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Relatos Ardientes

El secreto que llevé puesto toda la mañana

Voy a contar algo que nunca le he confesado a nadie, ni siquiera a Lorena, que duerme cada noche a mi lado y cree conocerme entero. Lo escribo casi como una manera de sacármelo de dentro, porque desde aquella mañana de marzo no he dejado de pensar en repetirlo. Y si soy honesto, mientras tecleo estas líneas todavía se me pone dura de acordarme, y siento el eco de aquella sensación que me cambió la idea del placer para siempre.

Esa mañana me desperté antes que ella, con la polla tiesa por un sueño que ya no recuerdo del todo. Solo me quedó la urgencia, esa tensión física que te empuja a buscar a la persona que tienes al lado. Lorena estaba de espaldas, todavía dormida, con la sábana enredada en las caderas, el culo redondo apenas cubierto por la tela fina del camisón. Me acerqué despacio, sin pensar demasiado, dejándome llevar por las ganas de follármela que me habían despertado.

La rocé apenas, pegué mi polla dura contra la raja de su culo por encima de la tela, y ella, medio dormida, respondió con un movimiento perezoso de la cadera, empujando hacia atrás, que me dijo todo lo que necesitaba saber. No hicieron falta palabras. Llevamos juntos los años suficientes como para entendernos en silencio, para saber cuándo un gesto significa métemela. Me buscó con la mano por detrás, me la agarró por encima del calzoncillo y apretó, midiéndola, comprobando cómo la tenía. Sonrió con los ojos cerrados.

—Menuda tranca traes hoy —murmuró con la voz ronca del sueño.

—Cállate y ábrete —le contesté al oído, mordiéndole el lóbulo.

Le subí el camisón hasta la cintura y le bajé las bragas hasta las rodillas de un tirón. Le metí la mano entre los muslos y ya estaba mojada, ese calor viscoso y espeso de mujer recién despertada. Le hundí dos dedos en el coño y ella soltó un gemido corto contra la almohada, echándome el culo encima. Se los saqué brillantes, se los pasé por el clítoris trazando círculos lentos hasta que empezó a jadear en serio, con esa respiración entrecortada que le conozco tan bien.

Me bajé el calzoncillo, escupí en la palma, me embadurné la polla y se la puse en la entrada del coño, sin prisa, restregándole el glande por los labios empapados. Ella arqueó la espalda, buscándome, impaciente.

—Métemela ya, joder —susurró.

Se la clavé de una embestida larga, hasta el fondo, y sentí cómo su coño me apretaba caliente, húmedo, cerrándose alrededor de la verga como si llevara horas esperándola. Empecé a follármela de lado, en cucharita, agarrándole una teta por debajo del camisón, pellizcándole el pezón mientras entraba y salía con estocadas lentas y profundas. La habitación seguía a oscuras, con esa luz gris del amanecer filtrándose por la persiana, y lo único que se oía era el chapoteo húmedo de mi polla entrando y saliendo de ella y sus gemidos ahogados contra la almohada.

—Así, así, no pares —jadeaba—. Fóllame despacio, no me sueltes.

Le lamí el cuello, le mordí el hombro, le apreté el culo contra mi pelvis para hundírsela hasta los huevos. Le busqué el clítoris con los dedos mientras seguía embistiéndola y noté cómo empezaba a temblar, a apretarme por dentro con esos espasmos que preceden a su corrida. Se mordió el dorso de la mano para no despertar a los vecinos y se corrió en silencio, con todo el cuerpo tensándose, mientras su coño me exprimía la polla en oleadas. Aguanté dos embestidas más y me corrí dentro, vaciándome a chorros calientes en su interior, con la frente pegada a su nuca y los dientes clavados en su hombro para no rugir.

Cuando terminamos, los dos nos quedamos un rato tumbados, respirando fuerte, sin decir nada, con esa sonrisa tonta de quien arranca el día de la mejor forma posible. Sentí cómo mi semen se le escurría del coño y le mojaba el muslo, y ella se rio bajito.

—Me has puesto perdida, cabrón.

—Tengo que verme con Marta para el café —murmuró después, estirándose—. ¿Tú qué vas a hacer?

—Los recados de siempre —contesté—. La farmacia, el banco, comprar algo para la cena.

Nos duchamos juntos, y aunque ella me manoseó la polla flácida bajo el agua y yo le enjaboné las tetas con las dos manos, la cosa no derivó en nada más porque ya iba justa de tiempo. Se marchó arreglada y perfumada a su cita. Yo me quedé solo en casa, todavía con la polla medio despierta, con esa energía que un polvo así no apaga del todo, sino que deja crepitando bajo la piel durante horas.

***

Y fue entonces, mientras decidía qué ponerme, cuando se me ocurrió la idea. No sé muy bien de dónde salió. Llevaba ya un tiempo explorando el placer anal en la intimidad, metiéndome cosas por el culo cuando me masturbaba a solas, algo que descubrí casi por casualidad y que se convirtió en una de mis aficiones más privadas. Tenía una pequeña colección de plugs y consoladores guardada en el fondo del armario, en una caja que solo yo abría.

El más grande de todos, un plug de silicona negra grueso y con la base ancha, que apenas usaba porque me costaba acostumbrarme a que me abriera tanto el culo, me miraba desde la caja como un desafío. ¿Y si saliera con él puesto?, pensé. La idea me pareció absurda al principio. Luego, ridícula. Y después, irresistible.

Si era placentero tenerlo metido en el culo durante el sexo, razoné, ¿por qué no iba a serlo caminando, moviéndome, viviendo una mañana cualquiera con ese secreto apretado dentro de mí? La sola idea de cruzarme con vecinos, con cajeras, con desconocidos en la cola del banco, con el culo tapado por un tapón grueso de silicona mientras nadie sospechaba nada, me hizo que se me empezara a levantar la polla otra vez.

No me di tiempo a arrepentirme. Me desnudé de cintura para abajo, cogí el bote de lubricante y me eché un buen chorro en los dedos. Me llevé la mano por detrás, entre las nalgas, y empecé a masajearme el ojete despacio, en círculos, hasta que sentí que se relajaba y aceptaba primero un dedo, después dos. Los metí y los saqué varias veces, lubricando bien las paredes internas, abriéndome, notando cómo el culo se me iba dilatando. Después embadurné el plug de silicona con más lubricante hasta que quedó chorreando, me agaché apoyando una mano en la cama y me lo puse en la entrada.

Empujé despacio. Al principio el esfínter se resistió, apretó, no quería ceder al grosor. Respiré hondo, aflojé, seguí presionando. La parte más ancha me abrió el culo con una punzada de dolor mezclado con placer que me arrancó un gemido largo, y de golpe el plug cedió y se me metió entero, quedando alojado con la base pegada entre las nalgas. Me quedé un segundo doblado, con la boca abierta, jadeando, sintiendo esa plenitud densa, esa presión constante que me llenaba por dentro y me tocaba justo donde tenía que tocarme. Se me marcó la polla contra el vientre, medio dura, palpitando.

Terminé de vestirme con unos vaqueros holgados y una camisa por fuera, lo bastante amplia como para disimular cualquier cosa. Me miré en el espejo de la entrada. Por fuera era el mismo hombre de siempre, el vecino del tercero que saluda a todo el mundo, el marido que va a hacer los recados un jueves por la mañana. Por dentro tenía un tapón de silicona negra clavado en el culo hasta el fondo.

***

Bajé las escaleras con un cuidado exagerado, agarrado a la barandilla, midiendo cada peldaño. Al principio iba tenso, apretando las nalgas, vigilando cada movimiento, con dos miedos peleándose en mi cabeza: que se desplazara y se me saliera el plug en mitad de la calle, o todo lo contrario, que algún movimiento brusco me lo empujara aún más adentro. Caminaba como si pisara hielo, con pasos cortos y medidos, sintiendo con cada apoyo cómo la silicona rozaba las paredes de mi culo.

Pero a los pocos metros, en cuanto crucé el portal y el aire fresco de la mañana me dio en la cara, esos miedos empezaron a disolverse. Y en su lugar apareció algo que no esperaba con esa intensidad: a cada paso que daba, aquella presión interior me rozaba justo la próstata, esa zona que tan bien conozco, y me recorría una oleada de placer sordo, contenido, que me obligaba a apretar los dientes y disimular la respiración. Notaba cómo se me escapaban gotitas de precum, mojándome el calzoncillo, sin haberme tocado la polla ni una vez.

Era un placer raro, distinto a todo. No el del polvo urgente de la mañana, sino uno lento, constante, que no buscaba una explosión sino que se mantenía ahí, latente, acompañándome en cada movimiento. Curiosamente no llegué a tener una erección completa; me mantenía a medias, con la polla hinchada y palpitando dentro de los vaqueros, en un estado de excitación permanente que no terminaba de desbordarse. Era como caminar sobre el filo de algo, sin caer nunca del todo.

La primera parada fue la panadería de la esquina. Saludé a Rosa, la dependienta de siempre, una mujer mayor que me conoce desde que me mudé al barrio, y le pedí mi barra de cada día con la voz más normal que pude fingir. Ella me sonrió, me preguntó por Lorena, charlamos un par de frases sobre el tiempo. Y yo asentía, contestaba, completamente normal por fuera, mientras por dentro sentía el plug apretándome el culo con cada gesto, con cada pequeño movimiento al inclinarme para coger el cambio.

Si supieras, pensaba mirándola. Si supieras que llevo un tapón metido en el culo hasta el fondo mientras te compro el pan.

Y ahí estaba el verdadero placer, descubrí. No era solo lo físico. Era el secreto. Era estar en medio de la gente, rodeado de personas que me conocían, que me trataban con esa familiaridad de barrio, sin que ninguna sospechara que llevaba el culo taponado y la polla mojada de precum bajo la ropa. Cuanto más cotidiana era la escena, más se me ponía dura.

***

De la panadería fui al banco. La cola era larga y tuve que esperar de pie un buen rato, lo que en mi situación se convirtió en un suplicio dulce. Cada vez que adelantaba un paso para avanzar en la fila, contraía involuntariamente el culo alrededor del plug y la presión interior se reavivaba, la silicona me acariciaba la próstata desde dentro y una punzada de placer me subía por la columna hasta la nuca. Tenía que controlar la cara, mantener la expresión aburrida y neutra de cualquiera que hace gestiones un jueves por la mañana, mientras la polla se me endurecía dentro de los vaqueros y tenía que cambiar de postura para disimular el bulto.

Delante de mí había una mujer de unos cuarenta años, elegante, con un abrigo claro y el pelo recogido, un culo redondo que se le marcaba bajo la falda. Me la imaginé un segundo agachada, comiéndomela, mientras yo apretaba el plug con el culo. Detrás, un par de jubilados comentando el partido del domingo. Y yo en medio, conteniendo la respiración, fingiendo mirar el móvil, con el ano latiendo alrededor de la silicona y una mancha húmeda creciéndome en el calzoncillo.

Cuando por fin me tocó el turno, hice mi gestión con el cajero, firmé un papel, di los buenos días. Mi voz no me tembló ni una vez, aunque al inclinarme sobre el mostrador para firmar noté cómo el plug se hundía un milímetro más y tuve que morderme el labio para no gemir. Empezaba a manejar la situación, a disfrutarla con una calma que no había sentido al salir de casa. El nerviosismo inicial se había transformado por completo en una especie de euforia tranquila, secreta, obscena, que era solo mía.

La farmacia fue parecida. Compré lo que necesitaba, intercambié dos frases con el farmacéutico, y volví a la calle con el culo palpitando y esa sensación de estar protagonizando una historia guarra que nadie más podía leer. Me crucé con vecinos, con una madre empujando un carrito, con un grupo de chicas que salían de una cafetería riéndose. A cada encuentro, el mismo cosquilleo, la misma descarga silenciosa desde el fondo del culo hasta la punta de la polla.

***

Decidí alargar el paseo más de lo necesario. Di un rodeo, entré en una tienda de barrio en la que no tenía nada que comprar solo por el placer de pasear entre las estanterías con el plug clavado y la polla goteando a cada paso. Cogí un par de cosas que no me hacían falta, las pagué, charlé con la cajera mientras contraía el ano rítmicamente alrededor de la silicona, follándomelo yo mismo con los músculos internos sin que nadie lo notara. Cada minuto que pasaba aumentaba mi atrevimiento y, al mismo tiempo, una pizca de prudencia que no terminaba de irse.

Porque había algo que no podía ignorar: el culo no se lubrica por sí solo, y sabía que no era buena idea forzar demasiado el tiempo con un plug de ese grosor. La sensación seguía siendo placentera, pero empezaba a notar que el esfínter me pedía descanso, que estaba llevando el experimento al límite de lo prudente. La excitación me empujaba a seguir, a llegarme hasta el parque y correrme dentro del calzoncillo apretando el plug con el culo; el sentido común me decía que ya había sido suficiente para una primera vez.

En total estuve fuera de casa una hora y veinte minutos, recorriendo mi barrio de toda la vida como si lo viera por primera vez, con el ojete tapado y la polla húmeda. Cada esquina conocida, cada cara familiar, cada gesto rutinario había adquirido una capa nueva, una doble vida cochina que solo yo conocía. Volví a casa por el camino largo, saboreando los últimos metros, y subí las escaleras con el mismo cuidado con el que había bajado, sintiendo con cada peldaño cómo el plug me golpeaba la próstata.

Ya dentro, con la puerta cerrada a mi espalda, me apoyé un momento contra la pared y solté el aire que parecía llevar reteniendo toda la mañana. Me bajé los pantalones y el calzoncillo empapado de precum allí mismo, en el recibidor, y me llevé la mano a la polla. Me bastaron cuatro pajas rápidas, apretando el plug con el culo, para correrme a chorros contra la pared, con un gemido gutural que llevaba dos horas guardándome. Salpiqué el zócalo, el suelo, mis propios muslos, temblando de arriba abajo. Después me fui al baño, me lo retiré despacio, con cuidado, sintiendo el vacío casi como una pérdida, y me quedé sentado en el borde de la cama un rato, todavía con el ojete abierto y palpitando, repasando cada momento, cada cola, cada saludo, cada mirada inocente que me habían dirigido sin saber nada.

***

Lorena llegó al mediodía con bolsas de la compra y un montón de cosas que contarme sobre su café con Marta. Yo la escuché, asentí, le seguí la conversación con normalidad, y guardé mi secreto para mí. No por vergüenza, sino porque entendí que parte de lo que lo hacía tan especial era precisamente eso: que fuera mío, solo mío, una pequeña isla de placer guarro escondida dentro de una mañana de lo más corriente.

Desde entonces no he dejado de pensar en repetirlo. Me gustaría encontrar la manera de prolongar la experiencia sin riesgos, de hacerla más cómoda, de poder caminar durante más tiempo con esa polla de silicona metida en el culo sin temer las molestias. Tal vez busque algo distinto, un plug vibrador que pueda activar con el móvil desde el bolsillo mientras hago cola, algo que me permita olvidarme de la prudencia y correrme dentro de los pantalones en medio de la calle sin que nadie se entere.

Mientras tanto, sigo siendo el vecino que saluda en la panadería, el marido que hace los recados, el hombre normal de un barrio normal. Pero ahora, cada vez que salgo a la calle, hay una parte de mí que recuerda aquella mañana de marzo y se me aprieta el culo por dentro, sabiendo que el placer más intenso puede esconderse en los lugares más cotidianos, a plena vista, donde nadie lo busca.

Y confieso que no será la última vez.

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Comentarios(8)

DiegoBaires

tremendo relato!! me enganche desde el primer parrafo, no pude soltar el celular

LectoraNocturna9

Dios, esto es exactamente lo que necesitaba leer hoy. Que morbo tan bien llevado!!

ValentinaOsc

Y al final alguien noto algo? Quede con intriga jaja. De todas formas muy bueno el relato

MargaritaZ

jajaja el del supermercado sin imaginar nada, tremendo

Andres_Cba

Lo que mas me gusto es la tension que se siente en cada lugar que visita... esa sensacion de llevar un secreto en un ambiente tan cotidiano es perfecta. Bien escrito, espero mas relatos asi

SilvinaCba

Me hizo recordar una situacion parecida que tuve hace tiempo, aunque sin tanto atrevimiento jaja. Muy bien escrito

noche_pasion

Ese morbo del secreto que nadie sabe es lo mejor de todo. Mas relatos de este tipo porfavor!

LolaB_Sur

corto pero potente. sigan subiendo cosas asi!!

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