El rey mago que me eligió en la cabalgata de Reyes
Lo cuento ahora porque ya pasó suficiente tiempo y todavía me cuesta creer que fuera yo la de aquella noche. Tengo treinta y cuatro años, vivo sola en un piso pequeño cerca del centro y, hasta esa víspera de Reyes, mi vida era de una calma absoluta. Trabajo de día, series por la noche, el grupo de amigas de siempre. Nada que confesar. Por eso me sigue pareciendo increíble que la historia más intensa de mi vida empezara en una cabalgata, rodeada de niños y caramelos volando por el aire.
Había bajado a la calle casi por inercia, porque una vecina me insistió en que la acompañara. Hacía frío, cuatro grados marcaba el cartel luminoso de la farmacia, y yo iba con el abrigo cerrado hasta el cuello y las manos metidas en los bolsillos. La carroza del rey Baltasar fue la última en aparecer, despacio, entre música y luces doradas. Y entonces lo vi a él.
No era un actor cualquiera disfrazado. Era un hombre altísimo, dos metros largos, de piel oscura y hombros que llenaban toda la túnica. Repartía caramelos con una sonrisa enorme, pero hubo un segundo, uno solo, en que dejó de mirar a los niños y me miró a mí. Directo. Sin disimulo. Como si entre cientos de personas amontonadas en la acera me hubiera encontrado a propósito.
Aparté la vista, nerviosa, y me concentré en el suelo lleno de papel de caramelo pisoteado. Cuando volví a levantarla, él seguía mirándome. Levantó una ceja, despacio, como preguntándome algo sin palabras, y yo sentí que se me subían los colores a la cara a pesar del frío. Y algo más: sentí que se me humedecían las bragas ahí, en plena acera, con villancicos de fondo.
Esto no me pasa a mí, pensé. Yo no soy de las que les pasan estas cosas.
A mi lado, una madre alzaba a su hija para que viera mejor la carroza. Los altavoces escupían villancicos. Todo a mi alrededor era infantil, familiar, inocente, y sin embargo aquel hombre me estaba mirando de una manera que no tenía nada de inocente, y lo peor era que a mí me gustaba.
La carroza avanzó y lo perdí entre la multitud. Me dije que se acababa ahí, que era una tontería, que un hombre así no se fijaría en mí. Acompañé a mi vecina hasta su portal y, en lugar de subir a casa, di un rodeo por la plaza donde terminaba el recorrido, donde desmontaban las carrozas. No sé qué buscaba. Sí lo sé, pero me daba vergüenza admitirlo: quería ver otra vez a ese hombre, quería saber cómo era su boca de cerca, quería saber qué tenía debajo de esa túnica.
Lo encontré ayudando a bajar unos focos, ya sin la corona, con la túnica medio abierta y una camiseta debajo. Cuando me reconoció, sonrió de una manera que me hizo temblar las piernas.
—Pensé que no ibas a venir —dijo, con un acento suave, africano.
—No iba a venir —contesté, y me salió la voz más firme de lo que esperaba.
Se llamaba Ousmane. Era de Costa de Marfil, llevaba tres años en España y hacía de rey mago todas las navidades para sacarse un dinero extra. De día trabajaba en un almacén, cargando cajas que pesaban tanto como él, y por las noches estudiaba para sacarse no sé qué certificado. Me lo contó sin lástima, casi con orgullo, y a mí me pareció el hombre más entero que había conocido en mucho tiempo. Me lo contó mientras caminábamos sin rumbo, él todavía con restos de purpurina en la cara, yo riéndome como una adolescente. Había algo en su forma de mirarme cuando hablaba, como si lo único importante del mundo fuera lo que yo estaba diciendo.
—Tengo el coche por aquí cerca —dije, sin pensarlo.
No hizo falta más.
***
Mi coche es viejo y pequeño, y él apenas cabía. Nos metimos en el asiento de atrás como dos críos, riéndonos del absurdo de la situación, en el aparcamiento desierto de un supermercado cerrado. Las farolas naranjas entraban por las ventanas empañadas. Lo besé yo primero. Tenía los labios calientes a pesar del frío, y sus manos, enormes, me rodearon la cara como si fuera algo que llevara mucho tiempo queriendo sostener.
—Despacio —murmuró contra mi boca—. Tenemos toda la noche.
Pero ninguno de los dos quería ir despacio. Me desabrochó el abrigo botón a botón, sin prisa y con prisa a la vez, mirándome a los ojos en cada uno. Cuando su mano se deslizó por debajo de mi jersey y subió por mi costado, contuve la respiración. Tenía las palmas ásperas, cálidas, y yo estaba ya tan encendida que el primer roce me arrancó un gemido que ni reconocí como mío. Me apretó un pezón entre dos dedos por encima del sujetador y se me escapó otro gemido más largo, más sucio, y entonces él sonrió como si acabara de descubrir un secreto mío.
—Estás dura aquí —susurró, pellizcándome el otro pezón—. Y seguro que estás mojada abajo.
—Compruébalo —le respondí, y me sorprendió mi propia voz, ronca, impaciente.
Me desabrochó el vaquero con una sola mano y metió los dedos por dentro de las bragas. Cuando notó lo empapada que estaba, se rió bajito contra mi cuello.
—Joder, mujer.
Sus dedos gruesos me abrieron los labios del coño y encontraron el clítoris. Empezó a hacer círculos lentos, muy lentos, mirándome la cara todo el rato. Yo intentaba estarme quieta pero las caderas se me movían solas contra su mano. Me metió un dedo, luego dos, y los curvó dentro de mí. El coche entero olía a sexo y a purpurina y a la colonia barata que llevaba él.
—Sácala —le pedí, y me temblaba la voz—. Quiero verla.
Se bajó el pantalón del disfraz y sacó una polla enorme, gruesa, oscura, con el glande brillante ya de tan hinchado. Nunca había visto una así de cerca. La agarré con las dos manos y no le llegué a rodearla del todo. Me incliné y me la metí en la boca como pude, chupando la punta primero, saboreándole el sabor salado, tragando saliva alrededor de aquella verga que apenas me cabía. Él me sujetaba la nuca con una mano, sin forzar, dejándome llevar el ritmo, pero jadeando cada vez que la lengua le pasaba por el frenillo.
—Así, joder, así —gruñía—. Qué bien la mamas.
Le mamé un rato largo, hasta que las mandíbulas me dolían, hasta que él me apartó de un tirón suave.
—Para o me corro en tu boca ahora mismo.
—Córrete donde quieras.
—Todavía no.
Me quitó los vaqueros y las bragas de un tirón, arrancándomelos por los tobillos. Me sentó a horcajadas encima de él en aquel asiento minúsculo, con la cabeza doblada contra el techo del coche. Yo agarré su polla y me la fui metiendo despacio, muy despacio, porque me daba miedo que no entrara. Sentí cómo me iba abriendo por dentro, centímetro a centímetro, y solté un quejido largo cuando por fin la tuve entera. Me quedé quieta un segundo, empalada, temblando, con la frente apoyada en su hombro.
—Muévete —me susurró al oído—. Fóllame tú.
Empecé a moverme sobre él, primero lento, subiendo y bajando toda la polla, sintiendo cómo el glande me tocaba fondo cada vez. Él me sujetaba las caderas con esas manos enormes y me guiaba, pero era yo la que llevaba el ritmo. El coche entero se movía. Los amortiguadores protestaban con cada empuje. Me subió el jersey y me sacó las tetas por encima del sujetador y se me llevó un pezón a la boca, chupando fuerte mientras yo lo cabalgaba. Yo me agarraba a su espalda, a sus hombros, a todo lo que podía alcanzar.
—Más fuerte —le pedí—. Fóllame más fuerte.
Me agarró del culo con las dos manos, me clavó los dedos, y empezó a embestirme él desde abajo. La polla entraba y salía haciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba el coche. Yo gemía cada vez más alto, sin importarme si alguien pasaba por el aparcamiento.
—Puta, qué apretada estás —gruñía él contra mi cuello—. Qué coño más rico tienes.
Escucharlo hablar así, con ese acento, con esa voz grave, me llevó al borde en un minuto. Sentí que se me subía todo desde los muslos, un temblor que no podía parar. Le clavé las uñas en los hombros y me corrí encima de su polla, apretándola por dentro con espasmos que me sacudían entera, gimiendo contra su boca.
—Sigue, sigue, no pares —le supliqué, todavía temblando—. Córrete dentro.
—¿Segura? —jadeó él, con las venas del cuello marcadas.
—Dentro, por favor.
Me sujetó las caderas con una sola mano y me movió a su ritmo, observándome la cara todo el rato, como si quisiera memorizar cada gesto. Nunca me había sentido tan mirada. Tan deseada. Dio tres o cuatro embestidas más, brutales, cada una más profunda que la anterior, y entonces gimió algo en su idioma, algo largo y ronco, y noté cómo la polla se le hinchaba dentro de mí y descargaba a chorros calientes, muy dentro, tantos que sentí cómo me llenaba y algo empezaba a escurrirme por los muslos. Me apretó contra su pecho hasta que dejé de temblar.
Nos quedamos un rato así, encajados en aquel asiento ridículo, escuchando nuestras respiraciones. Todavía la tenía dentro, medio dura, y cada vez que él respiraba yo sentía su semen escapándose. Tendría que haber sido suficiente. Una locura de una noche de Reyes, una anécdota para no contarle a nadie. Pero yo no quería que terminara.
—¿Tienes dónde dormir? —le pregunté.
Me contó que compartía una habitación alquilada con tres compatriotas, al otro lado de la ciudad. Una cama, un colchón en el suelo, turnos para la ducha.
—Vente a mi casa —dije.
***
Subimos las escaleras intentando no hacer ruido, muertos de risa, con los abrigos mal abrochados y yo con las bragas metidas en el bolso porque estaban empapadas de semen y flujo. En cuanto cerré la puerta, me di cuenta de que no quería simplemente acostarme con él otra vez. Quería cuidarlo. Es una sensación rara de explicar. Llené la bañera con agua caliente, eché unas sales que tenía guardadas para ocasiones que nunca llegaban, encendí dos velas. Él me miraba apoyado en el marco de la puerta, sin entender muy bien qué hacía.
—Métete —le dije.
Se metió. Le quité los últimos restos de purpurina de la cara con una esponja, despacio, mientras él cerraba los ojos. Le pasé las manos por el cuello, por los hombros, por aquel cuerpo enorme que apenas cabía en mi bañera. Y en algún momento dejó de ser ternura y volvió a ser otra cosa. Le pasé la esponja por el pecho, por el vientre, y más abajo, hasta que la polla se le puso otra vez dura debajo del agua. La agarré con la mano y empecé a moverla despacio, mirándole la cara. Él dejó caer la cabeza contra el borde de la bañera y separó las piernas para que yo pudiera hacerle mejor.
—Métete tú también —murmuró.
Me quité el jersey y el sujetador, me metí con él en el agua, vestida solo con los vaqueros que aún llevaba a medias, y nos volvimos a perder. Me senté encima de él dándole la espalda, cara a la pared, y me empalé otra vez en su polla mientras el agua nos rebosaba por los bordes. Él me agarró las tetas por detrás, me pellizcó los pezones, me mordió el cuello. Yo me movía arriba y abajo salpicando media casa, sin importarnos nada.
—Así, guarra, cabálgame así —me gruñía al oído—. Aprieta ese coño.
Nunca nadie me había hablado así, y nunca nadie me había puesto tan cachonda. Le apreté la polla por dentro con todas mis fuerzas y él soltó un gemido largo, temblando.
—Ven aquí. —Me giró en el agua, me puso a cuatro patas apoyada en el borde de la bañera, con el culo levantado. Me abrió las nalgas con las manos y me la metió por detrás de una sola estocada.
Grité. No pude evitarlo. Nunca la había tenido tan profunda. Empezó a follarme así, agarrándome de las caderas, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, mientras el agua saltaba fuera de la bañera con cada embestida. Yo apoyé la frente en los azulejos fríos y me dejé follar, gimiendo cada vez que me tocaba fondo, notando cómo el clítoris se me frotaba contra el borde de la bañera y cómo se me acercaba otro orgasmo.
—Córrete otra vez —me ordenó, dándome una palmada en el culo que resonó en el baño—. Córrete con mi polla dentro.
Me corrí, gritando su nombre por primera vez, mordiéndome el brazo para no despertar al vecindario. Él siguió embistiéndome hasta que se corrió también, otra vez dentro, gimiendo algo en su lengua contra mi espalda.
Después me sacó en brazos, empapada, como si yo no pesara, y me llevó a la cama sin secarme. Me secó con su propio cuerpo, con el calor de su piel contra la mía. Afuera la calle estaba helada; dentro de mi habitación el aire era espeso, caliente, imposible.
Perdí la cuenta de las veces. Sé que no dormimos. Me folló boca arriba, con mis piernas apoyadas en sus hombros, hundiéndose hasta el fondo mientras me miraba a los ojos. Me folló de lado, con una pierna mía en el aire, mordiéndome el cuello. Me puso a cuatro patas otra vez, esta vez sobre las sábanas, y me embistió hasta que el cabecero golpeaba la pared y a mí no me importaba lo que pensaran los vecinos. En algún momento se dejó caer de espaldas y me pidió que se la mamara, y yo se la mamé despacio, jugando con sus huevos con la otra mano, tragándome cada gota cuando se corrió en mi boca. Hubo momentos lentos, en los que apenas nos movíamos y nos quedábamos mirándonos a un palmo de distancia, con él dentro de mí quieto, notando su polla latir contra mis paredes. Él me hablaba al oído en su idioma, palabras que no entendía y que me encendían igual. Cuando volvía al español, era siempre para decirme cosas sucias, para llamarme suya, para preguntarme cuántas veces más iba a correrme para él. Y yo me corría otra vez, y otra, hasta que perdí la cuenta también de eso.
Sé que en algún momento amaneció gris al otro lado de la persiana y nosotros seguíamos hablando entre besos, contándonos cosas que no se le cuentan a un desconocido. Me habló de su madre, del mar de su país, de lo que echaba de menos. Yo le hablé de mi soledad de los domingos. Dos extraños desnudos diciéndose verdades a las seis de la mañana, con las sábanas hechas un desastre y todo su semen todavía escurriéndoseme por dentro.
***
Se fue sobre las siete. Se vistió en silencio para no romper algo que los dos sentíamos frágil. Antes de salir, me apartó el pelo de la cara y me dijo algo que todavía me da vueltas en la cabeza.
—Eres la clase de mujer a la que un hombre querría hacerle un hijo —dijo, medio en broma, medio en serio—. Acuérdate de mí.
Me dejó su número anotado en un papel. Me besó en la frente. Y se marchó.
Me quedé en la cama mucho rato, mirando el techo, con su olor todavía en las sábanas y las piernas todavía separadas porque cerrarlas me daba pereza. Y por primera vez en años fantaseé con algo que jamás había deseado de verdad: imaginé que esa noche, con todas las veces que se había corrido dentro de mí, había dejado una semilla, que dentro de nueve meses tendría algo suyo, una prueba de que la magia existió aunque fuera una sola madrugada. Lo imaginé con todo detalle, y reconozco, aún hoy con algo de pudor, que la fantasía me gustó. Se me puso la mano sola entre las piernas mientras lo pensaba, todavía hinchada, todavía pegajosa de él, y me corrí una última vez para mí sola, mordiéndome los labios.
Pero soy una mujer práctica. Sé distinguir una noche de fuego de un futuro real. Ousmane era de los que aparecen como un milagro y desaparecen igual, y yo no iba a construir una vida sobre el humo de una cabalgata. Dos días después fui al ambulatorio y tomé la decisión sensata, la que sé que tenía que tomar.
No volví a llamarlo. El papel con su número sigue en un cajón, y a veces lo miro. No por arrepentimiento, sino por gratitud. Aquel hombre me devolvió algo que yo creía perdido: la certeza de que todavía podía sentir así, de que el deseo no se había secado dentro de mí.
Cada año, cuando llega la víspera de Reyes y veo pasar las carrozas con sus reyes magos de cartón, sonrío sola entre la multitud. Los niños esperan sus regalos. Yo ya recibí el mío, una noche de enero, de manos de un Baltasar que nunca olvidaré.
Noa.
Para quienes leen desde zona norte: acompañantes en Escobar, con fotos reales.





