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Relatos Ardientes

Embarazada y más caliente que nunca en casa de mis padres

Nadie te prepara para lo que el cuerpo te pide cuando ya pasaste la fecha del parto. Yo iba por las cuarenta y un semanas con tres días, cargando gemelos, y lo único que tenía claro era que jamás en mi vida había estado tan caliente. Mateo decía que eran las hormonas. Yo sabía que era algo más profundo, algo que se me había despertado adentro y que no pensaba apagar.

Nos habíamos instalado en casa de mis padres las últimas semanas. El hospital quedaba a diez minutos, mi madre podía echarme una mano, y mi marido había pedido vacaciones para no separarse de mí ni un segundo. Esa era la excusa oficial. La verdad es que ninguno de los dos quería frenar lo que estaba pasando entre nosotros bajo las sábanas.

Porque a pesar del peso, de la incomodidad, de no encontrar postura para dormir, yo solo pensaba en coger. Era una necesidad física, urgente, casi animal. Y Mateo, lejos de cansarse, estaba encantado. Me lo confesó una noche, mientras me acariciaba la barriga enorme.

—No sé cómo lo voy a decir sin que suene loco —murmuró—, pero no quiero que esto se termine. Verte así, tan caliente, tan mía… Voy a echar de menos preñarte.

Si supiera que yo pensaba exactamente lo mismo.

Habíamos acordado cerrar la fábrica con estos dos. Pero ahí, en la oscuridad, los dos estábamos cambiando de idea sin atrevernos a decirlo en voz alta.

***

El problema era que los bebés no querían salir. Cada dos días me revisaban, y siempre lo mismo: dilatación mínima, contracciones que iban y venían sin organizarse, signos vitales perfectos. Me había convertido en el embarazo gemelar más largo que mi doctora había visto en toda su carrera. Y yo me negaba a que me indujeran o a la cesárea. Mientras no hubiera peligro, los iba a esperar.

Lo que la doctora no terminaba de creer era cuando le juraba que estaba teniendo muchísimo sexo y que aun así nada se movía. Le faltaba un dato. Le faltaba saber que en esa casa éramos cuatro los que estábamos metidos en el asunto.

Porque conmigo y con Mateo vivían también mi hermano Tomás y su novia, Rocío. Ella era enfermera, justo de las que atienden partos, y desde que se habían venido a vivir con nosotros, las paredes de la casa habían dejado de tener secretos. Yo los escuchaba a ellos. Ellos me escuchaban a mí. Y de tanto escucharnos, algo se había encendido entre los cuatro que nadie había puesto nunca en palabras del todo.

***

Fue un viernes por la noche cuando todo se aceleró. Habíamos cenado, mis padres todavía no volvían del trabajo, y yo había tenido una tarde larguísima. Mateo me había atendido un par de veces antes de salir al supermercado. Tomás, aprovechando que estábamos solos un rato, me había dado un alivio rápido con la boca apoyado en el borde del sillón. Y aun así seguía con ganas.

A media cena sentí la contracción más fuerte hasta ese momento. Me quedé inmóvil, agarrada al mantel, esperando a que pasara. Veinte minutos después llegó otra. Y luego una tercera. Por primera vez venían seguidas, con un ritmo que parecía de verdad.

—Cuñada —dijo Rocío, dejando el tenedor—, ¿quieres que te revise? Tenías tres centímetros hace dos días. La doctora dijo que al llegar a siete te lleváramos al hospital.

—Sí, por favor —contesté—. Revísame.

Entre Tomás y Mateo me ayudaron a llegar a la habitación, me acomodaron en la cama y salieron para dejarme a solas con Rocío. Yo solo llevaba una bata, así que fue fácil. Ella se sentó a mi lado y empezó a ponerse los guantes.

—Rocío, espera —la frené, y noté que me ardía la cara al decirlo—. No quiero los guantes. Quiero sentir tus dedos.

Ella se rió bajito, esa risa que conocía de oírla del otro lado del pasillo a medianoche.

—Está bien, cuñada.

Empezó con un dedo, tanteando. Yo estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. Metió un segundo, llegó hasta el cuello, y me anunció que ya había cinco centímetros. En ese instante me llegó otra contracción y se me escapó un quejido.

—¿Te ayudo? —preguntó, y los dos sabíamos que no hablaba del dolor del parto.

—Por favor —supliqué.

Rocío bajó la cabeza y fue directa, sin rodeos. Conocía mi cuerpo mejor que yo a esas alturas, sabía exactamente dónde curvar los dedos y dónde apoyar la lengua. Me corrí enseguida, con fuerza, mojándole la mano hasta el codo. Desde hacía semanas eso me pasaba: el placer me desbordaba de una forma que antes ni imaginaba.

—Si sigues acabando así —bromeó, limpiándose en la sábana—, no vamos a saber distinguir cuándo rompes aguas y cuándo solo te estás viniendo.

—Te juro que antes de ustedes yo nunca había sentido nada parecido —jadeé.

Se quedó un momento callada, acariciándome el muslo.

—¿Ya hablaste con Mateo del plan? —preguntó por fin.

—Le dije que quiero un parto tranquilo, sin tanto medicamento. Lo que no le conté es que quiero que tú y Tomás también participen —sonreí—. Prefiero que las cosas se vayan dando solas, que no lo vea venir.

—¿Y tus padres? Con ellos me da pudor.

—Por eso voy a pedirle a la doctora que dé la indicación delante de todos —dije—. Que lo vean como algo médico y no como un capricho de pervertidos.

Rocío soltó una carcajada, me dio un beso en la frente y salió a darles el parte a los demás.

***

Cuando Mateo entró, me encontró todavía agitada, con las mejillas encendidas.

—¿Cómo estás, mi amor? —preguntó, sentándose en el borde.

—Bien, pero necesito contarte una cosa y te pido que la tomes como lo que es.

—Me estás asustando.

—No te asustes. Hace un rato, cuando Rocío me revisaba, llegó una contracción muy fuerte y… le pedí ayuda.

—¿Qué clase de ayuda? —su voz se tensó apenas.

—Pues… la clase de ayuda que calma el dolor —dije, mirándolo a los ojos—. Me lo hizo con la boca. Le tengo toda la confianza del mundo, y es una profesional.

Hubo un silencio. Vi cómo el pecho le subía y bajaba. Pero no era enojo lo que se le dibujaba en la cara.

—¿Me estás diciendo que mi cuñada te masturbó? —preguntó despacio.

—Sí. Por favor, no te molestes.

—No me molesta —dijo, y su mano buscó la mía—. Ya lo habíamos hablado. Lo que haga falta para que no sufras, se hace. Aunque te tenga que aliviar media familia.

—¿Y con mi hermano tampoco te molestaría? —solté, jugando con fuego.

Mateo tragó saliva. Yo sentí, debajo de la sábana, cómo se le ponía dura nada más de imaginarlo.

—Quizás tendríamos que averiguarlo —contestó, y los dos nos reímos.

***

Cerca de la medianoche convencí a mi madre de que se fuera a dormir. Le aseguré que Rocío estaba cruzando el pasillo, en el cuarto de Tomás, y que si pasaba algo gritaría. Por suerte, la habitación de mis padres estaba en la otra planta, lejos de cualquier ruido.

Al fin nos quedamos solos. Mateo y yo nos acomodamos para intentar dormir, él de cucharita detrás de mí, su mano sobre mi barriga. Pero apenas se hizo el silencio, empezamos a escucharlos. Primero los gemidos contenidos de Rocío. Después el crujido rítmico de la cama del otro lado de la pared.

Mateo intentó hacerse el dormido. Su cuerpo lo delató: la verga se le endureció otra vez entre mis nalgas. Yo vi mi oportunidad.

—Quién tuviera su edad y esta barriga, ¿verdad, amor? —susurré.

—Me recuerdan a nosotros cuando éramos novios —respondió con la voz tomada.

—No, ellos nos ganan por mucho. No sabes las veces que tuve que escucharlos sola cuando tú no estabas en casa.

—Si te molestaba, deberías habérselos dicho.

—Es que no me molestaba —confesé, restregándome contra él—. Todo lo contrario. Me ponía como ahora te está poniendo a ti.

Sentí cómo se rendía. Su boca buscó mi nuca, después mi hombro, mientras del otro lado los gemidos de Rocío subían de tono.

—Me vengo, me vengo —la oímos gritar, ahogada contra la almohada.

Y como si mi cuerpo le respondiera, la barriga se me endureció en otra contracción.

—Métemela —le pedí—. No quiero que duela tanto.

Mateo me penetró desde atrás, despacio, amasándome los pechos hinchados, ajustándose a mi ritmo y al de la pared. Por un momento los gemidos de las dos habitaciones compitieron por ver cuál era más obsceno, y juro que quedaron empatados. Mi orgasmo llegó justo cuando se apagaba la contracción, y por un instante hubo silencio de mi lado. Del otro, la música seguía sin pausa.

—Dios mío, cómo cogen estos dos —murmuré, todavía temblando.

—Confiésame una cosa —dijo Mateo, lamiéndome el sudor del hombro—. ¿Alguna vez los espiaste de verdad?

Me reí, descubierta.

—Una sola vez, hace meses, cuando todavía me movía con facilidad. Vi a Rocío montándolo de frente. Me dio vergüenza y me fui, pero me quedé cerca, escuchando, con la mano metida en el pantalón.

—Te has vuelto otra persona —dijo, y lo dijo como un elogio—. Y me encanta esta etapa tuya.

—Ojalá la conserve después de parir.

—Y si no —contestó, apretándome contra él—, siempre puedo volver a preñarte.

Justo entonces, del otro lado de la pared, la voz de Rocío rompió la noche por tercera vez.

—Acábame adentro, Tomás. Quiero que me preñes.

Mateo y yo nos miramos en la penumbra, incapaces de creer lo que acabábamos de oír.

—¿Dijo lo que creo que dijo? —preguntó.

—Palabra por palabra —contesté—. Parece que no soy la única que se calentó con esto del embarazo.

—Si siguen así, dentro de poco la tienes a ella también con la panza al cuello —se rió.

Y la sola idea de las dos preñadas al mismo tiempo, en la misma casa, nos volvió a encender hasta que el cansancio pudo más que las ganas.

***

Al día siguiente, pasadas las nueve, ninguna de las dos parejas había salido de su cuarto. Yo dormitaba entre los brazos de Mateo cuando una contracción me arrancó del sueño y solté un quejido que esta vez no tenía nada de placer, solo dolor puro. No me había dado tiempo de estimularme.

Del otro lado escuché movimiento, pasos dudando en el pasillo. Conocía a Rocío: estaría preguntándose si tocar o esperar. Apreté los dientes, le pedí a Mateo que bajara la mano, y en cuanto sus dedos encontraron el lugar exacto, el dolor se transformó en otra cosa. Mi gemido cambió de color a media voz, y desde el pasillo me llegó la risa cómplice de mi cuñada, que ya había entendido todo sin necesidad de abrir la puerta.

Hacia el mediodía, cuando Rocío al fin entró a revisarme, las contracciones ya venían cada quince minutos y eran cada vez más serias. Apenas había avanzado un centímetro más, y ella sabía, por oficio, que a ese ritmo todavía podían faltar muchas horas antes de que pudiera pujar.

—Tengo una idea —dijo, sentándose en la cama y bajando la voz—. Voy a llamar a la doctora delante de todos, en la sala, con tus papás presentes. Que ella misma indique que hay que estimularte para acelerar el trabajo de parto. Así nadie sospecha, y los cuatro podemos ayudarte sin que parezca lo que es.

La miré, y por un segundo me olvidé del dolor.

—Eres la mejor enfermera del mundo, cuñada —le dije.

—Lo digo porque me amas —contestó, guiñándome un ojo—. Ahora descansa. Esto recién empieza.

Y mientras la oía marcar el número de la doctora en el pasillo, con la voz más profesional del mundo, yo sonreí en la oscuridad de la habitación, sabiendo que la noche más larga, y más caliente, de mi vida todavía estaba por venir.

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Comentarios (5)

SilvianaB

Increible!!! me engancho desde el principio y no pude parar de leer

JavierMdQ

El titulo me llamo la atencion y el relato no decepciono. Esperamos mas historias asi

Caro_Mdq

jajaja que situacion tan loca! no esperaba ese giro pero me encanto. muy bueno

mariela77

Muy bien escrito, se nota talento. La historia fluye de manera natural, sin forzar nada. Me gusto mucho la dinamica que planteaste. Espero una continuacion!!

CintiaR

Se hizo corto para lo que me tenia enganchada... quiero la segunda parte ya

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