El deseo que me despertó a mitad de la noche
Me desperté en mitad de la noche con una sensación extraña en el pecho, una mezcla de inquietud y de ganas. No era la primera vez que me pasaba, pero esa madrugada fue distinta. Abrí los ojos en la oscuridad, escuché tu respiración lenta a mi lado y supe que ya no iba a poder volver a dormir.
Estaba excitado. Sin razón aparente, sin haber soñado nada que recordara, simplemente excitado. La polla se me había puesto dura debajo del calzoncillo, palpitando contra la tela, y cada latido me recordaba que tenía un problema entre las piernas que no se iba a solucionar solo. Mi cabeza, en lugar de calmarse, empezó a girar alrededor de ti. De que te tenía justo ahí, a un palmo de distancia, y de que lo único que quería era abrazarte, pegar mi cuerpo al tuyo y dejar que el calor me devolviera la calma. Quería rodearte con el brazo, buscar tus tetas con la mano, apretarlas despacio hasta notar el pezón endurecerse contra mi palma, y quedarme así, quieto, hasta que el sueño regresara.
Pero no podía. Llevabas días con esa molestia en las costillas y sabía que el roce te haría daño. Cualquier presión sobre ese costado te arrancaría una queja, y lo último que quería era despertarte de mal humor a esas horas. Así que me quedé tumbado, mirando el techo, con la verga tiesa marcando bulto en las sábanas y la frustración pisándole los talones al deseo.
Al final pudo más la necesidad de tocarte. Sin pensarlo demasiado, deslicé la mano por debajo de la cintura de tu pantalón de dormir. Solo quería un contacto, cualquiera, sentir tu piel para no sentirme tan solo en la madrugada. El culo era la opción más segura, la más lejana a ese costado dolorido.
Me gustó encontrarte sin nada debajo. Esa costumbre tuya de dormir sin ropa interior siempre me pareció una pequeña invitación, aunque tú la hicieras por comodidad y nada más. Acaricié despacio, dibujando círculos con la palma sobre esa nalga tibia y firme, apretando de vez en cuando la carne entre los dedos. Bajé la mano por el surco, tanteando, y noté el calor húmedo escapándose de más abajo. Estabas mojada aunque durmieras. Mi dedo resbaló apenas por el borde de tu coño y tuve que morderme el labio para no soltar un jadeo. Mientras lo hacía pensé en el verano que venía, en esas noches de calor en las que dormirías solo con el camisón corto. Prácticamente como dormir desnuda. La idea me encendió todavía más y sentí una gota de líquido escapárseme por la punta de la polla.
¿Y si esta noche probáramos otra cosa?
El pensamiento se me cruzó de golpe. Si el problema era ese dolor en las costillas, si no podíamos follar como siempre porque cualquier postura te lastimaba, quizá había una alternativa. Una que no exigiera tu esfuerzo, que no te obligara a aguantar ningún peso. Bajar besando tu espalda, centímetro a centímetro, hasta hundir la lengua entre tus muslos y no salir de ahí hasta que te corrieras en mi boca.
***
Cerré los ojos y dejé que la mente se adelantara. Me imaginé inclinándome sobre ti, apoyando los labios en la curva de tu nuca y escuchando ese gemido tuyo, mínimo, casi inconsciente, que siempre significa que voy bien. Ese sonido de aprobación que conozco de memoria y que me da el valor que me falta.
En mi cabeza empecé a recorrer el camino hacia abajo. Un beso entre los omóplatos, otro un poco más allá, la lengua trazando la línea de la columna mientras mis manos te sostenían los costados sin apretar. Tú abrías los ojos a medias, todavía peleando contra el sueño, con la mirada perdida en algún punto de la habitación.
La fantasía era tan nítida que casi podía sentir tu piel bajo mi boca. Tu respiración cambiaba de ritmo, se volvía un poco más corta, un poco más honda. El pantalón te resbalaba hasta las rodillas y tu espalda quedaba al descubierto, expuesta al recorrido de mis manos. Subía desde la base de la columna hasta el cuello, pasaba por las caderas, intentaba no dejar ni un solo centímetro sin acariciar.
Mientras tanto, mi boca se entretenía más abajo, alternando besos suaves con algún mordisco leve en la piel de las nalgas. Un mordisco un poco más fuerte de la cuenta en el redondel del culo te hacía soltar un sonido a medio camino entre el placer y la protesta, esa frontera difusa que tanto me gusta encontrar en ti. Separaba con las manos las dos nalgas y pasaba la lengua por el surco entero, desde el ojete hasta rozar los labios del coño por detrás, y tú te estremecías entera. Y yo seguía, paciente, atento a cada reacción, midiendo hasta dónde podía atreverme.
Poco a poco, en esa escena que me inventaba con los ojos cerrados, tu cuerpo iba girando. La postura de costado se deshacía despacio y te ibas colocando boca arriba, casi sin darte cuenta, como si fuera el propio deseo el que te movía. Sin que yo hiciera nada, el pantalón terminaba de salir de tus piernas y mis besos cambiaban de territorio.
Ahora estaban por debajo del ombligo. Mis dedos jugaban en la zona, sin prisa, tanteando, mientras la lengua recorría esa línea que separa el muslo del vientre. Primero el lado derecho, después el izquierdo, con la misma calma deliberada, como si tuviéramos toda la noche por delante. Y la teníamos. El olor a coño mojado me llegaba de lleno y me hacía apretar la polla contra el colchón para no correrme antes de tiempo.
La camiseta se te había subido hasta el cuello, dejándote las tetas al aire, los pezones erectos apuntando al techo. Si levantaba la vista apenas distinguía tu cara, porque tu cuerpo se arqueaba un poco, buscando, pidiendo sin palabras. Era el momento. Lo supe igual que se sabe esa clase de cosas, por instinto, por el modo en que se tensaba todo a tu alrededor.
***
Y entonces, todavía con miedo, todavía con esa vieja sensación de que en cualquier instante podrías pedirme que parara, me lancé. Sin preguntar, porque preguntar habría roto el hechizo, busqué tu coño con la boca y empecé a recorrer cada rincón al que era capaz de llegar. La primera lamida fue lenta, plana, de abajo arriba, recogiéndote entera de una sola vez. Estabas empapada, salada y dulce a la vez, y ese primer sabor me hizo gemir contra tus muslos.
No hubo rechazo. Lo confieso porque todavía me sorprende: esperaba el gesto de siempre, esa mano que aparta con suavidad, ese «ahora no» que tantas veces he aprendido a aceptar sin rechistar. Pero no llegó. Al contrario. Abriste un poco más las piernas, dejaste caer las rodillas hacia los lados, me hiciste sitio, me diste permiso del único modo que de verdad cuenta.
Ahí empezó un juego raro y hermoso a la vez. Yo actuaba con torpeza, con la inseguridad de quien lleva demasiado tiempo sin hacer algo y teme haberlo olvidado. Separé los labios de tu coño con los pulgares y me quedé mirándolo un segundo antes de volver a hundir la cara. La lengua entraba y salía, buscaba el clítoris, lo rodeaba en círculos, se apartaba y volvía. Cada movimiento de mi lengua era una pregunta, cada pausa una manera de comprobar que seguías conmigo, que no me estaba pasando de la raya. La falta de práctica me volvía lento, casi tímido, y al mismo tiempo me obligaba a prestar atención a todo: a tu respiración, a la tensión de tus muslos apretándose contra mis orejas, al modo en que tus dedos se enredaban en mi pelo y tiraban un poco cuando daba con el punto exacto.
Metí un dedo despacio, luego dos, notando cómo tu coño los apretaba y los soltaba a un ritmo que no controlabas. Los curvaba hacia arriba mientras la lengua seguía trabajándote el clítoris, y cada vez que rozaba esa zona esponjosa de dentro se te escapaba un jadeo más ronco. Con la otra mano subí a buscarte una teta, apreté el pezón entre el pulgar y el índice, tiré un poco. Ahogaste un gemido contra la almohada para no despertar a nadie.
Y tú me lo dabas todo. Minuto a minuto, en lugar de cansarte o pedirme que lo dejáramos, parecías disfrutar más. Tu cuerpo se relajaba y se tensaba en oleadas, como si llevara mucho tiempo esperando exactamente eso y por fin se permitiera recibirlo. Las caderas empezaron a moverse solas, subiendo a buscar mi boca, restregándose contra mi cara sin pudor. Cada suspiro tuyo me corregía el rumbo mejor que cualquier palabra. Aquí sí, ahí más despacio, justo así.
Cuando noté que estabas cerca cambié el ritmo. Pasé a chuparte el clítoris de forma continua, succionando suave, mientras los dedos seguían entrando y saliendo. Tus muslos empezaron a temblar, se te escapó un «no pares» apenas audible, y supe que ya no había marcha atrás. Te corriste contra mi boca con un espasmo largo, el coño apretándome los dedos con fuerza, una oleada de líquido caliente resbalándome por la barbilla. Yo no aparté la cara. Seguí lamiendo despacio, alargándote el orgasmo hasta que me empujaste la frente con la mano porque ya no aguantabas más.
Me di cuenta de que hacía meses que no nos encontrábamos de esa manera. El dolor, el cansancio, las noches en las que uno de los dos caía rendido antes que el otro, todo eso se había ido amontonando hasta convertirse en una distancia silenciosa que ninguno mencionaba. Y de repente, a las tres de la madrugada, por culpa de un insomnio cualquiera, esa distancia se borraba de un plumazo.
No te dije nada. No hacía falta. Me quedé un momento más ahí abajo, con la mejilla apoyada en tu muslo, sintiendo cómo tu coño palpitaba todavía cerca de mi boca. No era solo deseo, aunque empezara así. Era la certeza de que todavía sabíamos buscarnos, de que el cuerpo se acordaba de cómo encajábamos aunque la cabeza, de día, anduviera demasiado ocupada para recordarlo.
Cuando todo terminó, te quedaste muy quieta, con la respiración rota recuperándose poco a poco. Subí de nuevo, despacio, dejando un reguero de besos por el camino contrario al que había bajado, la barbilla todavía brillante con tus jugos. Me tumbé a tu lado con cuidado de no rozar tu costado dolorido y te busqué la mano en la penumbra. La encontré enseguida, como si tú también la estuvieras buscando. Guiaste esa mano hacia abajo sin decir nada, la cerraste alrededor de mi polla, y empezaste a moverla despacio, arriba y abajo, mientras me mirabas en la oscuridad. No hicieron falta más de un par de minutos. Me corrí callado contra tu puño, mordiéndome el labio, sintiendo el semen escaparse tibio entre tus dedos y caer sobre mi vientre.
Esto es lo que necesitaba.
Lo pensé y casi lo dije en voz alta, pero me callé. Algunas cosas son mejores en silencio. Te acurrucaste contra mí, esta vez sin que nada doliera, y noté cómo tu respiración volvía a su ritmo lento y profundo, el mismo que me había desvelado un rato antes.
Tardé poco en dormirme después de aquello. La inquietud del pecho había desaparecido, reemplazada por una calma tibia y satisfecha. Antes de cerrar los ojos pensé que tenía que recordar esa noche, guardarla en algún sitio seguro, porque era la prueba de que no hacía falta gran cosa para volver a encontrarnos. Solo un poco de valor a deshora y las ganas de buscar a la otra persona en lugar de quedarse mirando el techo.
A la mañana siguiente no hablamos de ello. Tú preparaste el café como cualquier otro día y yo fingí leer el móvil mientras te miraba moverte por la cocina. Pero en algún momento te giraste, me sostuviste la mirada un segundo de más y sonreíste. Una sonrisa pequeña, cómplice, de las que no necesitan explicación.
Esa sonrisa me dijo que tú también lo recordabas. Y que, quizá, la próxima vez que me despertara a mitad de la noche con esa inquietud en el pecho, no haría falta esperar a que el miedo se me pasara. Bastaría con buscarte.
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