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Relatos Ardientes

Me sometió con sus pies a la orilla del lago

Todo empezó con sus pies. Si alguien me preguntara hoy de dónde viene esta obsesión que me persigue desde entonces, no tendría que pensarlo: viene de una tarde de calor insoportable, de un embalse medio escondido y de una chica que apareció de la nada para enseñarme algo que yo ni siquiera sabía que necesitaba.

Tenía poco más de veinte años aquel verano. El pueblo se derretía bajo un sol que no perdonaba, y a media tarde decidí que no aguantaba un minuto más encerrado en casa. Cogí una toalla, una botella de agua y conduje hasta el embalse que quedaba a las afueras, ese al que casi nadie iba porque había que bajar un sendero de tierra para llegar al agua.

Elegí un rincón apartado, aunque no escondido del todo: una franja de hierba seca junto a la orilla, con sombra de unos álamos y vistas al agua quieta. Extendí la toalla, me tumbé bocarriba y dejé que el calor me fuera adormeciendo. El murmullo del agua y el zumbido lejano de las cigarras me arrastraban poco a poco hacia el sueño.

—Hola.

Abrí los ojos de golpe. El sol me cegó un segundo y solo distinguí una silueta de pie a mi lado, recortada contra la luz.

—Hola... —balbuceé, todavía medio dormido, incorporándome sobre los codos.

Cuando enfoqué bien, se me secó la boca. Era una chica más o menos de mi edad, y la conocía de vista. La había cruzado un par de veces en las fiestas del pueblo de al lado y me había fijado en ella más de lo que me atrevería a admitir. Pequeña de estatura, pero con un cuerpo que parecía dibujado con regla y compás: el vientre plano, las caderas justas, unos pechos un poco más generosos de lo que su talla prometía y una cara de muñeca con la nariz respingona. Llevaba el pelo rizado recogido en una coleta floja, y algunos mechones se le pegaban al cuello por el sudor.

—Perdona que te haya despertado —dijo, y sonrió como si ya supiera el efecto que causaba—. Es que esto está muy solitario y a mí me da cosa quedarme sola tan lejos de todo. Te he reconocido, eres del pueblo, ¿no? Te he visto en alguna verbena. ¿Te molesta si me pongo aquí cerca?

—Claro que no —contesté demasiado rápido—. Túmbate donde quieras. La verdad es que me venía bien algo de compañía, me estaba aburriendo.

—Yo también —dijo ella.

Extendió su toalla a menos de un palmo de la mía, tan cerca que pude oler su crema solar, una mezcla de coco y algo dulce. Se tumbó de espaldas y se quedó callada, mirando el cielo. Yo intenté hacer lo mismo, fingir que volvía a mi siesta, pero tenía todos los sentidos puestos en ella, en el roce de su brazo a centímetros del mío, en su respiración pausada.

No habían pasado ni cinco minutos cuando la vi moverse de reojo. Se llevó las manos a la espalda y, con un gesto rápido, se desabrochó la parte de arriba del bikini. Contuve la respiración. Se giró despacio, ofreciendo el pecho al sol sin el menor pudor, y me miró de lado.

—No te importa, ¿verdad? —preguntó—. Es que odio las marcas del bronceado.

Tragué saliva. Sus pechos eran exactamente como me los había imaginado las pocas veces que me había permitido imaginarlos, y ahora estaban ahí, a un brazo de distancia, perfectos bajo la luz dorada de la tarde.

—Claro que no me importa —dije, y me sorprendió mi propio descaro—. De hecho, ya no estoy nada aburrido.

Ella soltó una risa baja, gutural, que me erizó la piel.

—Ya lo veo —murmuró, bajando la mirada hacia mi bañador—. Parece que de repente te queda un poco pequeño.

No tuve tiempo de avergonzarme. Antes de que pudiera responder, levantó una pierna y deslizó el pie por encima de mi muslo, despacio, hasta detenerlo justo donde la tela ya no podía disimular nada. Me quedé petrificado. Su pie era pequeño, de empeine alto y dedos finos, con las uñas pintadas de un rojo que el agua del embalse había desvaído un poco. Y estaba ahí, presionando, midiendo el bulto que ella misma había provocado.

Esto no puede estar pasando.

Empezó a frotar. Lo hacía con una lentitud calculada, recorriendo toda la zona con la planta del pie, apretando un poco más cada vez que yo dejaba escapar el aire. Yo no podía apartar la vista de aquel pie moviéndose sobre mí. Levanté la mano con la intención de tocarle un pecho, de devolverle algo, pero ella me la apartó con un gesto seco, sin dejar de mirarme.

—Quieto —dijo, y no era una sugerencia.

Bajé la mano. Y en ese momento entendí algo que me dio vértigo: me gustaba obedecer. Me gustaba que decidiera ella, que me marcara el ritmo, que me dejara claro con un solo pie quién mandaba allí. Nunca había sentido nada parecido, esa mezcla de excitación y rendición que me dejaba sin voluntad.

Siguió masajeándome por encima de la tela hasta que la presión se volvió insoportable. Entonces hizo algo que me cortó la respiración: enganchó el dedo gordo en el borde del bañador y, con una habilidad que no parecía improvisada, fue tirando hacia abajo hasta liberarme del todo. Notó el aire fresco un instante antes de notar de nuevo su pie.

—Vaya —dijo, mirando entre mis piernas con una ceja arqueada—. No me esperaba esto.

Yo no supe qué responder. No me salía la voz. Solo podía mirar cómo acomodaba la postura, se apoyaba sobre un codo para tener mejor ángulo y volvía a posar el pie sobre mí, esta vez sin tela de por medio. La planta tibia, ligeramente áspera por la arena, se deslizó a lo largo de toda mi erección, y los dedos se curvaron alrededor como si tuvieran vida propia.

—Mírame —ordenó.

Levanté los ojos. Ella sostenía mi mirada mientras seguía trabajando con el pie, recorriéndome de arriba abajo, ejerciendo presión justo donde sabía que más me hacía perder la cabeza. El sol le iluminaba el pecho, una gota de sudor le bajaba por el cuello, y yo estaba completamente a su merced, tumbado, jadeando, sin atreverme a mover un músculo que ella no me hubiera permitido.

—Así me gusta —susurró—. Quietecito. Déjame a mí.

Cada palabra suya era una vuelta de tuerca. No sé cuánto tiempo estuvo así, jugando conmigo, frenando justo cuando notaba que estaba a punto y volviendo a empezar más despacio para alargarlo. Me tenía suspendido en un borde del que solo ella podía dejarme caer, y la idea de no controlarlo, de depender por completo de aquel pie pequeño y firme, me llevaba más al límite que cualquier otra cosa que hubiera vivido.

—¿Quieres correrte? —preguntó, sin dejar de mover los dedos.

Asentí, incapaz de articular palabra.

—Pídemelo.

—Por favor... —fue lo único que conseguí decir, con la voz rota.

Sonrió, satisfecha, como quien acaba de ganar algo. Apretó un poco más, aceleró el ritmo con una precisión que me dejó sin defensas, y bastaron unos segundos para que todo el aguante acumulado se desbordara de golpe. Me corrí con una fuerza que me sacudió entero, arqueando la espalda contra la toalla, mientras ella mantenía el pie firme, sometiéndome, sin dejar de acariciar hasta la última sacudida.

Me quedé deshecho, con la respiración entrecortada y la mirada perdida en las copas de los álamos. Tardé un buen rato en volver a la realidad. Cuando giré la cabeza para buscarla, ella ya se estaba incorporando.

Se limpió el pie con tranquilidad en el borde de mi propia toalla, sin pedir permiso, como si fuera lo más natural del mundo. Después se abrochó de nuevo el bikini, se recogió un mechón rebelde detrás de la oreja y se inclinó sobre mí.

—Ha estado bien —dijo, y me dio un beso suave en la mejilla.

—Espera —alcancé a decir—. ¿Cómo te...?

Pero no me dejó terminar. Recogió su toalla, se calzó las sandalias y echó a andar sendero arriba sin mirar atrás, dejándome ahí tirado, todavía temblando, sin saber siquiera su nombre.

***

De eso hace ya años. Nunca volví a verla, aunque pasé muchas tardes de aquel verano bajando al embalse con la esperanza tonta de encontrármela otra vez en la misma franja de hierba.

Lo que sí me quedó fue todo lo demás. Desde entonces no he podido mirar los pies de una mujer de la misma manera. Una sandalia en verano, unas uñas pintadas, un pie descalzo cruzándose sobre una pierna en cualquier sitio, y vuelvo de golpe a aquella orilla, al peso exacto de su planta sobre mí, a esa voz tranquila diciéndome «quieto».

Aprendí esa tarde que el placer más intenso no siempre está en hacer, sino en dejar de resistirse. Que entregar el control puede ser más excitante que cualquier cosa que uno haga con las manos. Y que a veces hace falta una desconocida y un solo pie para descubrir quién eres en realidad.

Benditos sean, todavía hoy, aquellos pies.

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Comentarios (4)

noctambulo_r

tremendo relato, me dejo sin palabras!!!

MatiasC77

Espero que haya segunda parte, se corto justo cuando mas lo necesitaba jajaja

LunaVelada

Me encanto la ambientacion en el lago, se siente todo tan vivo. Muy bien escrito!

Camila_NQN

Me recordo a una experiencia que tuve en la playa, aunque no tan extrema jeje. Escribis muy bien

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