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Relatos Ardientes

La abusona del instituto terminó en mi mesa de autopsias

Los que trabajamos rodeados de muertos arrastramos una reputación siniestra, o la arrastraríamos si nuestra sociedad, ocupada en sus distracciones luminosas de cada día, se molestara en pensar en nosotros. Es el viejo estigma del verdugo, del sepulturero, del que carga sobre los hombros el peso de la muerte para que los demás puedan seguir viviendo en su ignorancia cómoda.

Debo admitir que es una fama injusta. Los forenses, los empleados de tanatorio y los embalsamadores que he conocido a lo largo de mi carrera son personas tan amables y discretas como cualquiera, e incluso un poco más. Gente de un estoicismo suave, de modales cuidados, de un tacto que no es fachada sino reflejo de algo limpio que llevan dentro.

Yo, por supuesto, soy la excepción que confirma la regla.

Quizá sea culpa mía, quizá no. No sé si mis inclinaciones nacieron de alguna experiencia torcida o de un simple error de la naturaleza, y la verdad es que me gustaría saberlo. A lo mejor algún día aprendemos a extirpar el mal cortando una zona del cerebro, y de paso borramos también las ideas perniciosas de los artistas que tanto incomodan a quienes prefieren un mundo ordenado.

Lo único que tengo claro es que desde niño fui un crío difícil. Me costaba entender las reglas invisibles que el resto de mis compañeros parecía manejar sin esfuerzo. Resolvía todo a golpes, algo que al principio me dio cierto respeto y que después se volvió en mi contra, cuando los cuchicheos sustituyeron a las palizas y comprobé que yo solo no podía contra todo el mundo.

En el instituto cambié de táctica, con resultados igual de desastrosos. Aterrado ante la idea de quedarme solo para siempre, me convertí en alguien complaciente, dispuesto a dejarse pisar por cualquiera. Pero mi torpeza social me transformó en el blanco perfecto de los que disfrutan humillando a los demás. Y de todos esos miserables, ninguno fue peor que ella.

Lorena estaba buena y lo sabía. Tenía a media clase comiendo de su mano y a unos cuantos de cursos superiores comiendo de otros sitios. Era una morena que se ajustaba unas mallas imposibles para marcar las caderas y escogía escotes que los profesores criticaban después de mirarlos con calma. Siempre tenía una réplica afilada, unas palabras que clavaba con esa voz estridente que ponía. A nadie hirió tanto como a mí.

Empezó a meterse conmigo el día que respondí bien a una pregunta que ella había fallado. No recuerdo la asignatura, qué más da. Lo que sí recuerdo son los rumores: que mis padres me pegaban a diario, que me habían echado de otro colegio por toquetear a una compañera, que levantaba faldas y manoseaba culos en los pasillos. Cada vez que yo abría la boca, ella se encargaba de añadir una coda humillante. Tal vez por eso fui hablando cada vez menos.

Desde primero hasta que acabé el bachillerato, ningún grupo me quiso entre sus filas, ninguna chica me miró dos veces, y cada vez que alguien me nombraba lo hacía entre risas, con desprecio o con lástima. Me refugié en mis libros y en mis películas de serie B, en foros de internet donde discutía sobre novela gótica y escenas truculentas. Me volví un experto en Poe, en Cortázar, en el cine más enfermo de Cronenberg, en todo aquello que me permitiera escapar de la tortura mediocre en la que vivía.

La soledad tuvo, al menos, una consecuencia útil. Desarrollé un sentido crítico feroz —es fácil criticar al mundo cuando no formas parte de él— y, sobre todo, me convertí en un estudiante brillante. Conseguí una beca para estudiar Medicina lejos de mi pueblo, para alivio de una familia que prefería tener a su oveja negra a distancia. Lorena, ya en una edad en la que casi todos los abusones habían madurado, me regaló un último rumor: que había elegido esa carrera solo por mi obsesión con los cadáveres.

Quién iba a decir lo cerca de la verdad que llegaría sin proponérselo.

***

Yo, lo juro, decidí ser médico por la posibilidad de ayudar a la gente, de ganarme el aplauso que las circunstancias me habían negado. Pero también sentía curiosidad por saber si, después de tanta casquería de ficción, sería capaz de enfrentarme a la muerte de verdad. La noche anterior a nuestra primera práctica con cuerpos reales no pegué ojo.

Frente a un cadáver caben varias reacciones. La mayoría, sobre todo las chicas, mostraba respeto, reverencia y una repugnancia mal disimulada. Otros bromeaban en un intento patético de no pensar en su propia mortalidad, pero lo hacían temblando. En todos mis años de facultad solo conocí a tres personas capaces de una indiferencia auténtica ante los muertos. ¿Eran psicópatas? No lo sé.

Y luego estaba yo.

No sentí nervios al acercarme a aquellos semejantes inertes —semejantes, sí, porque todos acabaremos pareciéndonos a ellos cuando la carne nos abandone—, sino todo lo contrario. A diferencia de los vivos, no se metían conmigo, no me daban envidia con sus viajes ni sus parejas, mis padres no me comparaban con ellos para hacerme de menos. Allí estaban ellos, allí estaba yo. Y, quietos como estaban, podía imaginar lo que quisiera.

Recuerdo el primer cuerpo que despertó algo en mí. Casi todos eran ancianos o estaban en mal estado, pero ella no. Tendría unos treinta años y era una mujer espléndida, de caderas anchas y labios carnosos que me provocaron sensaciones que me esforcé en negar. Me quedé embobado mirándola, y las burlas no tardaron. No quiero ser el raro, me repetía. No quiero ser ese tipo solitario del que todos huyen. Quería revestirme de una pátina de normalidad respetable.

Tampoco eso me salió bien. En la universidad intenté arrimarme a un grupo tras otro, intenté seducir a alguna chica, probé el alcohol, confesé secretos imposibles cuando iba borracho. Fracasé en todo. Solo los muertos me aceptaban sin pedir nada a cambio. Y así, mientras miraba en redes la vida ajena de mis antiguos compañeros, me fui especializando en medicina forense.

Acabé en el Servicio de Anatomía Forense de una ciudad que no pienso nombrar, donde me convertí en un trabajador incansable y, para sorpresa de todos, en un buen compañero. Mi desempeño durante la pandemia, cuando habilitamos el depósito para resguardar a los fallecidos, me valió una mención del gobierno autonómico. Lo mejor de este oficio es que es solitario y tranquilo, y que mi permanencia depende de mi rendimiento y no de la simpatía que despierte en ningún jefe.

Pasaron varios años de relativa calma. Seguía sin gustar a las mujeres, seguía arrastrando los mismos traumas. Probé con la prostitución y no me llenó: se movían demasiado. Al final me limité a la abstinencia y a mirar los cuerpos desde la distancia, embelesado y cobarde. Para matar el tiempo me dediqué a aficiones insulsas como la fotografía y la pesca.

Hasta que llegó ella.

***

Fue un sábado por la noche. Una rutina cualquiera: entró un cadáver. Aquel turno estábamos a mínimos, pero mis superiores sabían que yo solo bastaba para la carga habitual. Lo tomé como un trámite más, un día como otro: una mujer, bastante guapa, muerta por sobredosis de pastillas. Una lástima. Entonces leí la etiqueta con su nombre.

Lorena Mansilla Vega. Era ella.

Contuve la emoción, una emoción culpable pero verdadera. Me alegré de que aquella mujer que me había hecho la vida imposible, que había sabido truncar mi desarrollo como persona, estuviera tendida frente a mí. Sin haber logrado nada, fulminada como una pobre adicta, allí estaba la abusona insufrible, con los mismos pechos rotundos de siempre, el pelo sedoso y el rostro perfecto, ahora con la piel morena apagada por la palidez de la muerte. Lorena siempre había estado buena y lo sabía, pero nunca lo había estado tanto.

La metí en la cámara tras los trámites de rigor y recorrí el edificio entero con la mirada de piedra, mintiéndome, diciéndome que solo estaba lidiando con un golpe del pasado. Mentira. Lo que hacía era hurgar en la herida: pensaba en la vida plena que seguramente habría tenido esa mujer, en los amigos, en las fiestas, en todo lo que yo nunca tuve por su culpa. Comprobé que no quedaba nadie despierto, con una idea macabra ya instalada en la cabeza.

De vuelta en el depósito, cerré con mi llave. Sabía que aquello podía levantar sospechas, que me jugaba el puesto si alguien venía a reclamar el cuerpo. Pero estábamos lejos de su pueblo, y si sus amigos habían compartido la droga que la mató, dejarían que la recogieran sus padres. Además, ya no pensaba con la cabeza.

La saqué de la cámara como quien saca ropa de un cajón. No había pasado mucho tiempo y el cuerpo seguía firme, apetecible, con ese punto inquietante que me hizo sonreír como un idiota. No sé cuánto la estuve mirando. Qué dirían tus padres si te vieran. Estás arriesgando tu trabajo. Eres despreciable. Pero dentro de mí latía una pulsión que jamás había aprendido a reconocer hasta esa noche. Miré aquellos ojos vacíos y extendí la mano hacia su pecho. Acerqué los dedos con una lentitud que estuvo a punto de hacerme desmayar.

Agarré aquel seno frío y me sorprendió que ningún rayo cayera del cielo. Después, con la boca abierta, pasé minutos enteros amasando una mama y luego la otra. Por primera vez no había nadie diciéndome que se había acabado el tiempo, que no apretara tan fuerte, que no le pellizcara el pezón. Solté un jadeo de adolescente, fuera de mí por el tacto blando y helado de aquellos dos monumentos a la lujuria.

—No me extraña que fueras tan popular —le susurré—. Pero eso se acabó. La muerte nos iguala a todos, Lorena. Y a algunos más que a otros.

Apoyé la cara en su vientre y besé cada centímetro de piel fría. Sabía los riesgos de tocar un cuerpo así y quería tener cuidado, pero de vez en cuando se me escapaba un mordisco. Subí de nuevo a sus pezones y me los metí en la boca. Luego escupí sobre sus ojos, que recibieron mi desprecio sin inmutarse, igual que yo había recibido sus humillaciones años atrás.

—Eres lo más patético que he conocido —le dije al oído, en un tono casi tierno que me erizó la piel a mí mismo—. Y ahora no eres nada. Siempre te metiste conmigo. Mira quién respira todavía.

Me puse los guantes con cuidado. Había cometido la temeridad de tocarla a piel descubierta, pero lo que venía después entrañaba más peligro. Y, ebrio de aquella sensación de poder, ya sabía que repetiría la jugada si no me descubrían.

***

Le metí los dedos sin la delicadeza que uno suele tener con un cuerpo vivo. Su rostro inerte parecía darme una bienvenida silenciosa, y la aproveché. Con la otra mano le acaricié las piernas, un buen par de piernas que me hicieron recordar todas las veces que esa mujer me había hecho sentir culpable por desearla. Ahora yo tenía el control. Ahora yo era el dominante, y el placer que se gestaba dentro de mí no sería humillante, sino glorioso.

Perdí la paciencia enseguida. Me quité los guantes, me lavé las manos y me acaricié por encima del pantalón. Liberé mi sexo, gozando de aquella rigidez de ultratumba que se había apoderado de él. Saqué de la cartera un preservativo que no había tenido ocasión de estrenar con ninguna mujer y me lo coloqué con torpeza, sin dejar de contemplar aquellos dos pechos. Deslicé la camilla, le acaricié el pelo, tiré de él, y me coloqué encima de ella como un conquistador.

Me dolió al entrar.

Claro, pensé, avergonzado de mi propia estupidez. No había lubricación. Escupí sin salir, preso de un entusiasmo que me hizo ignorar el dolor. Se me marcó la vena del cuello, me convertí en una bestia. La penetré levantándole las piernas, sorprendido del esfuerzo que cuesta sostener un cuerpo así. Pero mereció la pena. Cuando sentí aquellas paredes apretadas cerrándose en torno a mí, me olvidé de todo: de la moral, de la ley, de la cordura. En ese instante solo existíamos ella y yo, y todas las humillaciones que estaba cobrándome con intereses.

—Piensa en tus padres —susurré mirándola a la cara, y juraría que algo en su gesto cambió—. Piensa en cuánto van a llorar por una hija drogadicta. Imagina lo que sufrirían si vieran lo que te estoy haciendo.

Seguí embistiendo con un vigor inversamente proporcional a la vitalidad de mi acompañante, fijos los ojos en los suyos como un cazador. Le pasé la mano del muslo al cuello y apreté, fingiendo estrangularla. Ojalá hubiera podido ser yo, pensé, con el sexo duro como una piedra. Le di con una brutalidad que estuvo a punto de derrumbar la camilla.

El orgasmo llegó abundante y violento, tanto que tuve que morderme los labios para que el gemido no se oyera en todo el edificio. Me derrumbé sobre aquellos pechos que ya nunca alimentarían a nadie y saqué la lengua para probar su sabor gélido.

—Has fracasado como mujer y como persona —murmuré.

***

Después de aquella cópula animal me quité el preservativo y, como el borracho que despierta con resaca, sentí un escalofrío al comprender la magnitud de lo que había hecho. Miré el cuerpo y ya no la vi a ella, sino un conjunto de órganos y tejidos. Estuve a punto de vomitar. Me juré a mí mismo que no volvería a hacerlo.

Mentiroso.

En el baño me di cuenta de que, al salir, no había cerrado el depósito con llave. Me sostuve, lívido, y noté cómo el deseo volvía a erguirse. Eran los nervios del boxeador, esa adrenalina que empuja a reincidir. El morbo de poder ser descubierto me hizo caminar despacio por los pasillos. Fui a mi despacho a por la mochila, sin cruzarme con nadie, y volví a paso ligero, convencido de encontrarme a media plantilla esperándome con las esposas listas.

Al entrar, todo seguía como lo había dejado.

Me acerqué al cadáver con la cámara en la mano. Vista así, despojada de toda la dignidad que el rito de la muerte concede —los trajes negros, las maderas caras, los silencios solemnes—, estaba retratada como lo que para mí siempre fue, y así quería inmortalizarla. La fotografié desde todos los ángulos con una vieja cámara analógica que escupía las imágenes al instante. Las miré como quien mira el recuerdo de una novia. Con la entrepierna otra vez tensa, sopesé volver a empezar.

No. No te arriesgues. Ya podrás repetir, y tienes las fotos de recuerdo.

A regañadientes la acicalé como pude. Le limpié los restos de la cara y la devolví a la cámara frigorífica con una sonrisa de carnicero, imaginando que la condenaba al último círculo del Infierno, ese lago de hielo donde el ángel caído paga por los siglos de los siglos. Revisé la sala mil veces, dejándolo todo como estaba, y esperé a que terminara el turno de noche.

Sus padres llegaron unas horas después. Me reconocieron, pero estaban demasiado destrozados como para reparar en la coincidencia. Hablé con ellos con una profesionalidad modélica, cumpliendo los trámites como si nada hubiera pasado. En el bolsillo llevaba las fotografías de su hija. Es la primera vez en mi vida que agradecí tener un sexo de tamaño modesto: gracias a eso, nadie notó nada.

Cuando terminé la jornada y llegué a casa, en lugar de descansar, me encerré en el baño. Pensé en las lágrimas de esa madre que tendría que enterrar a su hija, en la justicia silenciosa que la Muerte había impartido por mí, en cómo aquel cuerpo había aceptado todo sin protestar. El que ríe el último ríe mejor. Y aquel día reí como un demente, tanto que casi llaman a la policía mis vecinos.

¿Y ahora qué? Pues nada, sigo siendo el de siempre, enfrascado en mis vicios y consumido por mis apetencias. Lo he aceptado. Sé que jamás seré como los demás, y no cambiaría por nada la libertad que sentí al descubrirlo. De vez en cuando, en las noches perezosas, paso un rato con algún cuerpo especialmente hermoso. Siempre llevo la cámara por si surge la ocasión, y debo confesar que guardo una colección preciosa en una de mis habitaciones. Sí, será mi perdición el día que me descubran. Pero hay que vivir. Y, como bien sé por mi oficio, igual de muerto voy a acabar yo.

A veces, cuando me toco con la mirada fija en todas esas amantes que ni siquiera saben que lo son, la busco a ella entre las fotos. Entonces vuelvo a reír, y vuelvo a correrme como si tuviera quince años. Las primeras veces, amigos míos, las primeras veces siempre son especiales.

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Comentarios (5)

Torino_86

Dios mio que morbo y que originalidad!! Tremendo relato, no esperaba algo asi

lectora_mdq

Me enganchó desde la primera línea. Esa tensión acumulada de años y de repente... eso. No pude parar de leer hasta el final

nocturna_BA

El título solo ya es una obra jaja. Y el relato no decepciona para nada, muy bien escrito

Adriana_Cba

La premisa es de otro nivel en serio!!! Muy bien construido y con mucho morbo. Sigue asi

GabrielCordobes

Me acordé de la abusona que tuve yo en el colegio, no voy a mentir jajaja. Tremendo relato

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