Espié toda una semana el romance secreto de mi madre
Nunca le conté esto a nadie y dudo que vuelva a hacerlo después de hoy. A mis veinticuatro años todavía vivía con mi madre en el penthouse que ella administraba arriba del hotel, y esa última semana de mis vacaciones aprendí más sobre el deseo —el suyo y, sobre todo, el mío— de lo que jamás habría querido saber.
Todo empezó cuando Darío llegó al hotel. Era músico, estaba de gira y su agente le había alargado la estadía dos veces. Mi madre, que rondaba los cuarenta y cinco y aún detenía conversaciones cada vez que entraba a un salón, cayó por él en cuestión de días. Lo noté antes que ella: el teléfono que ya no soltaba, el perfume distinto, las risas a deshora detrás de una puerta cerrada.
Lo que más me inquietó esa semana fue otra cosa. Tomás, un ex con el que había terminado mal, volvió a escribirle. Primero la felicitó, le dijo que la quería pero que no era el momento, que se alegraba si había encontrado a alguien. Mi madre leyó esos mensajes y no contestó. Al día siguiente él insistió con bromas y cumplidos medidos, sin segundas intenciones aparentes, hasta que ella respondió. Para el final de la semana se escribían a cada rato, como si nunca se hubieran dejado.
Esto va a terminar mal, pensé. Y por eso decidí vigilar.
No es algo de lo que esté orgullosa. Desde hacía un tiempo me había acostumbrado a meterme en el vestidor que comunicaba con la habitación de Darío y esperar ahí, en la penumbra, escuchando. Me decía a mí misma que lo hacía para protegerla, para anticiparme a la decepción que veía venir. La verdad era más incómoda y tardé en admitírmela: me mojaba escuchándolos, y muchas noches terminé con la mano metida entre las piernas, mordiéndome el labio para no gemir mientras al otro lado de la puerta mi madre se dejaba coger como una perra en celo.
Esa noche entró sin saludar. Apenas cruzó la puerta fue directo hacia él y empezó a desabrocharle el cinturón. Darío intentó frenarla, le dijo que quería hablar de algo importante, pero ella lo calló con un beso hondo, chupándole la lengua, y le susurró contra la boca que después conversaban, que ahora lo necesitaba a él, que se le había hecho agua el coño todo el día pensando en su verga. Lo desnudó con una urgencia que no le conocía. Yo me quedé inmóvil, con la respiración contenida y el corazón golpeándome las costillas.
Nunca la había visto tan desbocada. Le bajó los pantalones y el bóxer de un tirón y la polla de Darío saltó dura, gruesa, ya goteando en la punta. Ella se hincó de rodillas sin decir palabra, la agarró con las dos manos y se la metió entera en la boca, hasta el fondo, arcadeando y volviendo a bajar. Le escuché los mismos jadeos que había oído tantas veces amortiguados por la pared, ahora nítidos, obscenos: la saliva chorreándole por la barbilla, el chapoteo de la garganta cada vez que él le empujaba la cabeza para que la tragara más adentro.
—Así, puta, mamámela toda —le decía él con la voz ronca, tirándole del pelo—. Mirame mientras me la chupás.
Mi madre le obedecía con los ojos empañados, sacándosela un segundo para lamerle los huevos, chupárselos uno por uno, y volver a tragársela hasta atragantarse. Yo apretaba las piernas en el vestidor, con la falda del pijama levantada y dos dedos moviéndose solos dentro del coño, empapada, sintiendo cómo cada arcada de mi madre me la ponía peor.
Después se levantó, se arrancó el vestido por la cabeza y se quedó sin bombacha, con las tetas al aire, los pezones tiesos y oscuros, y una mancha brillante bajándole por los muslos. Empujó a Darío sobre la cama, se le montó encima y se ensartó de un solo golpe. Le escuché un grito, mitad de dolor mitad de placer, cuando la verga entera desapareció dentro de ella.
—Cogeme —le pidió con la voz temblando—. Cogeme fuerte, Darío, hacéme un hijo esta noche.
Ni yo entendí lo que había dicho. Ella empezó a cabalgarlo como una loca, rebotando sobre esa polla, con las tetas dando vueltas y la boca abierta babeando. Él la agarró de las caderas y la clavaba desde abajo, cada envestida sonaba con un plaf húmedo, obsceno. La escuché correrse la primera vez casi enseguida, con un aullido largo, apretándole la verga por dentro; a mí me tembló todo el cuerpo del otro lado del vestidor y me tuve que morder la muñeca para no acompañarla.
No le dio respiro. La dio vuelta boca abajo, le levantó el culo y se la volvió a meter por detrás, agarrándola del pelo como riendas. Mi madre le pedía más con la cara enterrada en las sábanas, gritándole que le partiera el coño, que se lo abriera, que la llenara de leche. Él la cogió así, en cuatro, un rato larguísimo, con las nalgas de ella enrojeciéndose por los golpes de cadera, hasta que la sentí correrse otra vez, y otra más, cada una más rota que la anterior. Al final él se enterró hasta el fondo, gruñó como un animal y le vació todo adentro. Vi cómo la polla salía chorreando semen y el coño de mi madre quedaba abierto, con un hilo blanco y espeso resbalándole hasta la sábana.
Recién entonces, exhausto y satisfecho, él insistió en hablar. Se sentaron en el sofá de la habitación, todavía desnudos, todavía sucios de él y de ella, y le dijo lo que llevaba días masticando: quería un hijo con ella. Le prometió que se haría cargo de todo, que dejaría la gira o montaría el negocio que tenía planeado, lo que ella prefiriera. Le hizo una declaración tan larga y empalagosa que aún hoy me da vergüenza recordarla.
Mi madre dudó. Habló de que no estaban listos, de que apenas se conocían. Pero él fue derribando cada objeción a fuerza de besos, de dedos que le volvían a bajar entre las piernas para juguetear en el coño hinchado, y de promesas, hasta que la convenció. La vi levantarse, salir y volver con la caja de pastillas anticonceptivas que yo le controlaba cada mañana. Se las puso a él en la mano y le dijo que no las tomaría más, que si pasaba, saldrían adelante juntos.
No, pensé desde mi escondite, todavía con los dedos pringados y el pijama pegado a la piel. Esto sí que no.
Desde el armario, con la cabeza hecha un lío, decidí que no iba a permitir que arruinara su vida —y la mía— por una pasión de dos semanas. Esa noche entendí también, por una conversación que después leería en su teléfono, que esa misma tarde había estado recordando viejos encuentros con Tomás, cómo la cogía de pie contra el ventanal, cómo la obligaba a tragarse todo. Por eso había llegado tan encendida. Estaba más perdida de lo que yo creía.
***
A la mañana siguiente puse en marcha mi plan. Mientras ella tomaba sus pastillas para quedar embarazada, yo le preparaba cada día un batido de frutas con helado y, triturada y disuelta, una pastilla del día después. Mi madre nunca sospechó nada; tomaba el vaso con la misma confianza de siempre, feliz, ajena a que su propia hija saboteaba en silencio el proyecto que tanto la ilusionaba.
La rutina de esa semana decisiva se repitió a diario: ella con Darío de noche y a ratos también de día —una tarde los pesqué en el office del hotel, ella con la falda arremangada y las bragas colgando de un tobillo, montada sobre el escritorio mientras él le comía el coño de rodillas—, yo controlando sus horarios, sus pastillas, sus mensajes. Hablé varias veces con su mejor amiga, Renata, husmeando en el teléfono: tenía las mismas dudas que yo, intentaba hacerla recapacitar, y al final cedía a apoyarla aunque no creyera que estuviera haciendo lo correcto.
Y estaba Mariela. Mariela era la hermana de Darío y se había quedado unos días con nosotras; mi madre había mandado instalar una cama en mi cuarto para que ella pudiera ocuparlo. Esa primera noche, todavía temblando por todo lo que había visto y oído, fui yo la que la buscó. No hablamos demasiado. Apagué la luz, me acerqué en la oscuridad y descubrí que ella esperaba lo mismo: cuando le puse la mano en el vientre, se corrió mi mano ella misma hasta abajo y me dejó sentir que ya estaba sin bombacha, con el coño mojado.
Tenía las manos tibias y pacientes. Me desarmó despacio, atenta a cada reacción. Me sacó la remera, me chupó los pezones uno por uno, con los dientes rozándolos apenas, hasta dejarme sin aire. Bajó por el vientre, me abrió las piernas y hundió la boca entre ellas sin apuro. Yo nunca había sentido una lengua de mujer ahí y no supe qué hacer con las manos: se las clavé en el pelo y me arqueé contra su cara mientras ella me chupaba el clítoris, me metía la lengua adentro, me lamía enterita. Me hizo correr así, con los muslos apretándole la cabeza y una mano tapándome la boca para no despertar a nadie.
Después subió por mi cuerpo, me besó dejándome mi propio gusto en la lengua, y se acomodó al revés sobre mí. Le agarré el culo con las dos manos, la bajé hasta mi cara y le devolví todo, torpe pero desesperada, aprendiendo con la lengua la textura de otra mujer mientras ella seguía comiéndome. Nos corrimos juntas, apretadas una contra la otra, mordiéndonos las almohadas.
Por primera vez en días el nudo del pecho se aflojó. Cuando terminamos, abrazadas y sin aliento, le conté lo que pasaba al otro lado del pasillo. Mariela se rio bajito y me dijo que su hermano ya le había adelantado algo, y que si las cosas salían como ellos querían, nosotras también seríamos familia.
Familia, pensé, con la mano de ella todavía metida entre mis piernas jugando con el semen imaginario de la escena de al lado. Si supiera.
***
El domingo, el último día de Darío con nosotras, mi madre inventó que tenía que ir a la casa de la playa de mis abuelos a mover unos muebles y que él la ayudaría. Mariela y yo no somos tontas: sabíamos perfectamente para qué iban solos. Así que nos ofrecimos a acompañarlos «para terminar rápido y usar la piscina». Mi madre puso excusas, pero Darío, que ya conocía las mañas de su hermana y las mías, zanjó el tema diciendo que fuéramos todos.
El viaje fue aterrador, con mi madre al volante manejando como siempre, fatal. Apenas llegamos, mientras ella encendía la bomba de la piscina, subí al cuarto de los abuelos y dejé mi teléfono escondido sobre una repisa, apuntando a la cama. Después bajé como si nada. Cuando ellos subieron con el pretexto de los muebles y cerraron la puerta, Mariela y yo nos sentamos en una reposera junto al agua, con mi tablet enlazada a la cámara del teléfono.
No habían perdido el tiempo. Antes de empezar, mi madre se asomó a la ventana para confirmar que estábamos en la piscina; alzamos la vista con disimulo y la saludamos con la mano, fingiendo no sospechar nada. Tranquila, volvió a la cama.
La cámara los mostró en primer plano. Él ya estaba desnudo, con la polla parada, y ella se le acercó gateando por el colchón, con las tetas colgando, y se la volvió a meter en la boca. Se la chupó despacio esta vez, mirándolo a los ojos, sacándole la lengua para dejar caer un hilo de saliva sobre los huevos. Después él la acostó boca arriba y le devolvió el favor: le abrió las piernas de par en par y hundió la cara entre ellas, chupándole el clítoris con paciencia, metiéndole dos dedos que entraban y salían empapados. Escuchamos a mi madre correrse por los altavoces de la tablet, un chillido agudo que Mariela y yo conocíamos bien porque lo habíamos oído toda la semana.
Hubo juego, hubo risas, hubo una lata de crema y un postre de frutillas que ella trajo escondido en el bolso y que terminaron compartiendo entre carcajadas: le regó las tetas y el vientre de crema y frutillas y él la lamió entera, gruñendo. Le pintó el coño con la crema y se lo comió limpio, hasta dejarla temblando otra vez. Pero después la cosa cambió de tono. Él la recostó, la besó por todas partes con una lentitud casi reverente y se le metió entre las piernas cara a cara. Le hizo el amor durante mucho rato sin cambiar de ritmo, con la polla entrando y saliendo despacio, hasta el fondo, mientras la miraba a los ojos, como si quisiera grabarse cada segundo. Se veía cómo el coño de ella lo tragaba entero, cómo se apretaba alrededor de la verga cada vez que él empujaba. Mariela, a mi lado, había dejado de mirar la pantalla y me miraba a mí.
—¿Te incomoda? —me preguntó en voz baja.
—No sé qué me pasa —admití. Y era verdad.
Lo que me incomodaba no era ver a mi madre. Era darme cuenta de cuánto la deseaba a ella, a Mariela, en ese mismo instante, con el sol pegándonos en la espalda y el bikini pegándoseme al coño hinchado. Apoyé la tablet boca abajo sobre la reposera, la tomé de la mano y la metí conmigo en la parte honda de la piscina, donde nadie nos veía. Ahí, entre el rumor del agua y nuestras propias respiraciones, dejé de ser la hija vigilante y fui sólo yo.
Le corrí el triángulo de la bikini para el costado y le metí dos dedos adentro debajo del agua, mientras la besaba en la boca para tragarme sus gemidos. Ella hizo lo mismo conmigo, me apretó el clítoris con el pulgar y me penetró con tres dedos hasta que se me doblaron las rodillas. Nos cogimos ahí, colgadas del borde de la pileta, mordiéndonos los hombros para no gritar, corriéndonos las dos casi al mismo tiempo mientras adentro de la casa mi madre volvía a correrse con Darío. La escuchamos aullar por la ventana abierta cuando él le vació todo adentro por segunda vez esa tarde.
***
El resto de la tarde transcurrió con una calma engañosa. Almorzamos al borde de la pileta, mi madre se durmió al sol, agotada, con las marcas de los dedos de Darío todavía dibujadas en las caderas, y él jugó con nosotras en el agua como si fuera un chico más. Antes de volver subí a recuperar el teléfono. El cuarto era un desastre, la cama deshecha y húmeda, las sábanas manchadas de crema y de otra cosa más espesa, y no me quedé a mirar nada: junté mis cosas y bajé antes de que ella se diera cuenta.
El regreso lo manejó Darío, para alivio de todos. En el hotel, mi madre se escabulló con la excusa de revisar la oficina y él se fue a hacer las maletas y a esperar su última visita. Mariela y yo nos quedamos solas, conversando hasta tarde, con las manos metidas por debajo de la manta la una en la otra, jugando sin apuro. Le confesé que llevaba toda la semana hablando por mensajes con Mateo, un chico que me gustaba desde hacía tiempo. Ella se rio y me aconsejó que no me dejara embobar, pero que disfrutara, que la vida era corta.
—¿Y esto? —le pregunté señalándonos a las dos, con sus dedos todavía moviéndose despacio dentro de mí.
—Esto es nuestro —dijo—. Lo que pase en tu cabeza con tu Mateo es otra cosa.
Me gustó esa respuesta. Me gustó que no me pidiera nada. Le devolví el gesto: le abrí las piernas ahí mismo, en el sillón, me arrodillé en la alfombra y le comí el coño largo rato hasta que se corrió tapándose la boca con las dos manos.
***
Esa noche, la última, mi madre subió a despedirse de Darío a su manera. No bajaron en horas. Desde el vestidor los escuché coger tres veces: la primera rápida, casi violenta, contra la puerta; la segunda ella arriba, cabalgándolo hasta dejarlo seco; la tercera despacio, susurrándose promesas mientras él le vaciaba la última carga adentro. Cuando por fin él se marchó, con su agente esperándolo abajo para llevarlo al siguiente destino, nos prometió que volvería apenas hubiera novedades. Mariela pidió quedarse el resto de mis vacaciones y las dos aceptamos felices. A la mañana siguiente, apenas pude, le di a mi madre una última pastilla del día después, convencida de que con eso bastaba.
No bastó.
Dos semanas más tarde mi madre empezó a sentirse rara. Su ciclo no llegaba. La escuché conversarlo a escondidas con Mariela, las dos convencidas de lo mismo. Fueron juntas a la farmacia y volvieron con una prueba. Los minutos que tardó encerrada en el baño se me hicieron eternos; Mariela y yo esperábamos el resultado con esperanzas opuestas. Cuando salió, sonreía como una tonta. Se abrazó a Mariela, que saltaba diciendo que iba a ser tía, y después vino hacia mí, me estrechó fuerte y me dijo al oído que iba a tener un hermanito.
Yo sólo tenía preguntas en la cabeza. ¿Fueron más fuertes las pastillas de fertilidad que él le daba que las ocho del día después que le di yo? ¿Fue ella misma, que la mayor parte del tiempo tomó sus anticonceptivos, la que se equivocó en algún cálculo? ¿O simplemente, entre tanto semen adentro y tanta insistencia, la naturaleza encontró la manera de seguir su curso a pesar de todos mis esfuerzos por controlarla?
Esa tarde mi madre pidió cita con su médico. Pero, por más que yo intentara negarlo, ya lo sabía: había perdido. Llevaba semanas creyendo que la cuidaba, que sostenía las riendas de su vida desde las sombras, y al final la única que terminó descubriéndose distinta —menos dueña de sí misma de lo que creía— fui yo.
Esto es lo que nunca conté. Lo dejo escrito acá y no vuelvo a hablar del tema. Lo que vino después, cuando me tocó aprender a callar los secretos de mi madre en lugar de espiarlos, es ya otra historia.





