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Relatos Ardientes

Se la chupé en su coche al volver de las fiestas

Estaba sentada en el asiento del copiloto, a oscuras, con la espalda pegada al respaldo y la cabeza dándome vueltas. Era de noche. O más bien de madrugada ya, esa hora muerta en la que el pueblo entero duerme y solo quedan despiertos los que no han querido irse a casa todavía. El coche estaba aparcado a unos pocos metros del portal de la casa de mis padres, en una calle estrecha que conocía desde niña.

Lo único que rompía la oscuridad era una farola, una sola, plantada a unos metros de nosotros. Su luz amarillenta no llegaba a iluminarnos las caras. Apenas podíamos distinguirnos. Y sin embargo, esos pocos rayos que se colaban por el parabrisas caían justo donde no debían: sobre su polla, dura, brillante, húmeda. Destacaba en mitad de la penumbra como si alguien la hubiera puesto ahí a propósito.

La había humedecido yo. Con mi boca. Y estaba a punto de bajar otra vez.

Iba muy borracha, no voy a mentir. Había bebido demasiado durante toda la noche, varios combinados de ginebra, y lo había rematado con un par de chupitos que alguien me puso en la mano en la barra de la peña. Francamente, no me acuerdo del momento exacto en el que acabé dentro de ese coche. Hay un hueco negro entre la última canción que recuerdo haber bailado y el instante en que me vi ahí, con su mano en mi nuca.

Lo que sí recuerdo perfectamente es quién era él.

***

Se llamaba Rubén, aunque por aquel entonces todos lo llamábamos por el apellido. Era de cuando yo iba al instituto, de aquellos años en los que aún no salía con el que después sería mi novio durante casi una década. Rubén siempre me había gustado. No era el más guapo de la clase ni el más popular, pero tenía una forma de mirarme que me ponía nerviosa, una sonrisa torcida que guardaba solo para mí cuando se cruzaba conmigo en el pasillo.

Me tiraba los tejos sin disimulo. Me esperaba a la salida, me ofrecía llevarme a casa en su moto, me decía cosas al oído en las fiestas del pueblo de aquellos veranos. Y a mí me encantaba que lo hiciera, aunque nunca le diera más cuerda de la cuenta. Al final acabé saliendo con otro. Las cosas pasaron así, sin más, y Rubén y yo nos perdimos de vista durante años.

Hasta esa noche.

Nos habíamos reencontrado en la verbena, entre el bullicio de la orquesta y los vasos de plástico pegajosos. Me reconoció enseguida. Me abrazó, me dijo que estaba igual que siempre, que no había cambiado nada. Hablamos de los viejos tiempos, de la gente del pueblo, de qué había sido de cada uno. Y mientras hablábamos, yo seguía bebiendo, y él seguía mirándome de aquella manera, y la distancia entre los dos cuerpos se iba haciendo cada vez más pequeña sin que ninguno lo decidiera del todo.

No sé quién propuso salir del recinto. No sé quién dijo lo de ir a su coche. Solo sé que de repente estábamos los dos solos, en la calle de mi infancia, a oscuras, y que el aire de la madrugada me había despejado lo justo para entender lo que estaba a punto de hacer y no lo suficiente para impedírmelo.

***

Empezó con un beso. Uno de esos besos que llevaban veinte años esperando, torpes al principio por el alcohol, y luego cada vez menos torpes. Él me puso la mano en el muslo. Yo no la aparté. Su boca bajó por mi cuello mientras sus dedos subían, y yo me dejé hacer con los ojos cerrados, pensando que aquello no contaba, que pasaba en otra vida, que mañana lo borraría todo.

Fui yo la que bajó la cremallera. Lo recuerdo porque me costó, porque mis dedos no respondían bien y él se rió bajito en la oscuridad. Cuando por fin la saqué, la noté pesada y caliente en mi mano. Grande. Más de lo que había imaginado todas aquellas tardes de instituto en las que fantaseaba con él sin atreverme a admitirlo.

Me incliné sobre el asiento y abrí la boca.

—Joder —fue lo único que dijo cuando lo rodeé con los labios.

Empecé despacio, deslizándome por la punta, arriba y abajo, notando cómo se endurecía aún más contra mi lengua. Él me había puesto una mano en la nuca, sin apretar, solo siguiendo el ritmo que yo marcaba. La otra la apoyaba en el techo del coche, tenso, como si le costara quedarse quieto.

Me la saqué de la boca un momento. Había notado su puntita, enorme, empezando a gotear poco a poco. Me detuve, recobré el aliento, y a oscuras, apoyándome un poco en sus piernas, volví a caer directa.

—Vuelve a metértela —me pidió con la voz quebrada—. Vuelve a metértela.

***

Su polla me atravesó la garganta otra vez. Ya estaba mojada del todo, resbaladiza, con un sabor a mezcla de mi propia saliva y de él. Cerré los ojos. El mundo se reducía a aquel espacio diminuto entre el volante y el asiento, al olor del cuero del coche, a su respiración cada vez más agitada por encima de mi cabeza.

Subía y bajaba, tragándomela hasta donde podía y retirándome para coger aire. De mi garganta salían sonidos que no controlaba, sonidos torpes y húmedos que se mezclaban con sus jadeos. Me ardían los labios. Se me caía la saliva por la barbilla y no me importaba en absoluto.

—Chupa —murmuraba él—. Por favor, chupa, no pares.

Y yo no paraba. Estaba borracha, pero no tanto como para no darme cuenta de lo que estaba pasando, de la mujer en la que me convertía a las cuatro de la mañana en aquel coche, tan distinta de la que todos creían conocer. Y eso, en vez de frenarme, me empujaba a seguir.

Empecé a notar las primeras gotas de su semen filtrándose, salpicándome la lengua mientras chupaba. Escupí un par de veces, sin sacármela del todo, y aun así insistí en seguir. Quería notarlo. Quería ser yo quien decidiera cuándo y cómo.

***

Era consciente de que el momento se acercaba. Lo notaba en todo: en cómo había dejado de hablar, en cómo aguantaba cada vez menos, en cómo sus caderas empezaban a moverse solas buscándome la boca. Jadeaba más fuerte. Me pedía más, me pedía que no parara, repetía mi nombre como una súplica.

—Marisol, joder, Marisol...

Y entonces fue cuando decidí parar.

Tenía la punta entre los labios y la saqué despacio, sin soltarla, cogiéndola fuerte con la mano. Estaba dura, muy dura, pero a la vez completamente empapada de mi saliva. La apreté, empecé a masturbarlo con el puño cerrado, subiendo y bajando con un ritmo lento y firme, mientras acercaba mi cara hasta dejarla a un palmo de él.

—Estás a puntito de irte —le dije.

—No, no, no —jadeó—. Marisol, chupa, chupa otra vez.

—Sé que estás a puntito de irte. —Seguí moviendo la mano, despacio, disfrutando del poder que tenía en ese instante—. ¿Quieres correrte ahora? Con mi cara así de cerca de tu polla. ¿Te quieres correr en mi cara?

No me contestó con palabras. No podía. Lo único que salió de su boca fue un sonido largo, ronco, ahogado, que se rompió en mitad de mi nombre.

—Dios... Marisol... aaah...

Fue decírselo y notarlo. Sentí cómo todo subía por su polla bajo mis dedos, cómo palpitaba con fuerza una, dos, tres veces, y después los chorros calientes esparciéndose por todas partes, sobre mi mano, sobre mi mejilla, sobre la oscuridad que nos envolvía. Seguí moviendo el puño hasta el final, vaciándolo despacio, mientras él temblaba en el asiento y soltaba el aire de golpe.

***

Nos quedamos quietos un buen rato, sin decir nada. Solo se oía su respiración entrecortada volviendo poco a poco a la normalidad y el zumbido lejano de la orquesta, que seguía tocando para los que no querían que la noche terminara.

Busqué un pañuelo en el bolso a tientas y me limpié como pude. Él me miraba en la penumbra con una sonrisa que no le veía pero que sabía que estaba ahí, la misma sonrisa torcida del instituto, la que guardaba solo para mí.

—Llevaba veinte años imaginándome esto —dijo en voz baja.

No le respondí. Me arreglé la ropa, me retoqué el pelo con los dedos y abrí la puerta del coche. El aire fresco de la madrugada me golpeó la cara y me devolvió de un solo soplo a la realidad. A unos metros estaba mi portal, mi calle, mi vida de siempre, esperándome como si nada.

—Buenas noches, Rubén —le dije antes de cerrar la puerta.

Caminé hasta mi casa sin volver la vista atrás, con el sabor de él todavía en la boca y la certeza de que aquello no le iba a contar a nadie. Nunca. Lo guardaría como guardo ahora esta confesión: en el rincón más oscuro de la memoria, donde solo se asoma alguna noche, cuando el alcohol y los recuerdos vuelven a mezclarse y me pregunto qué habría pasado si, todos aquellos años atrás, le hubiera dado a Rubén un poco más de cuerda.

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