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Relatos Ardientes

Jamás le confesé a mi marido lo del vecino

Alquilamos un bungalow para pasar quince días en un pueblo de la costa de Alicante: mi marido Daniel, nuestro hijo Mateo de tres años y yo. Era una casa de una sola planta con un pequeño jardín de césped, lo justo para no tener que estar metidos dentro salvo para cocinar y dormir. Sobre todo lo pensamos por el niño, que necesitaba espacio para corretear y descargar toda la energía que un crío de esa edad arrastra durante un viaje largo.

La primera noche cenamos al aire libre para recuperarnos de la carretera. Fue entonces cuando conocimos a los vecinos del bungalow contiguo. Apenas un saludo por encima de la valla, pero me llamó la atención lo dispar que era la pareja. Ella era altísima para ser mujer, delgada como un junco, con el pelo cortísimo teñido de un verde manzana que parecía brillar bajo la luz del porche. Él medía casi dos metros y tenía la complexión de un jugador de rugby. Los dos de piel muy oscura. Más tarde supimos que habían venido de Sudáfrica a pasar el verano.

A la mañana siguiente oímos a una niña chapurrear en su jardín. Era la hija de ellos, de cuatro años, y no hizo falta más. Los dos pequeños se buscaron de inmediato a través de la alambrada que separaba ambas parcelas, con ese empeño tozudo que tienen los niños cuando se gustan. Nosotros, los padres, terminamos contagiados por su cercanía, como pasa siempre.

—Si quieres, que jueguen aquí esta tarde —me ofreció ella en un inglés pausado—. Tenemos una piscina hinchable.

—Te lo agradezco —respondí—. Mateo no va a querer salir del agua.

Y así fue. Empezamos a pasar las horas juntos, en una casa o en la otra, mientras los críos chapoteaban y nos dejaban a los adultos tranquilos, charlando con una cerveza fría en la mano. Él se llamaba Thabo. Ella, Naila.

***

La primera vez que algo se removió dentro de mí fue una tarde tonta, sin importancia aparente. Llevé a Mateo a su jardín y Naila me dijo que la niña estaba con su padre en la parte de atrás. Cuando salí, Thabo estaba tumbado boca abajo en una hamaca, dormido, sin más ropa que un bañador diminuto que apenas cubría nada. Metí a Mateo en la piscina y, al girarme, no pude evitar mirar. La forma en que el tejido se tensaba contra su cuerpo me dejó la boca seca. Se le marcaba el bulto de la polla incluso boca abajo, atrapada entre el muslo y la tela mojada, gruesa y larga hasta un punto que me pareció obsceno para un hombre en reposo. Volví dentro casi sin aliento y le dije a Naila que en una hora pasaba a recoger al niño.

No debería haberme fijado. Pero ya era tarde.

A partir de ese día empecé a mirarle de otra manera. Bastaba verle aparecer con el torso al sol, la piel oscura siempre reluciente, para que se me acelerara el pulso y notara el coño humedecerse dentro de la braguita del bikini. Y lo peor era cómo me miraba él a mí: sin prisa, sin disimulo, como quien sabe esperar. Se me quedaba prendido en las tetas cuando yo salía del agua con el bañador pegado, y bajaba a la entrepierna con un descaro que me hacía apretar los muslos por debajo de la mesa.

Nos veíamos casi a diario. Bajábamos juntos a la playa, compartíamos las comidas, nos turnábamos para vigilar a los niños. Aquel contacto constante me estaba destrozando los nervios. Más de una vez tuve que encerrarme en el baño un par de minutos, bajarme las bragas y meterme dos dedos hasta el fondo mientras me mordía el labio para no gemir, solo para calmar el calentón antes de volver a salir con cara de nada. Me corría rápido, en silencio, pensando en su polla marcada bajo el bañador, y volvía al jardín con las mejillas encendidas fingiendo que había ido a refrescarme.

***

Una noche, en plena sobremesa, una copa se rompió contra el borde de la mesa y Naila se cortó en el pie con un cristal. No era grave, pero sangraba lo suficiente como para asustarnos. Decidimos acercarnos al hospital para que le echaran un vistazo. Daniel se ofreció a llevarles, porque su español era mucho mejor que el inglés de cualquiera de los dos sudafricanos y haría de puente con el personal.

Al final lo organizamos de la forma más lógica: Daniel acompañaba a Naila al hospital, y Thabo y yo nos quedábamos con los dos niños. A esas horas lo más probable era una grapa y de vuelta a casa.

Acostamos a los pequeños en la misma habitación, juntos, y volvimos al jardín. Sobre la mesa quedaban dos copas de cava a medio beber.

—Sería una pena que se calentara —dijo él, ofreciéndome la mía.

Nos sentamos en la hamaca doble, hombro con hombro, y nos pusimos a hablar de tonterías: las diferencias entre vivir en África y en Europa, el clima, los inviernos que él no soportaba. Su voz grave vibraba a mi lado y yo notaba el calor de su brazo a pocos centímetros del mío.

No sabría decir cómo ocurrió. De pronto su brazo estaba sobre mis hombros, y la yema de sus dedos me rozaba apenas el costado del pecho por encima de la tela. Le miré. Él se inclinó y me besó despacio, con una delicadeza que no encajaba con su tamaño. Y fui yo, no él, quien abrió los labios y le buscó la lengua.

Me levantó del asiento como si no pesara nada y me sentó a horcajadas frente a él. Nos besamos de nuevo, más hondo, con las lenguas enredadas, y empecé a notar el bulto firme de su polla apretándose contra mi coño solo separado por dos telas finas. Moví las caderas, despacio primero, buscándole, restregando el clítoris contra aquella dureza brutal, y él me sujetó por la cintura para seguirme el ritmo, empujando hacia arriba para que yo notara cada centímetro.

—Joder —le susurré al oído en español, aunque no me entendiera—. La tienes durísima.

Él soltó una risa ronca contra mi cuello y me mordió el lóbulo. Cuando una de sus manos se coló por la curva de mi espalda, bajó por dentro del vestido y me agarró el culo entero con una sola palma, perdí del todo la cabeza.

Me incorporé de rodillas sobre la hamaca, con los muslos abiertos a los lados de su cadera, y me restregué contra su torso. La parte de arriba de mi vestido cayó sin que recuerde habérmela quitado, y las tetas me quedaron a la altura de su boca. Él no dudó: me atrapó un pezón con los labios, lo chupó fuerte, lo mordió apenas, y pasó al otro dejándome un reguero de saliva por el escote. Tuve un calambre entre las piernas cuando su boca bajó a mi pecho y sentí la lengua ancha lamiéndome el hueco entre las tetas. Al mismo tiempo, con la otra mano, se aflojó el bañador y se lo bajó hasta medio muslo.

Miré hacia abajo y casi me atraganto. Su polla saltó libre, oscura, hinchada, con el glande brillante ya de líquido, tan gorda que dudé de que me fuera a entrar. Me la agarré con las dos manos, la sopesé, la apreté para verle la cara: él cerró los ojos y echó la cabeza atrás.

Fui descendiendo poco a poco por su cuerpo, dejándome guiar por el deseo más que por la cabeza, hasta arrodillarme en el césped entre sus piernas. Le lamí primero desde la base hasta la punta, muy despacio, siguiendo la vena gruesa que le recorría por debajo. Luego me la metí entera en la boca, o al menos todo lo que me cupo, y empecé a chuparle con hambre, ayudándome de las dos manos para lo que no me entraba. Él me sujetó del pelo, sin forzar, marcándome apenas el ritmo, y yo notaba cómo se le escapaban los suspiros graves cada vez que le tragaba hasta el fondo y se me golpeaba la garganta con el glande.

—Sube —me pidió con la voz rota—. Súbete ya.

Nunca había sentido nada igual: aquella tirantez, aquella sensación de estar al límite de lo posible. Volví a montarme encima, aparté a un lado las bragas mojadas y me guie yo misma la punta de su polla hasta la entrada del coño. Bajé despacio, milímetro a milímetro, con la boca abierta en un gemido silencioso. Me abría por dentro de una manera que dolía y que a la vez me hacía echarme a temblar entera. Cuando por fin la tuve del todo dentro me quedé quieta unos segundos, sentada sobre él, sintiéndola latir.

Empecé a moverme sobre él, arriba y abajo, perdida en la urgencia de tenerle. Él me sujetaba de las caderas y me subía y me bajaba a su antojo, empalándome contra su polla, y yo le clavaba las uñas en los hombros para no gritar. La hamaca crujía debajo de nosotros. Notaba mi propio flujo bajándome por los muslos y salpicando la base de su verga cada vez que le tragaba hasta el fondo.

Y entonces oímos el motor de un coche frenando frente a la casa.

Solo podían ser ellos.

Nos separamos de un salto. La polla se le salió de dentro con un ruido húmedo y yo me quedé un instante con el coño abierto y palpitando al aire, vacía de golpe. Me recompuse el vestido con dedos torpes mientras él se subía el bañador atrapando la polla dura de mala manera, y para cuando las luces del coche barrieron el jardín ya estábamos sentados a un metro de distancia, fingiendo conversar. Eran Daniel y Naila, claro. Una grapa pequeña le había cerrado el corte; solo tenía que mantener el pie seco un par de días.

Cogimos a Mateo en brazos, dormido, y nos fuimos a nuestro bungalow. Camino del dormitorio, Daniel me rodeó por detrás y me buscó el pecho con la mano. Caliente como estaba, con el coño todavía chorreando de otro hombre, se lo agradecí en silencio: alguien tenía que quitarme la calentura que Thabo había encendido y dejado a medias. Aquella noche follé a Daniel con una furia que él no supo explicarse, mordiéndole la boca y montándole encima hasta correrme dos veces seguidas, imaginando en cada embestida la polla del vecino.

***

Pensé que ahí terminaría. Que había sido un desliz de una noche y que la vergüenza me mantendría a raya el resto de las vacaciones. Me equivoqué.

Dos días después, Daniel tuvo que acercarse al banco del pueblo por un problema con la tarjeta. Naila se quedó vigilando a los críos en su jardín y Thabo se ofreció a llevarme a hacer la compra al supermercado. En cuanto perdimos de vista las casas, en lugar de seguir recto se desvió por un camino de tierra que terminaba en lo alto de un acantilado, con todo el mar abierto delante.

Sacó una manta del maletero y la extendió sobre la hierba seca. No hubo palabras. Me tumbó con cuidado, me besó el cuello, me arrancó el vestido por la cabeza y me dejó en bragas al sol. Bajó por mi cuerpo sin prisa, chupándome las tetas una por una, mordiéndome los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras, y siguió bajando lamiéndome el vientre, el interior de los muslos, todo alrededor menos donde yo le necesitaba. Cuando por fin me apartó las bragas de un tirón y hundió la cara entre mis piernas, arqueé la espalda de golpe.

Me lamía el coño entero, de arriba abajo, ancho y despacio, y luego se cebaba con el clítoris a lengüetazos rápidos que me hacían temblar los muslos. Metió dos dedos gruesos dentro y los curvó buscando ese punto por delante mientras seguía chupando arriba. Le agarré la cabeza rapada con las dos manos y le apreté contra mí, restregándole el coño en la boca sin ningún pudor, y me corrí a los pocos minutos con un gemido largo, mirando el cielo limpio del mediodía, apretándole las piernas alrededor de las orejas.

Cuando por fin le solté, tenía la barbilla y media cara empapadas de mí. Se rio, se pasó el dorso de la mano y se puso de pie para bajarse el bañador. La polla le saltó al aire otra vez, dura, negra, brillante bajo el sol de mediodía, y a mí se me hizo la boca agua solo de verla.

Me arrodillé frente a él sobre la manta y le devolví el favor sin que me lo pidiera. Le agarré de la base con una mano, le acuné los huevos pesados con la otra y me tragué el glande entero, empapándoselo de saliva. Se la chupé despacio primero, deteniéndome en la corona, pasándole la lengua por debajo de la punta, y después con más ganas, moviendo la cabeza adelante y atrás, dejando que el pelo me cayera sobre la cara. Él me miraba desde arriba, con los dientes apretados y las venas del cuello marcadas, y de vez en cuando me sujetaba del pelo y me la empujaba un poco más al fondo, hasta que se me saltaban las lágrimas y me tenía que apartar tosiendo. Le escupí encima, se la volví a agarrar entera, la sacudí contra mis labios, y me la tragué otra vez hasta dejarle duro como una piedra y a punto.

—Ponte de pie —me pidió, tirándome del brazo hacia arriba.

Me alzó en volandas como si no pesara y cerré las piernas en torno a su cadera mientras me sostenía contra su pecho. Me penetró así, suspendida en el aire, de un solo empujón hondo que me hizo soltar un grito al viento. Yo le clavé los talones en el culo y él empezó a moverme, subiéndome y bajándome con las manos firmes en mis caderas, empalándome contra su polla con toda la fuerza de sus brazos. Cada bajada me sacaba el aliento. Le besé la boca y el cuello a la vez, mordiéndole, lamiéndole el sudor. Nunca me había sentido tan ligera y tan deseada al mismo tiempo, tan follada.

—Más fuerte —le pedí en su oído—. Rómpeme.

Y me obedeció. Me sacaba y me metía, sacaba y metía, y en cada embiste yo notaba cómo me tocaba el fondo. Volví a correrme antes de que él terminara, con la cara enterrada en su cuello y el coño apretándole la polla en espasmos. Él aguantó unos minutos más así, sosteniéndome en el aire, y luego me dejó caer suavemente sobre la manta boca abajo, me levantó las caderas y me montó por detrás, a cuatro patas al borde del acantilado.

Me agarró del pelo con una mano y de la cadera con la otra y me embistió sin piedad. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo se mezclaba con el ruido de las olas rompiendo abajo. Sentía sus huevos golpeándome el clítoris a cada empujón, y aquella polla enorme abriéndome hasta un fondo que Daniel nunca había alcanzado. Le grité que se corriera, que me llenara, que ya no aguantaba más, y él soltó un rugido grave, se hundió hasta la raíz y noté los latigazos calientes de su corrida disparándose dentro de mí, chorros gruesos que me llenaron el coño hasta desbordarse.

Se quedó dentro unos segundos más, todavía duro, dándome pequeños empujones para vaciarse del todo. Cuando por fin salió, noté cómo su semen me resbalaba entre los muslos y goteaba sobre la manta. Me giró de espaldas otra vez y me besó despacio, con la polla apoyada mojada contra mi vientre.

El morbo de hacerlo allí, al borde del precipicio, con el viento del mar secándonos la piel, su corrida escapándoseme del coño y la culpa zumbándome de fondo, lo hacía todo más intenso.

Nos dejamos caer sobre la manta, sin aliento, y nos quedamos un rato acariciándonos en silencio, recuperando la respiración bajo el sol. Después recogimos, hicimos la compra de verdad para que las bolsas justificaran la tardanza, y volvimos a casa como si nada, con las bragas guardadas en el bolso porque estaban demasiado empapadas para ponérmelas.

***

Nunca le había puesto los cuernos a Daniel antes, y nunca volví a hacerlo después. No con Thabo ni con nadie. Las vacaciones terminaron, ellos regresaron a su país, nosotros al nuestro, y jamás volvimos a saber el uno del otro.

Reconozco que no me he arrepentido ni una sola vez. Y no solo por lo que viví aquellos días, sino por el recuerdo que me dejó: un recuerdo nítido al que vuelvo más a menudo de lo que admitiría en voz alta, cuando estoy sola y necesito desconectar del mundo durante unos minutos. Meto la mano dentro de las bragas, cierro los ojos, y me basta acordarme de aquella polla oscura entrando en mí al borde del acantilado para correrme en menos de un minuto.

Hay confesiones que una nunca llega a hacer a quien debería. Esta es la mía, y la cuento aquí porque es el único sitio donde puedo decirla entera, tal como ocurrió, sin que me tiemble la voz.

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Comentarios(7)

LocoXleer

De los mejores relatos de confesiones que lei aca. Se siente autentico, no como esas historias armadas. Sigue publicando!!!

Claudia_Mdq

Por favor una segunda parte... quede con la intriga de saber si el marido sospecho algo. No puedo creer que terminara justo ahi!

BeatrizPaz

excelente!! muy bien escrito

MirandaCba

Me enganche desde el primer parrafo. Se siente muy real, como si lo hubiera vivido alguien cercana. Tremendo relato.

FedePampa

El titulo ya te atrapa jajaja. Mejor que no se entere el marido 😅

DiegoV88

Siempre hay un vecino que te complica la cabeza... muy bueno.

NoraMdp

Me gusto mucho pero me quede pensando si ella sintio culpa en algun momento o solo al final. Seria bueno que lo desarrolles un poco mas en la segunda parte.

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