Le confesé mi fantasía y mi novia la cumplió con su ex
Tengo treinta y cinco años y nunca pensé que escribiría algo así, pero hay cosas que necesitan salir. Soy un tipo común: ancho de espaldas, con algo de panza, de esos que no llaman la atención en la calle pero tampoco pasan del todo desapercibidos. Llevaba poco más de un año con Mariana cuando ocurrió lo que voy a contar.
Mariana era bajita, de curvas generosas, pelo castaño y unos ojos enormes que parecían reírse antes que su boca. Lo nuestro era amor de verdad, pero también un deseo que no se apagaba nunca. Nos contábamos cosas en la cama, recuerdos de antes, fantasías que jamás le habíamos dicho a nadie.
Y de todas esas confesiones, una me obsesionaba más que ninguna.
Cada vez que le preguntaba por sus exparejas, ella desviaba la conversación. Menos cuando salía el nombre de Bruno. Con él se soltaba, se reía, daba detalles. Había sido el hombre con el que más se había animado a explorar, y eso, en lugar de molestarme, me encendía de una manera que me costaba entender.
—Contame otra vez lo de él —le pedía, y ella sabía perfectamente a qué me refería.
Una noche, mientras hacíamos el amor, me atreví a decirlo en voz alta.
—Me gustaría verte con él. Verte de rodillas, como me contás.
Ella se quedó quieta un segundo, después rió contra mi cuello.
—Estás loco —murmuró—. Pero si algún día pasa, te aviso. Aunque preferiría que fuera otro, no él.
Así quedó la cosa esa noche. Una idea suelta, de esas que uno dice en la oscuridad y al día siguiente parecen imposibles.
***
Pasaron las semanas y la idea no se fue. Al contrario, crecía. Una madrugada veníamos en el coche, los dos algo tomados, cuando ella señaló hacia la vereda.
—Mirá, ese es Bruno.
Lo vi apenas un instante: alto, corpulento, de pelo oscuro. Sentí un nudo raro en el estómago, mezcla de celos y de otra cosa que no quería nombrar.
—Así que ese es el que te tenía de su juguete —dije, intentando sonar despreocupado.
Mariana se rió y me apretó la pierna.
—Sin celos, amor. Eso es pasado. Ahora estoy con vos.
Pero algo se había despertado en mí y ya no se iba a dormir. Esa noche terminamos en un telo, y mientras ella me la chupaba, no pude callarme.
—Qué bien lo hacés.
—Así se la hacía a Bruno —dijo, con una risita, sin sacársela del todo.
La agarré de la nuca y la guié, imaginándome que no era yo el que estaba ahí. Cuando se detuvo a tomar aire, me miró desde abajo.
—Estás más caliente que otras veces. ¿De verdad te excita tanto pensar en cómo se la hacía a él?
—Sí —admití sin dudar.
—¿Y si te dijera que podría hacérselo delante tuyo?
No sé qué me pasó. Algo en mi pecho se aceleró hasta dolerme. Le dije que sí, que me encantaría, y le pregunté cómo iba a convencerlo.
—No hace falta convencerlo —dijo ella, encogiéndose de hombros—. De vez en cuando nos escribimos. Yo le pregunto.
***
Pasaron unos días eternos. Una noche, mientras cenábamos, dejó el tenedor y me miró con una sonrisa que ya conocía.
—¿Sabés qué? Hablé con Bruno. Dice que estamos locos.
—¿Y? —el corazón me latía a mil.
—Que acepta.
Sentí una avalancha de sensaciones que nunca había tenido juntas: excitación, nervios, un miedo absurdo y unas ganas tremendas de que llegara el día. Al fin iba a ver lo que tantas veces había imaginado en la oscuridad.
Quedamos para el sábado siguiente. La idea era arrancar en un bar a las afueras de la ciudad, donde nadie nos conociera, y de ahí ir al telo.
Esa semana no pensé en otra cosa. ¿Me daría vergüenza verlo desnudo? ¿Se sentiría él incómodo conmigo ahí? ¿Disfrutaríamos los tres de algo tan extraño? Cada pregunta me llevaba al mismo lugar: las ganas de vivir ese momento, costara lo que costara.
***
Llegó el sábado. El bar era un lugar tranquilo, de luces bajas y música suave. Bruno llegó en taxi; nosotros, en el coche, para volvernos todos en un solo vehículo después.
Al principio fue raro, claro. Pero un par de cervezas aflojaron la tensión y terminamos charlando como si nos conociéramos de siempre. Bruno tenía labia, hacía reír a Mariana, y yo los miraba desde mi silla con una mezcla de inquietud y deseo.
Cuando estuvimos algo entonados, salieron a bailar. Yo me quedé sentado, observando. Ella le pegaba la espalda y él la sujetaba de la cintura, las manos firmes, seguras, como quien recupera algo que fue suyo. No se besaron. Solo se rozaban, y yo sabía que ella estaba disfrutando cada segundo.
Pasada la medianoche, volvieron a la mesa con las mejillas encendidas.
—Vamos —dijo Mariana, y giró la cabeza para mirar a Bruno—. Disfrutemos esta noche.
Pagué la cuenta sin terminar de creérmelo. Estaba a punto de ver a mi novia con otro hombre, y había sido idea mía.
***
De camino al telo, me puse al volante. Ella me preguntó si podía ir atrás con él. Le respondí con una sonrisa y un gesto de cabeza. Por el espejo retrovisor los veía besarse, las manos de ella perdiéndose entre la ropa de él. El trayecto fue corto, apenas unos minutos, pero se me hicieron larguísimos.
En la habitación abrimos una última cerveza. Bruno y Mariana se reían recordando cosas que yo no entendía, viejos chistes privados que de algún modo me excitaban más que cualquier imagen.
—¿Y? ¿Lo hace tan bien como decís? —solté de pronto, mirándolo a él.
—Mejor —respondió Bruno sin titubear—. Una de las mejores que he conocido.
Mariana le pegó en el brazo, fingiéndose ofendida.
—¿Una de las mejores? —repitió, divertida.
—La mejor —corrigió él, levantando las manos.
—A ver, demostrá —dijo ella, y la voz le tembló apenas, de pura anticipación.
Bruno se levantó y se sentó en el sillón individual de la habitación. Mariana se acercó, se arrodilló frente a él y empezó a besarle los muslos, despacio, subiendo con la boca por encima de la tela. Era algo que conmigo nunca había hecho, y verlo me dejó sin aire.
Me senté en el borde de la cama, incapaz de moverme, con el pulso golpeándome en las sienes. Ella lo miraba a él, después me miraba a mí, asegurándose de que yo no me perdiera nada.
—Acá está, amor —dijo en algún momento, girando la cabeza hacia mí—. ¿Te gusta?
—Me encanta —respondí con un hilo de voz.
Bruno me clavó la mirada.
—Esto recién empieza.
***
Lo que siguió fue una hora que todavía repaso de memoria. Pasaron del sillón a la cama, cambiando de posición sin prisa, como si hubieran ensayado años atrás y el cuerpo no lo hubiera olvidado. Ella se entregaba con una soltura que me sorprendía; yo conocía a mi novia tímida de las primeras citas, no a esta mujer desinhibida que se reía con la boca ocupada.
Bruno la trataba con una firmeza calculada, atento a cada reacción de ella. Y ella, lejos de incomodarse, se lo pedía con la mirada. En los ojos se le juntaron lágrimas del esfuerzo, pero no había una sola fibra de su cuerpo que quisiera parar.
—Tenés una boca deliciosa —le decía él entre jadeos.
—Me encanta cómo me tratás —respondía ella.
Yo me había bajado los pantalones y me tocaba al costado de la cama, sin terminar de procesar lo que estaba viendo. No eran celos. Era algo más raro y más fuerte, una excitación que me partía en dos. Me descubrí mirando no solo a ella, sino a él. Preguntándome qué sentía ella, por qué disfrutaba tanto, qué había en ese hombre que la encendía así.
Hubo un instante en que Mariana hizo algo que conmigo jamás había hecho. Una entrega total, sin reservas, una intimidad que yo no le conocía. Me quedé en trance, mirando, con la respiración entrecortada y la cabeza completamente vacía de todo lo que no fuera esa escena.
***
El final llegó de golpe. Bruno se tensó, soltó un gemido grave y ella supo leerlo al instante, como quien recuerda un idioma viejo. No desperdició nada. Cuando se separó y me miró, con una sonrisa cansada y orgullosa, yo ya no aguantaba más.
Me acerqué a su cara y terminé ahí mismo, sobre ella, descargando todo lo que había contenido durante semanas. Mariana cerró los ojos y sonrió, y por un segundo los tres nos quedamos en silencio, recuperando el aire, sin saber muy bien qué decir.
Ella se levantó a enjuagarse y a darse una ducha. Bruno y yo nos quedamos en el sillón, en una calma extraña, comentando lo que acababa de pasar como dos cómplices.
—Qué noche —dijo él, pasándose la mano por el pelo.
—Qué noche —repetí.
Y entonces noté algo que me incomodó y me intrigó al mismo tiempo. No podía dejar de mirarlo a él. Algo se había movido dentro de mí esa madrugada, una curiosidad nueva que no sabía cómo nombrar. Pero eso, supongo, será para otra confesión.
***
Cuando Mariana salió del baño, ya estábamos vestidos y listos para irnos. Dejamos a Bruno en su casa y volvimos en silencio, ella con una sonrisa que no se le borraba.
—¿Lo disfrutaste? —me preguntó al fin, apoyando la cabeza en mi hombro.
—Me encantó verte así —respondí, y era verdad.
Le di un beso largo en el semáforo y seguimos camino a casa. Esa noche descubrí que las fantasías, cuando se cumplen, no se apagan: abren puertas que uno ni sabía que tenía. Y por la rendija de una de esas puertas, esa madrugada, empecé a mirar hacia un lugar nuevo.





