La abusona del instituto terminó en mi mesa de autopsias
Los que trabajamos rodeados de muertos arrastramos una reputación siniestra, o la arrastraríamos si nuestra sociedad, ocupada en sus distracciones luminosas de cada día, se molestara en pensar en nosotros. Es el viejo estigma del verdugo, del sepulturero, del que carga sobre los hombros el peso de la muerte para que los demás puedan seguir viviendo en su ignorancia cómoda.
Debo admitir que es una fama injusta. Los forenses, los empleados de tanatorio y los embalsamadores que he conocido a lo largo de mi carrera son personas tan amables y discretas como cualquiera, e incluso un poco más. Gente de un estoicismo suave, de modales cuidados, de un tacto que no es fachada sino reflejo de algo limpio que llevan dentro.
Yo, por supuesto, soy la excepción que confirma la regla.
Quizá sea culpa mía, quizá no. No sé si mis inclinaciones nacieron de alguna experiencia torcida o de un simple error de la naturaleza, y la verdad es que me gustaría saberlo. A lo mejor algún día aprendemos a extirpar el mal cortando una zona del cerebro, y de paso borramos también las ideas perniciosas de los artistas que tanto incomodan a quienes prefieren un mundo ordenado.
Lo único que tengo claro es que desde niño fui un crío difícil. Me costaba entender las reglas invisibles que el resto de mis compañeros parecía manejar sin esfuerzo. Resolvía todo a golpes, algo que al principio me dio cierto respeto y que después se volvió en mi contra, cuando los cuchicheos sustituyeron a las palizas y comprobé que yo solo no podía contra todo el mundo.
En el instituto cambié de táctica, con resultados igual de desastrosos. Aterrado ante la idea de quedarme solo para siempre, me convertí en alguien complaciente, dispuesto a dejarse pisar por cualquiera. Pero mi torpeza social me transformó en el blanco perfecto de los que disfrutan humillando a los demás. Y de todos esos miserables, ninguno fue peor que ella.
Lorena estaba buena y lo sabía. Tenía a media clase comiendo de su mano y a unos cuantos de cursos superiores comiendo de otros sitios. Era una morena que se ajustaba unas mallas imposibles para marcar las caderas y escogía escotes que los profesores criticaban después de mirarlos con calma. Siempre tenía una réplica afilada, unas palabras que clavaba con esa voz estridente que ponía. A nadie hirió tanto como a mí.
Empezó a meterse conmigo el día que respondí bien a una pregunta que ella había fallado. No recuerdo la asignatura, qué más da. Lo que sí recuerdo son los rumores: que mis padres me pegaban a diario, que me habían echado de otro colegio por toquetear a una compañera, que levantaba faldas y manoseaba culos en los pasillos. Cada vez que yo abría la boca, ella se encargaba de añadir una coda humillante. Tal vez por eso fui hablando cada vez menos.
Desde primero hasta que acabé el bachillerato, ningún grupo me quiso entre sus filas, ninguna chica me miró dos veces, y cada vez que alguien me nombraba lo hacía entre risas, con desprecio o con lástima. Me refugié en mis libros y en mis películas de serie B, en foros de internet donde discutía sobre novela gótica y escenas truculentas. Me volví un experto en Poe, en Cortázar, en el cine más enfermo de Cronenberg, en todo aquello que me permitiera escapar de la tortura mediocre en la que vivía.
La soledad tuvo, al menos, una consecuencia útil. Desarrollé un sentido crítico feroz —es fácil criticar al mundo cuando no formas parte de él— y, sobre todo, me convertí en un estudiante brillante. Conseguí una beca para estudiar Medicina lejos de mi pueblo, para alivio de una familia que prefería tener a su oveja negra a distancia. Lorena, ya en una edad en la que casi todos los abusones habían madurado, me regaló un último rumor: que había elegido esa carrera solo por mi obsesión con los cadáveres.
Quién iba a decir lo cerca de la verdad que llegaría sin proponérselo.
***
Yo, lo juro, decidí ser médico por la posibilidad de ayudar a la gente, de ganarme el aplauso que las circunstancias me habían negado. Pero también sentía curiosidad por saber si, después de tanta casquería de ficción, sería capaz de enfrentarme a la muerte de verdad. La noche anterior a nuestra primera práctica con cuerpos reales no pegué ojo.
Frente a un cadáver caben varias reacciones. La mayoría, sobre todo las chicas, mostraba respeto, reverencia y una repugnancia mal disimulada. Otros bromeaban en un intento patético de no pensar en su propia mortalidad, pero lo hacían temblando. En todos mis años de facultad solo conocí a tres personas capaces de una indiferencia auténtica ante los muertos. ¿Eran psicópatas? No lo sé.
Y luego estaba yo.
No sentí nervios al acercarme a aquellos semejantes inertes —semejantes, sí, porque todos acabaremos pareciéndonos a ellos cuando la carne nos abandone—, sino todo lo contrario. A diferencia de los vivos, no se metían conmigo, no me daban envidia con sus viajes ni sus parejas, mis padres no me comparaban con ellos para hacerme de menos. Allí estaban ellos, allí estaba yo. Y, quietos como estaban, podía imaginar lo que quisiera.
Recuerdo el primer cuerpo que despertó algo en mí. Casi todos eran ancianos o estaban en mal estado, pero ella no. Tendría unos treinta años y era una mujer espléndida, de caderas anchas, tetas grandes de pezones oscuros y un coño peludo que quedaba a la vista bajo las luces frías del anfiteatro. Se me puso dura sin querer, ahí mismo, delante de todos, y tuve que apretar los muslos contra la mesa para que no se me notara el bulto en el pantalón. Me imaginé lamiendo aquellos labios carnosos de abajo, separándolos con la lengua, metiéndole los dedos a una mujer que no iba a apartarme de un manotazo ni a reírse de mí después. Me quedé embobado mirándola, y las burlas no tardaron. No quiero ser el raro, me repetía. No quiero ser ese tipo solitario del que todos huyen. Quería revestirme de una pátina de normalidad respetable.
Tampoco eso me salió bien. En la universidad intenté arrimarme a un grupo tras otro, intenté seducir a alguna chica, probé el alcohol, confesé secretos imposibles cuando iba borracho. Fracasé en todo. Solo los muertos me aceptaban sin pedir nada a cambio. Y así, mientras miraba en redes la vida ajena de mis antiguos compañeros, me fui especializando en medicina forense.
Acabé en el Servicio de Anatomía Forense de una ciudad que no pienso nombrar, donde me convertí en un trabajador incansable y, para sorpresa de todos, en un buen compañero. Mi desempeño durante la pandemia, cuando habilitamos el depósito para resguardar a los fallecidos, me valió una mención del gobierno autonómico. Lo mejor de este oficio es que es solitario y tranquilo, y que mi permanencia depende de mi rendimiento y no de la simpatía que despierte en ningún jefe.
Pasaron varios años de relativa calma. Seguía sin gustar a las mujeres, seguía arrastrando los mismos traumas. Probé con la prostitución y no me llenó: las putas se movían demasiado, fingían gemidos con voz de disco rayado, me miraban el reloj mientras yo intentaba que se me pusiera dura. Una me la chupó con tanto desgano que se me bajó en su boca, y salí de allí queriendo que me tragara la tierra. Otra me dijo, mientras se subía las bragas, que no había sentido nada, que si quería una siguiente vez llevara pastillas. Al final me limité a la abstinencia y a mirar los cuerpos desde la distancia, embelesado y cobarde. Para matar el tiempo me dediqué a aficiones insulsas como la fotografía y la pesca.
Hasta que llegó ella.
***
Fue un sábado por la noche. Una rutina cualquiera: entró un cadáver. Aquel turno estábamos a mínimos, pero mis superiores sabían que yo solo bastaba para la carga habitual. Lo tomé como un trámite más, un día como otro: una mujer, bastante guapa, muerta por sobredosis de pastillas. Una lástima. Entonces leí la etiqueta con su nombre.
Lorena Mansilla Vega. Era ella.
Contuve la emoción, una emoción culpable pero verdadera. Me alegré de que aquella mujer que me había hecho la vida imposible, que había sabido truncar mi desarrollo como persona, estuviera tendida frente a mí. Sin haber logrado nada, fulminada como una pobre adicta, allí estaba la abusona insufrible, con las mismas tetas rotundas de siempre, el pelo sedoso y el rostro perfecto, ahora con la piel morena apagada por la palidez de la muerte. Lorena siempre había estado buena y lo sabía, pero nunca lo había estado tanto.
La metí en la cámara tras los trámites de rigor y recorrí el edificio entero con la mirada de piedra, mintiéndome, diciéndome que solo estaba lidiando con un golpe del pasado. Mentira. Lo que hacía era hurgar en la herida: pensaba en la vida plena que seguramente habría tenido esa mujer, en los amigos, en las fiestas, en las pollas que habría montado, en los tíos a los que se la habría chupado en fiestas donde a mí nunca me habrían dejado entrar. Comprobé que no quedaba nadie despierto, con una idea macabra ya instalada en la cabeza y con la polla empezando a hincharse dentro del pantalón.
De vuelta en el depósito, cerré con mi llave. Sabía que aquello podía levantar sospechas, que me jugaba el puesto si alguien venía a reclamar el cuerpo. Pero estábamos lejos de su pueblo, y si sus amigos habían compartido la droga que la mató, dejarían que la recogieran sus padres. Además, ya no pensaba con la cabeza. Pensaba con la verga.
La saqué de la cámara como quien saca ropa de un cajón. No había pasado mucho tiempo y el cuerpo seguía firme, apetecible, con ese punto inquietante que me hizo sonreír como un idiota. La desnudé por completo, cortando con las tijeras la sábana que la cubría, y me quedé mirándola de arriba abajo, la boca seca. Las tetas grandes le caían apenas hacia los lados, con los pezones morenos y anchos apuntando al techo. El vientre plano, las caderas anchas, el coño depilado con una franjita oscura arriba, los muslos gruesos que se abrían un poco por la posición. Era la puta imagen que había perseguido en mi cabeza durante años.
No sé cuánto la estuve mirando. Qué dirían tus padres si te vieran. Estás arriesgando tu trabajo. Eres despreciable. Pero dentro de mí latía una pulsión que jamás había aprendido a reconocer hasta esa noche. Miré aquellos ojos vacíos y extendí la mano hacia su pecho. Acerqué los dedos con una lentitud que estuvo a punto de hacerme desmayar.
Agarré aquella teta fría y me sorprendió que ningún rayo cayera del cielo. Después, con la boca abierta, pasé minutos enteros amasando una mama y luego la otra, sopesándolas en las palmas, apretándolas hasta que los pezones se marcaban duros entre mis dedos. Por primera vez no había nadie diciéndome que se había acabado el tiempo, que no apretara tan fuerte, que no le pellizcara el pezón. Le retorcí uno con saña y solté un jadeo de adolescente, fuera de mí por el tacto blando y helado de aquellos dos monumentos a la lujuria.
—No me extraña que fueras tan popular —le susurré—. Con estas tetas cualquiera. Pero eso se acabó. La muerte nos iguala a todos, Lorena. Y a algunos más que a otros.
Me agaché y me metí un pezón entero en la boca. Lo chupé con hambre, con años de hambre acumulada, mordiéndolo hasta que la carne cedía entre mis dientes. Pasé al otro, lamí toda la areola, escupí sobre él y volví a chupar. Bajé la lengua por el esternón, por las costillas marcadas, por el ombligo. Apoyé la cara en su vientre y besé cada centímetro de piel fría. Sabía los riesgos de tocar un cuerpo así y quería tener cuidado, pero de vez en cuando se me escapaba un mordisco en la cadera, en el muslo, en el pubis. Subí de nuevo a sus pezones y me los metí en la boca. Luego escupí sobre sus ojos, que recibieron mi desprecio sin inmutarse, igual que yo había recibido sus humillaciones años atrás.
—Eres lo más patético que he conocido —le dije al oído, en un tono casi tierno que me erizó la piel a mí mismo—. Y ahora no eres nada. Siempre te metiste conmigo. Mira quién respira todavía. Mira quién tiene la polla dura y quién tiene el coño abierto de par en par en una camilla.
Me puse los guantes con cuidado. Había cometido la temeridad de tocarla a piel descubierta, pero lo que venía después entrañaba más peligro. Y, ebrio de aquella sensación de poder, ya sabía que repetiría la jugada si no me descubrían.
***
Le abrí las piernas del todo. Le pasé los muslos por encima de los brazos de la camilla y le quedó el coño ofrecido como una fruta partida. Con dos dedos le separé los labios, mirándole el interior rosado, pálido, sin brillo. Ahí dentro se habían corrido vaya usted a saber cuántos tíos, pensé. Ahí dentro habían gozado los populares del instituto mientras yo me la meneaba en mi cuarto imaginando esa misma escena. Ahora era yo el que estaba en primera fila.
Le metí los dedos sin la delicadeza que uno suele tener con un cuerpo vivo. Le empujé dos, luego tres, hasta los nudillos, sintiendo aquellas paredes apretadas que no se contraían ni se relajaban, que estaban ahí quietas, esperando. Le busqué el punto donde había leído mil veces que estaba el clítoris y se lo froté con el pulgar, con esa violencia rencorosa del que ya nunca sabrá si lo está haciendo bien. Su rostro inerte parecía darme una bienvenida silenciosa, y la aproveché. Con la otra mano le acaricié las piernas, un buen par de piernas que me hicieron recordar todas las veces que esa mujer me había hecho sentir culpable por desearla. Le abofeteé el coño con la palma, un chasquido seco que resonó en las paredes de azulejo. Ahora yo tenía el control. Ahora yo era el dominante, y el placer que se gestaba dentro de mí no sería humillante, sino glorioso.
Perdí la paciencia enseguida. Me quité los guantes, me lavé las manos y me acaricié por encima del pantalón. La polla ya me pulsaba, tirante, atrapada contra la tela. Me bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón y la liberé, gozando de aquella rigidez de ultratumba que se había apoderado de ella. Un hilillo transparente colgaba ya de la punta. Saqué de la cartera un preservativo que no había tenido ocasión de estrenar con ninguna mujer y me lo coloqué con torpeza, sin dejar de contemplar aquellas dos tetas.
Antes de metérsela, me subí a la camilla y le puse la polla enfundada delante de la cara. Le abrí la boca con los dedos, empujando la mandíbula hacia abajo, y le encajé la verga entre los labios morados. Le agarré la cabeza con las dos manos y empujé, follándole la boca muerta con una torpeza brutal, oyendo el ruidito húmedo del látex chocando contra sus dientes. Su lengua fría me lamía el glande sin lamerlo, la garganta se abría sola bajo el peso. Le miré la cara mientras se la metía hasta el fondo y me imaginé todos los años del instituto condensados en aquella escena: la reina de la clase con mi polla atragantándola, sin poder decir una sola de sus réplicas afiladas.
—Chúpamela, zorra —le gruñí—. Chúpala como se la chupabas a los otros. Como no te dignaste a mirarme entonces.
La saqué llena de babas y bajé, deslizando la camilla, acariciándole el pelo, tirando de él, y me coloqué encima de ella como un conquistador. Le pasé la punta por el coño, arriba y abajo, empapando el látex de la humedad muerta que aún le quedaba. Y me la metí.
Me dolió al entrar.
Claro, pensé, avergonzado de mi propia estupidez. No había lubricación. Escupí sin salir, dos, tres veces, embarrando el ojal apretado con mi saliva. Preso de un entusiasmo que me hizo ignorar el dolor, empujé hasta el fondo. Se me marcó la vena del cuello, me convertí en una bestia. La penetré levantándole las piernas, sorprendido del esfuerzo que cuesta sostener un cuerpo así, echándome sus tobillos sobre los hombros. Pero mereció la pena. Cuando sentí aquellas paredes apretadas cerrándose en torno a mí, me olvidé de todo: de la moral, de la ley, de la cordura. En ese instante solo existíamos ella y yo, y todas las humillaciones que estaba cobrándome con intereses.
Empecé a follármela con embestidas largas, sacando la polla casi entera y volviendo a hundirla de un solo golpe, viendo cómo las tetas grandes se sacudían con cada topetazo. El cuerpo se deslizaba unos centímetros sobre la camilla con cada embestida, y yo tenía que agarrarla por las caderas para retenerla. La piel fría de sus muslos contra la mía caliente hacía un contraste que me ponía todavía más. Me incliné hacia adelante, sin dejar de bombear, y le mordí un pezón, tirando de él con los dientes hasta estirarlo. Le lamí el cuello, los labios entreabiertos, el mentón.
—Piensa en tus padres —susurré mirándola a la cara, y juraría que algo en su gesto cambió—. Piensa en cuánto van a llorar por una hija drogadicta. Imagina lo que sufrirían si vieran lo que te estoy haciendo. Si vieran a su princesita con las piernas abiertas y mi polla hasta la garganta.
La saqué de golpe, la giré con esfuerzo hasta ponerla boca abajo, con las tetas aplastadas contra el metal frío, y le levanté las caderas para dejar el culo al aire. Le separé las nalgas con los pulgares y me quedé mirando aquel ojal apretado, ese sitio que en vida seguro que nadie o casi nadie había tocado. Escupí encima. Le metí un dedo, luego dos, sintiendo cómo cedía sin resistencia. Y le encajé la polla ahí, en el culo, apretando los dientes ante la estrechez brutal que se cerró en torno al glande.
—Aquí también, Lorena —jadeé, empujando poco a poco—. Aquí también te la voy a meter. Todo lo que me negaste te lo voy a cobrar esta noche.
La embestí a cuatro patas, con las manos clavadas en sus caderas, dejando marcas moradas que ya nadie iba a ver. Cada golpe hacía un ruido sordo, obsceno, de carne contra carne. Le tiré del pelo hacia atrás, arqueándole el cuello, follándome aquel culo apretado con una furia que no reconocía en mí. Le pasé la mano por debajo y le apreté una teta hasta hacerla desbordarse entre mis dedos.
Sin salir, la volví a girar. Ahora quería mirarla a los ojos vacíos mientras me corría. Volví a hundírsela en el coño, seguí embistiendo con un vigor inversamente proporcional a la vitalidad de mi acompañante, fijos los ojos en los suyos como un cazador. Le pasé la mano del muslo al cuello y apreté, fingiendo estrangularla, marcándole los dedos en la piel pálida. Ojalá hubiera podido ser yo, pensé, con la verga dura como una piedra. Le di con una brutalidad que estuvo a punto de derrumbar la camilla, aporreándole la pelvis con la mía, notando cómo le rebotaban las tetas contra el pecho a cada golpe.
Sentí el orgasmo subir desde los huevos, avisar en la base de la polla, y aún tuve tiempo de sacarla del coño, arrancarme el preservativo de un tirón y ponérmela justo encima de la cara. Empecé a menearla a dos manos, apuntándole al rostro perfecto, a los labios entreabiertos, a los ojos que años atrás me habían mirado con desprecio en cada pasillo del instituto.
El orgasmo llegó abundante y violento, tanto que tuve que morderme los labios para que el gemido no se oyera en todo el edificio. Le corrí encima chorro tras chorro, gruesos hilos blancos que le cayeron en la frente, en los párpados, en la boca, en el mentón, colgando después hasta el cuello. Vacié hasta la última gota exprimiéndome la polla con el puño, y todavía me salió una gotita más que le dejé caer sobre la lengua. Me derrumbé sobre aquellas tetas que ya nunca alimentarían a nadie y saqué la lengua para probar su sabor gélido, mezclado con mi propio semen que le resbalaba desde la cara.
—Has fracasado como mujer y como persona —murmuré, mientras le pasaba el glande todavía escurriendo por los labios pintados de mi corrida—. Y por primera vez en tu puta vida me has hecho feliz.
***
Después de aquella cópula animal me quité el preservativo, que ni siquiera había cumplido su función hasta el final, y, como el borracho que despierta con resaca, sentí un escalofrío al comprender la magnitud de lo que había hecho. Miré el cuerpo, con el semen todavía brillante en la cara, con el coño abierto y enrojecido, con la marca de mis dedos en el cuello, y ya no la vi a ella, sino un conjunto de órganos y tejidos. Estuve a punto de vomitar. Me juré a mí mismo que no volvería a hacerlo.
Mentiroso.
En el baño me di cuenta de que, al salir, no había cerrado el depósito con llave. Me sostuve, lívido, y noté cómo el deseo volvía a erguirse. La polla, que debería haber quedado agotada por horas, empezaba otra vez a hincharse contra la tela del pantalón. Eran los nervios del boxeador, esa adrenalina que empuja a reincidir. El morbo de poder ser descubierto me hizo caminar despacio por los pasillos. Fui a mi despacho a por la mochila, sin cruzarme con nadie, y volví a paso ligero, convencido de encontrarme a media plantilla esperándome con las esposas listas.
Al entrar, todo seguía como lo había dejado. Ella también.
Me acerqué al cadáver con la cámara en la mano. Vista así, con la corrida secándose sobre la piel, con las piernas todavía abiertas y las marcas moradas en las caderas, despojada de toda la dignidad que el rito de la muerte concede —los trajes negros, las maderas caras, los silencios solemnes—, estaba retratada como lo que para mí siempre fue: una puta, una zorra buenísima que por fin había pagado por lo que me hizo. Y así quería inmortalizarla. La fotografié desde todos los ángulos con una vieja cámara analógica que escupía las imágenes al instante. Le abrí las piernas para fotografiarle el coño de cerca, todavía dilatado. Le separé los labios con los dedos y disparé. Le levanté una teta y disparé. Le abrí la boca, le metí dos dedos hasta la garganta y disparé. Me hice un autorretrato hundiéndole la polla otra vez entre los labios, con la mano libre agarrándole el pelo. Las miré como quien mira el recuerdo de una novia. Con la entrepierna otra vez tensa, sopesé volver a empezar.
Y volví a empezar. Me la casqué encima de ella mirándola, meneándomela con la mano izquierda mientras con la derecha le amasaba una teta. No me duró mucho: en cuatro o cinco tirones ya le estaba corriendo encima otra vez, esta vez sobre los pechos, viendo cómo mi semen resbalaba entre las tetas apretadas y le charcaba en el hueco del esternón.
Ahora sí. No te arriesgues más. Ya podrás repetir, y tienes las fotos de recuerdo.
A regañadientes la acicalé como pude. Le limpié los restos de la cara, del cuello, del pecho, del coño y del culo con paños humedecidos, le peiné el pelo, le cerré las piernas, le crucé los brazos. La devolví a la cámara frigorífica con una sonrisa de carnicero, imaginando que la condenaba al último círculo del Infierno, ese lago de hielo donde el ángel caído paga por los siglos de los siglos. Revisé la sala mil veces, dejándolo todo como estaba, y esperé a que terminara el turno de noche.
Sus padres llegaron unas horas después. Me reconocieron, pero estaban demasiado destrozados como para reparar en la coincidencia. Hablé con ellos con una profesionalidad modélica, cumpliendo los trámites como si nada hubiera pasado. En el bolsillo llevaba las fotografías de su hija con las piernas abiertas y mi semen en la cara. Es la primera vez en mi vida que agradecí tener un sexo de tamaño modesto: gracias a eso, nadie notó nada cuando la polla se me volvió a poner medio dura mientras la madre me daba las gracias por mi trato.
Cuando terminé la jornada y llegué a casa, en lugar de descansar, me encerré en el baño con las fotos desplegadas sobre el lavabo. Pensé en las lágrimas de esa madre que tendría que enterrar a su hija, en la justicia silenciosa que la Muerte había impartido por mí, en cómo aquel cuerpo había aceptado todo sin protestar. Me la volví a menear mirando las fotos, una a una, deteniéndome en las del coño dilatado y las del semen colgándole del mentón. Me corrí en el lavabo con un gruñido largo. El que ríe el último ríe mejor. Y aquel día reí como un demente, tanto que casi llaman a la policía mis vecinos.
¿Y ahora qué? Pues nada, sigo siendo el de siempre, enfrascado en mis vicios y consumido por mis apetencias. Lo he aceptado. Sé que jamás seré como los demás, y no cambiaría por nada la libertad que sentí al descubrirlo. De vez en cuando, en las noches perezosas, paso un rato con algún cuerpo especialmente hermoso, chupo unas tetas frías, hundo la polla en un coño que no protesta, me corro en una cara que no me juzga. Siempre llevo la cámara por si surge la ocasión, y debo confesar que guardo una colección preciosa en una de mis habitaciones. Sí, será mi perdición el día que me descubran. Pero hay que vivir. Y, como bien sé por mi oficio, igual de muerto voy a acabar yo.
A veces, cuando me toco con la mirada fija en todas esas amantes que ni siquiera saben que lo son, la busco a ella entre las fotos. La del coño abierto, la de mi polla en su boca, la de la corrida chorreándole por la frente. Entonces vuelvo a reír, y vuelvo a correrme como si tuviera quince años, chorreándome la mano de semen espeso mientras susurro su nombre. Las primeras veces, amigos míos, las primeras veces siempre son especiales.





