La confesión en el coche de una mujer católica
La conocí una madrugada cualquiera, de esas en las que uno entra a hablar con desconocidos sin esperar nada serio y termina encontrándose con alguien que le desordena la cabeza. Se llamaba Elvira, aunque no era su nombre real, y desde el primer mensaje dejó claro que no se parecía a las mujeres con las que yo solía quedar. Era reservada, educada, con ese tono de mujer acostumbrada a controlar lo que dice y lo que muestra.
Durante varios días hablamos de todo. De trabajo, de libros, de familias demasiado metidas en la vida ajena y de relaciones que habían salido mal. Tenía poco más de treinta, una presencia elegante y una educación rígida que se le notaba incluso por chat. Venía de un ambiente conservador, católico, de esos donde el deseo se esconde detrás de una sonrisa correcta y una falda impecable.
La primera vez que nos vimos solo tomamos unas cervezas. Fue una cita tranquila, sin grandes sobresaltos, salvo por la manera en que me miraba cuando yo soltaba alguna broma subida de tono. No se escandalizaba, pero tampoco seguía el juego. Sonreía, bajaba la vista y cambiaba de tema, como si quisiera proteger una parte de sí misma.
Después llegaron los mensajes de noche. Ahí ya no era tan contenida. Empezó a contarme lo que pensaba del sexo, de las ganas, del cuerpo, de la idea de llegar «entera» a una relación que considerara importante. A mí me sonaba contradictorio, porque en la misma conversación en la que defendía ese límite también me preguntaba cómo besaba, dónde me gustaba tocar y cuánto tardaba una mujer en correrse conmigo.
—No quiero acostarme con cualquiera —me escribió una noche—. Pero tampoco soy de piedra.
—Eso ya me había quedado claro —le respondí.
Ella tardó unos segundos en contestar.
—No te burles.
—No me burlo. Solo digo que me encantaría comprobar hasta dónde llega tu autocontrol.
Su respuesta fue un silencio largo y luego una frase que me dejó sonriendo frente a la pantalla.
—Tal vez menos de lo que crees.
Nos vimos otra vez unos días después. La recogí al anochecer y fuimos a tomar algo a un sitio discreto del otro lado de la ciudad. Llevaba una blusa clara, falda oscura y ese perfume limpio que no necesita imponerse para quedarse pegado en la nariz. Habló tranquila durante la cena, pero por debajo de la mesa rozó mi pierna dos veces con la suya. No fue casualidad.
Cuando salimos, me dijo que todavía no quería volver a casa. Maneje hasta una calle apartada, junto a un parque casi vacío, y apagué el motor. Durante unos segundos ninguno hizo nada. Solo nos miramos, con la tensión acumulada de todos esos mensajes en el aire cerrado del coche.
—Si te beso, no me salgas después con sermones —le dije.
—Si me besas, no me hagas hablar —contestó, girando apenas la cara hacia mí.
La besé sin apuro al principio. Sus labios estaban tensos, como si todavía dudara, pero en cuanto le mordí el labio inferior me agarró de la nuca y me devolvió el beso con hambre. La lengua le salió rápida, caliente, y enseguida dejó de parecer una mujer prudente. Empezó a respirar más fuerte, a pegar su pecho al mío, a soltar pequeños gemidos contra mi boca.
Metí la mano por su muslo y la sentí temblar. No me apartó. Al contrario, abrió un poco más las piernas dentro del asiento y apoyó la frente en mi hombro.
—Atrás —murmuró—. Vamos atrás.
Nos pasamos al asiento trasero con torpeza y prisa. Apenas cerró la puerta, se desabrochó la blusa y dejó sus tetas libres. Eran firmes, redondas, con los pezones tensos por la excitación y el frío ligero de la noche. Se notaba que no hacía eso a menudo, pero también que llevaba demasiado tiempo deseándolo.
Le chupé un pezón mientras ella me abría la camisa a tirones. Me apretó la cabeza contra el pecho y arqueó la espalda, soltando un gemido más largo, ya sin esa contención inicial. Le subí la falda hasta la cintura y le bajé las bragas. Estaba depilada casi por completo, dejando apenas una franja estrecha de vello que le daba un morbo brutal.
Pasé un dedo entre sus labios y lo saqué mojado. Mucho más mojado de lo que ella misma habría admitido.
—Así que esta era la mujer que iba a esperar —le susurré en el cuello.
—Cállate y sigue —me dijo, jadeando.
Me arrodillé como pude entre sus piernas y le abrí el coño con los dedos. La primera lamida la hizo temblar entera. La segunda ya la dejó con las manos clavadas en mi pelo. Tenía un sabor limpio, caliente, y un gemido ronco que se volvía más sucio cada vez que mi lengua le rozaba el clítoris.
La chupé sin prisa, recorriéndole toda la raja con la lengua, metiéndola dentro, volviendo arriba para apretar el clítoris con la punta y luego con toda la boca. Ella se retorcía sobre el asiento, echando la cabeza hacia atrás, chocando los tacones contra la puerta. Cada vez que intentaba apartarse por la intensidad, la sujetaba de los muslos y volvía a hundir la cara entre sus piernas.
—Joder... así no... así no voy a aguantar —dijo.
—Esa es la idea.
Le metí dos dedos despacio, curvándolos dentro mientras seguía chupándosela. Noté cómo se le cerraba el coño alrededor de mi mano. Empezó a mover la cadera sola, a follarse mis dedos, a empujar el clítoris contra mi lengua como una mujer desesperada. Ya no había rastro de culpa ni de corrección. Solo una calentura acumulada durante años.
—No pares, no pares, no pares —repetía, con la voz rota.
La obedecí. Le mordí apenas el clítoris, volví a lamerlo y la sentí venirse con un espasmo brusco, apretándome la cabeza entre los muslos. Se corrió gimiendo fuerte, sin poder guardar silencio, mojándome la boca y los dedos. Se quedó unos segundos respirando a tirones antes de mirarme con una mezcla de vergüenza y excitación.
Subí a besarla y dejó que probara su propio sabor en su boca. No hizo ese gesto de apartarse que hacen algunas. Al contrario, me besó con más morbo, como si aquel detalle terminara de romper lo poco que quedaba de su resistencia.
Mi polla ya estaba fuera del pantalón, dura y tensa. La miró un segundo, tragó saliva y se acomodó frente a mí en el asiento. Me sostuvo la base con una mano y me acarició lentamente con la otra.
—No me mires así —dijo—. Me pones más nerviosa.
—Tienes la polla delante. Haz algo con esos nervios.
Soltó una risa corta, se inclinó y me pasó la lengua por la punta. Despacio. Como si quisiera aprenderme de memoria el sabor antes de tragármela. Luego abrió más la boca y empezó a chupármela con un ritmo lento, dejando que la saliva corriera por el tronco. Sacaba la lengua para rodearla, volvía a meterla, apretaba los labios y me miraba desde abajo con una cara que no tenía nada de inocente.
Le aparté el pelo de la cara y la guié con la mano. Ella entendió enseguida. Bajó más, metiéndosela hasta la mitad, luego hasta un poco más, soltando aire por la nariz. Le noté ganas de hacerlo bien, de entregarse por completo a esa mamada, y eso me puso todavía más caliente.
—Más hondo —le dije.
No discutió. Se la tragó hasta donde pudo, con una arcada suave que no la hizo retroceder. Volvió a hacerlo, esta vez sosteniéndome por las caderas para marcar ella misma el ritmo. Mi mano en su nuca apretó un poco más y ella respondió con un gemido ahogado alrededor de mi polla. La vibración me recorrió entero.
Ya no estaba chupando con timidez. Me la mamaba con ganas, subiendo y bajando la boca, jugando con la lengua en la punta cuando necesitaba tomar aire y volviendo a hundirse hasta el fondo. Tenía la comisura de los labios llena de saliva y los ojos húmedos. Aquella imagen bastaba para volver loco a cualquiera.
—Qué buena boca tienes —murmuré.
Ella me miró sin dejar de masturbarme con la mano mojada por su propia saliva y luego volvió a tragarme entera. Eso me sacó un gruñido. Aguanté todo lo que pude, pero me estaba llevando al límite con una precisión obscena.
Cuando sentí que me corría, le avisé tarde. No apartó la cabeza. Siguió mamándomela mientras me venía, tragando parte de la corrida y dejando que el resto le cayera sobre la mano y el pecho. Se retiró despacio, respirando por la boca, y escupió lo último por la puerta entreabierta del coche.
—No pensé que haría eso —dijo, limpiándose con los dedos.
—Yo sí.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Ella se acomodó la blusa, se subió las bragas y volvió al asiento delantero con la cara todavía roja. Yo conduje hasta dejarla en su casa. Antes de bajar, me besó rápido y me susurró al oído:
—No creas que eso cambia mis límites.
—No —le dije—. Solo los vuelve más interesantes.
***
Seguimos viéndonos durante un tiempo. Siempre con esa tensión absurda entre lo que ella decía defender y lo que terminaba haciendo cuando estaba a solas conmigo. Hubo más noches de coche, más mamadas largas, más dedos bajo la falda y más corridas tragadas a medias con una expresión de sorpresa que ya no me creía nadie.
Pero la noche que de verdad la desarmó fue cuando aceptó ir a mi piso.
La recogí un viernes. Fuimos a cenar, bebimos vino y hablamos como si fuéramos una pareja decente. Llevaba un vestido negro ceñido, abierto por un lado del muslo, y un abrigo claro que se quitó al entrar en casa. Le serví una copa y nos sentamos en el sofá. No tardó ni diez minutos en dejar el vaso sobre la mesa y mirarme con esa mezcla de nervios y decisión que ya conocía.
—No voy a quedarme mucho —dijo.
—Perfecto. Entonces mejor no perdamos tiempo.
La besé de pie, junto al sofá. Esta vez no hubo fase tímida. Me abrió la boca con la lengua, me agarró del culo y frotó el muslo entre mis piernas. Le bajé la cremallera del vestido y la tela negra cayó a sus pies. Debajo llevaba lencería también negra, elegante, sobria, como todo en ella. Sujetador de encaje, bragas pequeñas y medias sujetas por ligueros.
—Joder —dije mirándola—. Para una mujer que no quería provocar, vienes demasiado preparada.
—No confundas mis principios con mis gustos.
Se quitó el sujetador despacio, mirándome. Las tetas quedaron libres, perfectas, con los pezones ya duros. Luego bajó las bragas hasta los tobillos y se arrodilló frente a mí antes de que yo pudiera decir nada. Lo hizo con una seguridad que borraba por completo la imagen de mujer recatada que intentaba venderme.
Me sacó la polla y empezó a lamerla desde la base hasta la punta, como si quisiera jugar conmigo antes de metérsela a la boca. Yo le acariciaba el pelo y le veía la lengua trabajar despacio, húmeda, provocadora. Cuando por fin cerró los labios alrededor, me soltó un gemido bajito que me hizo apretarle el hombro.
Subía y bajaba la cabeza con constancia, tragando más cada vez, dejando la polla brillante de saliva. En algunos momentos me agarraba los huevos y me los masajeaba mientras mamaba. En otros, me miraba desde abajo con esa cara de mujer decente haciendo algo claramente indecente, y eso me calentaba el doble.
—Así, sí... no pares —le dije.
Se la metió más hondo, hasta la garganta, sosteniendo el ritmo sin sacarla del todo. La tenía tan mojada que cada embestida de su boca sonaba obscena en el salón. Cuando notó que estaba cerca, aceleró todavía más, como si quisiera obligarme a correrme donde a ella le diera la gana.
No me dejé. La aparté justo a tiempo y me masturbé sobre sus tetas. La corrida le cayó caliente sobre el pecho y el cuello. Ella cerró los ojos un instante y luego se miró, sorprendida por la cantidad.
—Vete a limpiar eso —le dije.
No sonó como una orden pensada, pero ella la recibió así. Se levantó, fue al baño y volvió al cabo de unos minutos solo con las medias puestas, completamente desnuda de cintura para arriba y abajo. Ese regreso tuvo algo todavía más excitante que la mamada. Ya no parecía debatirse entre dos versiones de sí misma. Simplemente estaba cachonda.
Se tumbó en la cama y me hizo una seña con el dedo. Fui hacia ella y nos besamos de nuevo, ahora con más calma. Le agarré una teta con la mano, le chupe un pezón y bajé poco a poco por su vientre. Tenía la piel erizada. Le abrí las piernas y me encontré el coño hinchado, brillante, pidiendo atención.
Le pasé la lengua de abajo arriba y soltó un jadeo seco. Repetí el recorrido varias veces, deteniéndome en el clítoris para lamerlo con la punta y luego chuparlo entero. Sus manos buscaron la sábana, la arrugaron y después bajaron hasta mi cabeza para marcarme el ritmo.
Metí un dedo, luego dos. Los moví despacio mientras mi boca seguía trabajando arriba. Ella abrió más las piernas, ofrecida, húmeda, moviendo la pelvis contra mi cara. Le oía la respiración romperse por momentos, convertirse en gemidos cortos y luego en frases a medio hacer.
—Ahí... joder... ahí otra vez.
Le obedecí. Hundí la lengua más adentro, saqué los dedos, se los metí otra vez y luego se los llevé a la boca para que los chupara. Lo hizo sin dejar de mirarme. Después se tocó el clítoris con una mano mientras yo volvía a enterrarle la cara entre las piernas, y ese gesto de participar, de ensuciarse conmigo, terminó de convertir la escena en algo mucho más salvaje.
La hice correrse una segunda vez. Esta fue menos escandalosa que la del coche, pero más profunda. Le temblaron los muslos, apretó las piernas contra mi cabeza y soltó un gemido ronco, largo, mientras me mojaba la boca. La seguí chupando durante unos segundos más, sabiendo que eso la volvía loca.
Cuando subí, mi polla estaba otra vez dura. Se la apoyé entre los labios del coño y la vi tensarse.
—Te la quiero meter —le dije.
Ella respiró hondo.
—Solo la punta... no muy adentro.
La frase me puso caliente y al mismo tiempo me dejó claro el límite. No insistí. Le separé más las piernas, sujeté mi polla con la mano y la deslicé lentamente por su entrada mojada. El roce ya nos arrancó un gemido a los dos. Empujé apenas y la punta entró. Su coño estaba apretado, caliente, aferrándose con fuerza.
—Así —dijo—. Despacio.
Empecé a moverme corto, frotando la punta y un poco más, saliendo y entrando sin profundizar del todo. El placer era extraño y brutal. La veía morderse el labio, agarrarse las tetas, empujar un poco la cadera pidiendo más y al mismo tiempo contenerse. Yo le acariciaba el clítoris con el pulgar mientras la penetraba con ese recorrido limitado, y eso la tenía cada vez más excitada.
—¿Seguro que no quieres más? —le pregunté al oído.
—No me provoques... sigue así.
La obedecí, pero cambié el ángulo para rozarla mejor por dentro. Cada embestida corta iba acompañada de mi mano en su clítoris y de mi boca en su cuello, mordiendo, chupando, respirándole encima. Ella empezó a gemir más fuerte, a sujetarme de las nalgas para acercarme. Sus caderas ya buscaban profundidad aunque su cabeza dijera otra cosa.
Aguanté todo lo que pude, pero sabía que así no me correría. Me retiré antes de perder el control y me tumbé boca arriba en la cama.
—Ven —le dije—. Súbete.
Me miró dudando un segundo, hasta que entendió lo que quería. Se colocó al revés sobre mí, dejándome el coño en la cara y mi polla a la altura de su boca. La escena me excitó de inmediato. Le agarré los muslos y volví a lamerle la raja mientras ella se tragaba mi polla casi con rabia, como si necesitara descargar por algún sitio todo lo que llevaba aguantándose.
El sesenta y nueve duró bastante. Yo le hundía la lengua en el coño, alternando lamidas amplias con chupadas directas al clítoris, y ella respondía mamándomela con una entrega brutal, dejando que la punta le golpeara la garganta. El sonido de su boca, sus gemidos contra mi polla y el sabor de su excitación llenándolo todo crearon un ritmo sucio, perfecto.
En un momento se incorporó un poco, separó los labios de mi polla y dijo entre jadeos:
—Si me haces correr otra vez, te vas a venir en mi boca.
—Hecho.
Volví a apretar el clítoris con la lengua y le metí dos dedos al mismo tiempo. Ella respondió tragándomela entera y moviendo la cabeza rápido, sin delicadeza. Sentí cómo se mojaba más, cómo se le contraía el coño alrededor de los dedos, cómo sus muslos temblaban. Se corrió encima de mi cara con un gemido ahogado porque mi polla seguía metida en su boca. Eso me remató.
Le agarré la cabeza y me corrí dentro de su boca. Ella aguantó la corrida sin apartarse, tragando una parte y dejando que otra se le escapara por la comisura de los labios. Cuando se retiró, tenía la cara roja, el pelo revuelto y una expresión de puro desconcierto ante lo mucho que le había gustado todo.
Nos quedamos tumbados unos minutos, desnudos y respirando fuerte. Le acaricié el muslo mientras ella jugaba con los dedos sobre mi pecho, ya más tranquila. Había algo casi tierno en ese silencio después de la suciedad.
—No sé cómo encaja esto con la imagen que tenía de mí misma —dijo al fin.
—A lo mejor esa imagen estaba incompleta.
Se rió por lo bajo.
—A lo mejor contigo simplemente me pongo demasiado zorra.
—Eso sí encaja mejor con lo que acabo de ver.
Me dio un golpe suave en el hombro y volvió a besarme. Luego se vistió sin prisa, recogiendo una a una las prendas negras que había dejado tiradas por el suelo. Antes de irnos a dormir un rato, me pidió agua. Se la llevé a la cama y se la bebió sentada, desnuda bajo la sábana, con el pelo todavía revuelto por mis manos.
***
A la mañana siguiente amaneció con una calma extraña, como si la noche hubiera servido para vaciarle una tensión muy antigua. Nos duchamos por separado, nos vestimos y la invité a desayunar en una churrería pequeña de camino a su barrio. Allí, con el café delante y el gesto otra vez compuesto, parecía una mujer distinta a la que se había corrido dos veces sobre mi cara y me había tragado la polla hasta dejarme seco.
Pero yo sabía que eran la misma.
—No me mires así en público —dijo al darse cuenta de mi sonrisa.
—¿Así cómo?
—Como si supieras exactamente cómo sueno cuando me chupas el coño.
No pude evitar reírme. Ella bajó la vista, negó con la cabeza y terminó sonriendo también. Luego mojó un churro en el chocolate y añadió en voz baja:
—La próxima vez, si vamos en coche, lleva agua y toallas. No pienso volver a salir de ahí con las piernas temblando de esa manera.
—Entonces habrá próxima vez.
Me sostuvo la mirada un par de segundos y asintió, sin dramatismo, sin promesas de amor ni discursos de culpa. Solo el reconocimiento de una verdad simple: por muy sana y correcta que quisiera parecer su idea de las relaciones, cuando estaba conmigo terminaba pidiendo lengua, boca y polla con un hambre que no tenía nada de santa.
La dejé en su casa poco después. Antes de bajar del coche, me agarró de la nuca, me besó con fuerza y me susurró al oído:
—Sigo creyendo en mis límites.
—Claro —le dije—. Y yo sigo creyendo que debajo de esa mujer correcta hay una puta deliciosa.
Se mordió el labio, me miró con brillo en los ojos y salió del coche sin responder. Pero la forma en que caminó hacia su portal, despacio, apretando los muslos como si todavía recordara mi lengua, fue respuesta suficiente.
En Chicas Elite Mendoza vas a encontrar perfiles verificados con fotos reales.