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Relatos Ardientes

Me arrodillé ante la clienta de la zapatería

Vender zapatos no es un trabajo que despierte pasiones. Botas en invierno, sandalias en verano, alguna plantilla y un poco de betún que logro colocar antes de que el cliente llegue a la caja. Eso es lo que mi jefe, don Heriberto, espera de mí cada mes: que mueva mercancía y mantenga el local impecable. Lo demás lo pongo yo.

Aquella tarde de julio el calor aplastaba la calle y no había entrado nadie en horas. Tenía la tienda ordenada hasta el último par, los espejos sin una huella y los probadores alineados. Me quedé de brazos cruzados detrás del mostrador, muerta de aburrimiento, mirando cómo el ventilador removía el aire caliente sin enfriar nada.

Normalmente ando demasiado liada para fijarme en quién entra. Coloco cajas, cobro, repongo el escaparate y apenas levanto la vista cuando alguien pide un número. Pero esa tarde el tiempo se había detenido y yo no tenía nada mejor que hacer que mirar.

Y entonces apareció ella.

Empujó la puerta con el hombro y dejó entrar una bocanada de calor antes de que el aire acondicionado volviera a ganar. Llevaba una camiseta fina de tirantes que insinuaba un pecho de proporciones generosas, una falda corta que dejaba a la vista unos muslos firmes y unas sandalias planas que enmarcaban dos pies cuidados, de uñas pintadas de un rojo oscuro. Me enderecé sin darme cuenta.

Tengo que confesar una cosa que no le digo a cualquiera: los pies me gustan. Mucho. Siempre me atrajeron los cuerpos bonitos, sí, pero hay algo en un pie bien cuidado que me desarma. Y como no había nadie más en el local, decidí que aquella clienta merecía una atención muy personalizada.

Dio una vuelta despacio, paseando la mirada por las estanterías. Se detuvo en la zona de fiesta, donde tengo los tacones altos y las sandalias de tira fina. Eligió dos pares y se sentó en uno de los sillones bajos del fondo, lejos del escaparate, medio escondida tras una estantería.

—¿Me trae estos en un treinta y ocho? —dijo, y su voz tenía una calma que no encajaba con el modo en que me miraba.

—Ahora mismo —respondí, y fui a buscarlos casi corriendo.

Volví con las cajas y me arrodillé frente a ella, como hago siempre, solo que esta vez me tomé mi tiempo. Dejé caer un poco el escote barco de mi camiseta al inclinarme, lo justo para que ella tuviera una buena vista de mis pechos, que esa tarde había decidido llevar sin sujetador. No fue un accidente.

Le quité una de las sandalias y sostuve su pie desnudo entre las manos. Levanté la vista hasta su cara y nuestras miradas se encontraron. Solo un segundo, pero en sus ojos azules había una sonrisa de complicidad que lo decía todo. Tenía la piel suave, las uñas limadas, el empeine fino. Era exactamente la clase de pie con el que sueño.

—Le voy a probar primero la sandalia de tira —dije, por decir algo.

Antes de calzársela le masajeé el talón un momento. Separé un poco sus piernas y ella no opuso ninguna resistencia. Allí donde los muslos se juntaban pude ver la sombra húmeda de su excitación marcando la tela clara de la ropa interior. Y ella, desde arriba, podía ver perfectamente lo que sus formas provocaban en mis pezones duros bajo la camiseta.

—Le quedarían preciosas con un vestido de fiesta —murmuré.

—Son para una boda. Tienen que combinar con el vestido —contestó, sin dejar de mirarme las manos.

Mis dedos subieron por su tobillo y su pantorrilla, acariciando una piel tan suave como había imaginado. El masaje le gustaba; no protestó, no retiró la pierna, no apartó el pie de entre mis manos. Solo se inclinó un poco más hacia adelante, buscando ver más de mí, todo lo que mi ropa ligera le permitiera.

Pero no me tocó. Eran mis manos las que recorrían su pie, deslizándose entre sus dedos, acariciando la planta y el empeine. Ella esperaba. Dejaba que yo decidiera hasta dónde llegar, y eso, lejos de frenarme, me encendió todavía más.

El que calla otorga. Como mis caricias seguían siendo bien recibidas y estábamos completamente solas, me atreví a más. Me llevé su pie a la boca. Chupé sus dedos uno a uno, deslicé la lengua entre ellos, recorrí la planta con los labios y la humedecí con mi saliva. Su pie sabía a verano, a piel limpia y a algo más que no sé nombrar.

Su sonrisa se hizo más amplia cuando las cosquillas casi la obligaron a reír. Pero lo disfrutaba: los suspiros que se le escapaban de la garganta me lo confirmaban. Apoyé su pie húmedo entre mis senos, sobre la piel desnuda del escote, y con él fui bajando la tela hasta descubrirme del todo. Mientras tanto subía con la lengua por su pantorrilla, por la cara interna del muslo, acercándome a donde los dos queríamos que llegara.

Levantó un poco las caderas del sillón, lo justo para que yo pudiera enganchar con un dedo el borde de su ropa interior. No tuve paciencia para deslizarla hasta el suelo. La aparté de un tirón y la dejé caer dentro de una de las cajas vacías, fuera de en medio.

Tiré de sus piernas hasta dejar su trasero al filo del sillón y me pasé sus rodillas por encima de los hombros. Acerqué la cara a su sexo y lo besé con todo el deseo que llevaba acumulado desde que la vi cruzar la puerta.

Cuando mi lengua recorrió sus pliegues, un escalofrío le atravesó el cuerpo y se le escapó un gemido corto, contenido. Separó más las piernas, dándome todo el acceso. Sin usar las manos, solo con la lengua, busqué su clítoris y lo rodeé despacio, luego más rápido, hasta que la sentí temblar contra mi boca. Su humedad me resbalaba por la barbilla mientras ella enrollaba la falda en la cintura y apretaba mis orejas entre sus muslos en cada sacudida.

De pronto estiró una pierna y noté sus dedos sobre mi vientre. Bajaron por encima del ombligo, más abajo todavía, hasta rozar la tela mínima que me cubría. Por suerte yo también llevaba falda corta. Apenas un trozo de tela separaba sus dedos de mi propio sexo, depilado y ya empapado.

Apenas habíamos cruzado un par de frases sobre tacones y yo ya tenía la cara entre sus piernas, y ella buscaba las mías con el pie. Aquello se nos había ido de las manos, y en cualquier momento podía entrar alguien por la puerta y encontrarnos. Pensar que podían descubrirnos, lejos de asustarnos, nos calentaba todavía más. Las dos, al parecer, teníamos algo de exhibicionistas además de devoción por los pies.

Aparté mi falda para dejarle paso. Era hábil: con un movimiento suave del dedo gordo corrió la tela a un lado y enseguida sentí su pie acariciando mis labios, buscando el clítoris. No tardó nada en encontrarlo. Empecé a gemir contra su sexo, sin poder ya contener los jadeos, mientras seguía lamiéndola.

—Córrete para mí —le dije, casi sin aire.

—Ya está, ya casi… no pares —respondió.

Pero ella ya se había corrido, más de una vez, por lo que pude notar. Ahora solo quería ocuparse de mí. El primer orgasmo me llegó con una facilidad que me asustó. Su pie sobre mi sexo me estaba volviendo loca, y tuve que apoyar la frente en su muslo para no perder el equilibrio.

—Ahora quiero ver los tuyos —dijo, retirando el pie—. Ponte de pie.

—No son tan bonitos como los tuyos —me hice la humilde, aunque la verdad es que estoy orgullosa de mis pies. Los cuido, los llevo siempre con las uñas pintadas, y si nadie me los acaricia, me los acaricio yo misma.

***

Me incorporé y aproveché para deshacerme de la ropa interior, que a esas alturas era solo un trapo mojado entre mis muslos. Me quité una sandalia y, cuando ella palmeó su rodilla, apoyé el pie derecho sobre ella. Sus manos fueron de inmediato a acariciarlo, despacio, con una delicadeza que me erizó la piel. Yo seguía con el pecho al aire y me amasaba los senos para darme aún más placer.

—Es precioso —murmuró, pasando sus dedos entre los míos igual que yo había hecho antes con ella. Acarició el empeine, me hizo cosquillas en la planta, subió por el tobillo y la pantorrilla.

—¿Me dejas que te lo coma? —preguntó.

—Lo estoy deseando —dije.

Me senté a su lado para estar más cómodas y poder acercarle el pie a la cara. Bastó con sentir su lengua repasando la planta para que se me cortara la respiración. Cuando me chupó los dedos creí que me derretía, y cuando pasó la lengua entre ellos me corrí de nuevo, mojando el sillón sobre el que cada día se prueban zapatos perfectos desconocidos. Y sin que me hubiera tocado el sexo siquiera.

Quedé hundida en el sillón, jadeando, buscando el aire que me faltaba. Tenía el pecho descubierto, un pie descalzo con la sandalia tirada en el suelo y el otro apoyado en el respaldo. Las piernas completamente abiertas, la falda enrollada en la cintura, expuesta por entero a sus ojos y a su lengua.

Se inclinó sobre mí, dispuesta a seguir. Yo creía estar saciada, pero todavía no había sentido su boca donde más la necesitaba. Cuando por fin lo hizo, descubrí que no tenía idea de cuánto se podía gozar. Encadené un orgasmo con otro, y cuando me levantó las piernas y su lengua llegó hasta el lugar más escondido, perdí del todo la cabeza.

Fue una locura, y la excitación hizo que no me importara nada más. Estábamos en un rincón apartado del escaparate, tapadas por una estantería, pero era perfectamente posible que alguien nos viera desde la entrada. Si pasó, supongo que el espectáculo le gustó, porque nadie dijo una palabra y nadie nos interrumpió.

Después, mientras nos recomponíamos la ropa entre risas bajas, me dijo que se llamaba Marisol y que vivía a tres calles de la tienda. Compró las dos sandalias sin regatear el precio.

He vuelto a verla varias veces desde entonces. Nunca me habían atraído las mujeres de un modo especial, pero no es fácil encontrar a alguien que comparta exactamente tu fetiche. Y mucho menos a alguien capaz de dar y de recibir placer como ella. Don Heriberto está encantado con mis ventas de verano. No tiene ni idea de por qué.

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Comentarios (5)

SorpresaTotal

Que bueno!!! no me esperaba ese giro para nada

ValeriaDP

Segunda parte por favor... me quede con muchisimas ganas de saber como sigue

Norberto45

Muy buen relato. La tension que se arma desde el principio es increible, se siente en cada parrafo. Sigue escribiendo asi

MoniLect21

me recordo a algo que me paso trabajando hace unos años jajaja. Aunque no termino igual

Rodrigo_Cba

tremendo, la situacion inicial ya te atrapa solo

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