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Relatos Ardientes

Mi obsesión secreta con las piernas de los futbolistas

Voy a confesar algo que nunca le he contado a nadie, ni siquiera a mis amigas más cercanas. Durante años, el fútbol me pareció el deporte más aburrido del planeta. Veintidós tipos corriendo detrás de una pelota mientras otros dos se aburrían en las porterías. Ni los clásicos, ni los mundiales, ni la liga inglesa: para mí todos los partidos eran igual de insoportables.

Crecí como la única chica entre cuatro hermanos, así que me tragué cientos de ellos. Mi padre vivía obsesionado con ese deporte. En casa no se veía otra cosa: en la tele del salón, en la de la cocina, en las de los dormitorios. Siempre había un balón rodando en alguna pantalla. Me crié con ese soniquete monótono de los comentaristas de fondo, repitiendo las mismas frases hechas una y mil veces.

Los gritos cada vez que se pitaba una falta eran enloquecedores. Y si caía un gol, el escándalo se escuchaba en todo el edificio. A veces mis hermanos subían corriendo a mi cuarto, eufóricos, para informarme a voz en grito de que habían marcado los suyos. Como si me importara.

Pero todo cambió el día en que mi padre decidió comprar un televisor gigante para el salón.

Hasta entonces, los partidos se veían en aparatos viejos y voluminosos donde los jugadores no eran más que muñequitos de colores corriendo como hormigas sobre un tapete verde. Con la pantalla nueva, casi dos metros de esquina a esquina, las cosas se veían de otra manera. Tecnología de última generación, cámara lenta, distintos ángulos, zoom. Hasta el fútbol parecía tridimensional.

No tardé en darme cuenta de que aquello que se movía por la pantalla ya no eran hombrecillos uniformados. Eran hombres de verdad, con sus músculos, sus gotas de sudor, sus tatuajes, sus expresiones de esfuerzo. Y ahí descubrí algo que cambió mi forma de mirar un partido para siempre.

Las piernas.

Siempre me habían gustado los chicos que se cuidaban. No los culturistas, pero sí esos cuerpos trabajados en el gimnasio. Sin embargo, desde aquella maldita televisión, me aficioné a los muslos. Aquellos jugadores tenían unas piernas tan fuertes, tan definidas, que no podía evitar ruborizarme cuando la cámara enfocaba a alguno tendido en el suelo, doliéndose tras una entrada dura.

Los planos cortos del jugador retorciéndose eran, para mí, los mejores momentos del partido. La velocidad de las carreras daba paso a unos segundos más calmados en los que la cámara enfocaba nítidamente algo que ya no corría. Y aunque el pobre estuviera sufriendo, yo disfrutaba como nunca.

Disfrutaba sobre todo cuando la lesión era grave y los fisioterapeutas saltaban al campo. Aquellos aerosoles fríos sobre la piel, los masajes vigorosos en el muslo, la pierna en alto, el pantaloncito recogido mostrando el nacimiento del glúteo… me ponía cardiaca. Me costaba disimularlo delante de mi padre y mis hermanos. Mientras ellos aprovechaban para ir a por otra cerveza, yo me quedaba pegada a la pantalla rogando que el realizador no se perdiera ni un detalle.

El sudor, el brillo de la piel, las manos del fisio recorriendo la pierna desde el gemelo hasta casi la nalga, las sacudidas a la carne para relajar el músculo, la pierna extendida como una columna rígida mientras el hombre descargaba su peso sobre ella… todo me resultaba tremendamente excitante. Ya no me podía quitar a los futbolistas de la cabeza. Terminaba cada partido con las bragas empapadas y me encerraba en mi habitación a follarme con los dedos pensando en aquellos muslos.

¿Pero podría acercarme alguna vez a un par de esas piernas? A las grandes estrellas, imposible. Y aunque pudiera, todos tenían novias de portada. Yo no buscaba fama ni dinero. Solo quería pasar un rato con un buen par de muslos, chupar la polla que colgara entre ellos y hacerles lo mismo que los fisios, pero a solas, sin cámaras y, a ser posible, sin ropa.

***

Mi obsesión me hizo interesarme cada vez más por el deporte. Empecé a ver partidos sola, incluso de categorías inferiores que solo televisaban en cadenas regionales. Mi padre y mis hermanos no entendían nada. Pero yo tenía una teoría que comprobar: quería saber si las piernas de los jugadores de equipos modestos eran tan atractivas como las de las estrellas.

Mi conclusión fue clara: sí, lo eran. Y a ellos sería mucho más fácil acercarme.

Estudiaba periodismo, así que me inventé una excusa perfecta. Para una práctica de una asignatura, diseñé un supuesto reportaje sobre las lesiones de los deportistas de mi región y sus consecuencias. Conseguí el listado de todos los equipos federados de la zona, los nombres de los jugadores y entrenadores, y empecé a cruzar datos para encontrar la manera de contactarlos.

Entre llamadas, correos y mi presencia en los partidos, pronto reuní un grupo de unos treinta jugadores lesionados a los que dirigirme. Todos aceptaron sin dudar. Recibir el mensaje de una mujer interesada en entrevistarte no es algo que les pase todos los días, y mucho menos a los de las categorías más bajas.

La primera cita solía ser en alguna cafetería cerca del campo. Servía para verlos en persona y comprobar si me gustaban, porque había algunos que no pasarían el corte ni regalados. Con los que sentía buena química, ya fuera por su físico o por su simpatía, me las arreglaba para conseguir un segundo encuentro y profundizar en el «trabajo de campo». No me costaba mucho: una sonrisa pícara, un aletear pausado de pestañas o un tirante del sujetador que se soltaba «por casualidad» era todo lo que necesitaba.

De los treinta, solo una docena pasó mi primer corte. Y me propuse probar aquellas dos docenas de piernas. Para las segundas entrevistas necesitaba un lugar más íntimo que una cafetería. Les expliqué que en el siguiente encuentro pasaríamos de las preguntas a la parte práctica: tomar medidas, examinar el alcance de la lesión, comprobar de primera mano la situación.

***

Elegí primero al que más me había gustado. Le había visto las piernas porque acudió de corto a un partido para apoyar a sus compañeros. No jugaba por la lesión, pero hizo estiramientos suaves en la banda. Cuando nos sentamos en la grada, no pude apartar la mirada de aquel par de piernas tan trabajadas y, para mi sorpresa, completamente depiladas. Se me hacía la boca agua. Como estaba soltero y vivía solo, quedamos unos días después en su apartamento.

El día de la cita estaba nerviosa, pero decidida. Necesitaba tener a aquel monumento en pantalón corto, sobarle las piernas y comprobar lo que llevaba meses soñando. Le llamaré Damián, aunque ese no era su nombre.

Me recibió con ropa deportiva cómoda, un chándal completo a juego. Rechacé el refresco que me ofreció y pasamos al salón. Nos sentamos en el sofá, un poco de lado, casi enfrentados. Saqué de mi bolso un cuaderno de espiral, un bolígrafo y la cinta métrica amarilla que mi madre guardaba en el costurero. Seguro que la echaría de menos más tarde.

Damián se quedó algo cortado al ver el metro, pero supuso que sería para medir su estatura. Empecé con preguntas sencillas: peso, altura, edad. Lo anotaba todo, aunque en realidad solo me interesaba una cosa.

—Háblame de tu lesión —le dije sin levantar la vista del cuaderno—. ¿Cuál es exactamente?

—Pues… —dudó—, una tendinopatía isquiotibial. Una sobrecarga de los tendones de la parte trasera del muslo.

Bingo, pensé.

—Entiendo. Así que juegas de delantero o en banda. Carreras explosivas, ¿verdad? Seguramente te lesionaste por un calentamiento insuficiente.

—Oye, tú sabes mucho de esto —dijo, completamente anonadado por el acierto.

—Algo sé —respondí, guiñándole un ojo—. También sé que necesitas reposo y calentamientos muy suaves durante meses.

—¡Exacto!

—Bien. Sobre la lesión ya tengo todos los datos. Ahora solo necesito medirte. ¡Fuera pantalones!

Se quedó bloqueado ante mi desparpajo. Y se inquietó aún más al recordar que bajo el chándal no llevaba los shorts de deporte, sino sus calzoncillos normales.

—¡Vamos, vamos! —exclamé al ver su rubor—. ¿No me dirás que a estas alturas te da vergüenza?

—Un poco —admitió.

—Tómalo como si fuera tu fisio. ¿No te desnudas cuando te ve el fisio? Necesito medir el contorno del muslo para clasificar tu lesión.

Ante mi seguridad, no le quedó otra que obedecer. Se puso en pie, se giró un poco para no quedar de frente y se bajó los pantalones. Cuando los tuvo en los tobillos, preguntó si tenía que quitárselos del todo.

—Claro. ¿Cómo crees que voy a medirte las piernas si no?

Se salió de los pantalones y los dejó sobre el brazo del sofá. Ahora lo tenía justo donde quería: a mi lado, con las piernas al descubierto, listo para mi inspección. Tomé la cinta amarilla y me arrodillé en el suelo.

—A ver. Voy a medir la longitud total. Ponte erguido, firme, las piernas cerradas.

Obedeció. Le di un extremo de la cinta para que lo sujetara en la cadera y extendí el resto a lo largo de la pierna, asegurándome de recorrerla entera con la mano hasta el suelo. Anoté la cifra.

—Ahora el contorno del muslo. Abre un poco las piernas para que pueda pasar el metro por dentro.

Las separó lo justo para que mis manos pasaran entre ellas con la cinta. Tomé la medida.

—Cincuenta y nueve centímetros —dije—. Nada mal. Buena cacha. Tienes que ser muy rápido por la banda. Menudo músculo.

—Un poco —respondió tímidamente, orgulloso.

Dejé el cuaderno y el metro en el sofá y me dispuse a hacer lo que tanto había soñado: sobar un buen par de piernas de futbolista.

—A ver, corazón —le dije con dulzura—. Gírate y déjame ver esos isquiotibiales.

Se giró de espaldas, relajado, las piernas ligeramente abiertas.

—¿Cuál es la lesionada? ¿La derecha o la izquierda?

—La derecha.

Sin pensarlo dos veces, llevé las manos a la parte trasera de aquel muslo firme y empecé a acariciar la zona con suavidad. La ausencia de vello y el grosor de la pierna eran un placer para mis sentidos. Le rodeé el muslo con ambas manos y trabajé con los pulgares la parte alta, justo donde nacían las nalgas, todavía cubiertas por la ropa interior.

Damián se quedó paralizado, sin moverse. Suerte que está de espaldas, debió de pensar, mientras intentaba distraer la mente para mantener todo bajo control.

—¿Te duele? —pregunté.

—No. Para nada.

Apreté un poco más, clavando los pulgares y recorriendo arriba y abajo desde la corva hasta la nalga. Él creía que le hacía un masaje terapéutico, pero la verdad era que yo estaba empapando mis bragas por la excitación de tocar la pierna más atractiva que había visto en mi vida. Notaba el coño palpitándome y un hilo caliente resbalando por la cara interna de mis propios muslos. No podía más.

—Avísame cuando te duela —dije para romper el silencio tenso.

—De acuerdo.

De vez en cuando agitaba los laterales del muslo con cierta violencia, como había visto hacer a los fisios para relajar la musculatura. Después volvía a la zona alta, pegada a la nalga. Colé los dedos por debajo del elástico del calzoncillo y le apreté las nalgas duras, redondas, sin darle tiempo a protestar. Tras varios minutos, le pedí que se girara y quedara de frente.

La nueva posición lo incomodó, pero a mí me divertía enormemente. No sabía qué hacer con las manos y se las llevó a la espalda. Yo seguí masajeando aquella pierna poderosa, esta vez por delante, trabajando los cuádriceps. Poco a poco aflojé la presión y me centré en zonas más sensibles: la cara interna del muslo, la franja más próxima a la entrepierna. Me hice la descuidada y rocé la otra pierna como sin querer, de modo que el masaje pasara, despacio, de lo medicinal a lo sensual.

Yo seguía de rodillas, disfrutando. Él permanecía de pie, sin pantalones, evitando mirar hacia abajo para no cruzarse con mi mirada. Era una situación excitante para los dos, pero solo en él se notaba. Bajo su ropa interior empezaba a formarse un bulto que lo delataba por completo, por mucho que intentara pensar en otra cosa. La tela se tensaba y dibujaba con nitidez el contorno de una polla que iba creciendo por segundos, apuntando hacia arriba y hacia un lado.

—Eres un chico con suerte —dije al fin—. La lesión no es grave y no hay inflamación en los isquiotibiales. Te recuperarás pronto. Sin embargo, sí detecto algo de inflamación en otra zona, y eso me preocupa.

Se puso colorado como un tomate al mirar hacia abajo y entender a qué me refería. Habría deseado que la tierra se lo tragara allí mismo.

—Pero no te preocupes —lo tranquilicé—. Creo que eso también podemos arreglarlo.

Para su sorpresa, no fue a por la cinta métrica. Seguí de rodillas, busqué con las manos el elástico de su ropa interior y, sin miramientos, tiré hacia abajo, descubriendo todo lo que ocultaba. La polla saltó hacia fuera de golpe, dura como una piedra, gruesa, con la punta hinchada y brillante, apuntándome directo a la cara. Los huevos, gordos y depilados igual que las piernas, colgaban tirantes bajo el tronco. Él me miraba atónito, incapaz de articular palabra. Estaba claro quién mandaba, y él poco o nada podía hacer. Lo haría yo todo.

—Vaya, vaya —murmuré relamiéndome—. Menuda verga tienes escondida ahí abajo. Y yo pensando que solo venía a ver tus muslos.

Me incorporé sobre las rodillas y le rodeé la polla con la mano derecha. La sentí caliente, pesada, latiéndome contra la palma. La sacudí despacio, con firmeza, tirando de la piel hacia abajo para descubrir el glande del todo. Damián soltó un gemido ahogado y apretó los puños. Con la otra mano le agarré los huevos y se los apreté con suavidad, sopesándolos, jugando con ellos entre los dedos.

—Estate quietecito —le dije mirándole desde abajo—. Que la que trabaja soy yo.

Me acerqué la punta a los labios y le di un lametón largo, de la base al glande, siguiendo la vena gruesa que le recorría el tronco por debajo. Damián se estremeció entero. Repetí el lametón dos, tres veces, ensalivándole la polla de arriba abajo, hasta dejársela chorreando. Luego abrí la boca y me la metí de golpe, tragándomela hasta más de la mitad.

—¡Joder! —se le escapó.

Empecé a chuparle la polla con hambre, moviendo la cabeza adelante y atrás, apretándole el tronco con los labios, dejando que el glande me golpeara el paladar. Con la mano derecha le seguía el ritmo en la base, girando la muñeca cada vez que subía, y con la izquierda le acariciaba los huevos y le rascaba con las uñas la cara interna del muslo. Aquella pierna gigantesca me temblaba bajo los dedos, tensa como una cuerda de guitarra. Se le marcaban todos los músculos del cuádriceps mientras aguantaba el placer sin moverse.

Cuando la saqué de la boca para respirar, un hilo de saliva unía mis labios con su glande. Se la miré, roja, mojada, palpitando, y le sonreí.

—¿Ves qué bien se te pone cuando te masajean donde toca?

—Dios mío… —susurró—. No pares, por favor.

—Ni loca voy a parar.

Volví a metérmela hasta el fondo, esta vez tragándomela entera, forzando la garganta hasta que la nariz me chocó contra su bajo vientre. La mantuve ahí unos segundos, ahogándome, sintiendo la punta clavada en mi garganta, mientras él soltaba un gruñido ronco. Al sacarla babeaba, tosía y se me caía la saliva por el mentón, pero no me importaba. Le agarré la polla con las dos manos y le lamí los huevos, uno primero, luego el otro, metiéndomelos en la boca con cuidado y chupándoselos mientras le hacía una paja lenta.

Damián empezó a mover las caderas contra mi cara, incapaz de contenerse.

—Así, corazón —le dije—. Fóllame la boca. No pasa nada.

Le dejé hacer. Apoyé las manos en aquellos muslos de futbolista, los apreté con fuerza clavándole los dedos en la carne, y él me embistió la boca a su ritmo. Le sentía los cuádriceps contraerse y relajarse contra mis palmas cada vez que empujaba. Aquello era mejor de lo que había imaginado tantas noches: tenía la polla de un futbolista follándome la garganta y las manos hundidas en el muslo que llevaba meses persiguiendo.

Cuando noté que estaba a punto de correrse, le empujé la cadera hacia atrás y le solté la polla de la boca con un chasquido.

—Ni se te ocurra —le advertí—. Todavía no.

Me puse en pie y me quité el vestido de un solo movimiento, sacándomelo por la cabeza. Me deshice del sujetador y lo tiré sobre el sofá. Damián se me quedó mirando las tetas con la boca abierta, como si nunca hubiera visto un par. Se las agarré yo misma y me las apreté para él.

—¿Te gustan? Tócalas.

Alargó las manos y me las cogió, tímido al principio, luego con más ganas. Me pellizcó los pezones y yo dejé escapar un gemido. Se agachó y me chupó uno, luego el otro, mordiendo con cuidado. Aproveché para bajarme las bragas, empapadas hasta la costura, y las dejé caer al suelo. Le agarré la mano y me la llevé directa al coño.

—Nota cómo me has puesto —le susurré al oído.

Sus dedos se hundieron entre mis labios chorreantes. Encontró el clítoris casi de casualidad y le enseñé a moverse ahí, marcándole el ritmo con mi mano sobre la suya. Metió dos dedos dentro y los curvó, y yo casi me caigo al suelo del gusto. Estaba tan cachonda que apenas podía tenerme en pie.

—Al sofá —le ordené—. Túmbate.

Obedeció como un cordero. Se echó en el sofá boca arriba, con la polla apuntando al techo, dura, brillante de mi saliva. Le miré aquellas piernas abiertas y pensé que había valido cada minuto de fútbol tragado en mi vida. Me subí encima, a horcajadas, y le agarré la verga con una mano para dirigirla. Restregué el glande arriba y abajo por mis labios mojados, empapándoselo con mis flujos, torturándonos a los dos.

—¿La quieres dentro? —le pregunté mirándole a los ojos.

—Sí, por favor…

—Pídemelo bien.

—Métetela. Métetela ya, joder.

Sonreí y me dejé caer despacio. La punta se abrió paso en mi coño y bajé centímetro a centímetro hasta tenerla toda dentro. Se me escapó un gemido largo. Estaba gorda, dura, me llenaba entera. Me quedé quieta un momento, disfrutando de la sensación, y luego empecé a subir y bajar sobre él, cabalgándole a mi ritmo.

—Qué bien la tienes, hijo de puta —le dije entre jadeos—. Qué bien me la metes.

Él tenía las manos en mis caderas y me acompañaba el movimiento, embistiéndome desde abajo. Yo le apoyé las manos en el pecho y aceleré, botando sobre su polla, sintiendo cómo me golpeaba el fondo con cada bajada. Las tetas me rebotaban en la cara. Él me miraba embobado, sin dar crédito a lo que estaba viviendo.

—Mírame las piernas —le ordené, agarrándome uno de mis propios muslos—. Como las tuyas, pero de tía. ¿Te gustan?

—Me encantan…

—Pues fóllame más fuerte.

Damián me clavó los dedos en las nalgas y empezó a embestirme con ganas desde abajo, levantando las caderas del sofá con cada empujón. La polla me entraba y salía con un chasquido húmedo, y el sonido de nuestras carnes chocando llenaba todo el salón. Me corrí sin avisar, apretándole el tronco con las paredes del coño, temblando encima de él, mordiéndome el labio para no gritar.

Antes de que se me pasaran los espasmos, le empujé fuera y me bajé del sofá. Le hice girarse y ponerse a cuatro patas, con el culo hacia mí. Ahora tenía justo delante lo que llevaba meses queriendo: aquel par de piernas de futbolista, tensas, en tensión, con las nalgas duras separándose y enseñándome todo. Le pasé la lengua por la parte alta del muslo, casi en el pliegue del glúteo, y él soltó un gemido de sorpresa.

—Túmbate boca arriba otra vez, en el borde del sofá —le pedí.

Le hice colocarse con las piernas colgando fuera y yo me arrodillé entre ellas. Le levanté los muslos, me los cargué a los hombros y me acerqué. Aquello era lo más parecido al fantasma del fisio que había tenido en la cabeza toda mi vida. Le sujeté la polla, me la volví a meter dentro y empecé a follármelo yo, penetrándome contra él a base de mover las caderas, mientras le pasaba las manos por aquellas piernas abiertas de par en par.

—Mira qué muslos tienes, cabrón —jadeé—. Llevo meses pensando en estos muslos. Meses masturbándome por ellos.

—Joder…

—Cállate y déjame follarte.

Le mordí la cara interna del muslo, dejándole la marca de mis dientes, y él soltó un rugido. Aceleré el ritmo, embistiéndome contra su polla con toda mi cadera, aplastándole los huevos contra mí en cada golpe. Le clavé las uñas en los cuádriceps, dejándole unas marcas rojas que le durarían días, y me corrí por segunda vez, con más fuerza que antes, mordiéndole la pierna para no despertar a los vecinos.

Damián estaba a punto. Se le tensó todo el cuerpo, cerró los ojos y me avisó con un gruñido.

—Me voy a correr…

—Córrete donde quieras, guapo —le dije sacándomela y arrodillándome de nuevo entre sus piernas—. En la cara, en las tetas, en la boca. Tú mandas ahora.

Se incorporó de un salto y se puso en pie delante de mí. Yo abrí la boca, saqué la lengua y le miré desde abajo mientras él se sacudía la polla con la mano, a dos dedos de mi cara. Le acaricié los muslos, aquellos muslos por los que había empezado todo, y le clavé las uñas justo cuando le vi arquearse.

El primer chorro de semen me cayó en la frente, denso, caliente, resbalándome hasta el ojo. El segundo me alcanzó la mejilla y el labio. El tercero me llenó la boca y me lo tragué sin pensarlo. Los siguientes fueron cayendo entre mis tetas mientras él seguía cascándose la polla, exprimiéndose la última gota. Yo no dejaba de sobarle aquellas piernas de dios, gimiendo cada vez que me manchaba.

Cuando terminó, le atrapé el glande con la boca y le chupé lo que quedaba, limpiándoselo entero, hasta dejarlo temblando de tan sensible. Damián se desplomó en el sofá, sin aliento, con las piernas todavía abiertas y la polla goteándole sobre el vientre.

Me incorporé, me pasé el dedo por la mejilla para recoger el semen y me lo llevé a la boca. Me relamí despacio, mirándole a los ojos, y solté una risa.

—Enhorabuena. Has pasado el reconocimiento con nota.

Me incorporé sobre las rodillas, me olvidé por completo de mis «propósitos fisioterapéuticos» y por fin comprobé todo lo que llevaba meses fantaseando. Cerró los ojos y se dejó llevar, mientras mis manos no dejaban de recorrer aquellas piernas que tanto me habían obsesionado desde el otro lado de una pantalla.

Esa tarde comprobé que tenía razón. Las piernas de los futbolistas estaban hechas para pecar. Y, de paso, descubrí que se podía pecar de muchas otras formas.

Para quienes leen desde zona norte: escorts VIP en Tigre, con fotos reales.

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Comentarios(7)

SentimientosMix

jajajaja inventarse el trabajo para tener ese momento a solas... tremenda audacia. Muy bueno!!

Natalia_Sur

Dios mio que final, me quede con ganas de saber como siguio todo eso. Por favor una segunda parte!

LuisMdp88

me encanto. Las confesiones como esta son las que mas me gustan de leer por aca, se sienten reales y sin vueltas. Segui escribiendo

ManuelFC_95

excelente!!!

Facu_BA

jajaja la excusa universitaria es puro ingenio, me mate de risa antes de que empezara lo bueno. Muy bien narrado, se hizo corto

RecuerdosVivos

Habia algo en este relato que me recordo a una situacion parecida que viví en el club donde entrenaba de chico... digamos que yo tambien tuve mi momento de observacion muy cercana. Buenisimo, me transporto.

Sol_lectora

Por favor seguí, quede con muchisimas ganas de mas :)

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