Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi vecina me observaba y esa tarde marcó las reglas

La ciudad llevaba una semana entera ardiendo. Era uno de esos veranos en los que el asfalto devuelve el calor por la noche y el aire dentro del piso se queda quieto, espeso, imposible de respirar. Mi apartamento es un loft interior de una sola pieza, sin vistas a la calle, así que desde que me mudé tomé una costumbre: en casa voy desnudo. Nada de ropa, nada de calzoncillos. Con ese bochorno, cualquier tela sobre la piel era una tortura.

Llevaba apenas un par de meses en el edificio. Estaba solo, recién salido de una relación larga, y mi vida sexual se reducía a mí mismo y a la pantalla del móvil a deshoras. Me había acostumbrado a moverme por el loft sin pudor, convencido de que nadie podía verme. El único ventanal alto daba a la galería interior, y desde el edificio de enfrente solo se me veía de cintura para arriba cuando salía a tender.

Esa mañana salí a colgar un par de camisetas, sin molestarme en taparme. Y entonces la oí.

—¡Buenos días, vecino! —La voz venía de la galería de enfrente.

Era ella. Mariela. Vivía justo cruzando el patio, una mujer que rondaba los cuarenta y que me gustaba desde el primer día. No era una belleza de revista, pero tenía algo difícil de nombrar: una media sonrisa permanente, unos labios carnosos y una mirada que parecía pícara e inocente al mismo tiempo. Se vestía con un cuidado que llamaba la atención, y bajo la ropa se adivinaba un cuerpo que me quitaba el sueño.

—¡Qué calor más bestia! —dijo, mientras tendía su propia ropa—. No sé dónde meterme.

—La verdad es que ni me atrevo a salir a la calle —contesté—. Aquí, con todo cerrado, más o menos se aguanta.

—Ya me gustaría a mí ir tan fresca por casa como tú.

Me quedé un segundo callado. Pensé que se refería a mi torso desnudo, lo único que podía ver desde su lado. Pero esa sonrisa, esa forma de mirarme de reojo, me hizo dudar.

—Bueno —dije, intentando sonar tranquilo—, aquí dentro no me ve nadie, y con este calor uno se permite ciertas cosas.

—Te veo yo.

Lo soltó así, sin dejar de tender, como si comentara el tiempo. Y antes de que pudiera reaccionar, añadió:

—A lo mejor no lo sabes, pero el piso de arriba del mío, aunque está vacío, también es mío. Me gusta subir. Es un poco más fresco.

Me quedé congelado, con una camiseta a medio colgar entre las manos.

—Hasta luego, vecino. Nos vemos.

—Adiós —acerté a murmurar.

***

Cerré la galería y me apoyé contra la pared, con el corazón acelerado. Empecé a atar cabos. Desde el piso superior del de enfrente, un poco más elevado, se veía casi todo mi loft. No solo el torso. Todo. La cama, el sofá, la cocina abierta. Cada rincón de mi única habitación.

Si ella subía a ese piso, me había visto entero. Y no una vez. Cada vez que hubiera querido.

Dios mío. Lo ha visto todo.

Me pajeaba a menudo, a veces frente a la pantalla, a veces solo con la imaginación, tumbado en el sofá sin ningún pudor porque me creía invisible. Y de pronto entendí que tal vez nunca lo había sido. Que esa mujer de la media sonrisa podía haber estado al otro lado del patio, en la penumbra, mirándome mientras yo me creía solo.

Lo curioso es que la idea no me daba vergüenza. Al contrario. Siempre tuve un punto exhibicionista, y la posibilidad de haber sido observado me encendió de una forma que no esperaba. Estoy en forma, salgo a correr, piso el gimnasio casi a diario, y la idea de que ella me hubiera visto en forma y excitado me puso duro en cuestión de segundos.

Miré de reojo hacia el ventanal del piso superior de enfrente. Me pareció que la cortina se movía. No estaba seguro. Nunca me había fijado, porque me habían dicho que ese piso estaba vacío. Pero ahora cada sombra parecía cobrar sentido.

Y entonces me asaltó la duda contraria. ¿Y si le molestaba? ¿Y si todo este tiempo había estado incómoda, soportando a un vecino que se paseaba en cueros sin saber que tenía público? La erección se me bajó de golpe. Pensé en renunciar a mi costumbre, en vestirme de una vez, en pedir disculpas.

Estuve un buen rato dándole vueltas, sentado en el borde de la cama. Al final tomé una decisión. Me puse unos pantalones cortos y una camiseta, salí al rellano y llamé a su puerta. La suya estaba pegada a la mía, contigua, separadas apenas por un metro de pared.

***

Abrió con una sonrisa enorme.

—¡Hola, vecino!

Iba vestida, sí, pero con muy poco: un short minúsculo y ajustado y una camiseta sin mangas. No llevaba sujetador, y se adivinaban unos pechos firmes, ni grandes ni pequeños, perfectos. De reojo bajé la vista un instante y volví a subirla, avergonzado de mi propia mirada.

—Vengo a disculparme —dije de carrerilla—. No sé muy bien cómo decirlo. No sabía que el piso de arriba era tuyo. Pensaba que nadie podía verme en casa, y me gusta andar… bueno, sin ropa. A lo mejor te he incomodado y…

—Por favor —me interrumpió, apoyándose en el marco de la puerta—, no tienes que disculparte de nada. Lo entiendo perfectamente. Ya somos mayorcitos. Es cierto que te he visto desde arriba, pero no me molesta en absoluto.

—Gracias. Estaba preocupado por si te había hecho pasar un mal rato. No volveré a pasearme desnudo, te lo prometo.

—No me has hecho pasar ningún mal rato —dijo, y su media sonrisa se volvió algo más oscura—. De hecho, últimamente subo más de la cuenta a limpiar ese piso. Por mí, puedes ir desnudo todo el día. Tienes un cuerpo precioso y es muy agradable verte.

Tragué saliva. No supe qué responder.

—Pero pasa un momento, anda —añadió—. No me gusta hablar de estas cosas en el rellano.

Entré. Cerró la puerta detrás de mí con una calma que me puso nervioso.

—Sí, te he visto —dijo, encarándome—. Y créeme si te digo que más de una vez pensé que era una pena que tuvieras que aliviarte tú solo. He sido un poco voyeur, lo reconozco. Y deduje que no tienes pareja. Así que la que debería disculparse soy yo.

Me sonrojé hasta las orejas, pero mi cuerpo no entendía de vergüenzas. Bajo el pantalón empezaba a despertarme otra vez.

—Yo también estoy sola —continuó, dando un paso hacia mí—. Y muchas veces pensaba: qué desperdicio. El vecino masturbándose ahí enfrente y yo metiéndome los dedos en mi habitación. Eso no podía seguir así. Me habría encantado que tú me vieras también. Solo de imaginarlo me ponía empapada.

Hizo una pausa, midiendo mi reacción.

—Pero esto ahora tiene una solución mucho mejor.

***

Se quitó la camiseta de un tirón, sin dejar de mirarme a los ojos. Sus pechos quedaron al descubierto, y yo sonreí, aliviado y duro al mismo tiempo. Después se bajó el short, despacio, y se quedó completamente desnuda a un metro de mí.

—Ahora ya me has visto entera —dijo—. Estamos igualados.

Qué cuerpo. Tenía la piel perlada de sudor por el calor, y desprendía un aroma denso, una mezcla de perfume suave y transpiración que me golpeó como un puñetazo. El sexo depilado, con apenas un pequeño triángulo de vello, brillaba bajo la luz que entraba por la persiana entornada.

Recuperé el aliento, me quité la camiseta y los pantalones, y dejé que ella me viera. Mi erección estaba en su punto máximo. Cuando me excito de verdad, el glande se me hincha de una forma casi escandalosa, y aquel era uno de esos momentos.

—Ahora sí estamos en igualdad de condiciones —dije.

Pero ella no buscaba igualdad. Me tomó de la mano y me llevó al salón. Se sentó en el sofá y, cuando yo hice ademán de acomodarme a su lado, me detuvo. Me agarró de los dos muslos con las manos y me colocó de pie, justo enfrente de ella, como quien organiza una escena que tenía planeada desde hacía tiempo.

—Ahora quiero que me mires tú a mí —ordenó.

Abrió las piernas y apoyó los dos pies en el borde del sofá, ofreciéndome una vista completa. Tenía los labios prominentes, y entre ellos se adivinaba el clítoris hinchado. Deslizó las manos hacia abajo y empezó a acariciarse, sin apartar los ojos de los míos. Su respiración se fue agitando poco a poco.

Me mostró la mano, brillante, empapada. El olor llegó hasta mí y tuve que apretar los puños para no abalanzarme. Pero ahí mandaba ella, y lo había dejado claro sin decir una sola palabra de más.

—Ahora me ves de cerca —susurró—. ¿Te gusta?

—Es el mejor espectáculo de mi vida.

Levantó las caderas y echó las piernas hacia atrás, dejando el sexo y todo lo demás en primer plano. Y sus pies. Esos pies perfectos, arqueados, suspendidos en el aire a la altura de mi cara.

No pude resistirlo. Los tomé entre mis manos y empecé a lamerle los dedos, uno a uno. Ella dio un respingo y un gemido se le escapó de la garganta mientras seguía tocándose.

Le besé los empeines, los tobillos, sin dejar de mirarla. Aguantaba mi mirada con esa media sonrisa ahora descompuesta por el placer, las piernas cada vez más abiertas. Me limité a sus pies, a chuparlos y olerlos, ese punto salado del sudor que me volvía loco. Mi sexo ardía, pero no lo toqué. Aquello tenía que durar todo lo posible.

Se corrió con un estremecimiento largo, un pequeño temblor que la sacudió entera. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y tembló. Yo no la había tocado más que en los pies, y aquello era ya mejor que muchos polvos que recordaba.

***

Abrió los ojos, me cogió de la mano y me hizo sentar a su lado.

—Quería que me vieras así —dijo, todavía agitada—. Yo te he mirado tantas veces, y he disfrutado como una loca. Ahora no me da ninguna vergüenza confesártelo. Nunca nadie me había besado los pies como tú. Hacía años que no me corría de esta manera.

Me dejó saborear el momento apenas unos segundos. Después su voz cambió otra vez, firme, dueña de la situación.

—Ahora, por favor, tócate para mí.

Me hizo recostarme frente a ella, sobre el sofá. No estaba en mis planes, pero la maestra de ceremonias era ella y dirigía la escena con una seguridad que me desarmaba. Agarré mi erección y empecé a acariciarme el glande despacio, conteniéndome, sin querer terminar todavía. Ella me miraba con la punta de la lengua asomada entre los labios, aguantándose las ganas.

Estaba sentada de lado, las piernas entreabiertas, el sexo aún mojado a la vista. Se acariciaba ligeramente los pezones y movía los ojos de mi cara a mi mano y de vuelta. Yo no iba a durar mucho. Los testículos empezaban a dolerme de la necesidad acumulada.

Pareció notarlo. Justo cuando creí que iba a estallar, me apartó las manos.

Se puso de rodillas sobre el sofá, sin bajar al suelo, y acercó la cara a mi entrepierna con esa sonrisa lenta. Sacó la lengua y la aproximó a mis testículos, pero no me tocó. Me torturó, alargando el momento, obligándome a levantar las rodillas hasta dejarme expuesto por completo frente a ella.

Por fin me dio un lametón largo en la base, y me estremecí entero. El segundo subió más arriba y volvió a bajar. Yo estaba fuera de mí, al borde de algo que no podía contener. Me sujetó por la base con una mano, apretando, y siguió lamiendo, cada vez más cerca del punto exacto.

Al tercer lametón ya no aguanté. Estallé con una fuerza que me sorprendió a mí mismo, y ella no se apartó. Recogió todo con calma, paciente, hasta dejarme vacío y reluciente. Me quedé sin fuerzas, derrumbado sobre los cojines, respirando como si hubiera corrido diez kilómetros.

Se tumbó sobre mí, me besó el cuello y me habló al oído.

—Me lo había imaginado así, y ha sido todavía mejor. Te he mirado tantas veces mientras te tocabas que me parecía conocerte de toda la vida.

—Por favor —dije, todavía sin aliento—, déjame follarte. Ni siquiera te he tocado de verdad.

Ella se incorporó un poco, me miró desde arriba con la media sonrisa intacta, y negó despacio con la cabeza.

—Lo bueno se hace esperar. Ya lo has visto, no sabes cómo deseo tenerte dentro. Y quiero que me comas el sexo hasta agotarme. Pero hoy no. —Se acercó otra vez a mi oído—. Hoy solo tienes que seguir paseándote desnudo por tu casa, para que yo pueda verte desde mi ventana, imaginando el próximo capítulo.

Y supe, sin ninguna duda, que cada vez que cruzara desnudo mi loft a partir de entonces, lo haría sabiéndome observado. Justo como ella quería.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

BrujaNocturna

Que comienzo!!! me enganchó desde la primera línea, no pude parar de leer

MarceloNoche

Necesito la segunda parte ya. Con un arranque asi no puede quedar colgado

SandraDelPampas

jajaja uno nunca sabe quien te esta mirando... Me recordó a algo que me pasó hace un tiempo. Muy bueno el relato

Lector_MDP

La tension desde el principio es increible, se siente real. Sigue asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.