Llegué a la cita y ella ya estaba atada a la cama
Habíamos quedado a las diez, pero llegué con quince minutos de retraso a propósito. Quería que me esperaran, quería que la tensión llevara un rato cociéndose antes de que yo apareciera. Toqué el timbre del apartamento con el corazón golpeándome en la garganta y, cuando Adrián abrió la puerta, no dijo «hola» ni «pasa». Solo se hizo a un lado y me sostuvo la mirada el tiempo suficiente para que yo supiera, sin que mediara una sola palabra, que esa noche no iba a decidir nada.
El recibidor olía a cera y a algo cítrico, como a piel limpia. Él cerró la puerta a mi espalda con una lentitud calculada. Llevaba una camisa oscura con los puños arremangados y un perfume que se me metió en la cabeza y se quedó allí toda la noche.
—Está lista —dijo, y nada más.
Avanzamos por un pasillo corto hasta la última puerta. La empujó sin tocarme, y yo entré primero.
No estaba preparada para lo que vi. O quizás sí, y por eso había llegado tarde.
Carmen estaba en medio de la cama, su perfil dibujado por el resplandor tembloroso de media docena de velas repartidas por la habitación. Tenía el pelo recogido en una coleta alta, tirante, y un antifaz gris le cubría los ojos y la privaba por completo de la vista. Llevaba unos tacones rojos de aguja sujetos a los tobillos con una correa fina, y las muñecas amarradas al cabecero con unas esposas forradas de cuero blanco.
Entre las piernas, a la altura de los tobillos, una barra separadora la obligaba a mantenerlas abiertas. No podía juntarlas aunque quisiera. Y, por cómo respiraba, no quería.
Me quedé un momento en el umbral, todavía vestida, asimilando la escena. La habían preparado para mí con un cuidado que rozaba lo ceremonial: las velas en su sitio exacto, la cama deshecha solo lo justo, ella expuesta como una ofrenda que llevaba esperando quién sabe cuánto rato. El aire estaba cargado, espeso, y la primera bocanada me supo a aceite y a deseo contenido.
Él y yo la mirábamos absortos, cada uno desde un lado de la cama. Ella se removía, ansiosa, caliente, sin saber a quién tenía cerca ni qué iba a pasar a continuación. Un brillo húmedo entre sus muslos anticipaba un grado de excitación que me sorprendió incluso a mí, que creía haberlo visto casi todo.
Y entonces lo distinguí. Algo redondo y brillante asomaba entre sus nalgas, atrapando la luz de las velas. Tardé un segundo en entender lo que era: un plug anal alojado en ella, completándola, recordándole con cada movimiento que estaba ocupada por todas partes.
Lo miré a él. Adrián levantó apenas la barbilla, un gesto mínimo e inequívoco. Adelante.
***
Me acerqué al borde de la cama y la examiné sin prisa. Como no podía verme, no tenía forma de saber que la estaba devorando con los ojos, recorriendo cada centímetro de su piel tensa antes de tocarla. Hay un poder extraño en mirar a alguien que no sabe que lo miran. Lo saboreé.
Pasé una mano por su coleta, tirando muy suavemente, lo justo para que ella entendiera que ya no estaba sola. Acaricié su cuello, la línea de su mandíbula, sus hombros, el interior de sus brazos estirados. Cada roce le arrancaba un estremecimiento, y cada estremecimiento me encendía un poco más.
—¿Quién eres? —murmuró ella, con la voz ronca.
No respondí. Esa era la regla, aunque nadie me la hubiera dicho en voz alta. El silencio formaba parte del juego.
Adrián rodeó la cama y abrió un frasco. Vertió un hilo de aceite tibio justo en el centro del pecho de Carmen, entre los dos senos, y el líquido resbaló brillante por su piel. Entendí el mensaje sin necesidad de instrucciones.
Le tomé los pechos con las dos manos, primero con una dedicación lenta, extendiendo el aceite en círculos amplios, y luego con una presión más insistente, hundiendo los pulgares, atrapando sus pezones entre los dedos. Ella arqueó la espalda todo lo que las esposas le permitieron.
Bajé una mano por el centro de su vientre, siguiendo el rastro del aceite, hasta llegar a su sexo abierto y ofrecido por la barra separadora. Entré con un dedo. Luego con dos. Y los dejé quietos, muy dentro, sin moverlos, obligándola a buscar el ritmo ella misma, a follarse contra mi mano si quería más.
Y quiso. Vaya si quiso. Empezó a mecer las caderas, a gemir bajo, un sonido que nacía en el fondo del pecho.
***
Adrián observaba. Yo notaba su mirada clavada en mis dedos desapareciendo dentro de su mujer, y notaba también cómo esa imagen lo estaba poniendo cada vez más al límite. Su respiración había cambiado.
Me agarró por la nuca, sin brusquedad pero con firmeza, y guió mi boca hacia los pezones de ella. Succioné con ganas, alternando entre uno y otro, mientras las manos de él jugaban a la vez con los pezones de Carmen y con los míos, acariciando, estirando, retorciendo con una precisión que delataba experiencia.
Sabe exactamente lo que hace, pensé. Y yo me estoy dejando llevar como si lo hubiera deseado toda la vida.
Sin dejar de mantener mi cabeza pegada a los pechos de su mujer, Adrián deslizó la otra mano por mi espalda, encontró el botón de mi pantalón y lo abrió. Bajó la tela y la ropa interior de un solo movimiento, hasta dejarme medio desnuda, doblada sobre la cama. Su mano encontró mi sexo palpitante y húmedo, y al primer contacto me enterré aún más contra Carmen, buscando algo a lo que aferrarme.
Empecé a bajar con la boca. Recorrí su ombligo, el aceite todavía tibio en mi lengua, y seguí descendiendo hacia el sur, despacio, prolongando cada centímetro.
Mi boca en el sexo de ella. Los dedos de él en el mío. Las dos calientes, las dos mojadas, y él detrás, llevando el ritmo de todo sin tocar apenas su propio cuerpo.
***
Cuando ya casi no me sostenía sobre los codos, Adrián decidió que el preámbulo había durado bastante. De un movimiento brusco me arrancó la poca ropa que aún llevaba encima. Y, acto seguido, me levantó y me colocó sobre Carmen como si yo no pesara nada, cosa que claramente no es cierta, con mis caderas anchas y mis piernas largas.
Quedé tumbada sobre ella, piel contra piel, sus pechos aceitados resbalando contra los míos, su antifaz girado hacia mí aunque no pudiera verme. El perfume de él lo inundaba todo. Y yo estaba entregada, justo en el medio de los dos, sin nada que decidir y sin querer decidir nada.
—Quieta —me ordenó Adrián al oído, y obedecí.
Empecé a trabajar a Carmen con todo lo que tenía. Le besaba los pechos, se los apretaba, le tiraba de los pezones. Subía a su boca y la besaba hondo, mordiéndole el labio, y volvía a bajar. Ella no podía tocarme, no podía verme, no podía cerrar las piernas; solo podía recibir, y eso parecía llevarla al borde una y otra vez.
Mientras tanto, él me amasaba los pechos desde atrás, me mordía suave el cuello, y hundía los dedos hábiles en mi sexo con una insistencia que no daba tregua. Subió el ritmo. Lo subió otra vez. Y de pronto algo se rompió dentro de mí.
Me corrí con un squirt que los empapó a los dos, un orgasmo que no vi venir y que me sacudió de la cabeza a los talones.
***
Aquello fue demasiado para Adrián. Sentirme estallar sobre su mujer, mojarlos a ambos, terminó con la poca paciencia que le quedaba.
Decidió follarme allí mismo, usando a Carmen como colchón, mi cuerpo aprisionado entre el suyo y el de ella. Y supe, por cómo gruñó al entrar, que tenerla a ella debajo, atada y a ciegas, sintiéndolo todo sin poder participar del todo, lo encendía más que cualquier otra cosa.
Mi cuerpo, atrapado entre los dos, se dejó hacer con un placer que no me molesté en disimular. Cada embestida de él me empujaba contra Carmen, y cada empujón la estimulaba a ella, de modo que los tres estábamos conectados en un mismo movimiento, en una misma cadena de tensión que no dejaba de tensarse.
—No te calles —me dijo él, sin dejar de moverse—. Quiero que ella te oiga.
Y no me callé.
***
Exploté en un segundo orgasmo mientras besaba a Carmen en la boca y él me empalaba sin piedad. Le grité contra los labios, y mis gritos fueron los que la arrastraron a ella, que me siguió pocos segundos después, sacudiéndose bajo mi peso, tirando de las esposas blancas que la mantenían sujeta al cabecero.
Él aguantó. Llegó el último, varios minutos después, cuando ya las dos estábamos deshechas y temblando, y su orgasmo fue largo y silencioso, todo lo contrario al nuestro.
Después, el cuarto quedó en silencio salvo por las tres respiraciones tratando de calmarse y el chisporroteo de alguna vela. Yo seguía tumbada sobre Carmen, sin fuerzas para moverme, sintiendo cómo su pecho subía y bajaba debajo del mío y cómo, poco a poco, los latidos de las dos iban encontrando el mismo compás.
Adrián le quitó a Carmen el antifaz con un cuidado que contrastaba con todo lo anterior. Ella parpadeó hacia la luz, me miró por primera vez en toda la noche y se echó a reír, una risa floja, satisfecha, contagiosa. Le solté las muñecas. Le quité la barra. Y nos dejamos caer los tres sobre la cama enorme, enredados, sudados y risueños, como tres desconocidos que acababan de dejar de serlo.
—¿Repetimos? —preguntó ella, todavía sin aliento.
No respondí. Pero sonreí. Y esa vez, el silencio quería decir que sí.