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Relatos Ardientes

Grabé a la profesora con el capitán del equipo

Hay cosas que uno graba sin saber que le van a cambiar el semestre entero. A mí me pasó un sábado de abril, en el instituto, mientras cumplía un castigo disfrazado de premio. Todavía tengo el video guardado. Y todavía no sé si fui el más afortunado o el más idiota de toda mi promoción.

Soy gordo, sarcástico y saco las mejores notas en matemáticas. Descubrí, con los años, que esa combinación no te hace querido por nadie. Tampoco por la profesora Marcela, que daba esa materia y que tenía a medio instituto babeando por ella.

Marcela tenía cuarenta y un años, un cuerpo de los que detienen conversaciones a media frase y una manera de mirarme como si yo le robara segundos de vida. Curvilínea, el pelo rubio cobrizo siempre hacia un lado, un escote que ella administraba como un arma. Lo raro no era que fuera dura conmigo. Lo raro era con quién no lo era.

—¿La profe es más tetona que la de Historia? —me preguntó una vez Iván, mi amigo, mientras la mirábamos cruzar el patio.

—Más —dije yo, que de eso entendía—. Pero a nosotros ni nos mira. Fijate en a quiénes les sonríe.

Y tenía razón. A los buenos alumnos nos trataba como cubos de hielo. A los pendencieros del equipo de fútbol, a los que apenas aprobaban, los recibía con sonrisas y confianzas. Yo lo notaba y me irritaba. No imaginaba todavía hasta dónde llegaba esa diferencia.

***

El sábado terminé ahí por un sorteo. Cada curso elegía un voluntario para ordenar aulas un fin de semana al mes, a cambio de un punto base en la materia que uno eligiera. Salió mi número. Mis compañeros aplaudieron muertos de risa mientras yo, que despertaba los sábados a las dos de la tarde, calculaba el crimen de poner el despertador a las nueve.

—Felicidades por su punto, señor —me dijo doña Olga, la jefa del aseo, una mujer baja y de malas pulgas que repartía las tareas con una libreta en la mano—. Le tocan el aula de Historia, la de Lengua, la de matemáticas y el comedor de los profesores. El que faltó le dejó el comedor de regalo.

—Qué generoso —murmuré.

Fue mientras subía una mesa rota desde la bodega del subsuelo que la vi llegar. Un auto rojo, reluciente, se estacionó cerca y de él bajó Marcela con una blusa beige escotada, una falda azul apretada y un abrigo gris abierto. Me sorprendió rascándome la entrepierna como un imbécil.

—¡Tú! ¿Qué haces ahí? —Su voz tenía el filo de siempre.

—Salí semanero —respondí, levantando la mesa como prueba—. Ta-daaá.

—Pensé que te hacías el chistoso solo de lunes a viernes.

Esta mujer es un témpano conmigo, y eso que soy de sus mejores alumnos.

Iba a contestarle algo cuando aparecieron Damián y su séquito. Damián era el capitán del equipo, veinticuatro años, alto, de buen físico, una soberbia que se podía oler a tres metros. El tipo de hombre por el que las mujeres como Marcela hacen tonterías.

—¿De semanero, Sir Cerdo? Oink, oink —soltó, y sus amigos se rieron en coro.

—Qué original, Damián —dije—. Cuidado con cabecear tantas pelotas, vas a terminar haciendo los ceros al revés.

—¿Qué dijiste, gordo de mierda?

—Suficiente, muchachos —cortó Marcela, pero con una sonrisa en los labios que no era para mí.

Damián se le acercó y le plantó un beso en la mejilla con una familiaridad que me hizo levantar las cejas. Ella se rió, nerviosa, y se cerró el abrigo porque los demás no le quitaban los ojos al escote. Se despidieron. Cuando Marcela se alejó hacia el edificio antiguo, moviendo ese culo enorme bajo la falda, me quedé un segundo de más mirándola. Solo un segundo. No sabía que esa mujer iba a ocupar mi cabeza durante meses.

***

El comedor de profesores estaba en un balcón sobre la zona de comidas, con un armario enorme de dos puertas para guardar utensilios. Yo había dejado las mesas relucientes y estaba por irme cuando escuché tacones subiendo la escalera. Era ella. No quería más roces, así que hice lo más estúpido y lo más afortunado de mi vida: me metí en el armario y cerré las puertas.

Por la rendija la vi apoyar su trasero contra una mesa, de espaldas a mí, picoteando una barra de cereal. Estaba calculando cuánto aire me quedaba ahí dentro cuando llegaron voces. Damián y dos de sus amigos, Ezequiel y Nicolás, todavía sudados del entrenamiento.

—Se me olvidó decirle lo linda que se ve hoy, profesora.

—Ay, gracias —respondió ella, y dejó que Damián le diera otro beso, esta vez en las dos mejillas.

Hablaban de un trabajo. Querían que ella les consiguiera algo, como la otra vez, de guardias o jardineros en una fiesta «en la hacienda», donde se pagaba bien. Yo medio escuchaba, medio asfixiado, hasta que vi la mano de Damián. Bajó despacio por la espalda de Marcela, levantó apenas el abrigo y se posó en uno de los cachetes de ese culo enorme.

Esto no puede estar pasando.

El cuerpo de ella se tensó. Pero al comprobar que los otros dos no veían nada, no dijo una palabra. Soltó una risita nerviosa y siguió la conversación como si la mano de un alumno en su culo fuera lo más normal del mundo. Saqué el teléfono. No necesité zoom: ellos estaban a metros, y la cámara registró con lujo de detalle cómo ese imbécil le manoseaba el trasero a la mujer más temida del instituto.

—¡Ay! —se le escapó cuando Damián apretó más fuerte.

—¿Le pasó algo, profe? —preguntó Nicolás.

—N-no. Me golpeé con la mesa.

Les prometió hablar con quien fuera para meterlos en esa fiesta. «Son buenos chicos», dijo. Y se fue, despidiéndose con un beso de cada uno. Me quedé quieto, con el corazón retumbando contra la madera del armario. Pero lo que vino después, cuando ella ya no estaba, fue lo que me revolvió el estómago.

—Le agarré todo el culo y no dijo nada —presumió Damián.

—¿Nunca se lo habías tocado? —preguntó Ezequiel.

—No, pero era cuestión de tiempo. A ustedes les regala la nota, a mí me regala otras cosas. —Se rió—. Ni una palabra de esto a nadie. Un culo es un culo, por gorda que esté. Y esta me sirve, por lo menos hasta fin de año. No estoy enamorado, manga de tarados. Me sirve, eso es todo.

Apreté el teléfono hasta que me dolieron los dedos. Marcela podía ser insoportable, pero nadie merecía que hablaran así de ella. Cuando por fin bajaron las escaleras, salí del armario tomando una bocanada de aire como si hubiera estado bajo el agua.

***

Pensé que con eso me bastaba para una semana de conversaciones con mis amigos. Me faltaba una sola aula por revisar: la de matemáticas, la de ella. Caminé por el pasillo largo del edificio nuevo, el aula al final, y escuché voces detrás de la puerta entreabierta. Debí irme. En cambio, me agaché y volví a sacar el teléfono.

Marcela estaba de pie, sin el abrigo, y frente a ella estaba Damián, todavía con la camiseta azul pegada al cuerpo por el sudor. Pero ahora no le tocaba el culo. Le estrujaba una de esas tetas enormes mientras ella lo miraba a los ojos, sin frenarlo.

—No te tomes esas confianzas… ¡Ay! Ya me agarraste, ¿qué más quieres?

—Pero si parece que no le molesta —dijo él—. Hoy por fin le agarré el culo y no me dijo nada.

—Estaban esos dos ahí.

—Y se dieron cuenta igual.

Marcela suspiró y le advirtió que se cuidara, que seguía siendo su profesora. Damián le pasó un dedo por los labios y ella, despacio, abrió la boca y empezó a chuparlo sin dejar de mirarlo. Yo no podía creer lo que estaba grabando.

—¿Ve que le gusta? —se envalentonó él.

—Es que yo no soy de fierro —contestó ella.

Él le tiró la blusa hacia abajo, dejó a la vista el sostén blanco, lo corrió, y apareció una teta enorme con la areola clara y el pezón duro. Marcela cerró los ojos cuando él se la llevó a la boca y empezó a succionar.

—¡Ooooh! No… ya, suficiente —dijo ella, sin ninguna intención de que parara.

Y ahí entendí cómo funcionaba. Que le chuparan las tetas era su debilidad, lo único que la doblegaba. Me enteraría después, atando cabos, de toda su historia: que solo había tenido sexo con dos hombres en su vida, el padre de su hijo y su pareja actual, un agrónomo con el que vivía en paz desde hacía años. Que no se permitía más que eso. Pero que cuando alguien le chupaba las tetas como ella necesitaba, sentía que tenía que recompensarlo. Y la única forma que había encontrado de saciarse sin sentir que engañaba a su pareja era esa: ponerse de rodillas y chupar. Compañeros de trabajo, de la universidad, profesores, alumnos de confianza. Cualquiera que lo hiciera bien. Nunca más que eso. Nunca un beso en la boca.

—¿Qué más te contaron? —preguntó ella, divertida, mientras él le manoseaba el pecho.

—Que cuando andaba caliente, llamaba a algún revoltoso a su oficina para chupársela.

Marcela soltó una risa y se agachó. De un tirón le bajó el short, y se lo metió en la boca sin protocolos. Damián levantó la cabeza, los ojos cerrados, como si hubiera ganado algo. Pero yo veía lo que él no veía: que la cabeza de ella se movía con voluntad propia, que él intentaba guiarla y no podía, que por primera vez ese tipo que siempre tenía el control no controlaba nada.

—Así, profesora, así —balbuceaba.

Ella lo miraba de reojo, hacía sus «mmm» bien fuertes, le hacía ojitos. Yo sabía, sin saberlo del todo, que para Marcela esto era un trámite. Que chupar y resolver matemáticas eran las dos cosas que mejor se le daban, y ninguna de las dos le gustaba demasiado. Pero la actuación era impecable.

—¿Ya viene? —preguntó, sacándosela un segundo.

—Falta, falta… chupe.

Le tomó la nuca, la guió hasta la punta, y al rato se la sacó, se la pajeó y le apuntó a la cara. Marcela cerró los ojos justo a tiempo. Lo vi vaciarse sobre ella, vi cómo apretaba los párpados para que él no notara el disgusto, y vi cómo al terminar intentaba sonreír con la cara llena.

—¿Te gustó? —preguntó ella, todavía de rodillas.

—Me encantó.

—¿Le vas a decir a alguien?

—A nadie. Promesa.

Se puso de pie, se acomodó las tetas dentro del sostén, miró su reloj y por un instante pareció recordar que tenía que ir a casa a hacerle el almuerzo a su hijo y a su pareja. Y entonces Damián se subió el short como un campeón, miró hacia la puerta, y a mí se me heló la sangre.

—¡Oye! ¡Profesora, está grabando!

***

No soy deportista, pero esa tarde corrí como si me persiguiera el diablo. Llegué al armario de aseo del fondo del pasillo, me metí dentro entre escobas y, si me encontraban, pensaba recibirlos a escobazos. Escuché a Damián salir, mirar a un lado y al otro, y bajar las escaleras convencido de que el intruso había escapado por ahí.

Miré la pantalla con el pulso disparado. El video estaba guardado. Lo respaldé en la nube ahí mismo, temblando. No iba a perder eso, aunque después tuviera que borrarle la cara a ese imbécil.

Cuando todo quedó en silencio, abrí las puertas con cuidado, impidiendo que las escobas se vinieran abajo. Y al cerrarlas, un cubo de hielo me recorrió la espalda. Marcela había salido del aula y estaba ahí, a un metro, mirándome con los ojos muy abiertos.

—Hola —dije, y mi propia calma me sorprendió—. No se preocupe, ya me iba.

Pasé por su lado dándole un último vistazo al escote. Sabía que en esa pelea, por una vez en mi vida, yo tenía las de ganar.

—Tiene algo debajo del ojo izquierdo, profesora —agregué sin detenerme—. Debería… ya sabe.

Caminé sin mirar atrás, sintiéndome treinta kilos más liviano. Detrás de mí, Marcela temblaba de pies a cabeza, limpiándose la cara con el dorso de la mano, entendiendo recién que ese gordo al que nunca le había sonreído ahora tenía la única prueba de que todos los rumores eran ciertos.

Mientras menos frentes abiertos tenga, mejor. El problema ahora es suyo, no mío. Si quiere solucionarlo, ya sabe dónde encontrarme.

Eso me repetía, mientras cruzaba el patio vacío. No sé si me lo creía. Pero por primera vez, era yo quien tenía algo que ella necesitaba. Y eso, en ese instituto, era más que cualquier punto base.

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Comentarios(7)

LectoMorbo

increible!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

FrancoRM

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como termino todo

CuriosoTotal_22

jaja me recordo a unos rumores que habia en mi cole sobre una profe... nunca supimos si era verdad o no. Tremendo relato

GabiMza

Muy bien escrito, se nota que sabes narrar. Sigue publicando!

OjosCuriosos

la parte del armario me mato jajaja, menuda situacion

EduardoRiver

Me engancho desde el primer parrafo y no pude parar hasta el final. Es de esas confesiones que no sabes si creer o no, pero esta narrada de una manera que te mete adentro completamente. Espero mas historias asi

Rebeca_SdJ

Y que paso despues? nunca aclaraste si te vieron o no. Quede con mucha curiosidad!

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