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Relatos Ardientes

Me hice la borracha para cumplir mi fantasía secreta

Me llamo Marina y voy a hacer una confesión. Todo lo que viene a continuación ocurrió de verdad. Voy a intentar contarlo con el mayor detalle posible, cambiando algún dato para proteger a quien estuvo conmigo esa tarde, pero sin maquillar nada de lo que sentí ni de lo que busqué.

Para que os hagáis una idea: estudié una carrera muy masculina en una ciudad del sur, y cuando pasó esto tenía poco más de veinte años. Soy de estatura media, rubia, pelo liso, ojos claros y rasgados, pecho grande, caderas anchas y unas piernas fuertes que no se deben a ningún deporte sino a pura genética. Me considero atractiva. Me lo dicen, pero eso prefiero dejarlo al juicio de los demás.

En mi universidad había un festival que cambiaba de nombre cada curso y que todos llamábamos las Sangrías. Montaban un recinto en las afueras con conciertos, música electrónica y litros de alcohol. Miles de estudiantes íbamos hasta allí, nos emborrachábamos, nos llenábamos de pintura en polvo y volvíamos a casa como buenamente podíamos. El recinto quedaba a un cuarto de hora andando del pueblo donde estaba el campus, así que muchos hacíamos el camino a pie.

Aquel año fui con mis amigas y mis compañeras de piso. Una vez dentro nos cruzamos con gente de mi carrera; era costumbre que cada promoción llevara la misma camiseta con alguna frase para «representar» el grado. Me dediqué a beber, bailar y hablar. Llevaba un par de horas rozándome con chicos entre el gentío, muchos sin camiseta, y empezaba a ponerme. En algún momento perdí a mis amigas. Con decenas de miles de personas alrededor, buscarlas era inútil.

Hacía un calor de abril pegajoso, tenía la piel cubierta de sudor y de polvos de colores. Notaba las gotas resbalándome entre los pechos. Las mallas se me ceñían y el tanga se me metía entero por la raja; lo sentía a cada paso. El calentón no se me iba y empecé a humedecerme. Me vinieron a la cabeza esos pensamientos que aparecen solos: irme a casa, meterme en la ducha y tocarme. Estaba cansada, algo borracha y no iba a reencontrar a nadie.

La prioridad pasó a ser otra: me estaba meando. Fui sola hasta los baños portátiles, entré en uno y salí al instante sin haber meado, porque el olor casi me hace vomitar. Me ahorro los detalles. La facultad quedaba de camino al pueblo, abierta porque era día laboral, así que decidí parar allí y usar un baño decente antes de seguir.

En la salida del recinto me topé con Iván, un compañero de clase. Era uno de los chicos con los que había estado restregándome una hora antes. Iván había sido muy amigo de mi ex y había pasado muchas tardes en el piso que ambos compartían, así que entre nosotros había confianza. Me acordé de una vez en que, sabiendo que él estaba en la habitación de al lado mientras yo me acostaba con mi ex, gemí más fuerte de lo necesario solo para que me oyera.

Iván era un poco más alto que la media, moreno, con el pelo negro cayéndole por la cara y un punto andrógino que siempre me ha gustado en los chicos. Tenía el cuerpo atlético, creo que practicaba algún deporte de contacto. Reconozco que en su día le mandaba a mi ex fotos y vídeos bastante explícitos, casi cualquier cosa que me pidiera, y una vez me pidió permiso para enseñarle una de mis fotos a Iván. Le dije que sí. Imaginar que Iván la había visto, que incluso podía haberse tocado pensando en mí, me encendía más de lo que debería admitir.

Le dije que me iba ya. Él contestó que también: había perdido a sus amigos y estaba reventado. Empezamos a caminar juntos hacia el pueblo.

***

Durante el camino, no sé muy bien por qué, empecé a fingir que iba mucho más borracha de lo que estaba. Si mi borrachera real era un cuatro, yo actuaba un ocho: arrastraba las palabras, me tambaleaba, me reía a carcajadas de cualquier tontería suya y buscaba contacto físico todo el rato. Le pasaba la mano por la espalda, le agarraba del brazo, lo empujaba con el hombro. Él respondía a todo y me devolvía los gestos.

Creo que es buen momento para explicar mi fantasía, y sospecho que es más común entre mujeres de lo que parece. Llevaba años tocándome con ella. No es que me fuercen cuando no quiero; es que me fuercen justo cuando sí quiero, pero hago como que me niego porque «no debería». Un chico que me gusta se me insinúa en un sitio apartado, yo lo rechazo tímidamente, él insiste y se impone, y yo me resisto solo en apariencia mientras por dentro deseo que siga. Casi siempre la imagino en un baño. Tengo cierto fetiche con ellos.

Cuando llegamos a la altura del campus, le dije que necesitaba mear y le pedí que me acompañara porque iba muy borracha. Para entrar había que subir un murete de piedra desde el carril bici. Lo escalé yo primero y le pedí que me empujara desde atrás, con la esperanza de que aprovechara para tocarme el culo. No lo hizo. Al llegar arriba me agaché en cuclillas a propósito, de modo que la goma de las mallas se bajó y dejó mi tanga blanco al descubierto. Sentí el aire en la piel y supe que Iván lo había visto. Eso me puso todavía más.

Le propuse ir a la facultad de Farmacia, famosa entre los de mi clase por tener los mejores baños del campus: siempre vacíos, impecables y escondidos. Seguimos con el tonteo de camino y llegamos.

A esas alturas no podía pensar en otra cosa. Necesitaba que ese chico me la metiera. Eran las circunstancias perfectas para cumplir mi fantasía: iba bebida, un poco fumada, estaba muerta de ganas con el sexo empapado, con un chico que me gustaba, en unos baños y sin nadie alrededor que pudiera juzgarme. Si alguna vez iba a hacerlo, era ese momento.

***

Bajamos a la planta inferior sin cruzarnos con nadie. Le dije que entraba y le lancé una mirada esperando que me siguiera, pero no vino. Entré al baño de chicas, me metí en un cubículo y por fin meé; llevaba demasiado aguantándolo. Al limpiarme comprobé que estaba completamente empapada. Me quedé unos segundos con la puerta abierta, esperando que apareciera, hasta que entendí que no iba a hacerlo: temía que hubiera otras chicas dentro.

Por un instante pensé en tocarme yo sola, quitarme el calentón e irme a casa sin líos. Pero decidí seguir adelante; en mi estado todo me parecía buena idea. Salí, lo llamé y le dije que iba fatal de borracha, que necesitaba ayuda y que no había nadie. Fingí tambalearme y apoyarme en las paredes. Lo cogí de la mano y tiré de él hasta el cubículo. Le pedí que echara el pestillo.

Me planté delante de él, muy cerca, y le puse esa mirada de cachorro que en estos contextos no admite confusión. Se lanzó a besarme. Me agarró del culo y me apretó contra su cuerpo, y noté su erección empezando a crecer contra mi vientre. Le metí la mano dentro del pantalón mientras me comía la boca.

Yo quería que fuera más dominante, que me obligara casi contra mi voluntad, y antes de que aquello derivara en un polvo normal y corriente se lo hice saber. Era ahora o nunca. Mientras se la tocaba por dentro del pantalón, me acerqué a su oído.

—Quiero que me fuerces —le susurré.

Se tomó unos segundos para reaccionar, disfrutando de mi mano. Sentí que debía aclararlo.

—Aunque te diga que no, tú sigue. Úsame.

Me apartó de un movimiento y se colocó de espaldas a la taza. Me atrajo de un tirón de la camiseta, me la quitó y me quedé en sujetador. Mi plan era dejarme dominar y obedecer hasta que me llevara al borde, y a partir de ahí empezar mi fantasía fingiendo resistencia.

Con una mano me cogió de la nuca y con la otra del cuello, abarcándolo entero. Se sentó y me acercó la cara a su entrepierna. Empecé a mordérsela por encima de la tela, lamiéndola como si fuera una perra. Me metió dos dedos en la boca, hasta el fondo, y aunque me dieron arcadas no me quejé. La saliva empezó a caerme por la barbilla hasta los pechos, mezclándose con el sudor y la pintura. Yo estaba de rodillas, con el culo en el suelo, mientras me usaba. Notaba cómo empapaba el tanga y las mallas.

Se desabrochó, se sacó la polla y me agarró del pelo como haciéndome una coleta.

—Saca la lengua —me ordenó.

Obedecí y empezó a restregarme la punta. Me llegó su sabor, salado, y el sexo casi me vibraba. Pensaba en pedirle que me la metiera de una vez, pero me callé para seguir el juego. Se me escapaban jadeos. Me acercó más hasta que la tuve entera en la boca, apretándome hasta que mis labios tocaron la base. Notaba la punta en lo más hondo de la garganta y, sin embargo, no me daba arcada. Me manejaba como a un juguete mientras yo solo intentaba respirar.

—Quítate el sujetador —me dijo.

Me puse de pie, me lo solté y lo dejé caer. Se quedó mirándome los pechos, me los sobó unos segundos.

—Cómetelos.

De pie, empecé a manoseármelos y a chuparme los pezones, que se endurecían mientras me apretaba. Él se la meneaba mirándome.

***

Iván se levantó, me movió como a una muñeca y me puso de cara a la taza. En ese punto habría pagado por que me la metiera; nunca había necesitado tanto algo dentro. De un tirón me bajó las mallas y el tanga, pero se detuvo y me volvió a colocar el tanga en su sitio, dejándome las mallas en los tobillos. Yo estaba inclinada hacia delante, apoyada con ambas manos.

Se arrodilló detrás de mí y empezó a jugar con la tela: me la hundía en la raja, me la movía, me la apartaba a un lado, me la volvía a poner. Esa espera, con él inspeccionando de cerca lo más íntimo de mi cuerpo, me encantaba. Por fin me bajó el tanga hasta los tobillos y apoyó la punta en mi entrada. Sentí un calor recorrerme entera. Me la metió despacio; estaba tan mojada que la sensación fue como si hubiera medio litro de lubricante. Se me escapó el gemido más profundo y sincero que he soltado en mi vida, gutural, animal. Empujó y la sentí entrar del todo, mis nalgas chocando contra él. La notaba apretada dentro de mí.

Me cogió de los hombros y empezó a embestir con fuerza y a buen ritmo. De este tramo, por mi estado, no recuerdo todos los detalles; estaba ida. Sé que me tapaba la boca porque gemía como una loca, y que a ratos me agarraba los pechos por detrás. Estaba tan mojada que cada embestida sonaba como una palmada contra el agua, y notaba el flujo deslizándose por el interior del muslo hasta la rodilla.

Me agarró del cuello desde atrás y apretó, y sentí una descarga de emoción porque aquello ya se parecía mucho a lo que tantas veces había imaginado. La presión en la cabeza me dejaba atontada unos segundos mientras él seguía entrando y saliendo. Cambió de mano y bajó la derecha hasta mi sexo. No tardé ni diez segundos en correrme. Cuando lo notó, dejó de embestir, me apretó más el cuello y se quedó dentro del todo. Me retorcí, gemí sin control y tuve uno de los mejores orgasmos de mi vida.

***

Después me temblaban las piernas. Iván seguía detrás, con la mano en mi cuello, mi espalda arqueada contra su pecho y mi barbilla alzada hacia el techo. Me la sacó y empezó a restregarme la punta de arriba abajo. Sabía lo que hacía: llevaba humedad hacia atrás porque quería metérmela por el culo. Ahí me preocupé un poco, porque mi experiencia anal se limitaba a algún juguete pequeño y muy de vez en cuando. Me iba a doler.

Me agarró la mandíbula, me metió el índice en la boca, lo restregó contra mi lengua y luego me lo introdujo despacio por detrás. Noté algo de dolor al entrar y una sensación muy placentera al salir. Lo embadurnó de flujo y repitió la operación varias veces, hasta dejarme completamente lubricada por dentro. Me sentía sucia, y eso me ponía todavía más; salvo una foto que en su día le había mandado a mi ex, nunca había dejado que nadie me tocara ahí.

Me quitó la mano del cuello para empujarme la espalda hacia abajo. Me quedé con el culo en pompa, la espalda arqueada y las manos sobre la taza. Me dio unos azotes fuertes, de los que dejan marca durante días, y yo respondía con una mezcla de gemidos y quejidos. Paró, y noté la punta apoyada en mi ano. Llevaba diez o quince minutos sin decir una palabra. Me giré.

—No sé si voy a poder —le dije.

Al volverme lo vi sin camiseta, con los abdominales cubiertos de sudor y cara de querer seguir durante horas. Aquello me dio otra descarga y me animó a continuar. Empezó a presionar. Su punta entraba con muchísima dificultad. Solté un grito pequeño y apoyé la mano en sus abdominales para que parara. Me apartó la mano, me cogió de la coleta y tiró hasta levantarme la espalda contra su pecho. Me soltó el pelo y me tapó la boca. Con la otra mano guió la polla y volvió a intentarlo. Avanzó un poco más. Mi quejido quedó ahogado.

Empezó a meter y sacar la punta, que ya entraba sin tantos problemas. Con cada embestida parecía ganar unos milímetros. Había tanto flujo por todas partes que la lubricación no fue el obstáculo. Aun bebida y algo fumada, me dolía bastante, pero estaba tan encendida por estar viviendo mi fantasía que me daba igual. Recuerdo pensar que, si me hacía daño, ya se curaría.

Poco a poco me la fue metiendo casi entera mientras yo gritaba y gemía con la boca tapada. No sé si llegó a entrar del todo. En ese punto sentí que aquello era el cien por cien de mi fantasía hecha realidad: él imponiéndose, yo disfrutando y protestando a la vez. En una de esas se quedó dentro, me agarró del cuello y volvió a tocarme. Notaba mi cuerpo completamente dilatado a su alrededor, y el atontamiento de la presión sumado a esa sensación hizo que el orgasmo fuera todavía mejor que el anterior. Las piernas me temblaron sin control y solté un balbuceo casi patético que me dio un poco de vergüenza. Esta vez apretó tan fuerte que estuve a punto de desmayarme; cuando me soltó, cogí aire como si saliera del fondo de una piscina.

***

Me ordenó que me arrodillara delante de él. Las piernas casi no me respondían y me dejé caer como un trapo. Mientras se la meneaba con fuerza, temí que me pidiera chupársela después de dónde había estado, pero no lo hizo. Yo no le quitaba los ojos de encima.

—Cierra la boca —me dijo.

La tenía abierta y con la lengua fuera, esperando el final, porque creía que se correría dentro. Pero quería hacerlo en mi cara. Cerré los ojos y noté cómo me llenaba, chorro a chorro, sobre todo la nariz y la boca, pero también la frente, los párpados y la barbilla. Todavía le quedaba un poco.

—Abre —murmuró.

Cayeron unas gotas sobre mi lengua. Me las tragué.

Abrí los ojos con dificultad. Iván ya se estaba vistiendo.

—Te espero fuera —dijo, y salió.

Me recompuse como pude, me senté en la taza, me subí el tanga y las mallas, que estaban empapadas, y me abroché el sujetador. Seguía tan caliente que me metí la mano dentro de las mallas y me toqué con la cara aún manchada. Me corrí en menos de medio minuto. Me limpié con papel y salí. Le pedí que aquello quedara entre nosotros, y ahí quedó. Después coincidimos dos veces más con la misma dinámica, hasta que él empezó a salir con su novia de entonces y perdimos el contacto del todo.

Llegué a casa y, antes de la ducha, me miré al espejo: todavía se notaban restos secos en la cara. Bajo el agua me volví a tocar repasándolo todo y tuve mi cuarto orgasmo del día. Recuerdo cada detalle precisamente por las veces que lo he repasado en mi cabeza desde entonces, aunque hayan pasado años.

El balance: un pequeño derrame en un ojo, algún cardenal y el mejor polvo de mi vida. Y una confesión extra: todavía hoy, de vez en cuando, pienso en aquella tarde mientras me acuesto con mi pareja.

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Comentarios (5)

MartinaRosario

me encantoooo!!! se nota que es de verdad, esas cosas no se inventan así

CuriosaLectura

¿y como te sentiste despues? eso es lo que mas me intriga, porque la fantasia cumplida no siempre es lo que uno imaginó

LuchoRP

Por favor seguí escribiendo, tenés un estilo muy fluido para contar esto. Se lee solo!

Rosa_84

Dios, me hiciste acordar a una situacion muy parecida que tuve hace unos años jaja. No me animé como vos pero lo pense mucho ese dia

Ferchu77

tremendo relato. corto pero poderoso

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