Lo que pasé en esa fiesta y nunca confesé a mi novio
Nunca se lo conté a Gonzalo. Llevamos casi cuatro años juntos y hay una noche que sigue siendo solo mía, guardada en un cajón al que vuelvo cuando quiero sonrojarme a solas. La escribo ahora porque necesito sacarla de adentro, aunque sea sin nombre y sin cara. La escribo con las piernas apretadas, porque de solo acordarme se me humedece el coño como aquella madrugada.
Todo empezó un viernes, con una llamada de Carla. Mi amiga del trabajo, la que siempre se atreve a lo que yo solo pienso.
—¿Tenés algo el sábado? —me preguntó—. Hay una fiesta y puedo llevar a alguien.
—Yo no estoy invitada —respondí, riéndome de la propuesta.
—Me dijeron que lleve a quien quiera. Y Gonzalo trabaja de noche este fin de semana, ¿o me equivoco?
No se equivocaba. Mi novio hacía guardias nocturnas y yo me quedaba dando vueltas por el departamento, mirando series que no me importaban. Acepté antes de pensarlo demasiado.
Carla pasó a buscarme en el auto de su hermano. Tiene veintiséis años, tres menos que yo, pero conduce con una seguridad que a mí todavía me falta. En el camino me contó de quién era la fiesta.
—Son tres hermanos. Marcus, el mayor, tiene treinta y dos. Después está André, y el cumpleañero es Bruno, que hoy cumple veintiocho. Hijos de padres del Caribe, criados acá. Y son… —hizo una pausa teatral— una postal.
Me reí, pero ella siguió, bajando la voz como si alguien pudiera escucharnos en el auto vacío.
—Con Marcus estuve hace unas semanas. Me la metió como nadie, Mari. Todavía me acuerdo del tamaño. Y quiero repetir. —Me miró de reojo en un semáforo—. Vos una vez me dijiste una fantasía. Esta noche podrías cumplirla, si te animás.
Sentí que las mejillas me ardían y algo más abajo también. Era cierto: una madrugada, después de demasiado vino, le había confesado que a veces soñaba con una polla negra bien grande abriéndome en dos, con un hombre alto, oscuro, distinto a todo lo conocido. Pero eran sueños. Cosas que una piensa con los dedos hundidos entre las piernas y jamás dice en voz alta.
Eran solo sueños, me repetí mientras subíamos por una calle arbolada. Y sin embargo ya sentía el calambre entre los muslos, la bombacha pegándose de a poco.
Carla tocó el timbre de una casa baja con las luces tibias filtrándose por las cortinas. Tardaron en abrir, y cuando lo hicieron, entendí lo de la postal. Un hombre enorme, cerca del metro noventa, de hombros anchos y sonrisa lenta, llenó el umbral. La camisa gris se le tensaba sobre el pecho y el pantalón le marcaba un bulto que me hizo tragar saliva.
—Hola, Carla. —Después me clavó la mirada—. Y vos debés ser Mariela. Pasen.
—Hola, Marcus —saludó ella, dándole un beso en la mejilla que duró un segundo de más.
—Encantado de tenerte acá —me dijo él—. Carla nos habló mucho de vos.
—Espero que solo cosas buenas —contesté, y me arrepentí del cliché apenas lo solté.
—Solo cosas buenas —repitió, sosteniéndome la puerta y rozándome la cintura al pasar.
Adentro había gente por toda la planta baja, música a un volumen que dejaba hablar, vasos que iban y venían. Marcus nos trajo un trago a cada una. Mientras bebía, me di cuenta de algo: pese a ser mayor que Carla, esa noche yo me sentía la más nueva, la más fuera de lugar, la que no sabía las reglas del juego. Y sin embargo el coño me latía como si supiera perfectamente adónde iba.
***
Al rato se sumó otro de los hermanos. André. Tan alto como Marcus, con una camisa blanca abierta en el cuello y una manera de moverse que parecía estudiada.
—Él es André —dijo Carla—. André, ella es Mariela. Mari para los amigos.
Le di la mano y volví a recordar lo que ella me había contado en el auto. Lo miré sin querer y aparté la vista enseguida, pero ya era tarde: Carla me conocía demasiado.
—Se te ponen rojas las mejillas cuando algo te gusta —me susurró al oído, apartándome un mechón de pelo—. ¿Qué te parece André? Mirale el paquete, Mari. No seas boluda, mirá.
No le contesté. No hacía falta. Miré. Y bajo el pantalón de vestir se le dibujaba una verga gruesa, larga, que colgaba pesada contra el muslo. Carla sonrió, se mordió el labio y se acercó a él. Bailó pegada a su cuerpo, le pasó las manos por el pecho, le habló al oído cosas que yo no escuché. Le agarró el bulto sin disimulo, apretó, y él dejó escapar una sonrisa lenta. Yo los miraba desde el sillón, con el trago sudándome en la mano, sintiendo cómo el calor me bajaba por el cuerpo sin permiso. La bombacha ya era un desastre.
Marcus volvió con una bandeja de tragos y, detrás, apareció el cumpleañero.
—Feliz cumpleaños —le dije a Bruno cuando se sentó a mi lado.
—Gracias. ¿Sos amiga de Carla? —me preguntó, mirándome con una curiosidad tranquila.
—Sí. Soy Mari.
—Algo escuchamos de vos —dijo, y la frase me dejó con una pregunta en la punta de la lengua que no llegué a hacer.
Porque en ese momento Carla volvió hacia nosotros, me tomó de la muñeca y, sin soltar la sonrisa, dijo algo que cambió la temperatura de toda la sala.
—Vicky… —se equivocó de nombre adrede, riéndose— Mari, quise decir. Acompañame arriba. Necesito hablar con vos.
—¿Subimos los cinco? —propuso Marcus, como si lo hubiera pensado desde antes.
Miré a Carla. Carla me miró a mí. Y aunque toda la cordura me pedía quedarme abajo, terminé mi trago de un trago y la seguí escaleras arriba, sintiendo los ojos de los tres clavados en mi culo mientras subía.
***
La habitación estaba en penumbras. Había un sofá grande contra una pared, una cama en un rincón y un escritorio cargado de papeles. La música llegaba lejana, amortiguada por el piso de abajo. Marcus sirvió otra ronda y el primer vaso se vació casi solo.
—Mari, vos hacé lo que quieras —dijo Carla mientras se sentaba a horcajadas en el regazo de André—. Yo vine a coger, y no pienso desperdiciar la noche.
Lo besó. Un beso largo, con la lengua bien adentro, sin pudor, de esos que dejan claro que ya no hay vuelta atrás. Le sacó la camisa de un tirón y le pasó las manos por el pecho oscuro y trabajado. Yo quedé en el sofá, con Bruno a un lado y un espacio incómodo al otro. El cumpleañero me puso una mano en la rodilla, apenas, esperando que yo decidiera.
Y decidí. Apoyé mi mano sobre la suya y la dejé subir, muslo arriba, hasta el borde de la bombacha empapada.
—¿Estás segura? —me preguntó en voz baja, con una delicadeza que no esperaba de alguien de su tamaño.
—Es tu cumpleaños —contesté, y me sorprendí de mi propio descaro—. Algo te merecés. Y ya estoy toda mojada de solo pensarlo, así que no me hagas dudar.
Se le escapó una risa ronca y me besó. Tenía los labios suaves y olía a cedro y a algo cítrico. Su lengua se me metió en la boca con una calma que me hizo temblar. Mientras nos besábamos, sus dedos apartaron la tela de la bombacha y me acariciaron el coño de arriba abajo, deslizándose en mis jugos.
—Estás empapada, Mari —me susurró contra la boca—. Mierda, qué rica estás.
—Ya te dije —jadeé yo, agarrándole la mano para que apretara más.
Del otro lado del sofá, Carla ya le había abierto el pantalón a André. Le sacó la polla afuera y yo no pude no mirar: una verga negra, enorme, gruesa como una muñeca, con la cabeza brillante. Carla se rió al verme la cara y, sin soltarle los ojos a André, se agachó y se la metió entera en la boca. La escuché atragantarse, tragar, gemir con la boca llena. Esa banda de sonido me prendió fuego. Sentí que se me contraía todo por dentro.
Marcus se acercó por mi otro lado. No dijo nada; solo me apartó el pelo del cuello y me besó ahí, justo donde sabía que me iba a estremecer. Al mismo tiempo Bruno me metió dos dedos hasta el fondo del coño, con una lentitud calculada, y empezó a mover la mano. Entre los dos hermanos me sentí pequeña y enorme a la vez, deseada de una manera que nunca había experimentado. Marcus me bajó el vestido hasta la cintura, me soltó el corpiño y me atrapó una teta con la boca, chupándome el pezón fuerte, mordiéndolo hasta que grité.
—Carla tenía razón —murmuró Marcus contra mi piel—. Te encendés rapidísimo. Tenés las tetas duras, la concha chorreando… sos una puta hermosa.
No le respondí. No podía. Bruno seguía cogiéndome con los dedos y Marcus me recorría la espalda con la palma abierta mientras me mordía el cuello. Me dejé llevar hacia atrás en el sofá, con los ojos cerrados, sintiendo cuatro manos que parecían más, bocas que se turnaban, el peso del deseo aplastándome cualquier idea de culpa.
Carla apareció de pronto frente a mí, despeinada y radiante, con los labios hinchados de mamar. Se rió con esa picardía suya.
—A esta le encanta dar besos —les dijo a los hermanos, señalándome—. Pero todavía no probó la mitad de lo que hay esta noche. Sacale todo, Bruno. Que la veamos.
Me ayudó a sacarme el vestido por la cabeza y la bombacha empapada me la bajó ella misma, arrastrándola por las piernas. Al hacerlo, me dio un beso fugaz en los labios, algo que ella y yo nunca habíamos cruzado antes. Fue raro y fue perfecto. Su lengua me rozó apenas y sentí un tirón nuevo en el estómago. Después se volvió hacia André, se levantó la pollera hasta la cintura, se sacó la bombacha de un tirón y se sentó de espaldas sobre él, empalándose de una en su verga negra. Gritó cuando entró y siguió gritando, moviéndose arriba y abajo, con Andres agarrándole las tetas por debajo.
Yo me quedé con Marcus y Bruno repartiéndose mi atención. Bruno se arrodilló entre mis piernas, me las abrió con las dos manos y me hundió la cara en el coño. Sentí su lengua ancha y caliente lamerme entera, de abajo hacia arriba, cerrándose sobre el clítoris con una succión que me arrancó un grito. Marcus me tapó la boca con la suya y me besó mientras Bruno me comía. Cuando por fin me soltó, yo ya no sabía dónde estaba.
—Chupámela —me pidió Marcus, sacándose la polla del pantalón—. Quiero ver esa boquita ocupada.
Bajé la vista y casi me atraganto de solo verla. Era enorme, oscura, con las venas marcadas y la cabeza morada tan gruesa que me pregunté si me iba a entrar. La agarré con las dos manos, la lamí desde la base hasta la punta y me la fui metiendo de a poco. Marcus me agarró del pelo y me la empujó más adentro, hasta que sentí que se me cerraba la garganta. Volví a subir, tragué saliva, y volví a bajar. Me la cogí con la boca como pude, mientras Bruno seguía chupándome el coño y me metía tres dedos, curvándolos contra ese punto que me hacía retorcer.
—Ay, dios, así, así —jadeé apenas Marcus me sacó la polla de la boca—. No pares, Bruno, no pares…
***
No voy a contar cada minuto. Hay cosas que se desdibujan, y otras que tengo clavadas. Tengo clavada la primera vez que perdí el control esa noche, con la boca de Bruno donde nunca un cumpleañero debería estar agradeciendo, chupándome el clítoris sin piedad, y Marcus sosteniéndome la cara para mirarme a los ojos mientras yo me deshacía. Me corrí a los gritos, empujándole la cara contra el coño, con las piernas temblando alrededor de sus hombros. Y no habían pasado ni dos minutos cuando Bruno se subió sobre mí, se puso la verga en la mano y me la fue metiendo de a poco.
—Qué apretada estás, mierda —gruñó, empujando—. Cómo me chupa la concha, Mari…
—Metémela toda —le pedí—. Toda, Bruno, dale.
Y me la metió toda. Grité contra el hombro de Marcus, que me había arrimado su polla a la boca de nuevo. Bruno empezó a cogerme fuerte, con embestidas largas que me hacían golpear la cabeza contra el brazo del sofá. Marcus me la volvió a meter en la boca y ahí me tuvo, con una verga en el coño y otra entre los labios, chupando y siendo cogida al mismo tiempo, como una perra en celo.
Del otro lado, Carla ya estaba en el piso, en cuatro patas, con André cogiéndosela por detrás. Cada envión de él la hacía gemir alto, y cada gemido me apretaba a mí un poco más adentro.
Tengo clavado el momento en que Carla, del otro lado del sofá, gritó algo que ni ella entendía y se aferró al respaldo, temblando, con André todavía metido hasta el fondo, corriéndose adentro de ella con un rugido. Nos miramos un segundo, las dos al borde, y nos reímos sin aire, cómplices de una locura que íbamos a guardar para siempre.
Y tengo clavado, sobre todo, lo que pasó después, cuando ya había perdido la cuenta de mis propios temblores. Bruno se apartó, jadeando, y Marcus me dio vuelta en el sofá, me puso de rodillas contra el respaldo y se metió atrás de mí. Me agarró de las caderas y me clavó su polla de una sola vez. Aullé. Nunca había sentido nada tan grueso. Se quedó un segundo quieto adentro, para que me acostumbrara, y después empezó a cogerme como si quisiera romperme. Bruno se paró frente a mí, todavía duro, y me acercó la verga a la boca. Se la mamé sin pensarlo, chupándomela mientras su hermano me la partía por atrás.
—Así, puta, así —me decía Marcus, dándome una palmada en el culo que hizo eco en la habitación—. Chupá bien fuerte a mi hermano. Es su cumpleaños. Regalale la boca.
Yo obedecía, gimiendo con la boca llena, con los ojos hechos agua, sintiendo que me iba a correr de nuevo. Y cuando me corrí, me corrí gritando contra la polla de Bruno, apretándome sobre la de Marcus, temblando entera.
Y ahí, justo ahí, sonó mi celular.
Carla lo agarró de la mesita y miró la pantalla con los ojos muy abiertos.
—Es Gonzalo —dijo, tapando el micrófono con el pulgar.
El corazón me dio un vuelco. Mi novio. Llamando desde su guardia, sin imaginar nada, mientras yo estaba en esa habitación con la respiración rota, la piel ardiendo y una polla todavía metida en el coño.
—No puedo… —empecé, pero Carla ya había decidido por mí.
—Atendé normal —me ordenó en un susurro—. Yo te ayudo. Y pongo el altavoz, así nos reímos después.
Apenas tuve tiempo de respirar dos veces. Marcus, a mi espalda, no parecía dispuesto a frenar; al contrario, me clavó los dedos en la cadera y siguió moviéndose despacio, entrando y saliendo con una perversidad que me hizo cerrar los ojos. Atendí con la voz más tranquila que pude fingir.
—Hola, mi amor.
—Hola, pequeña. ¿Todo bien? ¿Te estás divirtiendo? —La voz de Gonzalo sonaba cansada, dulce, completamente ajena.
—Sí… muy bien —contesté, y tuve que apretar los dientes cuando Marcus me hizo perder el hilo con una embestida más profunda—. La fiesta está increíble.
—Te escucho rara. ¿Qué estás haciendo?
Carla se tapaba la boca para no estallar de risa. Bruno, frente a mí, se me acariciaba la polla contra los labios sin metérmela, disfrutando la escena. Yo busqué cualquier excusa, lo primero que se me cruzó.
—Estamos en el buffet, comiendo. Hay unas salchichas calentísimas, casi me quemo la lengua —solté, y Carla tuvo que hundir la cara en un almohadón para no delatarme con una carcajada. Bruno me metió la verga en la boca ahí mismo, ahogándome un gemido, y yo tuve que sostener el teléfono con la mano temblando.
—Ja, cuidado con eso —se rió él, sin sospechar nada—. Bueno, disfrutá. Te dejo, que me llaman acá.
—Sí, mi amor. Nos vemos mañana —dije, sacándome la polla de la boca lo justo, con un hilo de saliva colgando del labio.
—Te quiero. Portate bien.
—Yo también —dije, y colgué justo a tiempo, antes de que un suspiro me traicionara. Un segundo después, Marcus me empujó a fondo y se corrió adentro mío con un gruñido que le nació de la garganta. Sentí los chorros calientes llenándome y no pude aguantar: me corrí yo también, mordiendo el almohadón para no gritar.
Apoyé el celular boca abajo y me quedé mirándolo un segundo, con una mezcla de vértigo y de adrenalina que no sabía dónde poner, todavía con Marcus adentro. Carla levantó la cabeza del almohadón, roja, llorando de risa.
—«Casi me quemo la lengua» —repitió, sin aire, señalando la polla de Bruno—. Sos un peligro, Mari.
Y yo, que nunca me había sentido tan culpable y tan viva al mismo tiempo, me reí con ella hasta que la risa se volvió otra cosa. Bruno todavía no había terminado. Se acostó de espaldas en el sofá y me llamó con el dedo. Me subí encima, me acomodé su polla en el coño chorreado por su hermano y me empalé de una. Empecé a moverme yo, rebotándole en la pija, con las tetas saltándome delante de la cara. Él me agarró las caderas y me ayudó a saltar más fuerte. Marcus se acercó, me abrió el culo con las dos manos y yo entendí lo que venía. Me metió un dedo húmedo, después dos, y después la punta de la verga.
—Aflojate —me susurró en el oído—. Vas a ver qué rico.
Nunca me habían cogido en el culo. Aullé cuando la fue metiendo. Dolía y no dolía. Bruno seguía moviéndose abajo mío y Marcus arriba, y entre los dos me llenaron por completo. Fue algo animal, obsceno, imposible de olvidar. Me corrí una vez más, chorreando entre los dos hermanos, y sentí a los dos correrse dentro mío casi al mismo tiempo.
La noche siguió su curso. Perdí la cuenta de las veces, de las bocas, de las manos. En algún momento Carla se acostó a mi lado, sudada, y me abrazó como una amiga que también era otra cosa esa noche.
***
Cuando volvimos en el auto, ya de madrugada, las calles estaban vacías y nosotras en silencio. Carla manejaba con una sonrisa fija, satisfecha. Yo miraba por la ventanilla, repasando cada imagen, cada decisión. Me ardía todo, y me gustaba que me ardiera.
—Tenía una fantasía —le dije al fin—. La de estar con alguien así. Ya está. Ya la cumplí.
—Con tres, querida —me corrigió ella, divertida—. Y en los tres agujeros.
—Con tres —admití, y me reí bajito—. Y a partir de ahora, le soy fiel a Gonzalo.
Carla giró la cabeza un instante, me miró con esa cara de quien no se cree del todo una promesa, y soltó una carcajada que llenó el auto.
Nunca volví a esa casa. Nunca le conté nada a mi novio. Y sin embargo, cada tanto, cuando suena un timbre por la noche o alguien menciona una fiesta de cumpleaños, vuelvo a sentir el calor subiéndome por el cuello, igual que aquella vez en el umbral, y la mano se me va sola entre las piernas. Algunas confesiones se hacen en voz alta. Otras, como esta, se escriben para una sola, con los dedos ocupados.





