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Relatos Ardientes

Volví a encontrar al amante de mi comadre

Hace un par de años andaba por el centro comercial de Las Lomas, mirando vidrieras en busca de un vestido para una reunión que tendríamos en casa de mi cuñado. Iba distraída, comparando precios, cuando escuché que alguien gritaba mi nombre entre el ruido de la gente.

—¡Renata! ¡Renata, espera!

Me di la vuelta y casi se me cae el bolso de la sorpresa. Quien me llamaba era Damián, el amante de mi comadre Lorena, el mismo hombre con el que años atrás los tres habíamos compartido una noche que yo creía guardada bajo llave en algún rincón de mi memoria. Habían pasado cinco años, quizá un poco más, y ahí estaba él, sonriéndome como si el tiempo no hubiera corrido.

—No puedo creerlo —dije, y antes de pensarlo me colgué de su cuello en un abrazo demasiado largo para ser solo cortesía—. ¿Qué haces por acá?

—Vine a mostrar una casa a unas calles de aquí —contestó sin soltarme del todo—. Se me hizo tarde y decidí entrar a comer algo. ¿Y tú? Mírate, estás igual que siempre.

Igual no, pensé. Más nerviosa, eso sí. Y más mojada, también, porque el simple hecho de tenerlo enfrente ya me estaba humedeciendo las bragas.

—Busco un vestido —respondí, alisándome la falda sin necesidad—. Tengo una comida familiar el fin de semana.

Se quedó mirándome un segundo de más, con esa media sonrisa que yo recordaba perfectamente. Olía bien, a una colonia amaderada que no era la de hacía cinco años, pero que de algún modo me llevó al mismo lugar: a su cama revuelta, a Lorena entre mis piernas, a su polla entrando y saliendo de mi coño mientras yo le mamaba las tetas a mi comadre.

—Si tienes tiempo, acompáñame —dijo—. Te invito a comer y nos ponemos al día. No todos los días se cruza uno con un viejo amigo.

Debí decir que no. Tenía cosas que hacer, el vestido sin comprar, la tarde planeada. En cambio lo tomé del brazo y dejé que me guiara hacia el restaurante del primer piso, una parrilla con manteles oscuros y luz tibia que a esa hora estaba medio vacía.

Nos sentaron junto a la ventana. Pedimos carne, una copa de vino él, agua mineral yo, y empezamos a hablar como si no hubiéramos parado nunca. Al principio fue todo muy inocente: su trabajo en bienes raíces, mi rutina, la gente que los dos conocíamos. Pero hay conversaciones que tienen una corriente debajo, y la nuestra la tenía desde el primer minuto.

—¿Te acuerdas de aquella noche? —soltó de repente, jugando con el pie de su copa.

Claro que me acordaba. La pregunta era retórica y los dos lo sabíamos. Sentí que el calor me subía por el cuello, y más abajo también, en un latido tibio entre las piernas que ya no podía disimular.

—Me acuerdo —dije en voz baja—. Y también de la otra vez.

La otra vez había sido distinta. Sin Lorena, solo él y yo, una tarde robada en un motel de la carretera vieja, con las cortinas cerradas y él follándome contra el espejo hasta dejarme las rodillas moradas. Nunca le conté a nadie. Mencionarla en voz alta, después de tanto tiempo, fue como destapar una botella que había estado guardando presión durante años.

—No deberíamos hablar de eso —murmuré, aunque era yo la que no dejaba de sonreír y de apretar los muslos por debajo de la mesa.

—Tienes razón —contestó él, sin dejar de mirarme la boca—. No deberíamos.

Seguimos hablando, pero algo había cambiado. Yo me movía en la silla, cruzaba y descruzaba las piernas, me reía demasiado fuerte de sus bromas. Él bajaba la voz cada vez más, como si lo que decíamos fuera un secreto que el resto del restaurante no debía escuchar. Para cuando llegó el café —una crema de licor para mí, un brandy para él—, yo ya tenía las mejillas encendidas, el coño empapado y una idea peligrosa instalada en la cabeza.

—Te ves preciosa cuando te pones nerviosa —dijo, y rozó mi mano sobre la mesa.

No la retiré. Tampoco la otra vez, hacía cinco años, ninguno de los dos la había retirado.

***

Terminamos el café y salimos a caminar por la plaza. En varias ocasiones me tomó de la cintura, supuestamente para mostrarme algo en una vidriera o para acercarse y soltar alguna ocurrencia que me hacía reír. Pero cada vez que su mano me apretaba el costado, yo sentía el recuerdo entero de aquella noche regresar como una marea: su lengua entre mis muslos, la de Lorena en mi boca, sus dedos abriéndome mientras me lamía el clítoris hasta hacerme gritar.

—¿Dónde dejaste el auto? —preguntó cuando llegamos a la rampa del estacionamiento.

—No lo traje —admití—. Vine en taxi.

—Entonces déjame acercarte a tu casa.

Y sin esperar respuesta me rodeó la cintura con el brazo y me guio hacia su coche, estacionado en un rincón apartado del último nivel, donde casi no había autos ni gente. Sentí su mano firme presionarme la cadera, apenas, y a mi mente volvió la imagen de hacía cinco años con tanta claridad que un cosquilleo me recorrió por dentro, directo al coño.

Me abrió la portezuela como todo un caballero. Al subir, mi cadera rozó su cuerpo y noté una firmeza en su bragueta que no dejaba lugar a dudas: la tenía dura, hinchada, marcada bajo la tela. Me acomodé rápido en el asiento, tirando hacia abajo de mi falda corta, que de pronto me parecía demasiado corta.

Él se sentó al volante, pero no encendió el motor. Se giró hacia mí, me puso la mano sobre el muslo desnudo y se inclinó para besarme la mejilla. Sus dedos subieron un centímetro, luego otro, hasta rozarme el borde de las bragas.

—Me gustas mucho, Renata —susurró contra mi oído, y bajó los labios hasta mi cuello—. Siempre me gustaste. Siempre quise volver a follarte.

Me estremecí entera. Apreté su mano sobre mi pierna, como para detenerlo y al mismo tiempo para que no se fuera.

—Gracias, yo… —empecé, pero no pude terminar la frase.

Sus labios encontraron los míos. Me besó separándome la boca con la lengua, despacio, buscando la mía, y yo se la chupé como una perra hambrienta, sin poder evitarlo. Su mano ya se deslizaba entre mis piernas, apartando la tela mojada de mis bragas, encontrando la carne empapada de mi coño.

—Estás chorreando, nena —jadeó contra mi boca—. Se te oye el ruido.

—No, Damián, espera —dije, juntando las rodillas sobre su mano, atrapándola ahí—. Por favor.

—Vamos a un lugar donde podamos estar a solas —murmuró besándome la oreja mientras dos de sus dedos se hundían hasta el fondo de mi coño—. Te deseo, nena. Como aquella vez. Quiero metértela hasta las bolas.

—No puedo —contesté con la respiración entrecortada, montándole los dedos sin darme cuenta—. Mi marido está por llegar a casa. Tengo que estar antes que él.

—¿No quieres volver a estar conmigo? —preguntó, y su voz tenía esa mezcla de ruego y certeza que siempre me había desarmado. Sus dedos entraban y salían, embarrados de mi propio flujo, con un chapoteo obsceno que llenaba el auto.

—Sí quiero —confesé, y la palabra me salió antes de que pudiera medirla—. Pero en otra ocasión. Ahora no se puede.

—Mira cómo me tienes —dijo, y me tomó la mano para llevarla hasta su regazo.

Lo sentí duro bajo la tela del pantalón, pujando por salir, una vara caliente marcada de arriba abajo. Tragué saliva. La parte sensata de mí seguía repitiendo que tenía que bajar del auto, llamar un taxi, irme a casa. La otra parte, la que llevaba cinco años en silencio, ya había ganado. Le apreté la polla por encima de la tela y él gimió bajito en mi oído.

Lo besé otra vez, más profundo, mordiéndole el labio inferior. Miré a un lado y al otro: el estacionamiento estaba desierto, las luces a medias, ni un alma cerca. Sin pensarlo más, le desabroché el cinturón y le bajé el cierre con dedos torpes de urgencia.

—Renata… —dijo él, sorprendido, pero no me detuvo. Al contrario, levantó las caderas para ayudarme.

Me recosté sobre su pecho y empecé a acariciarlo por encima de la ropa interior. Pasaba la palma de la mano a lo largo, sintiendo cómo respondía a cada caricia, la tela del bóxer manchada en la punta por un chorrito de líquido preseminal. Él se acomodaba en el asiento, suspirando, vigilando por el retrovisor mientras su mano libre me subía la falda del todo y me arrancaba las bragas hacia un lado para seguir jugando con mi coño abierto.

—Hace cinco años que pienso en esto —murmuró, hundiendo un tercer dedo en mí—. En tu coño apretándome.

—Calla —le dije, y metí la mano bajo la tela para tocarlo directamente.

Estaba caliente y firme, más gruesa de lo que recordaba, y noté en los dedos la humedad viscosa de la punta. Le bajé el bóxer de un tirón y su polla saltó libre, dura contra mi palma, la cabeza roja e hinchada goteando. Se la agarré con firmeza en la base y empecé a masturbarlo despacio, apretándole el prepucio hacia abajo para descubrir el glande brillante.

—Mírame la polla, cómo la tienes de dura —le susurré, sin reconocer mi propia voz de puta que salía sola.

Él levantó un poco las caderas para bajarse el pantalón hasta la mitad de los muslos. Me incliné sobre su regazo, aspirando su aroma, ese olor masculino y familiar que me llevaba de vuelta a la primera vez, y empecé a besarle la punta con los labios apenas abiertos, dejando un rastro de saliva y de mi propio labial rojo alrededor del glande.

—Ábrete la boca, nena —jadeó—. Chúpamela toda.

Le saqué la lengua y lo lamí de arriba abajo, siguiendo la vena gruesa que le recorría el tronco, hasta llegar a las bolas. Se las besé una a una, chupándoselas dentro de la boca, mientras con la mano seguía masturbándolo despacio. Después subí otra vez y me la metí entera, o casi, atragantándome cuando la punta me tocó el fondo de la garganta.

Lo escuché contener el aliento. Su mano se posó en mi nuca, sin empujar todavía, solo acompañando, mientras yo empezaba un ritmo lento, deliberado, sacándomela hasta la punta para volver a hundirla hasta los pelos. La saliva se me escurría por la comisura y le mojaba las bolas, y él se retorcía en el asiento cada vez que mi lengua le rodeaba el glande.

—Así, exactamente así —jadeó—. Qué rica mamada me haces, puta.

La palabra me atravesó como una descarga. Empecé a chupársela más rápido, con la mano acompañando cada movimiento, girando la muñeca al llegar a la corona. Le pasaba la lengua plana por debajo, la punta le apretaba contra el paladar, la saliva se le acumulaba en los pelos de la ingle. Cada vez que subía, hacía un ruido húmedo, sucio, que se mezclaba con sus gemidos.

Mientras yo le comía la polla, él hizo a un lado del todo mi ropa interior y deslizó los dedos entre mis piernas. Lo sentí encontrar el punto exacto, el que él recordaba tan bien como yo, y un escalofrío me subió por la espalda. Dos dedos me entraban de golpe y el pulgar me daba vueltas al clítoris, en círculos apretados que me obligaban a mover las caderas contra su mano.

—Qué mojada estás, hija de puta —murmuró—. Se te chorrea por la muñeca.

Yo no podía contestar. Tenía la boca llena de su polla y me tragaba los gemidos sobre ella, haciéndola vibrar. Él aprovechó para acomodarme mejor, empujarme la cabeza un poco más abajo, marcarme un ritmo con la nuca. Ya no acompañaba: me follaba la boca, subiendo las caderas para embestirme la garganta, y a mí se me caían las lágrimas del esfuerzo pero no lo soltaba, porque los dedos que tenía en el coño me estaban abriendo un pozo de calor que no quería que parara.

Estábamos los dos enredados en ese espacio reducido, su respiración cada vez más rápida, la mía perdida entre su cuerpo y el mío, el olor a sexo llenando el auto y empañando los vidrios.

Sentí que se me venía el primer orgasmo. Él lo notó por cómo empecé a apretarle los dedos y a temblarle contra la mano. Aumentó el ritmo, hundió los dedos más profundo, curvándolos, y yo me corrí con la polla en la boca, gimiendo ahogada, mis muslos cerrándose alrededor de su muñeca. Un chorro caliente me salió y le empapó la mano hasta el reloj.

—Así, córrete en mis dedos, puta —jadeó él, sin dejar de mover la mano—. Otra vez. Vamos, otra.

No me dio tregua. Siguió moviendo los dedos dentro de mí, ahora buscando un punto más adentro, mientras yo, sin dejar de mamársela, empecé a montarle la mano descaradamente. Un segundo orgasmo me subió apenas terminó el primero, más largo, más hondo, uno que me hizo apretar los ojos y sacarle la polla de la boca para poder gritar contra su cuello.

—Damián, me estoy corriendo otra vez —lloriqueé—. No pares.

—Cállate y sigue chupando —me ordenó, agarrándome del pelo para volver a bajarme la cabeza.

Obedecí. Le metí la polla hasta el fondo, apreté los labios alrededor y empecé a subir y bajar con toda la boca, chupándole con las mejillas hundidas, mientras él soltaba unos gemidos roncos que me hacían saber que ya no aguantaba. Le acaricié las bolas con la mano libre, se las apreté suavemente, y él se tensó por completo.

—Me vengo, nena, me vengo —jadeó—. Trágatela.

Me sujetó la nuca con las dos manos, soltó un gemido ronco desde lo más hondo del pecho y se corrió a chorros dentro de mi boca. Sentí el primer disparo caliente golpearme la garganta, después otro, y otro más. Me obligué a no apartarme, a tragarlo todo mientras la polla le seguía latiendo entre mis labios. Cuando pensé que había terminado, todavía le quedó un último impulso que me llenó la lengua de semen espeso y salado.

Me quedé un momento con su polla dentro de la boca, chupándola despacio, sacándole las últimas gotas, limpiándolo con la lengua mientras sus dedos seguían adentro de mí, trabajándome hasta arrancarme un último temblor que me dejó llorando sin ruido contra su pecho.

Nos quedamos quietos unos segundos, recuperando el aliento, el motor todavía apagado y el estacionamiento en silencio. Solo se oía nuestro jadeo y el goteo pegajoso de sus dedos saliendo de mi coño.

***

Me incorporé despacio, con el sabor de su corrida todavía en la boca. Le acomodé la polla dentro del bóxer, con cuidado, dándole un último beso en la punta antes de subirle el cierre. Me bajé la falda, me acomodé las bragas empapadas que se me habían corrido hasta un lado, busqué en el bolso un pañuelo y mi labial. En el espejito del parasol me retoqué el carmín corrido con manos que todavía me temblaban un poco, intentando que nada en mi cara delatara que acababa de tragarme la corrida de un hombre que no era mi marido.

—No me mires así —le dije, aunque por dentro me reía.

—¿Así cómo? —contestó él, encendiendo por fin el motor con esa sonrisa que tan bien conocía.

Me dejó a dos cuadras de mi casa, como acordamos sin necesidad de decirlo. Antes de bajar, me sostuvo la mano un momento.

—Te voy a llamar —prometió—. Esta vez sí. Y la próxima te la meto entera.

—Más te vale —respondí, apretándole la polla por encima del pantalón antes de abrir la portezuela.

Caminé las dos cuadras con el corazón todavía acelerado, el coño palpitando bajo la falda y una sensación rara, mezcla de culpa y de algo que se parecía demasiado a la felicidad. Llegué a casa minutos antes que mi marido, me di una ducha rápida frotándome bien entre las piernas para borrar cualquier rastro, me lavé la boca dos veces, y para cuando él entró por la puerta yo ya tenía la cena puesta y la cara de siempre.

—¿Compraste el vestido? —me preguntó al darme un beso.

—No encontré nada que me gustara —dije—. Vuelvo el sábado.

Y mientras lo decía pensaba que, después de cinco años, algunas brasas no se apagan: solo esperan que alguien grite tu nombre en medio de una multitud para volver a encenderse.

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Comentarios(8)

Tucuman78

tremendo!!! seguí asi

LunaRda22

jajaja el título solo ya me enganchó, y el relato no decepciona. Muy bueno

FlorcitaBA

Me dejo con ganas de mas, por favor una segunda parte!!

Mariana_ok

Se siente muy real, de esas historias que pasan pero nadie se anima a contar. Me gusto mucho.

laila_sur

Me hizo acordar de una situacion parecida que tuve hace años, de esas cosas que uno guarda para siempre jaja. Excelente relato.

NocheDeViernes_

Ese cosquilleo que describe al principio... perfectamente narrado. Se siente en cada palabra

Santi_Riv

La tensión del reencuentro esta muy bien lograda, se me hizo corto. Espero que haya mas!

Nico_cba77

Y despues?? no nos podés dejar así, queremos saber que paso

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