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Relatos Ardientes

Pedí una excedencia y crucé el océano sola

Cuando lo cuento ahora, años después, la gente se incomoda. No por lo que hice, sino por la naturalidad con que lo digo. Pero esa es la única forma honesta de contarlo: tenía treinta y cuatro años, una ruptura reciente que me había dejado seca por dentro y un trabajo en el que llevaba demasiado tiempo apagándome sin darme cuenta. Una mañana cualquiera, mirando la pantalla del ordenador, entendí que si no me iba en ese momento no me iría nunca.

Pedí una excedencia de un año. Mi jefe me preguntó si estaba segura. No lo estaba en absoluto, y por eso firmé.

Elegí un programa de voluntariado en una región rural del oeste de África. Daría clases de inglés a chicos y chicas de las aldeas, en una escuela de paredes de adobe y techo de chapa. Vendí casi todo lo que tenía, metí lo demás en un trastero y subí a un avión con una maleta y la sensación de estar tirándome a una piscina sin saber si tenía agua.

***

La aldea se llamaba de una forma que aún no sé escribir bien. Estaba a tres horas de pista de tierra desde la ciudad más cercana, rodeada de acacias y de un calor que se metía en los huesos. Me alojaron en una casa pequeña, encalada, con una hamaca en el porche y una mujer mayor que me cocinaba arroz y pescado y me reñía en su idioma cuando me saltaba la siesta.

Los primeros días fueron de pura supervivencia. El idioma, el agua, el polvo, los insectos. Pero algo en mí se fue soltando. En Europa vivía contando los minutos; allí el tiempo era otra cosa, más ancho, más lento, y por primera vez en años dormí del tirón. También por primera vez en años me desperté con la mano metida entre los muslos, empapada, sin acordarme de con quién había soñado.

A Bakari lo conocí en la tercera semana. Era el hijo del jefe de uno de los clanes, un hombre de mi edad, alto, de espalda ancha y unas manos enormes que parecían capaces de partir leña sin hacha. Vino a la escuela a arreglar una viga del techo y se quedó mirándome dar clase apoyado en el marco de la puerta, sin pedir permiso, con una media sonrisa que me hizo perder el hilo de la frase. Le miré el bulto marcado bajo el pantalón claro sin poder evitarlo, y él se dio cuenta, y no se movió.

—Enseñas bien —me dijo después, en un inglés torpe pero seguro—. Los niños te escuchan.

—Hablan más que escuchan —contesté.

—Como tú —dijo, y se fue antes de que yo encontrara la respuesta.

***

Tardé poco en darme cuenta de que lo buscaba. Inventaba excusas para pasar por delante de su casa, me ponía la única blusa decente que había traído, me reía demasiado fuerte cuando él estaba cerca. Tenía treinta y cuatro años y me comportaba como una adolescente, y lo peor es que me encantaba. De noche, con el ventilador zumbando y las bragas apartadas a un lado, me tocaba el coño pensando en él, en esas manos enormes abriéndome las piernas, y me corría mordiendo la almohada para que la mujer que dormía en la habitación de al lado no me oyera.

Una noche, después de una fiesta de la cosecha, caminamos juntos de vuelta. La luna estaba tan baja que parecía colgada de las ramas. Él no dijo casi nada. Se paró en mitad del camino, me puso una mano en la nuca y me besó con una calma que me desarmó por completo. Yo esperaba urgencia y me encontré con paciencia, y eso fue mil veces más peligroso. Su otra mano me bajó por la espalda, me apretó el culo por encima de la falda y me pegó contra él, y sentí perfectamente la polla dura clavándoseme en el vientre, gruesa, insistente, como una promesa que no hacía falta traducir.

Esa noche no entró conmigo en la casa. Lo hizo a la siguiente, cuando yo ya no podía pensar en otra cosa.

Lo recuerdo con una claridad que me sorprende. La hamaca crujiendo, el calor pegándonos la piel, su cuerpo cubriendo el mío hasta tapar la luz de la luna. No tenía prisa por nada. Me desnudó despacio, mirándome como si quisiera memorizarme. Me chupó los pezones uno a uno, sin apuro, tirando con los dientes hasta que se me escapó un gemido largo que él ahogó con la boca. Bajó por mi vientre besándome con calma, me abrió las piernas con esas manos enormes y hundió la cara entre mis muslos como quien se muere de sed. Me comió el coño despacio, la lengua ancha y caliente lamiéndome de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris para chuparlo hasta que arqueé la espalda y le apreté la cabeza con las dos manos. Me metió dos dedos y siguió chupando, y me corrí en su boca mordiéndome los labios, con las piernas temblando y toda yo empapada.

Cuando por fin lo sentí dentro tuve que morderme la mano para no despertar a media aldea. Se me metió entero de una embestida lenta, hondísima, hasta el fondo, y se quedó ahí quieto un segundo dejándome sentir lo que era él. La tenía gruesa y larga, y me llenaba de una manera que no había sentido nunca. Fue lento al principio, profundo, cada empujón subiéndome un escalón, y luego cada vez menos lento, hasta que dejé de ser educada y le clavé las uñas en la espalda y le pedí en mi idioma cosas que él no entendía pero que sabía hacer igual. Me folló boca arriba, me dio vuelta y me folló a cuatro patas agarrándome de las caderas, se echó él bajo y me hizo cabalgarlo mientras me apretaba las tetas con las dos manos. Me corrí dos veces más antes de que él se derramara dentro de mí con un gruñido apagado contra mi cuello, la polla latiendo, la corrida caliente llenándome hasta desbordarse por los muslos.

Me llamó mujer fuerte en su lengua. Tardé semanas en entender que para él era el mayor de los cumplidos.

***

Durante casi cinco meses fui suya y él fue mío, o eso creí. Bakari venía cada noche que podía. Aprendí a cocinar lo que a él le gustaba, aprendí palabras de su idioma que no se enseñan en ningún manual, aprendí a discutir con la mirada. Aprendí también a mamársela como a él le gustaba, arrodillada entre sus piernas en el porche cuando la aldea dormía, tragándomela hasta el fondo hasta que se corría en mi boca y yo me tragaba todo mientras él me miraba con una mezcla de asombro y orgullo. Llegué a pensar, de verdad, en quedarme. En dejar Europa, mi excedencia, mi vida entera, y parirle hijos bajo aquellas acacias.

Pero yo era exactamente lo que él quería de noche y lo que no soportaba de día. Una mujer que opinaba, que viajaba sola, que no bajaba la cabeza. En su mundo eso era un defecto a corregir, no una virtud que admirar.

—No puedes ir tú sola a la ciudad —me dijo una tarde, y no era una sugerencia.

—Llevo veinte años yendo sola a todas partes.

—Aquí no.

Las discusiones empezaron a ser más frecuentes que las caricias. Me quería puertas adentro, callada, esperándolo. Y cuanto más apretaba, más se me iba apagando dentro lo que había sentido por él. El deseo no se mata de golpe; se va vaciando, gota a gota, hasta que una noche te das cuenta de que ya no te tiembla nada cuando lo ves entrar, ni se te moja el coño cuando te pone la mano encima.

***

El padre de Bakari, Demba, era todo lo contrario a su hijo. Mayor, de barba entrecana, con una calma que no necesitaba demostrar nada. Hablaba un francés cuidado, había viajado de joven, y conmigo conversaba de cosas que a Bakari le aburrían: de libros, de ciudades lejanas, de por qué una mujer cruzaría medio mundo para dar clases en una aldea.

No lo busqué, o eso me digo todavía. Pero hubo una tarde de lluvia, de esas en que el cielo se cae de golpe y el mundo se reduce a un porche, en que nos quedamos solos. Él me miró distinto. Yo le sostuve la mirada más de lo que debía. Su mano, curtida y grande como la de su hijo pero más paciente, se me posó en la rodilla y subió por dentro del muslo con una lentitud que me hizo cerrar los ojos. Cuando me tocó por encima de las bragas, ya estaban empapadas, y él lo sintió, y sonrió sin decir nada.

Demba era pausado donde su hijo era fuego. Me llevó dentro sin apuro, cerró la puerta, me sentó al borde de la estera y se arrodilló él delante. Me quitó las bragas con los dientes, riéndose bajito de sí mismo, y me abrió las piernas con esas manos anchas. Me lamió el coño con una paciencia de artesano, la lengua entrando y saliendo, subiendo al clítoris y bajando otra vez, sin prisa, como si tuviera todo el día. Le agarré la cabeza y me corrí contra su boca sin poder callarme, con la lluvia tapando mis gemidos contra la chapa.

Se desnudó despacio, y yo me sorprendí de lo bien conservado que estaba, de esa polla gruesa y todavía firme que se le levantaba entre las piernas. Tomaba su tiempo, me leía como si yo fuera uno de sus libros, me preguntaba con las manos antes de seguir. Me acostó, se me subió encima y me la metió centímetro a centímetro, mirándome a los ojos todo el rato, hasta que estuvo dentro del todo. Empezó a moverse lento, hondo, con un vaivén que me hacía gemir bajito cada vez que llegaba al fondo. Después me pidió con las manos que me subiera yo, y me dejó llevar el ritmo.

Lo cabalgué sobre la estera mientras la lluvia golpeaba la chapa, sin pudor, dueña por una vez de cada movimiento. Me monté encima de su polla y bajé despacio, hasta el fondo, arrancándole un gemido ronco. Empecé a moverme adelante y atrás, apoyando las manos en su pecho, sintiéndolo raspar contra mi clítoris con cada vaivén. Él me puso las manos en las caderas y me dejó marcar el ritmo, mirándome todo el tiempo con una sonrisa serena que no he vuelto a ver en nadie. Boté sobre él más rápido, sintiendo la polla entrar entera con cada bajada, las tetas rebotando, el sudor cayéndome por el pecho hasta el suyo. Me corrí encima de él apretándole la polla con el coño, temblando, y él aguantó unos empujones más desde abajo, me agarró fuerte de las caderas y se corrió dentro con un gruñido largo, la corrida caliente subiéndoseme por dentro.

No tomamos precauciones por descuido; yo seguía con la píldora desde Europa, y eso me dio una tranquilidad que entonces ni valoré.

Bakari nos encontró. No voy a adornarlo: abrió la puerta en el peor momento posible y se quedó petrificado un segundo que duró un siglo. Yo estaba todavía a horcajadas sobre su padre, con la polla dentro y la corrida chorreándome por los muslos, y no me dio tiempo ni a taparme. Luego vino el grito, las palabras que no entendí pero que no hacían falta entender, y a la mañana siguiente me dejaron claro que tenía que irme de la aldea.

***

Me instalé en la ciudad, en una habitación alquilada sobre un taller mecánico, con un ventilador que hacía más ruido que viento. Podía haber vuelto a Europa. Me quedaban meses de excedencia y un billete abierto. No volví.

Porque algo había cambiado en mí, y no quería que cambiara de vuelta. Aquella mujer apagada que miraba la pantalla del ordenador se había quedado en otro continente, y la que la había reemplazado quería seguir descubriéndose.

La ciudad era ruidosa, sucia, viva, llena de gente que me miraba con curiosidad y de hombres que se acercaban con una mezcla de descaro y cortesía que en mi país no existía. Dejé de contar y empecé a disfrutar.

Hubo un músico que tocaba en un bar junto al puerto y que me cantó cosas que no entendí hasta que me las tradujo en la cama. Me lo follé la primera noche, contra la pared del cuartucho que tenía sobre el bar, con la falda subida hasta la cintura y las bragas colgando de un tobillo. Tenía dedos largos de guitarrista y sabía usarlos: me los metió en el coño mientras me mordía el cuello, y cuando ya no aguantaba más me dio la vuelta, me hizo apoyar las manos en la pared y me la metió de golpe, follándome de pie con las manos apretándome las tetas por debajo de la blusa hasta que me corrí gimiendo su nombre en voz alta.

Hubo un profesor de la universidad, serio y tímido, que se soltaba al apagar la luz. En su despacho, con la puerta cerrada con llave y el aire acondicionado apenas funcionando, se convertía en otro. Me sentó en el borde de su escritorio, me abrió las piernas y me comió el coño con un hambre que no le pegaba nada, mientras yo tiraba al suelo los papeles que se me clavaban en el culo. Me la metió ahí mismo, entre libros y carpetas, follándome despacio para no hacer ruido, tapándome la boca con la mano cuando me corrí para que no me oyeran en el pasillo.

Hubo un pescador de manos ásperas que olía a sal y a sol y que me trató como si yo fuera el mejor día de su semana. Me llevó a su barca amarrada al muelle, ya de noche, y me folló sobre las redes húmedas mientras el agua chapoteaba contra el casco. Tenía la polla corta y gruesa y la usaba con una energía de animal joven, machacándome sin descanso, dándome la vuelta, poniéndome a cuatro patas, follándome por detrás agarrándome del pelo hasta que se corrió sobre mi culo con un gruñido y yo me reí a carcajadas mirando el cielo lleno de estrellas.

No me enamoré de ninguno, y esa fue precisamente la gracia. Por primera vez en mi vida el sexo no venía con un contrato emocional adjunto, ni con la pregunta de si esto iba a alguna parte. Iba a la cama, y la cama era suficiente.

***

A veces me pregunto si me arrepiento. La respuesta sincera es que no. Volví a Europa al cabo del año, retomé mi trabajo, me corté el pelo, me compré un abrigo nuevo y nadie en la oficina notó la diferencia. Pero por dentro yo ya no era la misma, y eso no se nota en un abrigo.

Aprendí que el deseo no es algo que haya que pedir permiso para tener. Aprendí que se puede querer a un hombre y aún así negarse a ser su sombra. Aprendí que la libertad cuesta cara —me costó una aldea, un amor y la mirada de un hombre al que herí— y que aun así la pagaría otra vez sin dudarlo.

De Bakari me llegó, mucho después, la noticia de que se había casado con una mujer de su clan, callada y joven, exactamente la clase de esposa que siempre quiso. Espero que sea feliz. De Demba no supe nada más, y prefiero quedarme con su sonrisa bajo la lluvia y con el recuerdo de su polla dentro de mí mientras el cielo se caía a pedazos.

Cuento esto sin pudor porque fue el mejor año de mi vida, el más libre, el que me devolvió a mí misma. Crucé un océano sola buscando enseñar inglés a unos niños, y al final fui yo la que aprendió la única lección que importaba: que el cuerpo de una también es un país, y que nadie tiene derecho a ponerle fronteras salvo una misma.

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Comentarios(7)

karinaLP

Que valiente!!! Me llegó al alma esta historia, se siente tan real.

Romi_Baires

Treinta y cuatro años y el mundo para una sola. Ojala yo hubiera tenido ese coraje en su momento, de verdad.

NachoCba22

buenisimo!!! seguí así

Cata_lec

Y como termino todo? Quedé con muchisimas ganas de saber que pasó después del cruce.

SusanaVR

Me recordo a cuando yo me fui sola al norte hace unos años, esa sensación de libertad que describís la entiendo perfecto. Bien escrito.

MarisolPqña

Por favor una segunda parte! Quede muy enganchada con esto

lector_nocturno99

Muy bien contado, se nota que cada palabra es autentica. El detalle de las dos rupturas antes de arrancar le da una profundidad que no es usual en este tipo de relatos. Felicitaciones.

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