La cita bdsm que soñé con mi Ama
Llegué puntual, exactamente a la hora que me había ordenado. Ni antes ni después. Llevaba toda la semana repasando sus instrucciones como si fueran una oración, sintiendo una mezcla de ansiedad, vergüenza y calentura que me tenía la cabeza ocupada desde el primer mensaje.
Había sido precisa hasta en los detalles más humillantes. Jaula de castidad, tanga negro, medias cortas, garbanzos bajo las plantas de los pies, una limpieza anal profunda y, además, fruta y una bolsa con más garbanzos como tributo. Nada quedaba al azar cuando ella decidía prepararme de verdad.
Me llamaba su sumi cuando estaba de buen humor. Cuando no, era simplemente su cosa.
Yo había obedecido todo. Salí de casa con la polla presa dentro de la jaula, dura y apretada contra el metal, el tanga clavado entre las nalgas y los garbanzos machacándome las plantas con cada paso. Para cuando llegué a su edificio, el dolor en los pies era constante y el roce de la tela en el culo me tenía desquiciado.
Toqué la puerta y ella abrió casi al instante, como si llevara un rato esperándome del otro lado. Llevaba un top oscuro, vaqueros ajustados y los pies descalzos sobre el suelo de madera. Verla así, tan normal por encima y tan dueña de todo por debajo, me revolvió el estómago.
—Cuánto tiempo —dijo con una sonrisa lenta.
Sin darme margen, me metió la mano entre las piernas por encima del pantalón y palpó la jaula. Notó la erección inútil, encerrada, y sonrió más. Yo bajé la vista hacia sus pies por puro reflejo, como siempre.
—Te siguen volviendo loco, ¿verdad? Arrodíllate.
Me arrodillé en la entrada y acerqué la boca a sus pies. Besé el empeine, los dedos, la planta. Ella me dejó unos segundos así, disfrutando del espectáculo. Después me acarició el pelo con una ternura falsa que me excitó todavía más.
—Levántate. Desnúdate, menos el tanga y las medias. Ponte el collar, las muñequeras y las tobilleras que están sobre la mesa. El tributo en la boca. Y vienes a la otra habitación sin hacerme esperar.
Tomó una cereza del cuenco de fruta, me la metió entre los labios y me dio un beso corto, apenas una presión húmeda. Luego me pellizcó la mejilla.
—Date prisa. Voy a disfrutar mucho haciéndote sufrir.
La oí alejarse mientras yo me desvestía con manos torpes. El nervio me hacía moverme peor. Me coloqué el collar y los herrajes de cuero, sujeté otra fruta en la boca como me había dicho y respiré hondo antes de entrar.
La habitación estaba preparada. Apenas me dejó mirar. Se acercó, me quitó la fruta de la boca y la dejó en una bandeja. Luego pisó uno de mis pies con todo su peso.
El dolor me subió como un latigazo hasta la cadera. Los garbanzos se me clavaron en la carne con una presión insoportable y solté un gemido ahogado. Antes de recuperarme, me aplastó el otro pie igual de fuerte.
Las lágrimas me saltaron solas.
—Bien. Sí obedeciste —murmuró, acariciándome la cara con los dedos—. Y esto no es nada.
Me vendó los ojos con firmeza. El cuarto desapareció y me quedé reducido a su voz, al escozor de los pies y al tirón constante de la jaula. Sentí la bofetada antes de entenderla. Me giró la cara de golpe.
—No hablas sin permiso. Ni siquiera si te pregunto algo.
Asentí.
La oí reírse bajito. Después me colocó las manos a la espalda y las ató. Tiró del tanga hacia arriba, hundiéndomelo entre las nalgas, y el roce me arrancó un jadeo. Luego me lo bajó de golpe hasta las rodillas y me lo quitó. El aire frío en el culo me hizo tensarme.
Sus pies se colocaron sobre los míos. Se puso de puntillas, acercó la boca a mi oreja y me habló despacio.
—Sigue mi voz. Yo te guío.
Avancé ciego, con pasos torpes, obedeciendo cada indicación suya. La sensación de no ver nada me volvía más suyo, más pendiente de cada orden, de cada roce. Me desató las manos un momento y las colocó sobre una madera pulida. Luego me alzó la venda.
Tenía delante una picota.
—Cabeza y manos —ordenó.
Obedecí. Cerró el cepo y quedé inmovilizado, el torso inclinado, el culo abierto a su vista, sin poder cubrirme ni tocarme. Ella dio una vuelta lenta a mi alrededor, contemplándome como si evaluara una herramienta.
—Ahora sí. Vamos a trabajar ese culo.
Sentí primero el lubricante frío. Luego un dedo entrando despacio en mi ano, abriéndome con paciencia. Me tensé por puro reflejo y me soltó una palmada seca en la nalga.
—Relájate.
Respiré como pude. Volvió a meter el dedo, más hondo esta vez, y luego otro. Sus dedos me abrían y cerraban el culo con un ritmo deliberado, húmedo, obsceno. Los sacaba casi por completo y los volvía a hundir, acariciando por dentro, buscando el punto exacto que me hacía temblar las piernas.
—Mira cómo tragas —dijo—. Qué bien se te da abrirte cuando te mando.
Me dio otra palmada, luego otra más fuerte. Mientras me follaba el culo con los dedos, iba alternando cachetes que me dejaban el trasero ardiendo. Dolor y placer se mezclaban de una forma sucia, animal. La jaula tiraba de mi polla a cada contracción y me estaba volviendo loco.
Retiró los dedos y me quedé vacío, respirando agitado. La oí moverse detrás de mí y supe que buscaba algo. Cuando volvió, noté la punta lubricada de un plug en mi entrada.
—Vamos a estrenarte como se debe.
Empujó despacio. El culo se me resistió un segundo y luego cedió alrededor del juguete. Sentí esa presión plena, invasiva, profunda, y no pude evitar gemir.
—¿Cómodo? —preguntó.
—No lo s…
El azote me cortó la frase. Una bofetada brutal en la nalga izquierda, seguida de otra en la derecha.
—No te di permiso para hablar.
Me quedé mudo, temblando. Ella me acarició justo encima del enrojecimiento, como si consolara lo mismo que acababa de castigar. Ese contraste me desarmaba más que el golpe.
Luego llegó la rueda de pinchos. La pasó por mi espalda, por los muslos, por las nalgas abiertas alrededor del plug y hasta por el bulto inútil de la jaula. No cortaba, pero pinchaba lo suficiente para dejarme la piel eléctrica. Yo jadeaba, incapaz de saber si quería apartarme o empujarme más contra ella.
—Cien —me recordó cerca del oído—. Dijiste que podías con cien.
El primer azote con la pala me arqueó entero. Sonó seco, contundente. El segundo cayó cruzado sobre el mismo sitio y el calor se volvió incendio. No los contó deprisa. Los administró con una paciencia cruel, dejando que cada golpe encontrara piel ya sensible, ya viva. Entre unos y otros, me acariciaba la espalda, me besaba la nuca, me apretaba una nalga y después volvía a castigarla.
Para cuando llevaba varias decenas, tenía el culo ardiendo y el plug se movía dentro de mí con cada espasmo. Ese vaivén interno, sumado al dolor, me estaba poniendo al borde aunque la polla siguiera presa. Estaba sudando, respirando por la boca, con la saliva cayéndome por la barbilla.
Entonces sonó una alarma.
Ella se apartó. Me quitó el plug de un tirón lento y me soltó de la picota. Ordenó que me quitara las medias. Cuando saqué los pies de aquel tormento casi gemí de alivio. Quise agacharme a frotármelos, pero me frenó con una mirada.
—Ni se te ocurra.
Me llevó hasta una argolla del techo y me ató las muñecas en alto. Quedé de puntillas, con el pecho abierto, la jaula al frente y el culo aún caliente por la paliza. Volvió a vendarme los ojos. El siguiente golpe llegó con una vara fina directamente sobre las nalgas.
Solté un quejido ronco.
Ella me habló pegada a la oreja.
—Esto es para que tengas en qué pensar mientras vuelvo. Ahora viene la sorpresa. No va a haber piedad.
La oí marcharse y me dejó solo, atado, ciego, dolorido y con el cuerpo entero esperando algo peor. Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos. Luego escuché voces en la otra habitación. Más de una. Mujeres adultas. Risas bajas. El pulso se me disparó.
La puerta se abrió y entraron varias personas con ella. No podía ver, pero las pisadas y el aire cambiaron enseguida. Mi Ama habló con naturalidad, como si presentara un mueble.
—Este es mi sumi. Hoy sirve para todo. Pueden tocarlo.
Y me tocaron.
Manos en el pecho, en el vientre, en los muslos. Dedos apretando mis pezones, uñas arañando suave la espalda, palmas recorriéndome el culo castigado. Una de ellas me agarró la jaula y la sacudió apenas, suficiente para arrancarme un jadeo. Otra separó mis nalgas y metió un dedo lubricado en mi ano sensible. Casi me doblé de la impresión.
No tenía defensa. Solo podía respirar y aguantar mientras me sobaban como si mi cuerpo fuera parte del entretenimiento. La humillación me cocía por dentro, pero también me encendía. La polla palpitaba atrapada, pidiendo salir.
—Qué obediente —dijo una voz desconocida.
—Y qué caliente está —comentó otra, riéndose.
Noté un cuerpo pegándose al mío. Perfume, calor, respiración en el cuello. Otra mano me apretó el culo abierto y un dedo volvió a entrar, esta vez más hondo. Yo quería empujarme contra esa mano y al mismo tiempo desaparecer de vergüenza.
Mi Ama pidió silencio. Después habló con una de sus invitadas.
—Tú querías probar cómo se siente obedecer, ¿no? Ponte estas muñequeras.
Hubo un murmullo nervioso, el sonido del cuero, el roce de una cadena. La colocaron cerca de mí, atada del mismo punto o de otro muy próximo, porque al cabo de unos segundos sentí su brazo y luego su costado rozándome. Estaba tensa. Su respiración era rápida, contenida.
Ese contacto me descolocó. No estaba solo en el juego. Alguien más, una mujer adulta que había ido allí por curiosidad o deseo, estaba entrando en ese mundo de la mano de mi Ama.
—Bien —dijo ella—. Vamos al salón. Mi sumi hará un masaje de pies. La nueva mirará y aprenderá.
Me soltaron de la argolla. Mi Ama me guió hasta un sofá y, antes de sentarme, me quitó la venda. La luz me cegó un segundo. Cuando enfoqué, vi a tres mujeres con ella. Todas adultas, seguras, mirándome sin pudor. Una estaba descalza frente a mí, recostada con una media sonrisa. La otra, la novata, llevaba ya las muñequeras y observaba con mezcla de nervio y morbo. Mi Ama estaba de pie a mi lado, dueña de la escena.
Se arrodilló, abrió la jaula y liberó mi polla. Saltó dura, hinchada, sensible hasta doler. Apenas tuvo tiempo de expandirse cuando me la golpeó con la vara.
—Esto no se toca. Esto no se usa todavía.
Mi polla siguió tiesa y recibió otro varazo, directo en el tronco. El dolor me hizo jadear y por fin cedió un poco. Ella sonrió, satisfecha.
—Ahora sí. Trabaja.
Me senté a los pies de la invitada del sofá y empecé con las manos. Los tobillos, el arco, el talón, la planta. Sabía hacerlo bien y quise demostrarlo. Poco a poco fui aumentando la presión, notando cómo sus dedos se aflojaban, cómo su respiración se hacía más pesada.
Mi Ama me sujetó el mentón.
—Con la boca.
Saqué la lengua y lamí la planta despacio, desde el talón hasta los dedos. Luego chupé cada dedo uno por uno, húmedo, entregado, sintiendo el sabor limpio de su piel y la mirada de las otras sobre mí. La invitada suspiró. Seguí con besos, pequeñas mordidas, succiones largas en el arco del pie. Sus piernas se separaron apenas en el sofá.
—Así —dijo mi Ama detrás de mí—. Para eso sirve.
Cuando me apartó, me besó la boca a fondo, mezclando en mi lengua el sabor de otra mujer con el suyo. Fue un beso largo, posesivo, húmedo, de esos que no premian: marcan. Sentí la polla endurecerse otra vez.
—Lo has hecho bien —dijo—. Ahora ella lo hará, y si nos desagrada, tú la castigas.
La novata se arrodilló frente a los pies de mi Ama y de la otra mujer. Se notaba que no sabía. Sus manos eran torpes, sus besos inseguros, su lengua tímida. Cada vez que una de las dos fruncía el gesto, yo recibía la orden con una mirada.
Le di los primeros azotes en las plantas de los pies. Luego en las nalgas. Después otra vez en los pies. Al principio medí la fuerza, pero mi Ama no parecía satisfecha y tuve que pegar más duro. La chica se retorcía, contenía gemidos, apretaba los labios. Aun así seguía intentando hacerlo mejor.
Al cuarto o quinto ciclo empecé a sentir lástima. Quizá se me notó demasiado.
Mi Ama chasqueó la lengua.
—Míralo. Mi sumi está blando. Se distrae, se apiada, se olvida de obedecer.
Me helé.
—Eso no podemos permitirlo —continuó, mirando a la novata—. Ahora lo castigas tú.
Me llevaron hasta una banca acolchada. Me tumbaron boca abajo con la cadera al borde. Me separaron y elevaron las piernas, sujetando cada tobillo. Me inmovilizaron las muñecas y me aseguraron el pecho con una correa. Quedé abierto, ofrecido, con el culo, las piernas, los pies y la polla completamente expuestos.
Volvieron a vendarme los ojos. El corazón me golpeaba el pecho.
Sentí la mano de mi Ama acariciándome la espalda.
—Pórtate bien. No me hagas quedar mal.
Se apartó. Oí susurros, una breve discusión, el silencio posterior. Mi culo latía esperando. Entonces habló, clara, para todas.
—Elijo cien.
El primer golpe de la novata fue dudoso. Cayó en una nalga y ardió, pero no con verdadera convicción. El segundo ya sonó mejor. Mi Ama debió corregirla porque a partir del tercero empezó a pegar con más intención. La otra invitada azotaba las plantas de mis pies con una paleta estrecha, alternando golpes secos que me hacían encoger las piernas inútilmente contra las ataduras.
Yo gemía, respiraba, apretaba los dientes. Cada zona castigada amplificaba a la otra.
De pronto una tercera mano me agarró la polla. Ya no tenía jaula y estaba semidura por puro reflejo, sensible tras tanto rato de negación. La mano subió y bajó despacio, apenas unas caricias resbaladizas que contrastaban con el castigo. Me ordeñaba sin dejarme llegar, solo manteniéndome al borde mientras seguían pegándome.
—Míralo cómo responde —dijo una voz cerca—. Cuanto más sufre, más se pone.
La mano sustituyó caricias por un trabajo más claro. Dedos firmes envolviendo el tronco, pulgar rozando el glande, movimientos lentos, calculados. Mi polla terminó de endurecerse del todo. Me dolía de tan cargada que estaba.
Otro azote en el culo. Otro en los pies. Y en medio de ese vaivén entre dolor y calentura, mi Ama apoyó su pie en mis labios.
—Abre la boca.
Obedecí al instante. Lamí su planta, chupé sus dedos, respirando su olor mientras las otras seguían conmigo. La imagen mental de estar atado, azotado, mamando el pie de mi Ama mientras otra mujer me pajeara y otra me castigara me arrastró más hondo de lo que podía admitir sin romperme.
Entonces sentí algo nuevo en los pies. No era un golpe. Eran labios.
La novata, obedeciendo una orden que no escuché, había empezado a besarme y lamerme las plantas enrojecidas. Su lengua recorría el arco sensible justo después de los azotes, y esa mezcla me hizo gemir alrededor de los dedos de mi Ama. Ella retiró el pie de mi boca solo para escucharme mejor.
—Así me gusta. Hecho una puta, y feliz.
La tercera mujer dejó la mano y sustituyó el tacto por su boca. El primer contacto de sus labios con mi glande me hizo sacudirme entero contra las correas. Me chupó despacio, aprovechando la sensibilidad acumulada, dejando que la punta de la lengua dibujara círculos húmedos antes de tragarse más. Sentí cómo me vaciaba la cabeza.
Las demás no pararon. Seguían alternando azotes y caricias. Mi Ama volvía a ponerme el pie en la boca. La novata me lamía los pies con una entrega creciente, ya menos tímida, como si castigarme y servirme al mismo tiempo la hubiera encendido. Y la otra me mamaba la polla con una técnica segura, profunda, apretando la base con la mano mientras subía y bajaba la cabeza.
Yo estaba perdido. La banca crujía bajo mis tirones. Mi culo ardía, mis pies palpitaban, el ano seguía sensible y abierto del plug, y la polla estaba atrapada en una sensación demasiado intensa, demasiado completa.
La mujer que me la chupaba se detuvo apenas para escupir sobre el glande y seguir con la boca más resbaladiza. Me tragó más hondo, apretó con la garganta y luego subió despacio, succionando fuerte. Casi me corro ahí mismo. Mi Ama lo notó por cómo me tensé.
—No te atrevas a correrte sin permiso.
Intenté aguantar. De verdad lo intenté. Pero me tenía demasiado cargado, demasiado excitado, demasiado sometido. La boca en la polla, la lengua en los pies, el pie de mi Ama en mis labios, el culo en carne viva y la humillación de estar siendo usado entre varias me deshicieron por dentro.
Ella me agarró del pelo.
—Ahora sí. Córrete.
Exploté al instante.
Me corrí con una violencia casi dolorosa, sacudiéndome entero contra las correas. Chorros espesos en la boca de la mujer que no dejó de chupar hasta sacarme todo. Gemí sin dignidad, sin control, con el culo apretándose solo y las piernas temblando en alto. Fue un orgasmo brutal, largo, arrancado a golpes, lengua y obediencia.
Después solo pude jadear.
Aflojaron el ritmo. La boca se apartó de mi polla sensible. Las correas seguían sujetándome, pero ya no había castigo. Solo manos. Caricias en la espalda, en el pelo, en los muslos. Alguien me limpió con una toalla tibia. Otra mano me masajeó suavemente las nalgas ardidas. Mi Ama besó mi hombro con una delicadeza que casi me emocionó.
—Buen chico —susurró.
Me soltaron poco a poco y me llevaron entre varias hasta una cama. Caí boca arriba, exhausto, todavía con la venda puesta. Noté cuerpos acomodándose a mi alrededor. Labios en mi cuello, dedos suaves en el pecho, una mano de mi Ama recorriéndome la cara como si comprobara que seguía entero. Ya no había órdenes. Solo ese calor de después.
Fue entonces cuando sonó una alarma.
Aguda. Familiar. Repetitiva.
Abrí los ojos de golpe en mi propia cama, solo, con el corazón disparado y la polla durísima bajo las sábanas. Tardé unos segundos en entender dónde estaba. Mi móvil vibraba sobre la mesita. Faltaba hora y media para mi cita real con ella.
Me quedé tumbado mirando el techo, todavía sintiendo en el cuerpo la sombra del sueño: los pies ardiendo, el plug, la picota, los azotes, la humillación, su voz dándome permiso para correrme.
Luego aparté las sábanas y vi que ya me había corrido dormido.
Sonreí como un idiota, excitado y nervioso a la vez. Si eso había salido solo de mi cabeza, no quería ni imaginar lo que mi Ama tendría preparado de verdad.
Me levanté para ducharme. Mientras el agua caliente me caía por la espalda, una sola idea me apretaba la polla otra vez entre los dedos.
Ojalá la realidad estuviera a la altura del sueño.
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