El secreto que escondo dentro de mis botas de agua
Nunca se lo he contado a nadie y dudo que lo entiendan. Cada vez que abro el cajón y saco mi vibrador, lo primero que hago no es desnudarme: es ponerme las botas de agua. Es la única manera en que consigo llegar al final cuando estoy sola. Puedo intentarlo de mil formas distintas, pero mi cuerpo no responde igual hasta que siento la goma ajustándose alrededor de mis pantorrillas y el peso firme del calzado sujetando mis pies.
Cuando por fin me corro, lo hago con tanta intensidad que termino empapándolo todo. Y lo que de verdad me hace perder la cabeza no es el orgasmo en sí, sino la sensación posterior: notar cómo mi propio placer se desliza por mis piernas largas y delgadas hasta colarse dentro de las botas. No me gusta llenarlas del todo. Me gusta dejar lo justo, lo suficiente para que la goma quede húmeda por dentro, pegajosa, marcada por lo que acabo de hacer.
A veces fantaseo con algo más. Imagino a alguien encima de mí mientras las llevo puestas, una chica o un chico, da igual, terminando dentro de ellas y dejándome esa misma sensación pero ajena, deslizándose despacio por mis piernas desnudas hasta encharcarse en el fondo. Esa idea me persigue desde hace años. Pero por ahora es mía, solo mía, y la guardo en el mismo sitio donde guardo las botas.
Tengo dos pares. Unas negras, mate, sobrias, las que cualquiera usaría sin sospechar nada. Y otras de un azul marino profundo, de una marca inglesa cara que compré precisamente por lo bien que se ceñían a mis piernas. Los dos pares están más que usados. Me he corrido y me he humedecido dentro de ambos más veces de las que puedo contar, y después he salido a la calle con ellos como si nada, normalmente a hacer la compra en el supermercado de la esquina, caminando entre la gente con mi secreto escurriéndose en cada paso.
Nadie lo sabe. Nadie lo sospecha siquiera.
***
Una de mis mejores experiencias ocurrió un martes cualquiera, de esos que no prometen nada. Me desperté temprano y, antes incluso de abrir las cortinas, escuché el ruido constante del agua contra el cristal. Había diluviado toda la madrugada. Me asomé y vi la calle convertida en un río, los coches levantando cortinas de agua, la gente refugiada bajo los portales. Y entonces lo entendí: no me quedaba más remedio que ir a la oficina con mis botas de agua.
Solo de pensarlo se me encogió el estómago de pura excitación. Me preparé sintiéndome más cachonda de lo que debería estar un día laborable, dándole vueltas a qué ponerme con ellas. Las había usado para trabajar un par de veces, pero siempre con un truco: como hacían algunas de mis compañeras, me llevaba unos tacones en el bolso para cambiarme en cuanto llegaba. Aquella mañana, sin embargo, pensé otra cosa.
¿Qué sentido tiene?
Era martes de poca gente. Mi jefa estaba de viaje, la mitad del equipo trabajaba desde casa y ninguno de los que iríamos pensaba quedarse hasta tarde. A nadie le iba a importar lo que llevara puesto en los pies. Por una vez, podía permitirme caminar todo el día con mi fetiche bien escondido a plena vista.
Me arreglé con calma. El maquillaje me quedó perfecto, de esos días en que una se mira al espejo y se gusta de verdad. Tengo suerte: soy alta, delgada, con unas curvas discretas en los sitios justos. Lo único que me faltaba era vestirme, ponerme las botas y salir por la puerta. Tan sencillo como eso. Pero, claro, así es como una mujer termina perdiendo el tiempo de la peor manera.
Recién duchada, me había extendido aceite de bebé por las piernas, y ahora, de pie en mitad del dormitorio, sentía frío. Pensé que unas medias tupidas debajo de los vaqueros me mantendrían más abrigada; la oficina solía estar helada por las mañanas. Me puse primero un jersey rosa suave, luego las medias opacas ajustándose centímetro a centímetro sobre la piel aceitada. Antes de meterme en los pantalones, bajé corriendo al recibidor a por las botas negras, me las calcé y subí de nuevo a terminar de vestirme.
Me planté delante del espejo y casi me quedo sin aliento. Madre mía. El cuerpo me pedía guerra. Las medias dibujaban cada línea de mis piernas, y la goma de las botas las abrazaba a la altura de las pantorrillas con esa presión firme que me vuelve loca. Estaba tan húmeda que lo notaba a través de la tela. Era brutalmente consciente de mis piernas suaves, aceitadas, envueltas en medias y rematadas por el agarre ceñido del calzado.
No pude contenerme.
Antes de darme cuenta, ya tenía una mano metida entre las piernas por encima de la ropa, presionando, buscando. Me quité la bota izquierda casi sin pensarlo y empecé a frotármela contra el sexo todavía cubierto por las medias. La curva del tobillo, esa parte dura y lisa de la goma, encajaba perfecta contra mi clítoris. La deslizaba arriba y abajo, despacio primero, luego con más urgencia, mordiéndome el labio para no hacer ruido aunque estuviera sola en casa.
Cuando sentí que estaba a punto, hice algo que llevaba imaginando desde que abrí los ojos esa mañana. Aparté las medias, me bajé la ropa lo justo y sostuve la caña de la bota justo debajo de mi sexo, que ya goteaba. Me puse en cuclillas para seguir tocándome sin dejar de mantener la goma en posición, recogiéndolo todo dentro. El orgasmo me sacudió de arriba abajo, en silencio, con la respiración entrecortada y las rodillas temblando.
Me quedé un momento así, agachada, recuperando el aliento. Mi placer seguía resbalando por la cara interna del muslo hasta caer dentro de la bota derecha, la que aún llevaba puesta. Y entonces noté otra cosa: las ganas de orinar empezaban a apretar también, esa otra urgencia que tantas veces se me mezcla con el deseo. Dejé escapar apenas un hilo, lo suficiente para sentir el calor bajando por la pierna, sin perder el control, sin pasarme. Lo justo, como a mí me gusta.
Cuando por fin me incorporé, volví a calzarme la bota izquierda. Y por un instante me detuve solo para disfrutar de la sensación de meter el pie dentro de la goma húmeda, tibia, resbaladiza. Un escalofrío me recorrió la espalda. Pequeños hilos de humedad seguían bajando por mis piernas y encharcándose en el fondo de ambas botas, mezclados, calientes contra la planta de mis pies.
Miré el reloj y se me cortó el aire por un motivo bien distinto. Había pasado media hora desde que debería haber salido. Tenía que irme ya. Menos mal que ese día nadie iba a darme la lata con la hora de llegada ni con la pinta que llevara.
***
Terminé bajando con mis vaqueros más ajustados, el jersey rosa y las botas negras guardando mi secreto en cada paso. Conduje hasta la oficina con la calefacción del coche a tope y la humedad de mi propio placer atrapada dentro del calzado, sintiéndola cada vez que pisaba el embrague. En cada semáforo en rojo apretaba un poco las piernas y sonreía sola, mirando de reojo a los conductores de al lado, preguntándome qué pensarían si supieran lo que llevaba puesto.
El edificio estaba casi vacío, como había previsto. Saludé a los dos o tres compañeros que se habían atrevido con el temporal, colgué el abrigo empapado y me senté en mi mesa como una empleada modelo más. Nadie miró mis pies. Nadie tenía por qué hacerlo. Y aun así, cada vez que me levantaba para ir a por un café o a la impresora, era dolorosamente consciente del roce de la goma húmeda contra mi piel, de mi pequeño secreto guardado bajo la mesa mientras respondía correos como si nada.
Hacía frío en la oficina, tanto como había imaginado. Fue la excusa perfecta. Cuando una compañera me preguntó si no me incomodaban las botas, le contesté que con el día que hacía prefería ir cómoda y calentita. Ella asintió, comprensiva, sin sospechar la verdad. Si tú supieras.
No me las quité en todo el día. Ni una sola vez. Trabajé, sonreí, hice mis llamadas y firmé mis informes, todo el tiempo arropada por la sensación más íntima y secreta que conozco. Cuando salí esa tarde, la lluvia seguía cayendo, y por una vez no me molestó en absoluto. Caminé hasta el coche bajo el agua, sintiendo cada paso, sabiendo que aquel había sido, con diferencia, el mejor martes de mi vida.