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Relatos Ardientes

Descalza por el campus, sabía que todos la observaban

Las pruebas estaban ahí, se repetía Alberto Sandoval en la cama esa noche, después de apagar la lámpara. Su mujer le había insistido durante la cena en que le quitara a su hija el manejo de la empresa, como castigo por sus rarezas, por esa manía terca de andar descalza a todas partes. Pero Alberto sabía que no serviría de nada.

Renata había sumado clientes importantes en los últimos años, algunos enormes, a pesar de haber sido portada, burla y comidilla desde la primera vez que apareció descalza en una revista. Así se ganó el apodo: la empresaria descalza. Ya no hacía falta pagar a nadie para que mirara hacia otro lado, como cuando ella empezó a ir sin zapatos a la universidad y él tuvo que hacer una donación generosa para que el rectorado no la molestara.

Su hija era lo bastante inteligente como para sacarse todo sola, y así había sido. Él solo pagaba para que pudiera caminar descalza por el campus cuando se le antojara. En el fondo, Alberto se culpaba de haberla consentido. Quizá tendría que haber hecho más, pensaba mientras intentaba dormirse. Pero recordaba cómo había empezado todo, cómo se enteraron de la costumbre de su hija, y entendía que ya era tarde.

***

Renata llegó a la parada del autobús su primer día descalza por el campus sin el menor gesto de asco ni de vergüenza en la cara. Al contrario: caminaba con una satisfacción serena, como si por fin hiciera algo que llevaba años deseando.

Se sentó en el banco metálico de la marquesina con las zapatillas en la mano y la mochila al hombro. Una pareja de estudiantes que venía tomada de la mano se detuvo frente a ella, mirando el suelo, donde sus pies descalzos descansaban todavía envueltos en unos calcetines deportivos blancos. La chica sonrió, el chico también, y los dos siguieron de largo besándose.

Que miren todo lo que quieran.

Cada vez que alguien llegaba a la parada, los ojos iban directos a sus pies. Nadie le decía nada, pero la señalaban, murmuraban, algunos se reían por lo bajo. A ella le daba igual. Había gente de su mismo curso, compañeros con los que apenas cruzaba palabra, que cuchicheaban entre risas. Mejor, pensaba. Mañana sería la comidilla y así le costaría menos mostrarse descalza por los jardines, salir del aula sin zapatos, recorrer los pasillos con sus pasos silenciosos llenando el corredor.

El sol de la mañana le entibiaba los empeines a través de la malla de los calcetines. Sentía el cemento todavía fresco bajo las plantas, las juntas del piso, alguna piedrita que se le clavaba un instante y que ella casi agradecía. Cada sensación nueva le confirmaba que había hecho bien en dejar las zapatillas en la mano. La piel de los pies, acostumbrada a vivir encerrada, ahora lo registraba todo: la temperatura, la textura, la mirada ajena.

Entonces llegó un chico de su edad, alto, de espaldas anchas y piel morena, que se quedó clavado al verla. Miraba sus pies como hipnotizado. Renata levantó la vista y le sonrió; él agachó la cabeza, enrojeció, volvió a mirar y enrojeció todavía más, hasta tener que apartar los ojos. A este le gusta lo que ve, pensó ella, y la idea le calentó algo en el centro del pecho.

Cuando el autobús abrió las puertas, sacó el abono del bolsillo trasero del pantalón y subió descalza, sin que el conductor dijera una palabra. Caminó por el pasillo hasta el fondo y se sentó pegada a la ventanilla. El chico de la parada se acomodó en la misma fila, contra la ventana opuesta. Ahora lo veía mejor, y recordaba haberlo cruzado antes por el campus.

El autobús arrancó casi vacío. Nadie se sentó en los asientos contiguos, salvo él. Renata dejó las zapatillas y la mochila en el lugar de al lado, subió los pies al asiento y se abrazó las rodillas, sosteniéndose las puntas con las manos. Notaba la mirada del desconocido sobre los calcetines blancos, sobre el arco tenso de sus plantas, y no la esquivó.

El recorrido terminaba en la estación central, y desde ahí ella tomaría el metro hasta su casa. Ese era el próximo paso. ¿Me atrevería a cruzar el metro descalza? Quizá por hoy era suficiente. No necesitaba probarse nada más: ya había comprobado que le gustaba estar así, que le gustaba caminar descalza por la calle, y se había convencido de hacerlo a diario, aunque fuera solo en ese trayecto corto.

Sacó de la mochila los auriculares y se puso música. A su lado, el chico no apartaba los ojos de sus pies. En su fuero interno deseaba arrancarle esos calcetines, llevarse cada dedo a la boca uno por uno, recorrer con la lengua la curva entera de esa planta blanca y suave. Renata no lo sabía, pero algo en su quietud, en cómo respiraba, se lo dejaba intuir, y le gustaba.

***

Bajó del autobús descalza y se detuvo frente a la boca del metro, las zapatillas colgando de la mano, sintiéndose observada por la gente que entraba y salía. El chico pasó muy cerca de ella, mirándole los pies por última vez, relamiéndose sin que ella lo notara, con una mezcla de hambre y deseo que apenas disimulaba.

Estuvo casi cinco minutos parada a un costado de la entrada, mirando sus pies descalzos contra el gris del asfalto, el contraste de los calcetines blancos sobre el cemento. Imaginó cómo se verían del todo desnudos sobre esa superficie. Después meneó la cabeza, sonrió, se calzó las zapatillas, se las ató y entró en el metro. Mañana será otro día. Y podré repetirlo. O ir un poco más lejos.

***

Serían las seis de la tarde cuando Renata cruzó la puerta de su casa. Apenas entró, fue derecho a su dormitorio. Se sacó los calcetines sin mirar la planta ennegrecida por la calle y se quitó el vestido, hasta quedar solo con la tanga. Sentada en el borde de la cama, observó sus pies sucios y sonrió. Le parecían hermosos incluso así. Se los acarició, sintiendo la aspereza y las durezas que se le habían formado de tanto andar descalza, esas que ni las cremas ni los masajes lograban borrar del todo. Aun así, le gustaban.

Sin dudarlo, se inclinó sobre ellos y los besó, los lamió sin reparo, igual que durante tantos años había hecho otra boca. La de Damián.

Lo había conocido en el primer año, en la biblioteca, una tarde de lluvia en que ella había entrado descalza para no mojar las zapatillas. Damián fue el único que no la miró con burla ni con asco. Se sentó frente a ella, le sostuvo la mirada y, después de un rato, le confesó en voz baja que no había podido concentrarse en el libro desde que la vio cruzar la sala sin zapatos. Esa misma noche, en el departamento que él compartía con dos compañeros, le tomó un pie entre las manos como quien sostiene algo valioso y empezó a besarlo con una devoción que ella nunca había recibido de nadie.

En el fondo todavía lo extrañaba. Desde él no había salido con nadie que la atrajera de verdad, y los pocos que se interesaron alguna noche, al enterarse de su costumbre, se alejaban a los pocos días. Nadie como Damián. Nadie como aquellos años de facultad con él. Nadie la había tocado así, no solo entre las piernas, sino los pies sobre todo, como lo hacía Dami. Quizá porque él fue el primero en todo. El primero en lamerle los dedos, el que la tocó con más calma y más calor, con el que más gozó. Con el que perdió la virginidad.

Se tumbó boca arriba, las piernas abiertas, pensando en él. En sus manos recorriéndole el cuerpo entero. En su boca bajando despacio, lamiéndole las plantas, succionándole los pezones como si quisiera sacarles algo, mordiéndole los pechos hasta dejarle marcas. En sus dedos abriéndose paso entre el vello oscuro del pubis, separándole los labios para lamerla, para chuparle el clítoris hinchado que ahora, con solo recordarlo, empezaba a latir.

Mientras la mente le hervía, se llevó dos dedos al sexo cada vez más húmedo y empezó a entrar y salir despacio, frotando un pie contra el otro, sintiendo la aspereza de una planta contra el empeine de la otra. Con la mano libre se pellizcaba y estiraba los pezones hasta enrojecerlos.

Recordó las tardes enteras que pasaban así, ella tumbada y él arrodillado a los pies de la cama, lamiéndole los dedos uno a uno, mordiéndole con suavidad el talón, susurrándole contra la planta lo que pensaba hacerle después. Damián había convertido sus pies en el centro de todo, y de tanto adorarlos le había enseñado a desearlos ella también. Por eso ahora, sola, con la casa en silencio, su propio cuerpo respondía como si él siguiera ahí, dándole órdenes con la boca.

Pensó en el chico del autobús, en cómo la había mirado, en lo que seguramente había deseado hacerle. Imaginó que era él quien le tomaba el pie y se lo llevaba a la boca, obediente, mirándola hacia arriba en busca de permiso. Le gustaba esa idea: la de alguien rendido a sus pies, esperando una orden. Aceleró los dedos. El placer le subió en oleadas, primero lento, después imposible de contener, hasta que arqueó la espalda y se mordió el labio para no gritar, con los dos pies tensos y los dedos curvados en el aire.

Cuando recuperó el aliento, se quedó quieta, mirando el techo. Mañana volvería a salir descalza. Dejaría que la miraran, que murmuraran, que la desearan. Y tal vez, esta vez, le sostendría la mirada al chico moreno del autobús el tiempo suficiente para que entendiera que podía acercarse. Un paso más, pensó, sonriendo. Descalza, por supuesto.

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Comentarios (5)

NachoCaba

buenísimo, se hizo cortísimo. quería que no terminara nunca

Loretita_mx

jaja el del fondo del autobús no pudo disimular nada 😂 me mato eso

LoboSolitario

Rara vez un relato me engancha tanto desde el titulo. La tensión que fuiste armando es perfecta.

SolBonaerense

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de saber como termina!!! Saludos desde BsAs

RosaDelSur23

Muy bien logrado, se siente real. El detalle de las zapatillas en la mano le da un toque muy natural a la escena.

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