Lo que mi mejor amiga viene a buscar a mi casa
Esta mañana me escribiste un mensaje de cuatro palabras. «Tengo hambre, ¿puedo ir?». No hizo falta nada más. Conozco esa frase desde hace casi dos años y conozco lo que esconde detrás de tu timidez de siempre. Te respondí que sí, que esta tarde, que la casa estaría vacía. Después dejé el teléfono sobre la mesa y me quedé un rato pensando en lo extraño y lo bonito que es todo esto que tenemos.
Porque hay que decirlo claro: tú y yo no somos pareja. No estamos enamorados. Para ser sincero, ni siquiera eres mi tipo de mujer, y yo tampoco soy el hombre con el que sueñas. Y sin embargo, entre nosotros existe un vínculo que no le he sabido explicar a nadie, porque nadie de fuera lo entendería. Para el resto del mundo sería raro, sucio, incomprensible. Para ti y para mí es lo más natural que existe.
Me duché temprano. Me afeité con cuidado. Me puse ropa cómoda y limpia, como hago siempre que sé que vas a venir, porque para mí también es una ocasión especial. A las seis en punto sonó el timbre.
Abrí la puerta y ahí estabas tú, Mara. Te habías arreglado. Llevabas el pelo recogido, un poco de maquillaje, y los labios pintados de un rojo intenso que te quedaba precioso. Te miré y sentí esa ternura de siempre, esa mezcla rara de cariño y complicidad.
—Hola… —dijiste, mirándome tímida antes de cruzar el umbral.
—Hola. Pasa, no te quedes ahí fuera —contesté, apartándome para dejarte sitio.
Nos dimos dos besos en la mejilla. Tu perfume me llegó suave, y noté que te temblaba un poco la mano al dejar el bolso.
—No te cortes —te dije con una sonrisa—. No es la primera vez que hacemos esto.
Bajaste la mirada al suelo, ruborizada. Hubo una pausa larga antes de que hablaras.
—Ya… Es que no quiero que pienses que soy… —tragaste saliva—. Una guarra.
Me acerqué y te levanté la barbilla con dos dedos, con cuidado, hasta que tus ojos volvieron a los míos.
—¿Por qué dices eso? Sabes que jamás pensaría algo así de ti. Lo que tú y yo tenemos es algo bonito. Es nuestro. No tiene que entenderlo nadie más.
Nos sostuvimos la mirada un segundo y nos sonreímos con dulzura. Esa es la parte que nadie ve. Antes del resto, está esto: la calma, el respeto, la confianza absoluta. Somos más que amigos sin ser pareja, una simbiosis extraña que nos une de una forma que no figura en ningún diccionario. Tú tienes hambre, una hambre muy concreta, y yo soy el único que puede saciarla.
Pasamos al salón. Dejaste el bolso y la chaqueta sobre la mesa con una prisa que delataba tus ganas.
—¿Empezamos ya? —pregunté.
—Sí, por favor… —respondiste, y noté la ansiedad en tu voz.
Me coloqué de pie delante del sillón orejero. Antes de que pudiera sentarme, ya estabas de rodillas frente a mí. Fuiste directa al cinturón. Te costó un poco la hebilla, pero no esperaste ni un instante: me bajaste el pantalón y la ropa interior de un tirón y me dejaste desnudo de cintura para abajo.
Mi sexo, que ya empezaba a endurecerse, quedó justo a la altura de tus ojos. Lo miraste fijo, absorta, mordiéndote el labio inferior con un deseo que no disimulabas. Acercaste la mano, lo rodeaste con los dedos y le diste un beso suave en la punta. Después alzaste la cara y me regalaste una sonrisa enorme, cargada de cariño y de gratitud.
Me senté en el sillón, me recosté y abrí las piernas para que te acomodaras entre ellas. Te puse un cojín bajo las rodillas, porque conozco lo que dura esto y no quiero que te duela nada. En cuanto estuviste lista, me agarraste como si temieras que fuera a desaparecer y te lanzaste a besarlo. La ansiedad pudo contigo y te metiste el glande entero en la boca de golpe.
—Tranquila… —te sujeté la cabeza con suavidad y te acaricié la mejilla con la otra mano—. Ve despacio. No hay prisa.
—Perdón. Es que tengo mucha hambre —te disculpaste, con la voz pequeña y avergonzada.
—Empieza poco a poco. Yo no me voy a ningún sitio.
Volviste a tomarme, pero esta vez me recorriste entero con besos lentos y tiernos. Me lamías como si fuera un helado a punto de derretirse, pasando la lengua para no perder ni una gota. Era tu capricho, tu golosina. Y para mí era un placer físico tan intenso que apenas podía describirlo, porque el glande es la zona más sensible de mi cuerpo y sentía cada lamida, cada beso, cada succión, multiplicada por mil.
Pero lo que más me llenaba no estaba en la piel. Estaba en la cabeza. Cada vez que mamabas, yo sentía que te estaba alimentando. Que podía darte algo que tú necesitabas y que solo yo podía ofrecerte. A veces gemías bajito con mi sexo en la boca, y yo notaba la vibración en la punta, y se me escapaba una sonrisa.
Tú lo adoras. Me lo has dicho mil veces. Te gusta su tamaño, su dureza, lo suave que es la piel. Lo miras como quien admira algo que le pertenece, un surtidor del que brota eso que tanto te gusta. Me has confesado que nunca imaginaste que algo así pudiera darte tanto placer, que con el tiempo le fuiste cogiendo el gusto hasta convertirlo en tu comida favorita. Y por eso vienes. Por eso me elegiste a mí.
Porque no es cualquiera quien puede darte esto. Soy un hombre sano, cuidadoso, y sabes que puedes confiar en mí con los ojos cerrados. Siempre te he tratado con cariño, antes, durante y después. Por eso te dejas llevar. Y por eso, sin saber muy bien la razón, cuando lo haces te sientes poderosa, como si fueras tú la dueña y yo apenas el recurso del que te sirves. Y yo me dejo, encantado.
***
Mientras mamabas, levantabas de vez en cuando la vista y nuestras miradas se cruzaban. Con mi sexo en la boca esbozabas una media sonrisa y yo te la devolvía. Era nuestra manera de darnos las gracias sin palabras. Me gustaba acariciarte la cara, deslizar los dedos entre tu pelo recogido, soltarte algún mechón. Había algo casi romántico en ese momento, algo que nada tenía que ver con la prisa o la urgencia.
Con los minutos te fuiste concentrando más. Mamabas más rápido, más hondo, más fuerte. Yo no podía evitar acelerar la respiración y dejar escapar algún gemido. Y sé que a ti eso te encanta tanto como el acto en sí: saber que lo que haces, y cómo lo haces, me provoca este placer.
Miraba hacia abajo y veía tu boca subir y bajar sin descanso. Se me venían pensamientos a la cabeza que me ponían todavía más duro. Te estoy dando de comer. Tengo que alimentarte. Esto es tuyo. Y cada vez sentía más la presión de tu garganta contra la punta, los sonidos ahogados que hacías al recibirme entero.
Te paraste un momento para respirar y alzaste la cara. Entre tu boca y mi sexo quedaron colgando hilos finos de saliva. De tus ojos brotaban pequeñas lágrimas por el esfuerzo de aguantar las arcadas, y aun así me sonreíste, como diciendo que eras feliz haciéndolo. Yo también sonreí. Pero esta vez te sujeté la cabeza y te guie de nuevo hacia abajo.
—No pares. Sigue —te dije, impaciente.
No te solté. Te agarré del pelo para marcar yo el ritmo y la profundidad. Fui un poco brusco, lo reconozco, te forcé un poco más de la cuenta, pero no lo hacía con maldad: estaba a merced de lo que me hacías sentir. Y tú, lejos de quejarte, lo aceptabas encantada. Conozco ese secreto tuyo: te gusta que tome el control, que use tu boca a mi antojo, que decida yo. Cada embestida abría un poco más tu garganta para recibirme.
—Glo… glo… glo… —sonabas tú, y no sabes lo mucho que me gustaba oírte.
Sé que estabas húmeda, aunque ninguno de los dos pensara siquiera en ir más allá. Esa es la parte más rara de todo. Para mí te estaba follando la boca, literalmente, y sin embargo ni tú ni yo llamaríamos a esto «sexo». Es otra cosa. Es nuestra cosa.
El momento se acercaba. Después de un buen rato dirigiendo los movimientos de tu cabeza, sentí cómo el placer se concentraba en la punta, a punto de desbordarse. Tiré con suavidad de tu pelo hacia arriba para que volviéramos a mirarnos.
—Ya te voy a alimentar —dije entre jadeos.
Abriste los ojos, emocionada, y respondiste con un «¡mmm!» sin sacarme de la boca.
Te solté el pelo y dejé que volvieras a llevar tú el control. Me agarraste por la base, firme, y mamaste con la misma fuerza y profundidad con la que yo te había guiado. Se notaba tu ansia por llegar al premio. Lo necesitabas, y por eso no aflojabas el ritmo.
Mis gemidos se hicieron más rápidos, más altos. Lo sentía venir.
—Ya… ya… ¡ya! —apenas pude avisarte.
Y entonces llegó. Colocaste la punta en el centro de tu boca, justo donde sabías que no te atragantarías, y dejaste que todo cayera ahí. Te quedaste en éxtasis, por fin con lo que habías venido a buscar. Yo sentí dos cosas a la vez: el orgasmo, intenso y largo, y esa satisfacción tan particular de saber que te estaba dando de comer de la forma más íntima que existe entre nosotros.
Levantaste la mirada sin dejar de tragar despacio, sin perder ni una gota, y nos miramos. La conexión se volvió, si cabe, todavía más profunda. Con los ojos me dabas las gracias, y yo, en cada espasmo, soltaba algún gemido de puro gusto.
Así es nuestro secreto. Un acto que nos satisface a los dos por igual: tú recibes lo que más te gusta, y yo te lo ofrezco con la parte más íntima de mi cuerpo en plena explosión de placer. Una intimidad sin nombre, secreta, llena de morbo, que nadie de fuera comprendería.
El orgasmo se fue apagando poco a poco. Saboreaste las últimas gotas con cierta pena de que no hubiera más. Después me sacaste de la boca, ya medio blando, y le diste un último beso tierno en la punta. Estabas despeinada, con el carmín corrido, las mejillas húmedas de lágrimas y la cara brillante. Pero sonreías de oreja a oreja. Yo te devolví la sonrisa, igual de feliz que tú.
Sin decir nada te incorporaste, te recolocaste el pelo y te limpiaste la cara para que no se notara lo que acababa de pasar. Yo me vestí del todo. Volvimos a ser, de cara al mundo, dos amigos cualquiera.
—Gracias —me dijiste, acercándote, con los ojos llenos de felicidad.
—Gracias a ti —respondí—. Me encanta que vengas a verme.
Te acaricié la cara y me diste un beso pequeño en los labios, lleno de cariño. Sé que después de nuestros encuentros necesitas un poco de ternura, y a mí me sobra para dártela. Recogiste tus cosas y saliste por la puerta, tranquila, satisfecha, con esa media sonrisa que solo se te queda cuando vienes a casa. Sabes que estoy a tu disposición siempre que vuelvas a tener hambre.
Y, a todo esto… yo también me quedé con hambre. Noté tu mirada antes de irte y noté lo nerviosa que estabas. La próxima vez quizá te toque a ti darme de comer a mí, con ese otro manjar que escondes y que tanto me gusta. Me encantaría. Pero esa, Mara, es otra confesión para otro día.