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Relatos Ardientes

Mi novio decide cómo me exhibo cada domingo

Me tiemblan las piernas. Llevo más de veinte minutos dando vueltas a las mismas dos manzanas y todavía no recuerdo dónde dejé el maldito coche. El calor de la siesta es bestial, el vestido blanco de algodón se me pega al cuerpo y el sudor lo está volviendo casi transparente. No sé distinguir si lo que me resbala por los muslos es sudor o algo más, pero noto cómo las gotas bajan hasta las sandalias de plataforma y me hacen patinar a cada paso.

Darío no me contesta el teléfono. Está enfadado porque salí tarde, y si me cogiese podría decirme dónde dejó el coche y llegaríamos a tiempo. Vamos a llegar tarde a casa de sus padres. Va a haber bronca y, como siempre, la culpa será mía.

Si él no se empeñara en sus jueguecitos en el peor momento posible, ahora no estaría así.

Doy otra vuelta al borde del colapso. Noto las miradas de los hombres mayores sentados en la terraza del bar de la esquina. Sus ojos se clavan en mis pezones, que se transparentan a través del algodón empapado. Oigo algo sobre lo bien que va la niña y sobre que voy pidiendo guerra, y no sé si acercarme a insultarlos o subirme el vestido para que comprueben que tampoco llevo nada debajo.

Decido seguir mi camino para evitar otra discusión con Darío. Pero no sin antes dejar caer el bolso, agacharme a recogerlo muy despacio y abrir las piernas lo justo para que se les descuadre el gesto. Cuando me levanto, el claxon del coche suena tan cerca que me sobresalto y el escote se me descoloca del todo.

Me giro y me quedo blanca al ver la cara de Darío.

—No sé qué cojones te pasa, siempre igual —dice, abriéndome la puerta del copiloto—. ¿Sabes lo que eres? Por eso no te dejo llevar ropa interior. Me tienes harto. ¿No me respetas? Pues voy a hacer que no te respete nadie.

Asentí, tragándome la rabia y otra cosa más espesa que la rabia. Me empujó dentro del coche. Los viejos del bar seguían con la boca abierta, y yo, antes de cerrar la puerta, les saqué la lengua solo para provocarlos.

***

Dentro del coche el aire era irrespirable. Darío se cambió al asiento del copiloto y me dejó al volante, pero en el sitio que él ocupaba había aparecido un juguete que yo guardaba en la guantera: un consolador con ventosa y mando a distancia que él sostenía en la mano como un trofeo.

—Como tardabas tanto, he mirado lo que escondes en el coche —dijo, vaciando un bote de lubricante sobre el juguete—. Parece que no te basta conmigo. Eres muy cerda. Pero te quiero tanto que, si quieres ser una puta, voy a ayudarte a serlo. Eso sí, primero vas a pagar por habérmelo ocultado.

Sentí pánico ante sus palabras. Y, sin embargo, todo en mí palpitó solo de pensar en lo que iba a hacerme. Sabía qué clase de vídeos había visto y sabía exactamente qué quería de mí. Fijó la ventosa en el asiento y, muy despacio, me senté encima.

Lo disfruté por mucha cara de incomodidad que pusiera. Me empalé centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría entera, abriendo las piernas para dejarlo todo a la vista, subiéndome el vestido hasta que no quedó nada que esconder. Terminé hundida hasta el fondo, mirándolo a los ojos con la cara descompuesta de placer.

—Vamos —dijo, encendiendo el mando—. Conduce.

***

El motor del juguete arrancó a la vez que el del coche. Giraba a la izquierda y él subía la vibración. Giraba a la derecha y tiraba de la cadena que me había enganchado a los pezones y pasado por el volante. Un semáforo en rojo y me metía dos dedos en la boca para que se los chupara como si fueran otra cosa.

Yo iba de espasmo en espasmo, tanto que apenas llegaba a los pedales. El vestido, los muslos, el asiento, todo mojado, y yo suplicando con las ventanillas bajadas que no parase, gimiendo sin ningún pudor mientras los peatones giraban la cabeza al pasar.

—Tienes que echar gasolina —anunció de pronto—. Y no pienso darte un céntimo, pero el depósito tiene que estar lleno en menos de quince minutos. Tú verás cómo te las apañas.

Me obligó a parar en una estación de servicio a las afueras. Salí recolocándome el vestido, con un vacío extraño en el cuerpo al dejar el juguete abandonado en el asiento. Entré en la tienda y, por suerte para su plan, había dos chicos en el mostrador: uno rondaría mi edad, el otro pasaba de los cincuenta.

Bajé el escote lo justo, me agaché a mirar productos que no necesitaba y dejé que el vestido hablara por mí. No me costó demasiado convencerlos. A cambio del depósito lleno, una mamada rápida en la parte de atrás, junto a los surtidores viejos, en un punto desde el que Darío, apoyado en el coche, podía verlo todo.

***

Me arrodillé en la grava. El joven se adelantó primero y yo me apliqué con tantas ganas que tardé en notar que el mayor se había colocado detrás de mí. Un dedo, después su mano entera en la cadera, después él, sin prisa. Intenté gemir y solo me salió un gruñido ahogado.

Un calambre me recorrió de arriba abajo y miré al chico al que tenía delante, suplicando más sin palabras. Se turnaron. Me manejaban como a una muñeca y a mí me encantaba serlo. Con la boca libre un segundo, dije en voz alta lo mucho que me gustaba, y eso no pasó desapercibido para los camioneros que descansaban cerca.

Los dos chicos terminaron justo a tiempo para que Darío les anunciara a los camioneros, con una sonrisa, que su novia alquilaba la compañía por diez euros a cada uno. Aclaró las reglas como quien lee una lista de la compra: lo que era suyo seguía siendo suyo, el resto estaba abierto a negociación. No tardaron en hacer fila.

Me sujetó la cabeza contra su entrepierna y me colocó las pinzas en los pezones. Disfruté tanto que no llevé la cuenta. Solo quería más, sentirme usada y deseada a partes iguales, esa mezcla absurda que solo entiendo cuando él me mira mientras ocurre. Les di las gracias a todos, y sobre todo a Darío, por hacerme sentir tan completa.

***

Los chicos llenaron el depósito y Darío usó el dinero para comprar un par de regalos en la tienda. Obviamente no íbamos a presentarnos en casa de sus padres con las manos vacías. Me arreglé el vestido dejando las pinzas debajo, para que se marcaran a través de la tela, y me lavé la cara y las rodillas como pude en el baño de la gasolinera.

De camino, como recompensa, me dejó volver a usar el juguete mientras él conducía. Llegamos a su edificio con el tiempo justo, subimos en el ascensor y, antes de salir, me hizo prometer que me portaría bien. Asentí. Las dos sabíamos —yo y mi reflejo en el espejo del ascensor— que no iba a cumplirlo.

La cena transcurrió casi con normalidad. Alguna mirada de más de su padre, alguna mirada de hielo de su madre, las sonrisas distraídas de sus hermanos y la mano de Darío bajo el mantel, dejándome al borde varias veces. Lo de siempre en esas reuniones.

Al terminar me ofrecí a recoger la vajilla. Estaba fregando con las piernas muy juntas, intentando calmar el ardor, cuando una cuchara cayó bajo el grifo abierto y me salpicó la cara y el escote. Solté un grito pequeño que alarmó a Ernesto, el padre de Darío, que apareció con la excusa de ayudarme.

—No dejes de fregar los platos —susurró a mi cuello, colocándose detrás.

***

Asentí mientras él me bajaba el vestido y descubría las pinzas. Me tapó la boca con una esponja para que no se oyera nada en el salón, donde su mujer y el resto seguían hablando. Se rió al comprobar que no llevaba ropa interior y empezó a decirme lo mucho que le provocaba mientras yo seguía fregando, con las manos temblando bajo el agua.

Me daba un pánico enorme y un morbo igual de grande que la puerta de la cocina estuviera entreabierta. Ernesto se recreó en lo abierta que estaba, sin saber lo que había ocurrido un par de horas antes en la gasolinera, convencido de que descubría un territorio virgen. Dejé que lo creyera. A veces la fantasía del otro es el mejor regalo.

Me ordenó que no parara de fregar. Todo mi cuerpo se sacudía con cada embestida, los platos chocaban en el escurridor y yo apretaba los dientes contra la esponja. Cuando terminé la última fuente, terminé yo también, en un orgasmo que me obligó a agarrarme a la encimera para no caer.

—Voy a decirle a mi hijo que ya deberíais iros —dijo, recomponiéndose la camisa—. Eres una buena chica.

Me dio una palmada en el muslo y me dejó allí, temblando frente al fregadero, con el agua todavía corriendo.

***

Darío me metió en el ascensor, se despidió de sus padres con dos besos y entró conmigo. En cuanto se cerraron las puertas me bajó el vestido sin mediar palabra.

—Así es como te gusta, ¿eh? —dijo contra mi oído—. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo te miraba mi padre?

Asentí. Me puso la cadena de los pezones entre los dientes y el ascensor empezó a moverse al ritmo que él marcaba. Yo tenía los ojos en blanco y solo podía pedirle más, pedirle que me castigara por ser tan suya, que hiciera conmigo lo que quisiera. Terminó marcándome como lo que soy para él, y salimos al garaje sin que ninguno de los dos hubiera dejado de reírse.

Ya en el coche me hizo sacar medio cuerpo por la ventanilla. Mi cara quedó al alcance de cualquiera mientras él conducía de vuelta y se entretenía con el juguete y el mando. No sé cuántas veces me corrí en ese trayecto, pero los asientos tardaron días en secarse y aún hoy me río cada vez que recuerdo la cara del vecino del cuarto al cruzarnos en la rampa.

Ahora, cada vez que cojo el coche, me aseguro de llevar un plug puesto y las pinzas enganchadas al volante. Y estoy loca de alegría porque este domingo volvemos a cenar a casa de sus padres.

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Comentarios(5)

PattyRosario

Dios mio que relato!! me quedé sin palabras

CuriosaLec_32

Espero la continuacion por favor, esto no puede quedar asi!!

Pablito_BsAs

Se nota que es una confesion real, tiene ese algo que los inventados no tienen. Muy bueno

NenaAtrevida_ok

Que tan seguido pasa esto? me muero de la curiosidad jajaja

Maiki_lector

increible!! sigue publicando

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