Dejé que un extraño besara a mi mujer en la cafetería
Aquel sábado nos habían invitado a una cena de Navidad en el chalet del jefe de mi mujer. Ya se sabe cómo son esas fiestas de empresa: aburridas, llenas de conversaciones forzadas sobre objetivos y vacaciones. Marina no podía negarse y yo me vi obligado a acompañarla. A cambio le pedí algo: que me dejara comprarle ropa insinuante para la ocasión. Aceptó, aunque puso una condición. Nada demasiado descarado, porque no quería ser tema de cotilleos el lunes en la oficina.
Como era diciembre, el centro comercial estaba abarrotado. Dimos tres vueltas al aparcamiento sin encontrar nada decente, y al final Marina tuvo que bajarse del coche antes de que yo maniobrara, porque el hueco era tan estrecho que no podía abrir su puerta. Aproveché para mirarla con orgullo. Desde hacía un par de años había empezado a vestir y a moverse de una forma más provocadora, y eso me volvía loco.
Todavía no se había puesto el abrigo, así que se abrazaba a sí misma para combatir el frío de aquella mañana gris. Tiraba del jersey, que se le subía por encima de las caderas y dejaba al descubierto su culo apretado dentro de unos leggings de cuero negro. Los otros conductores la repasaban de arriba abajo cuando pasaban a su lado, y a mí eso me producía un morbo difícil de explicar. Sentir a Marina deseada por otros hombres es una de las cosas que más me excitan en el mundo.
Temblando, me suplicaba con la mirada que le alcanzara el abrigo. Pero yo disfrutaba demasiado de la escena, así que maniobraba cada vez más despacio, saboreando aquella pequeña tortura que le estaba infligiendo.
De repente, un hombre se acercó y le sonrió. Hay miradas que lo dicen todo sin necesidad de palabras, y Marina le devolvió la sonrisa, coqueta.
—Hace frío —le dijo él, sin demasiada imaginación.
—Mucho —contestó ella con voz temblorosa, dando saltitos para entrar en calor.
—Te dejaría mi chaqueta —insistió el desconocido, acercándose un poco más.
Era evidente que no sabía que yo estaba dentro del coche y que pretendía ligar con ella.
—No te preocupes, gracias. Tengo el abrigo en el coche, pero el idiota de mi marido no me lo da.
El hombre me miró, sonrió y se despidió. Yo bajé entonces y le tendí a Marina su abrigo de piel, que se ajustó al cuerpo enseguida, ocultando justo la parte que más me gusta de ella.
—No te puedo dejar sola ni un minuto, cariño —dije sonriendo.
—Eres un capullo.
—Ese te quería llevar a la cama.
—Tú te crees que todos quieren acostarse conmigo.
—Y es la verdad. Vas provocando con ese culo que tienes. Pero ya sabes que me encanta que los hagas perder la cabeza, es la ley de la naturaleza.
—Pues no sé quién va a querer nada conmigo a mi edad.
—Si aparentas treinta. Estás preciosa, y te desean todos —contesté, todavía sonriendo.
—Anda, déjalo ya, que te vas a llevar un guantazo —dijo, mimosa.
Me dio la mano, que tenía helada. Tiré de ella hacia mí y la agarré de la cadera, justo por encima del culo que se balanceaba a cada paso.
***
Antes de empezar a buscar la ropa fuimos a tomar un café para entrar en calor. La cafetería estaba hasta arriba y ya nos íbamos a marchar cuando alguien nos llamó desde una mesa del fondo. Era el desconocido del aparcamiento. Marina puso cara de sorpresa.
—Mira, cariño, te llama tu novio —seguí con la broma—. Vamos a sentarnos, no hay ni una mesa libre.
—Ni de coña me siento con él. No me apetece tomar café con un extraño.
—Qué más da. Todas las cafeterías van a estar igual. Tomamos algo rápido y nos vamos, nada más.
—Vale, pero no empieces con tus jueguecitos, que te conozco.
Nos acercamos a la mesa y, antes de sentarnos, le quité el abrigo a Marina dejando su silueta a la vista del desconocido, que no pudo evitar repasarla con disimulo. Yo, por mi parte, ya estaba disfrutando de aquella situación inesperada. Me imaginé las manos de aquel hombre sobre los pechos firmes de mi mujer, y empecé a notar una excitación incómoda creciéndome por dentro.
—Me llamo Rubén —dijo levantándose—. Os invito a un café, por el malentendido de antes.
Me dejó descolocado. ¿A qué malentendido se refería? ¿Estaba reconociendo que le había tirado los tejos a mi mujer y que el malentendido era yo, porque no sabía que ella venía conmigo?
—Es un placer —contestó Marina, halagada, y le dio dos besos muy cerca de los labios, con una media sonrisa—. Yo soy Marina, y él es mi marido, Andrés.
—Encantado —acerté a decir.
Nos sentamos y durante unos segundos nadie supo qué decir. Por suerte llegó el camarero, pedimos dos cafés con leche, y aquello le sirvió a Rubén para romper el silencio.
—Perdonad, no quería incomodaros. No suelo acercarme a desconocidas en los aparcamientos.
—¿A qué te referías con lo del malentendido? —pregunté, un poco tenso.
—Creía que Marina estaba sola —reconoció, con una calma que me desarmó.
No me lo podía creer. Aquel tipo estaba admitiendo delante de mí que quería ligar con mi mujer. Lo observé bien. Rondaría los cuarenta, alto, delgado, con unos brazos fuertes y bien definidos que se adivinaban bajo el jersey ajustado. Marina me miró de reojo con un gesto burlón. Sé que por dentro se derretía, porque le pierden los brazos fuertes, y aquel hombre parecía tallado en el gimnasio. Me sentí pequeño a su lado.
—Me halaga que quisieras ligar conmigo —dijo ella, sorprendiéndome—. Tampoco es ningún delito. A las mujeres nos gusta que nos admiren.
—Aun así, os pido disculpas. Sobre todo a ti, Mari —insistió él.
Me pareció demasiado atrevido que usara un diminutivo con mi mujer, a la que acababa de conocer. Pero se notaba que era un hombre seguro de sí mismo, y siguió hablando mientras la miraba con descaro, como si la conociera de toda la vida.
—¿Queréis tomar algo más? Invito yo.
—No, gracias —contesté, y no supe qué añadir. Aquella situación me asustaba y me excitaba a partes iguales, y sabía que a Marina le pasaba lo mismo.
Nos contó que se había separado hacía poco y que estaba buscando un regalo para su hija de tres años, que iba a pasar las Navidades con él. Marina le preguntó por los gustos de la niña para ayudarle, pero él reconoció que apenas la conocía, porque solo la veía algunos domingos. Su ex insistía en que todavía era demasiado pequeña para separarse de ella. Mi mujer lo escuchaba con una ternura que me incomodó.
—No quiero aburriros con mi vida —dijo Rubén—. Contadme algo vosotros.
—No nos aburres. ¿Verdad, Andrés? —preguntó Marina, buscándome.
—Para nada. Aunque somos una pareja de lo más normal, con una historia aburrida —admití.
—Lo dudo. Marina es un bombón que levanta pasiones, y por lo que veo a ti te gusta verla provocar —dijo, rozando con los dedos la mano de mi mujer, que lo miró sin retirarla.
Por un lado me sentí orgulloso de que hablara así de ella, y noté una punzada de placer subiéndome por el vientre. Por otro lado me sentí humillado. Aquel desconocido no se cortaba un pelo, y Marina lo contemplaba como hechizada. Yo no era más que el estorbo, el tercero en discordia.
Rubén siguió contándonos el motivo de su separación. Decía que siempre había sido muy activo sexualmente y que, aunque creyó que podría acostumbrarse a la monogamia, pronto descubrió que necesitaba estar con otras mujeres. Le propuso a su ex hacer intercambios de pareja antes que engañarla a escondidas, pero ella se lo tomó fatal. Le dijo que era un enfermo, que si no le bastaba con ella ya sabía dónde estaba la puerta. Él prefirió ser sincero y se marchó.
—Vaya. No sé si felicitarte por tu honestidad o decirte que eres un poco cabrón por dejarla así —soltó Marina—. ¿De verdad no te puedes contener?
—No soy un salido, Mari. Creo que es más honesto reconocer lo que uno necesita que vivir reprimido. Si de algo me arrepiento es de no habérselo dicho antes de casarme.
—Yo estoy un poco alucinado —lo interrumpí.
—¿Tú nunca has deseado a otra mujer? —me preguntó, sin esperar respuesta.
—Ya que tú has sido tan sincero —añadió Marina—, te confesaré que nosotros no somos tan aburridos como crees. Hemos hecho alguna locura, y nos ha encantado.
—¿En serio? —preguntó Rubén, atreviéndose ahora a acariciar la mano de mi mujer sin importarle que yo estuviera delante—. Si os apetece, podemos quedar un día a cenar. Y si surge algo…
—¡No pierdes el tiempo! —rio ella.
—¿Para qué voy a perderlo? Mientras no os falte al respeto, prefiero ser claro. Eres una mujer espectacular. Tiene suerte tu marido.
—No digas tonterías —contestó ella, mientras yo la miraba sin saber qué decir.
***
—Me tengo que ir —dijo levantándose—. Tengo media hora para encontrar un regalo y recoger a mi hija. Ha sido un placer. Espero que volvamos a vernos.
Nos dio su número de teléfono y se despidió con un apretón fuerte de manos para mí y un beso en la comisura de los labios para Marina. Cuando ya nos mirábamos sin palabras, se giró otra vez.
—Antes de irme, quiero pediros un favor —puso la mano sobre el hombro de mi mujer.
—Depende de lo que sea —contestamos casi a la vez.
—Solo es un beso. De despedida. Porque creo que no os vais a atrever a llamarme —dijo sin dejar de mirarla.
Marina se volvió hacia mí, como pidiéndome permiso. Me pareció un juego peligroso, pero no quise pararlo.
—Déjate llevar, preciosa. Serás más feliz —le susurró él, acercando su rostro al de ella, que lo miraba indecisa y temblorosa.
Estaba convencido de que la iba a besar en la boca allí mismo, pero solo rozó sus mejillas encendidas y se giró hacia mí, esperando mi consentimiento. Yo, perplejo, asentí con la cabeza.
Entonces el extraño la cogió con ambas manos y la atrajo hacia sí. Marina se dejó llevar y cerró los ojos, esperando los labios de aquel hombre que la iba a besar delante de mí. Me moría de celos, y al mismo tiempo mi mujer me pareció más deseable que nunca. No podía detener la escena. Tampoco quería. Por raro que suene, deseaba ver a aquel desconocido devorándole la boca. El beso se fue volviendo más atrevido, sus labios se acoplaron y sus lenguas jugaron a entrar y salir de esa boca que yo tanto amaba. Me excité como un adolescente que sorprende a su novia con otro.
Rubén se separó por fin, sin aire, y la abrazó.
—Gracias por estar aquí. Ojalá nos veamos pronto —le dijo, y se marchó.
Tardamos un rato en reaccionar. La gente de las mesas vecinas nos miraba extrañada, aunque supongo que ninguno sospechaba que aquella mujer que acababa de besarse con un desconocido era, en realidad, mi esposa.
—¿Vamos a ver la ropa? —pregunté, desconcertado.
—Sí, por favor.
Marina se levantó y yo la seguí.
—Necesito que me folles ahora mismo —me susurró, llevándome de la mano casi corriendo por los pasillos.
Yo estaba celoso y, al mismo tiempo, ardiendo de deseo por haberla visto besándose con otro hombre.
***
Entramos en la primera tienda que encontramos. Marina cogió varias prendas para disimular y se metió en el probador, movió las caderas de forma insinuante y me invitó a entrar con ella, sin importarle que hubiera más gente esperando turno al otro lado.
Nos besamos con furia, con prisa, saboreándonos las lenguas mientras oíamos las voces de los demás clientes, separados de nosotros apenas por una fina tabla. Yo sabía que en su cabeza estaba besando la boca del extraño y no la mía, pero eso me excitaba todavía más. Le bajé el pantalón y le acaricié el clítoris empapado. Ella me agarró la mano y me obligó a meterle dos dedos, que cabalgó con prisa hasta perder el control.
Marina separó la boca de la mía para coger aire y se le escaparon unos gemidos que sin duda escucharon las personas de fuera, pero el riesgo a ser oídos nos estimulaba aún más. De pronto su cuerpo empezó a temblar sin freno y cayó sentada sobre el pequeño taburete de la cabina.
—Madre mía. Me tiemblan las piernas —reconoció con voz entrecortada—. Ha sido el orgasmo más fuerte de mi vida. Ven aquí —me ordenó, arrodillándose frente a mí.
Se metió mi polla en la boca y empezó a chuparla con un ritmo frenético, rogándome que la llenara mientras me llamaba Rubén, el nombre del desconocido. De repente se quedó quieta un instante, con mi miembro dentro, apretando suavemente con los labios. Suspiraba. Luego volvió a lamer despacio, saboreando, mordiéndose el labio inferior para mostrarme cuánto disfrutaba de aquella locura.
Después aceleró. Me excitaba notar cómo se descontrolaba, cada vez más caliente, imaginando que se la estaba comiendo a otro hombre. Su boca empezó a babear sin control. Me agarró los testículos con cuidado, dejándolos moverse en su mano al compás de la mamada.
Yo jadeaba, preso de la excitación, intentando no levantar la voz porque seguíamos dentro de un probador, con el rumor de las conversaciones a un palmo de distancia.
—Córrete en mi boca, vamos. Lléname —me dijo con voz lasciva, mirándome a los ojos—. Quiero que me empapes.
Estaba a punto de estallar. La situación no era para menos. Mi polla empapada de saliva dentro de la boca de mi mujer, que se comportaba como una desconocida pensando en otro. Me sentía sucio y excitadísimo, y también un poco celoso.
—Me corro —gemí en voz baja.
—Dame todo, venga, córrete dentro.
Cerré los ojos y noté cómo salía disparado el primer chorro. Ella se la sacó un poco y los siguientes le impactaron en la nariz, en la frente, en el pelo. Nunca terminaba de acostumbrarme a correrme en su boca. A pesar de llevar más de veinte años casados, hasta hacía bien poco jamás me lo había permitido.
Se levantó con los labios cubiertos y me dio un beso largo mientras seguía llamándome Rubén. Luego se separó, se recogió el semen con un dedo y se lo llevó a la boca, relamiéndose, como había visto hacer en las películas.
Salimos del probador deprisa, avergonzados por la escena que acabábamos de protagonizar, pero completamente satisfechos. Una gota le resbalaba todavía por el pelo. Ella no se había dado cuenta, y yo no se lo dije, solo por ver cómo las miradas de los demás clientes se clavaban en mi mujer mientras cruzábamos la tienda.