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Relatos Ardientes

La noche BDSM que empezó bajo una mesa

Todo empezó como una cita de cumpleaños que en teoría iba a ser simple: cena, vino y sexo al final de la noche, como tantas otras veces. Ya llevaba meses viéndome con Darío, un hombre que no era mi pareja pero conocía mi cuerpo mejor que varios novios formales que había tenido. Entre nosotros no hacía falta fingir inocencia. Los dos hablábamos claro, nos gustaba follar sin demasiadas vueltas, y compartíamos una fantasía que se repetía cada vez que estábamos juntos: hacerlo en público, sentir el riesgo, la presión de ser descubiertos, la humedad entre las piernas mezclada con el miedo.

Esa noche nos citamos en un restaurante elegante del centro, uno de esos lugares con luces bajas, copas finas y camareros que parecen deslizarse en silencio entre las mesas. Yo llevaba un vestido negro ceñido, sin bra, con la espalda casi descubierta. Él apareció con un traje oscuro que le marcaba los hombros y le daba un aire todavía más arrogante, como si supiera de antemano que iba a terminar mandándome.

—Te ves peligrosa —me dijo apenas se sentó frente a mí.

—Y tú te ves como un problema —le respondí, cruzando las piernas despacio.

Durante la cena hablamos de cualquier cosa menos de sexo, pero el deseo estaba ahí, debajo de cada mirada. Rozaba mi pie con el suyo por debajo de la mesa. Yo mojaba mis labios con vino y veía cómo me seguía el gesto. La primera botella se acabó rápido. La segunda nos soltó más el cuerpo y menos la prudencia. Empecé a sentir ese calor conocido en el vientre, ese cosquilleo entre las piernas que me pone más atrevida de lo normal.

Entonces él apoyó los codos en la mesa, inclinó un poco la cabeza y sonrió.

—¿Quieres probar el postre? —murmuró—. Tengo algo aquí abajo que sé que te va a gustar más que cualquier pastel.

Sentí el golpe de excitación de inmediato. No tuve que pensarlo. Miré a los lados, fingí que buscaba algo y me agaché con disimulo bajo el mantel largo. El corazón me latía tan fuerte que hasta me mareó un poco. Desde abajo, el mundo era una mezcla de zapatos caros, sombras, patas de sillas y el olor denso del mantel planchado. Abrí su pantalón y saqué su polla ya dura, pesada y caliente, casi lista para mi boca.

La sostuve con una mano y le di la primera lamida de abajo arriba, lenta, disfrutando cómo se tensó en la silla. Después abrí bien los labios y me la metí poco a poco, sintiendo el grosor contra la lengua. Me movía con cuidado para no golpear la mesa, chupándosela a un ritmo constante mientras por encima seguían sonando cubiertos y conversaciones ajenas. Eso me volvió loca. Saber que a centímetros de mi cabeza había gente cenando sin imaginar que yo estaba arrodillada tragándome una polla me empapó más que cualquier caricia.

Él me agarró del pelo por debajo del mantel, sin brusquedad, pero con firmeza. No veía su cara, aunque podía imaginarle la mandíbula apretada.

—Así, buena chica —dijo casi en un susurro—. Métetela más.

Obedecí. La empujé hasta que me rozó la garganta y tuve que respirar por la nariz. La saqué despacio, dejé que mi saliva la cubriera, y volví a hundirme. Alternaba succiones largas con besos en la punta y pequeñas lamidas alrededor. Su mano en mi nuca guiaba el ritmo. Yo ya tenía el coño ardiendo, apretando solo por escucharle contenerse en aquella silla, inmóvil del pecho para arriba mientras yo trabajaba debajo de la mesa como una perra hambrienta.

No tardó demasiado en correrse. Sentí el tirón de sus muslos, su polla endureciéndose un segundo más antes de descargar en mi boca. Tragué todo, sin apartarme, y luego la limpié con la lengua. Me quedé unos segundos más ahí abajo, respirando hondo, excitadísima, deseando que el mantel desapareciera y todos vieran lo que acababa de hacer.

Cuando me incorporé, él me miró con una expresión dura, contenida, de hombre que todavía no ha terminado ni de cerca. Se secó la boca con la servilleta como si nada.

—Pide la cuenta —dijo.

No tardamos ni dos minutos en salir. Apenas se cerraron las puertas del ascensor del restaurante, se lanzó sobre mí. Me acorraló contra la pared espejada y me metió la mano bajo el vestido sin pedirme permiso. Sus dedos subieron por mis muslos hasta encontrar las bragas empapadas.

—Mierda, estás chorreando —me susurró en el oído.

Metió dos dedos por debajo de la tela y frotó mi clítoris con esa precisión que siempre me desarmaba. Solté un gemido ahogado y me agarré a su corbata. Él sonrió, tiró de mis bragas hacia abajo con un tirón seco y las arrancó de mis piernas.

—Estas me las quedo.

La puerta se abrió justo después. Salimos del ascensor como si no pasara nada, aunque yo tenía las piernas temblando y el coño desnudo bajo el vestido. En el estacionamiento me abrió la puerta trasera del coche. Dudé un segundo, pero su mirada me dijo claramente que no era una invitación, sino una orden. Entré. Él se metió detrás de mí y activó el seguro.

En cuanto cerró, me empujó sobre el asiento. Su boca bajó a mi cuello mientras una mano me apartaba las piernas y la otra me frotaba el clítoris con presión, rápido, sin delicadeza. Yo arqueé la espalda y busqué su polla por encima del pantalón, dura otra vez. Me besó con hambre, metiéndome la lengua hasta cortarme la respiración, y luego bajó la mano, metiéndome dos dedos en el coño de golpe.

—Quiero oírte —me dijo—. Quiero que te corras en mi mano antes de enseñarte tu regalo.

Empezó a follarme con los dedos mientras me apretaba el clítoris con el pulgar. El asiento crujía bajo mi cuerpo. Yo abría más las piernas, desesperada, moviendo la cadera para buscar más roce. Le mordí el hombro cuando sentí que el orgasmo me subía rápido.

—No pares... no pares, joder...

Él aceleró. Sus dedos entraban y salían húmedos, cada vez más profundo, y cuando me corrí fue con una sacudida intensa, chorreándole la mano, temblando entre jadeos. Me dejó recuperarme apenas un instante antes de lamerse los dedos frente a mí, sosteniéndome la mirada.

—Eso era solo para abrirte el apetito.

Se pasó al asiento del conductor y arrancó. Yo seguía respirando con dificultad, todavía sin bragas, con el vestido subido hasta la mitad de los muslos. A mitad del trayecto abrió la guantera y me dio una cinta de tela negra.

—Póntela.

—¿A dónde vamos?

—A un club privado.

—Darío...

—Confía y obedece.

Esas dos palabras me atravesaron. Me puse la venda. El resto del camino fue silencio, motor y mi imaginación desatada. Notaba el latido entre mis piernas y el recuerdo de sus dedos todavía dentro de mí. Cuando por fin el coche se detuvo, él salió, me abrió la puerta y me tomó de la mano. El aire de afuera era más fresco. Caminé guiada por su voz y por la presión de sus dedos en mi muñeca.

—Despacio. Eso es. No hables.

Oí música baja, murmullos, risas, y luego sonidos inequívocos: gemidos, palmadas, respiraciones agitadas, el golpeteo rítmico de cuerpos follando cerca. Mi coño volvió a latir apenas entendí dónde estábamos. Él me colocó contra una superficie vertical acolchada. Sentí cómo me subía los brazos y me cerraba unas esposas suaves en las muñecas, dejándome inmóvil.

Me besó largo, sucio, como si quisiera dejarme sin aire antes de revelar la escena. Después me quitó la venda.

Ante mí se abría un salón grande, iluminado con luz roja tenue y dorada. Había sofás, una cama enorme en el centro, barras laterales con botellas y gente por todas partes. Hombres y mujeres adultos, desnudos o semidesnudos, bebiendo, mirando, chupando, follando. Algunas parejas se exhibían sin pudor. Otras observaban como si estuvieran en un teatro privado. Camareros y camareras pasaban con bandejas de copas y una naturalidad obscena. Todo olía a perfume caro, alcohol y sexo.

Delante de mí estaba Darío, ya sin traje, solo con un bóxer oscuro ceñido a la polla dura.

—¿Qué es esto? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.

—Tu regalo —dijo—. Tu fantasía puesta delante de ti. Te gusta que te vean. Te gusta obedecer. Esta noche vas a dejar de fingir que no.

Tragué saliva. No estaba asustada. Estaba excitada hasta el punto del dolor.

Se acercó una mujer de cabello corto, tacones altos y una máscara negra. Le dijo algo al oído a él. Darío asintió sin dejar de mirarme. La mujer metió la mano dentro del bóxer y sacó su polla, ya completamente tiesa. Empezó a pajearlo despacio, con una seguridad profesional que me hizo arder de celos y excitación al mismo tiempo. Yo estaba esposada, obligada a mirar cómo otra mano lo tocaba. Cómo otra boca se acercaba a la punta para lamerla apenas. Cómo él disfrutaba de esa provocación mientras sus ojos seguían clavados en mí.

—Aprende —me dijo—. Mira lo que te pierdes cuando no obedeces.

La mujer aceleró. Su mano subía y bajaba cubierta de saliva, apretándolo más. Él dejó escapar un gruñido y se corrió con varias sacudidas, derramándose sobre la mano de ella. Yo apreté los muslos con impotencia. Quería estar de rodillas tragándomelo yo. Quería que esa corrida fuera mía.

La mujer se retiró sin una palabra. Darío volvió junto a mí con un pequeño vibrador en la mano. Lo apoyó por encima de mi vestido, justo contra el clítoris, y lo encendió. Casi grité al sentir la vibración directa sobre la tela, brutal después de tanta tensión. Quise moverme, pero las esposas me lo impidieron.

—Vas a portarte como mi zorra obediente —murmuró junto a mi boca—. Si te digo que te corras, te corres. Si te digo que pares, paras. ¿Entendido?

—Sí —respondí, con la voz rota.

—No te oí.

—Sí, entendido.

Bajó el cierre de mi vestido y dejó que cayera a mis pies. Quedé completamente desnuda salvo por los tacones, expuesta ante aquel salón lleno de desconocidos. Varias miradas se giraron hacia mí. Un hombre desde un sofá sonrió. Una pareja siguió follando sin dejar de mirarme. La vergüenza me subió por la piel convertida en un calor insoportable.

Darío se arrodilló frente a mí y me abrió más las piernas con las manos. Me besó el monte de Venus, luego la cara interna de los muslos, y finalmente hundió la lengua en mi coño con una violencia deliciosa. No empezó suave. Empezó como si quisiera arrancarme el orgasmo a la fuerza. Su lengua me penetraba y subía enseguida al clítoris, lamiéndolo en círculos duros, húmedos, insistentes. Yo tiraba de las esposas por instinto, buscando agarrarme de algo.

—Joder... sí... así...

Él me sujetó un muslo sobre su hombro y metió dos dedos dentro de mí, abriéndome mientras seguía comiéndome. Entraban y salían empapados, doblándose justo donde sabía que me hacía perder el control. El salón entero desapareció por momentos. Solo existían su lengua, sus dedos y el ruido obsceno de mi coño contra su boca.

Subía el vibrador al clítoris, lo apartaba, volvía a morderme apenas, y luego lamía otra vez con más fuerza. Era un castigo delicioso. Me dejaba a un paso del orgasmo y me bajaba de golpe, una y otra vez, hasta que yo estaba al borde de llorar de frustración.

—Por favor... déjame correrme...

Levantó la cabeza. Tenía la barbilla brillante de mi humedad.

—Pídelo bien.

—Por favor, déjame correrme. Quiero correrme en tu cara.

Sonrió como si eso fuera exactamente lo que quería oír. Volvió a meterse entre mis piernas y esta vez no aflojó. Lengua en el clítoris, dedos profundos, ritmo constante, sin pausas. Mi abdomen se tensó por completo. Cuando exploté, lo hice con un gemido fuerte, sin poder contenerlo, temblando de piernas, contrayéndome sobre su boca mientras me seguía lamiendo para sacarme hasta la última sacudida.

Solo entonces me soltó las esposas. Caí hacia delante, mareada, y él me sostuvo.

—Todavía no terminamos —dijo al oído.

Me llevó hasta la cama del centro del salón. Subí como en trance, consciente de que me estaban mirando. Me colocó boca abajo, me abrió las piernas y me separó las nalgas con una mano. Sentí primero sus dedos llenos de lubricante masajeándome el culo con paciencia. Luego la punta de un dedo entrando despacio. Después un segundo. Respiré hondo, relajándome como él me había enseñado otras veces.

—Eso es, abrete para mí.

Me metió más lubricante, trabajándome el ano sin prisa, mientras con la otra mano me frotaba el coño por delante. Era una mezcla brutal: el culo abriéndose poco a poco y el clítoris latiendo todavía sensible tras el orgasmo. Cuando sentí la punta de su polla empujando, apreté la sábana con los puños.

—Mírame —ordenó.

Giré la cabeza. Él me sostuvo la mandíbula un segundo.

—La vas a aguantar toda.

Empujó despacio al principio. La cabeza entró arrancándome un gemido tenso. Me detuve, respiré, y él esperó apenas el tiempo justo para que mi cuerpo cediera. Luego siguió hundiéndose, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente dentro de mi culo. Sentí esa plenitud dura, invasiva, perfecta. Quise echarme hacia atrás para tener más y él entendió la señal.

Empezó a follarme con embestidas lentas, profundas, marcadas. Cada salida me dejaba vacía; cada entrada me llenaba otra vez hasta el fondo. Mi coño chorreaba sobre la sábana. Delante de nosotros, una mujer se estaba masturbando mientras miraba. A un lado, un hombre acariciaba el pecho de su pareja sin apartar los ojos de mi culo recibiendo a Darío.

—Así te quería —gruñó él—. Abierta, exhibida y gimiendo para todos.

Aumentó el ritmo. Sus manos se clavaron en mis caderas y empezó a darme más fuerte. El golpe de sus huevos contra mí, el sonido húmedo, el tirón de cada embestida, todo se volvió animal. Yo gemía sin filtrar nada. A ratos me alcanzaba el clítoris por debajo y me lo frotaba mientras seguía metiéndomela por el culo, y eso me dejaba completamente ida.

Me dio la vuelta de un tirón y me puso boca arriba. Levantó mis piernas y me colocó los tobillos sobre sus hombros. Desde esa posición volvió a penetrarme por el culo, todavía más profundo. Podía ver su expresión concentrada, la mandíbula tensa, el sudor en su pecho. Se inclinó, me chupó una teta, la mordió apenas y luego subió hasta mi boca para besarme mientras seguía follándome sin piedad.

—Dime que te gusta.

—Me encanta.

—Dime de quién es ese culo.

—Tuyo.

—Más fuerte.

—Es tuyo. Fóllame más fuerte.

Eso bastó para desatarlo. Me embistió con tanta fuerza que la cama chirrió. Yo no hacía más que abrirme más, recibirlo, sentir cómo el orgasmo volvía a acumularse por la combinación del dolor controlado, la exposición y el placer sucio de obedecerle delante de todos. Me metí dos dedos entre las piernas y empecé a frotarme el clítoris mientras él seguía entrando y saliendo de mi culo.

—No pares —me ordenó—. Quiero verte correrte mientras te lo rompo.

Lo hice. Me froté rápido, desesperada, y llegué otra vez al orgasmo con él todavía clavado hasta el fondo. Mi cuerpo se cerró en espasmos alrededor de nada, porque me estaba cogiendo por el culo, y aun así la sensación me sacudió completa, de pies a cabeza. Grité sin importarme quién escuchara.

Él salió de mí en el último segundo y me hizo arrodillarme al borde de la cama. Su polla estaba brillante, dura otra vez, húmeda de lubricante y de mí. Me agarró del pelo y me la puso frente a la boca.

—Ábrela.

La obediencia me salió natural. Lo tomé con la lengua y bajé hasta donde pude. Me empujó despacio al principio, marcando el ritmo, usando mi boca como si todavía quisiera comprobar cuánto podía aguantar. Yo chupaba, tragaba saliva, me dejaba guiar por la presión de su mano en mi nuca. Con una mano le acaricié los huevos y con la otra me toqué el coño, todavía empapado, mientras sentía varias miradas encima.

—Eso es, trágatela. Buena chica.

Me folló la boca más rápido. Cada embestida me hacía lagrimear, pero lejos de molestarme, me excitaba todavía más. Lo saqué un instante para lamerle toda la longitud y volví a meterlo, apretando con los labios. Él gruñó y me levantó de golpe para sentarme sobre su regazo.

Lo guié yo misma esta vez a mi coño. Entró fácil, directo, porque estaba completamente abierta y mojada. Empecé a cabalgarlo con movimientos largos, lentos al principio, sintiendo cómo me llenaba por delante después de haberme destrozado el culo. Mis manos descansaban en sus hombros mientras subía y bajaba sobre su polla. Él me miraba como si estuviera contemplando algo que le pertenecía de verdad.

—Mírate —dijo, señalando un espejo lateral.

Giré la cabeza y me vi montándolo, desnuda, despeinada, con el rímel corrido y la piel enrojecida. Me vi como él me veía: desvergonzada, hambrienta, sometida porque quería, no porque me obligaran. Esa imagen me encendió más. Empecé a moverme más rápido, a rebotar sobre su polla con las piernas temblando.

Él me sujetó por la cintura y comenzó a impulsarme. Cada choque me hacía botar las tetas, jadear, mojarlo más. Me inclinó hacia atrás y me pellizcó los pezones mientras seguía clavándomela. Yo ya no podía sostener el ritmo por mi cuenta, pero no quería parar. Solo quería seguir probando, seguir siendo observada, seguir sintiendo que esa noche no había un solo límite para mi deseo.

—Quiero corrérmela dentro —dijo.

—Hazlo.

Me alzó apenas y me dejó caer otra vez sobre su polla varias veces seguidas. Sentí cómo se endurecía al máximo y, un segundo después, la descarga caliente dentro de mí. Siguió empujando mientras se corría, con la cara enterrada en mi cuello, respirando como un animal agotado. Yo me vine una vez más casi al mismo tiempo, apretándolo con el coño, temblando sobre él hasta quedar sin fuerzas.

Nos quedamos así unos segundos, pegados, sudados, respirando hondo en medio del ruido del club. Después nos apartamos para tomar una copa de champaña. Me senté desnuda a su lado, con las piernas todavía abiertas, notando cómo se me escapaba parte de su corrida y sintiendo una vergüenza deliciosa al saber que podía verse. Él me secó con los dedos y se los llevó a la boca como si fuera el gesto más normal del mundo.

—¿Valió la pena el regalo? —preguntó.

Lo miré y sonreí. Todavía tenía la garganta irritada, el culo sensible y el cuerpo entero latiendo.

—Si esto era el club —le dije—, la próxima vez quiero ver qué guardas para una noche normal.

Se rio por lo bajo, me besó y me puso su saco sobre los hombros para cubrirme un poco mientras recuperaba el aire. No sé cuánto tiempo más nos quedamos ahí, mirando y dejándonos mirar, bebiendo y volviendo a tocarnos de vez en cuando. Lo que sí sé es que esa noche dejó de ser una fantasía repetida en voz baja. Desde entonces, cada vez que veo un mantel largo, un ascensor cerrado o una puerta de coche abrirse frente a mí, recuerdo exactamente cómo empezó todo y cómo acabé convertida, por fin, en la zorra obediente que siempre quise ser.

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Comentarios(5)

SilvanaCba

excelente!!! me encanto de principio a fin

DiegoMLP

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de mas. Muy bueno!!

JulioCBA

Me gusto como lo narraste, se siente que fue real. Muy buen ritmo de lectura

TitoFromBA

que inicio tan inesperado jajaja, tremendo

ElOchentero

Buenisimo, de los mejores que lei en este sitio en bastante tiempo. El ritmo es perfecto, engancha desde el principio y no suelta. Esperando ansioso lo que sigue

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