviera que dejarme.

—Pedímelo —dijo.

—No.

—Pedímelo bien.

Cerré los ojos. La vergüenza y el deseo se me mezclaron en la garganta hasta que ya no pude distinguirlos.

—Por favor —murmuré.

—Por favor qué. Decilo con las palabras que se dicen.

—Por favor, cómame. Cómame el coño.

Algo en él se relajó, como un cazador que por fin baja el arma porque la presa dejó de correr. Se arrodilló en el piso de baldosa fría y se inclinó y me besó la cara interna de un muslo, después el otro, subiendo sin apuro, castigándome con la lentitud. Sentí su aliento caliente subiéndome por la piel y las manos me temblaban colgando de los costados de la camilla.

Cuando llegó adonde yo ya estaba chorreando, me besó por encima de la bombacha primero, sintiéndome a través de la tela, y el calor de su boca me arrancó un sonido que no reconocí como mío. Después me apartó la tela de un tirón, me abrió el coño con dos dedos y me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, lenta, saboreándome como quien prueba algo por primera vez y decide que le gusta.

—Rica —murmuró contra mi carne—. Sabía que ibas a estar rica.

Me la lamió despacio, dibujándome el clítoris con la punta de la lengua, chupándomelo suave entre los labios, soltándolo cuando yo empezaba a temblar demasiado. Me metió dos dedos y los curvó adentro, buscando ese punto que ni yo misma me había animado a buscarme bien, mientras seguía chupándome. Yo me agarré de sus hombros y le clavé las uñas, con la cabeza hacia atrás, mordiéndome los labios para no gritar en el silencio del centro.

—No pares —le pedí, y me escuché decirlo y me odié un poco—. Por favor no pares.

Él no paró, pero tampoco me dejó acabar. Cuando me sintió al borde, con las piernas duras y el coño apretándole los dedos, se retiró de golpe. Me miró desde abajo con los labios mojados de mí, sonriendo apenas.

—Todavía no. Vos acabás cuando yo te diga.

Pensaba en Martín a ráfagas, breves relámpagos de culpa que se apagaban enseguida. Era más fuerte la otra cosa, el alivio absurdo de no tener que decidir nada, de que un hombre me dijera qué hacer y yo solo tuviera que obedecer.

***

Me tomó la mano y la guió bajo su ambo. Lo sentí duro, listo, y lo acaricié primero por encima de la tela y después le bajé el pantalón y lo liberé. Se la tenía gruesa, larga, más de lo que Martín me había hecho conocer nunca. Me la puso en la mano y me la hizo mover despacio, enseñándome el ritmo que a él le gustaba, sin soltarme la muñeca.

—Chupámela —dijo—. Quiero ver esa boquita de secretaria con mi verga adentro.

Me deslicé de la camilla y me arrodillé frente a él, en el mismo piso donde había estado él un minuto antes. Le agarré la polla con las dos manos, se la besé primero en la punta y después me la metí en la boca. Al principio solo la cabeza, chupándola despacio, mojándomela con saliva. Él me agarró del pelo con una mano, no para forzarme, solo para guiarme, y empezó a empujarme la cabeza más hondo.

—Así, toda —jadeó—. Así, Mariana, dale, hasta el fondo.

La sentí golpearme la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas. Me la sacó, me dejó respirar, me la volvió a meter. Yo lo chupaba con hambre, sorprendida de mí misma, escuchándolo gruñir con cada bombeo. Le lamí los huevos, se los chupé uno por uno, volví a la punta y le pasé la lengua por debajo de la corona hasta que él me tiró del pelo para separarme.

Nos miramos. En sus ojos no había ternura, había una certeza tranquila, la de alguien que sabe que ya ganó. Y a mí esa certeza me gustaba más que cualquier caricia.

—Date vuelta —ordenó—. Apoyate en la camilla.

Obedecí. Me subió la falda hasta la cintura, me bajó las medias y la bombacha hasta la mitad de los muslos, dejándome a medio desnudar, sin terminar de quitarme nada, como si la ropa a medias fuera parte del juego. Me apoyó una mano en la espalda, entre los omóplatos, y con esa sola mano me mantuvo doblada, inmóvil, esperando. Con la otra me abrió las nalgas y me contempló, en silencio, lo suficiente para que yo sintiera el aire fresco donde no debía.

—Quieta —dijo, aunque yo no me movía—. Quiero que sientas que mando yo.

Se pasó la punta de la polla por la raja del coño, arriba y abajo, mojándosela con mi flujo, sin meterla. Yo empujé la cadera hacia atrás, buscándola, y él me dio una palmada seca en la nalga que sonó como un latigazo en el cuarto.

—No. Yo digo cuándo.

Se la acomodó en la entrada y me la clavó de una sola estocada, hasta el fondo, arrancándome un grito que ahogué contra el hule de la camilla. Me quedé sin aire. Me llenaba de un modo que Martín nunca había logrado, empujando contra un lugar que hasta entonces yo no sabía que tenía.

Empezó a cogerme despacio, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter con calma, como quien mide. Después subió el ritmo. Me sostenía de la cadera con una mano y de la nuca con la otra, manejándome el ritmo entero, decidiendo él cuándo despacio y cuándo hondo. Yo me agarré del borde de la camilla y dejé que lo hiciera. El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas se sumaba al de mis botas contra la pared, un golpe seco y repetido en el silencio del centro vacío. Los ruidos húmedos de la polla entrando y saliendo de mi coño se me metían en la cabeza y me daban una vergüenza que era también otra forma de placer.

—Decí que te gusta —exigió.

—Me gusta —admití, y la palabra me salió rota, porque era verdad, una verdad que me cambiaba para siempre.

—Decilo entero. Decí qué te gusta.

—Me gusta que me cojas —gemí—. Me gusta tu verga adentro. No pares.

Me tiró del pelo hasta enderezarme, con la espalda arqueada, y me pasó la mano libre por delante para agarrarme una teta, apretándomela mientras me la seguía metiendo desde atrás. Con los dedos me buscó el clítoris y me lo frotó en círculos, sin dejar de embestirme. Yo me deshacía. Sentí que un temblor me subía desde las corvas, se me acumulaba en el bajo vientre, y estallé apretándole la polla adentro con espasmos que me dejaron sin voz. Me mordí el antebrazo para no despertar al edificio entero.

—Eso es —jadeó él en mi oído, sin dejar de cogerme mientras yo me acababa—. Acabá para mí. Toda mojada, así.

***

No duró mucho más y no hizo falta. Lo sentí tensarse, clavarme los dedos en la cadera, y un gruñido contenido contra mi espalda mientras me la sacaba a último momento y descargaba la corrida entera sobre mis nalgas y la parte baja de mi espalda. Sentí el chorro caliente golpeándome la piel, resbalándome hacia abajo, y él la fue apoyando otra vez contra mi raja para exprimir hasta la última gota, embarrándome de semen los pelos del coño.

Quedó un momento quieto, respirando fuerte, con la mano todavía en mi nuca, y solo entonces me soltó y me dejó enderezarme. Se agarró unos pañuelos de una caja que había sobre la mesa y me limpió él mismo, despacio, la espalda, las nalgas, entre las piernas, como quien recoge después lo que él mismo dejó. El gesto era más íntimo que todo lo anterior, y me hizo temblar de nuevo.

Lo que me había sacudido no fue el cuerpo. Fue haber descubierto, a los veintinueve años, parada a medio vestir en un cuartito de un centro de rehabilitación, con la corrida de mi jefe corriéndome por los muslos, que me gustaba obedecer.

Nos acomodamos la ropa en silencio. Él se lavó las manos, se acomodó el ambo y me miró en el espejo mientras yo me abrochaba la chaqueta del uniforme con dedos torpes.

—Hoy trabajaste muy bien —dijo, con la misma voz cordial de siempre, y la frase de doble filo me corrió por la espalda como una mano helada.

Abrimos el centro a horario. Llegaron los pacientes, los otros médicos, el día normal con su zumbido de teléfonos. Nadie notó nada. Yo atendí, facturé, sonreí, sintiendo entre las piernas el ardor de haber sido usada y la humedad que no terminaba de secarse. Por dentro era otra persona.

***

Desde aquella mañana me trataron como a una reina. Regalos que sabía justificar, un sueldo que disimulaba lo que en realidad era. El doctor Vidal nunca volvió a pedir permiso con palabras. Le bastaba una mirada, una orden mínima dicha al pasar —«quedate después de cerrar», «vení a mi consultorio»— y yo iba, dócil, sintiendo en cada paso esa mezcla de culpa y de deseo que ya formaba parte de mí. Aprendí a arrodillarme en la alfombra de su consultorio, a abrir la boca cuando él se bajaba el cierre sin decir una palabra, a doblarme sobre su escritorio con los papeles debajo mientras él me metía la polla y contestaba llamados de la mano.

Lo escribo ahora para sacarme un poco de ese peso, aunque sé que escribirlo no me lo saca, apenas lo ordena. Sigo casada con Martín. Sigo siendo, de puertas afuera, una mujer simple y previsible. Pero aprendí esa mañana algo que ya no pude desaprender: que dentro de mí vive alguien que solo necesita que la voz indicada le diga, en el tono justo, qué tiene que hacer. Y que esa parte, por más culpa que cargue, nunca quiso volver a callarse.

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Comentarios(8)

nocheoscura99

excelente!!! me encantó todo, se hizo muy corto

MarcosDP

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

LaPensativa

Me encantó la tensión que se construye desde el principio. No hace falta que sea explícito para que se sienta, eso es talento. Muy bien logrado.

Ramiro_P

La dinamica entre los dos esta muy bien planteada. Sigue así!

MireyaBA

Me recordó a una situacion de trabajo jajaja aunque sin llegar a tanto. Muy bueno!

Serena_Baires

Tremendo, de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria

Dafet

Espero que haya continuacion, porque con ese final me quede pensando un buen rato

LectorNocturno_ar

Lo que mas me gustó es lo creíble que se siente todo. La verosimilitud es increible, parece real

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