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Relatos Ardientes

Castigo BDSM en el parque después de su burla

Él llevaba un chándal viejo, una gorra oscura y esa seguridad absurda del hombre que cree que puede hablar horas de motores sin aburrir a nadie. Ella lo dejaba hablar porque le divertía verlo tan metido en su propio mundo, moviendo las manos, exagerando detalles, presumiendo de cosas que a ella le daban exactamente igual.

Se habían sentado en un banco apartado del parque, al final de un sendero mal iluminado, donde apenas pasaba gente a esa hora. La noche estaba tibia, el aire olía a césped húmedo y tabaco, y él no había dejado de fumar desde que llegaron.

—Te juro que si le cambias la admisión y le tocas bien la centralita, el coche responde de otra manera —decía, con el cigarrillo entre los dedos—. No es solo potencia, es cómo empuja.

Ella sonrió sin interrumpirlo. Tenía esa sonrisa pequeña y maliciosa que siempre aparecía cuando se le ocurría una forma nueva de provocarlo.

—Déjame una calada —pidió, extendiendo la mano.

Él le pasó el cigarrillo sin sospechar nada. Ella aspiró despacio, sin dejar de mirarlo, y luego siguió escuchando su monólogo con una paciencia que no era tal. Lo que de verdad le gustaba de él no era su charla, sino lo fácil que resultaba encenderlo con una sola chispa.

El humo se fue deshaciendo entre ambos. Él seguía hablando. Ella bajó la vista un momento, vio una brasa caer, luego una hebra de humo colándose hacia la entrepierna del pantalón de él, y tuvo que morderse el labio para no echarse a reír antes de tiempo.

La travesura le cruzó la cabeza entera en un segundo.

Sin avisar, con un gesto que fingía descuido, le presionó la punta encendida del cigarrillo en la tela del pantalón, justo sobre el bulto.

Él pegó un salto.

—¡Joder! —gritó, abriéndose de piernas y llevándose las manos a la entrepierna.

El banco rechinó, él dio dos pasos torpes, sacudiéndose como un loco, y ella soltó la carcajada. No pudo evitarlo. Se dobló de risa viéndolo girar, manotearse el pantalón y jurar en voz alta mientras una pequeña marca chamuscada ennegrecía la tela.

—¿Pero qué coño haces? —bufó él, entre dolor y furia—. ¿Estás loca?

—Solo quería tocarte los cojones —contestó ella, todavía riéndose.

Y echó a correr.

Él fue detrás, cojeando más por rabia que por daño real, insultándola entre dientes mientras cruzaban la zona más oscura del parque. Un par de personas volvieron la cabeza al oírlos, pero a ninguno de los dos le importó. Ella corría mirando por encima del hombro, excitada por la persecución. Él la seguía con los ojos clavados en sus caderas, jurándose que no iba a dejar aquello en una simple bronca.

La alcanzó detrás de unos arbustos, junto a una valla baja que daba a una pista cerrada. La agarró por la cintura de golpe, la empujó contra el metal y le inmovilizó los brazos.

—Me has quemado la polla, sinvergüenza —le dijo al oído, mordiéndole el lóbulo—. Esto no va a quedar así.

Ella dejó de reír, pero no de provocarlo. Giró apenas la cara y rozó su mejilla con la nariz.

—Si me alcanzabas, sabías perfectamente lo que iba a pasar.

Él apretó más fuerte. La respiración de ella cambió al instante. Esa era la verdad entre ellos: se buscaban así. No hacía falta pactarlo cada vez. A ella le gustaba pincharlo hasta que él perdía el control. A él le gustaba hacerla pagar con firmeza, con manos duras, con órdenes claras, con esa mezcla exacta de rabia fingida y deseo verdadero que la mojaba en segundos.

—¿Qué querías, entonces? —preguntó él, pegando la pelvis a su culo—. Dímelo bien.

—Que me castigaras —susurró ella.

Él soltó una risa seca. Bajó una mano desde su cintura hasta el muslo y le metió la rodilla entre las piernas, separándoselas apenas.

—Eso ya me suena mejor.

La besó sin delicadeza. No fue un beso tierno ni lento, sino uno hambriento, con los labios abiertos y la lengua entrando como una amenaza cumplida. Ella respondió con la misma suciedad, apretándose contra él, sintiendo el bulto endurecido bajo el pantalón chamuscado. La marca del cigarro seguía ahí, negra en el centro, absurda y excitante.

—Mira cómo me dejaste —murmuró él, agarrándole la muñeca y guiando su mano hasta su entrepierna.

Ella acarició la tela caliente, notando la erección ya dura, gruesa, empujando a pesar del incidente. Se rió otra vez, más bajo.

—No parece que te haya jodido tanto.

Él le apretó la garganta con dos dedos, solo lo justo para imponer silencio.

—Otra palabra así y te pongo de rodillas aquí mismo.

Ella abrió más las piernas.

—Hazlo.

La forma en que lo dijo, sin miedo y con hambre, terminó de romperle la paciencia. Miró a un lado y a otro. El sendero estaba casi vacío. Más allá de los árboles se escuchaba tráfico lejano y alguna voz suelta, pero en ese rincón oscuro solo estaban ellos y esa electricidad vieja que siempre acababa igual: con ella desafiando y él mandando.

La hizo girarse. La obligó a apoyar las manos en la valla. Ella obedeció de inmediato, respirando más rápido, con el culo empujado hacia atrás sin que él tuviera que pedírselo.

—Quietecita —ordenó.

Le subió la falda de un tirón. Debajo llevaba unas bragas finas, ya húmedas. Él pasó la palma por encima, sintiendo el calor pegado a la tela, y le soltó una nalgada seca que resonó en la noche.

Ella gimió, no demasiado alto, pero sí lo suficiente para encenderlo más.

—¿Te hace gracia ahora? —preguntó, golpeándole la otra nalga.

—Sí —dijo ella, desafiante.

Otra palmada, más fuerte. Luego otra. La piel empezó a enrojecerse bajo su mano. Ella apretó los dedos contra la valla, mordiéndose el labio, pero en vez de apartarse empujó el culo más atrás, ofreciéndose mejor.

—Cuando te pones imbécil, te pones mojada —murmuró él.

Metió dos dedos por dentro de las bragas y los hundió entre sus labios. Entraron fácil, resbalando en su coño empapado. Ella soltó el aire de golpe y echó la cabeza hacia delante.

—Joder…

—Eso pensaba —dijo él, sacando los dedos y mostrándoselos antes de metérselos en la boca—. Toda esta humedad por una broma de mierda.

Ella chupó sus dedos con gusto, mirándolo por encima del hombro. Esa mirada insolente casi lo hizo perder la cabeza.

—No fue una broma de mierda —corrigió—. Fue una invitación.

Él le bajó las bragas hasta medio muslo y se agachó detrás de ella. La abrió con los pulgares y le escupió directamente en el coño, despacio, viendo cómo el hilo de saliva se mezclaba con su excitación. Luego acercó la boca y empezó a comerla ahí mismo, de pie, en mitad del parque, con la urgencia de quien no quiere pulir nada, solo hacerla temblar.

Su lengua fue directa al clítoris. Ella soltó un gemido más alto y él le agarró la cadera para que no se moviese tanto.

—Callada —murmuró contra su carne—. O quieres que nos oigan.

—Quizá sí —jadeó ella.

Él respondió mordiéndola con suavidad y luego lamiéndola más fuerte, en círculos húmedos, subiendo y bajando entre el clítoris y la entrada de su coño. Ella estaba blanda por dentro, caliente, latiendo. Cuando él le metió un dedo, luego dos, con la boca pegada a su centro, la valla crujió por la fuerza con que ella se agarró.

—No pares… no pares, cabrón…

—Mira qué boca se te queda cuando te castigan —dijo él, sacando los dedos para darle otra palmada que la hizo arquearse.

Volvió a metérselos, esta vez curvándolos dentro de ella, buscándole ese punto que siempre encontraba rápido. La lengua seguía machacándole el clítoris. Ella empezó a jadear sin ritmo, perdiendo la gracia y la burla de hacía un momento, convertida ya en pura necesidad.

—Voy a correrme —susurró.

—Todavía no —contestó él, apartándose de golpe.

Ella protestó con un sonido ronco. Él se levantó, le dio la vuelta otra vez y la besó para que probara su propio sabor. Luego la llevó de la mano, más adentro, hasta una zona de juegos vacía donde una caseta infantil proyectaba una sombra suficiente para cubrirlos parcialmente.

—De rodillas.

Ella obedeció sin discutir. Se arrodilló sobre la goma del suelo, levantó la vista y él le desabrochó el pantalón con movimientos bruscos. Cuando sacó la polla, seguía dura a pesar del pequeño agujero chamuscado en la tela. Ella sonrió al verla.

—Pobre cosa —susurró—. Ven, que te la curo.

Le respondió agarrándole el pelo y guiándole la cabeza. Ella abrió la boca y lo dejó entrar despacio al principio, sólo la punta, húmeda y caliente, acariciándola con la lengua. Él maldijo entre dientes. Luego ella se la fue tragando más, resbalando hasta donde podía, retirándose para escupirla y volver a meterla, jugando justo con la mezcla que sabía que a él lo volvía loco: obediencia y descaro.

—Así que esto querías desde el principio —dijo él.

Ella asintió con la polla entre los labios. No podía responder, pero no hacía falta.

Él tiró más del pelo, marcando el ritmo. No la ahogó por completo, pero sí la usó con firmeza, metiéndosela hasta el fondo de la garganta y sacándola con una lentitud cruel para volver a empujar. Ella lagrimeó un poco, respirando por la nariz, sin apartarse. Al contrario, lo agarró por los muslos y se hundió más.

El sonido húmedo de su boca tragándolo se mezcló con sus gemidos bajos. Ella sabía hacer eso muy bien: lamer la base, subir con la lengua por debajo, cerrar los labios con presión exacta, masturbar lo que no podía meterse mientras lo miraba desde abajo con esa cara de perra satisfecha.

—Qué puta más provocadora —murmuró él.

Ella soltó la polla apenas un segundo para contestar:

—Tu puta.

Eso bastó para que él la levantara de un tirón. La empujó contra la pared exterior de la caseta, le subió de nuevo la falda y le apartó las bragas del todo. La punta de la polla rozó su entrada, húmeda, abierta, pidiendo. Ella echó el culo hacia atrás sin disimulo.

—Fóllame ya.

Él la sujetó por la nuca y la penetró de una sola embestida.

Ella gritó su nombre, ahogado, con el cuerpo tensándose entero. Le llenó el coño hasta el fondo, duro y caliente, y él se quedó un segundo inmóvil sólo para saborear esa primera presión, ese apretón húmedo con el que siempre lo recibía. Luego empezó a follarla.

No fue suave. Le clavó las manos en las caderas y marcó un ritmo fuerte, seco, golpeando con la pelvis contra su culo. Cada embestida sonaba húmeda. La falda subida, las bragas colgando de un tobillo, la palma de él estrellándose a veces en su nalga entre una penetración y la siguiente. Ella tenía la frente apoyada en la pared y gemía sin vergüenza, medio rota ya por la mezcla de dolor leve y placer bruto.

—¿Te gusta así? —preguntó él, acelerando—. ¿Así pagas las bromitas?

—Sí… sí, joder… más fuerte…

Él obedeció. Se salió casi por completo y volvió a metérsela hasta el fondo una y otra vez, dejando que el golpe la desarmara. Ella retrocedía para buscarlo, necesitada, y eso lo empujó a agarrarla de un pecho por encima de la camiseta mientras con la otra mano le sujetaba la cintura. La dominaba entera, y ella se dejaba hacer con una entrega sucia que le encendía la sangre.

Pasó un grupo lejos, al otro lado del sendero. Se oyeron voces. Ella se tensó un segundo, pero él no paró.

—Quieta —le ordenó al oído—. Si te callas, nadie verá nada.

Ese riesgo la puso todavía peor. Su coño empezó a contraerse alrededor de la polla de él, pidiéndole más. Él metió la mano entre sus piernas y buscó su clítoris mientras seguía follándola de pie. Ella tembló.

—No… así no voy a aguantar…

—No tienes que aguantar. Tienes que correrte cuando yo quiera.

Le frotó el clítoris con dos dedos rápidos y firmes. El ritmo de sus embestidas no aflojó. Ella empezó a decir que sí a todo, sin sentido, sólo sí, sí, sí, con la voz quebrada mientras el cuerpo se le iba poniendo blando y tenso a la vez, justo al borde.

—Ahora —dijo él.

Ella se corrió al instante.

Le temblaron las piernas, apretó la pared con las manos y soltó un gemido largo, sucio, que terminó en un jadeo roto cuando él siguió metiéndosela durante su orgasmo. El coño le palpitaba alrededor de la polla, mojándolo más, y él gruñó al sentirla correrse así, tan obediente al final, tan rendida después de haber empezado la noche con risitas.

Pero no había terminado con ella.

La sacó, la hizo girar y la sentó en el borde de un banco de madera cercano, escondido tras la caseta. Ella todavía estaba temblando. Él le separó las piernas y volvió a arrodillarse entre ellas, observando cómo su propia corrida interior aún no había llegado, pero la excitación de ella seguía escurriendo por sus muslos.

—Mira cómo te he dejado —dijo, abriéndola con los dedos.

Ella bajó la vista y soltó un gemido avergonzado y excitado a la vez. Él lamió desde abajo hacia arriba, recogiendo lo que salía de su coño, y volvió a hundir la lengua en su clítoris. Ella le agarró la cabeza.

—No puedo más…

—Sí puedes.

La comió despacio esta vez, sin prisa, manteniéndola sensible, dejándola sufrir el placer en vez de reventarlo rápido. Cada roce de lengua le arrancaba pequeños espasmos. Cuando ella intentó cerrar las piernas, él se las sujetó abiertas por debajo de los muslos y siguió lamiendo, chupando, metiéndole la lengua y sacándola para pasarla otra vez por el punto que la deshacía.

—Te gusta que te humille por puta —dijo sin apartarse del todo.

—Sí —admitió ella, temblando—. Me encanta.

—Dilo bien.

Ella tragó saliva, roja de cara, excitada hasta los huesos.

—Me encanta que me castigues por puta.

Él sonrió y volvió a levantarla. Esta vez la inclinó sobre el respaldo del banco, con el torso hacia delante. Ella ya sabía qué postura quería y se colocó sola, abriendo más las piernas. Él se escupió en la mano, se la pasó por la polla y por la entrada de ella, ya muy mojada, y volvió a penetrarla desde atrás.

Entró más fácil, más hondo. El ángulo le arrancó un gemido distinto, grave, casi animal. Él empezó a follarla con un ritmo constante, dominado, no tan salvaje como antes pero sí más profundo. Cada embestida la hacía rebotar contra la madera. Una mano le sujetaba la nuca. La otra bajó a agarrarle la mandíbula, obligándola a mantener la cabeza alta.

—Así te quería desde que te reías en el banco —murmuró—. Dobladita y abierta.

Ella no respondió con palabras. Solo empujó el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Él le dio una palmada fuerte que dejó la marca de la mano encendida sobre la piel y siguió follándola sin perder el ritmo.

Los sonidos se habían vuelto más crudos: la madera crujiendo, la piel golpeando, la respiración rota de ambos, el chapoteo de su coño recibiéndolo una y otra vez. Ella estaba ya en ese punto en que el cuerpo obedece aunque la cabeza apenas piense. Solo sentía la polla entrando, la mano firme, la vergüenza deliciosa de estar así afuera, de noche, usada como ella había buscado desde el primer segundo.

—Tócame —rogó—. Por favor.

Él le pasó la mano por el vientre, bajó entre sus piernas y encontró otra vez el clítoris. No tuvo piedad. La frotó con presión exacta mientras la seguía penetrando hasta el fondo.

—¿Otra vez? —dijo con burla—. Qué insaciable eres.

—Hazme correrme… hazme correrme otra vez…

Él aceleró. Ahora sí perdió parte del control, empujado por el apretón de ella y por su propia corrida acercándose. Las embestidas se volvieron más rápidas, más brutales. Ella empezó a gemir más alto, incapaz de contenerse.

—Cállate —ordenó, dándole un tirón suave del pelo.

Ella se llevó una mano a la boca, pero el orgasmo le subió igual, feroz. El cuerpo se le sacudió entero y se corrió por segunda vez con un gemido ahogado entre los dedos. Él la sintió cerrarse alrededor de su polla y eso lo arrastró también.

Le dio tres embestidas más, durísimas, y se corrió dentro de ella con un gruñido ronco, quedándose clavado hasta el fondo mientras las piernas le temblaban. La mano en su cadera se apretó con fuerza. Ella se dejó caer sobre el banco, jadeando, todavía sintiendo la descarga caliente y el pulso de él dentro.

Permanecieron así unos segundos, recuperando aire, oyendo otra vez el parque alrededor como si el mundo volviera de golpe. Un perro ladró a lo lejos. Pasó una bicicleta. La noche siguió como si nada.

Él salió despacio y ella notó cómo parte de la corrida le resbalaba por el muslo. Se incorporó con torpeza, se bajó la falda y trató de colocarse las bragas mientras él se subía el pantalón con la marca quemada todavía visible.

Ella lo miró y no pudo evitar reírse otra vez, aunque ahora era una risa cansada y satisfecha.

—Sigue negro —dijo, señalando la tela chamuscada.

Él arqueó una ceja.

—Y tú sigues siendo una provocadora de mierda.

Ella se acercó, lo besó suave esta vez, sin lucha, y le acarició la entrepierna por encima del pantalón.

—Pero te ha gustado el castigo tanto como a mí.

Él le agarró la muñeca y se la apartó, aunque sonriendo ya sin disimulo.

—No confundas las cosas. Me ha gustado cobrármelo.

—Entonces la próxima vez me pensaré una broma mejor.

Él soltó una carcajada corta, la atrajo por la cintura y le dio un beso más profundo, más lento. Después apoyó la frente en la de ella.

—La próxima vez —dijo— te voy a registrar los bolsillos antes de sentarme a tu lado.

Ella se relamió, mirando el agujero negro del pantalón como un trofeo.

—Y yo me aseguraré de darte una excusa para volver a usarme así.

Salieron del rincón oscuro caminando pegados, como una pareja cualquiera después de un paseo nocturno. Nadie habría imaginado lo que acababa de pasar detrás de los árboles. Solo ellos llevaban encima las pruebas: la tela quemada de él, las nalgas ardiéndole a ella, y ese silencio cómplice de quienes convierten una pelea tonta en la forma más sucia y perfecta de desearse.

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Comentarios(7)

PecadoCapital77

Tremendo relato!!! no lo pude dejar de leer hasta el final

Santi_GBA

buenisimo!!!

Marcelo_BA

Me encanto como manejaste la tension desde el principio, se nota que sabes lo que haces. Sigue asi!

CharlieR_92

jajaja me recordo a una apuesta similar que hize con un amigo, aunque el resultado fue muy diferente claro jaja

LunaRoja_mx

Muy bien escrito, la dinamica entre ellos se siente creible. Espero con ansias la continuacion

Tomas_Rd

Por favor seguí con esto, me quede con ganas de saber como sigue la historia entre estos dos

Javi_cordobes

Asi si vale la pena salir al parque jeje, excelente relato

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