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Relatos Ardientes

Era su confidente y cada confesión suya me encendía

Esta es la historia de mi amiga Carla, o más bien la historia de todo lo que ella me contó y yo nunca pude tener. La conocí en la adolescencia. Iba a otro instituto y vivía en un pueblo pegado a la ciudad, pero teníamos amigos en común y terminamos coincidiendo tarde tras tarde en el mismo parque. Hablábamos por el móvil cada día, nos reíamos de todo, nos hicimos inseparables. Desde el primer momento me atrajo.

Carla es morena, de ojos negros y una mirada intensa, de esas que parecen disfrutar antes de tiempo. Tiene los labios carnosos, un buen pecho y unas curvas que llamaban la atención por la calle. No me cuesta reconocer que estuve enamorado de ella durante años, incluso saliendo con otras chicas. Siempre tuvimos una química rara, nos lo contábamos todo, nos apoyábamos en cualquier cosa.

Ella no era lanzada en el terreno de las relaciones, pero casi nunca estaba sola: siempre tenía novio o algún lío a medias. Su forma alegre de ser atraía a media ciudad. En las fiestas era normal verla desaparecer un rato con algún chico hacia un rincón apartado. Y cuando cortaba con alguien, no tardaba ni un mes en aparecer con otro. Yo era su confidente. Escuchaba cada semana los detalles de sus líos con otros hombres, a veces con amigos comunes, y eso me ponía celoso y cachondo al mismo tiempo.

En el fondo esperaba mi turno. Ya llegará, me decía. Por desgracia nunca llegó, aunque estuvo cerca más de una vez. Me hice cientos de pajas imaginando ese momento, o recordando los besos que ella me describía con otros. Cuando salíamos y se liaba con alguno, no podía evitar mirar con cierto morbo. Fue entonces cuando empecé a aceptar que me gustaba ese mundo, el de mirar, el de compartir, el de imaginarla con otro mientras me lo contaba todo.

***

Una tarde de verano un grupo de amigos jugamos en la playa a verdad o reto. Lo que empezó inocente fue subiendo de temperatura conforme caía el sol. Cuando me tocó proponer un reto, supe lo que quería. Sabía que a uno de los chicos del grupo le gustaba Carla, así que los reté a darse un beso con lengua.

Creo que disfruté yo más que ninguno viendo cómo sus lenguas se buscaban. Mi amigo me lo agradeció varias veces, y con razón: al día siguiente empezaron a salir. Duraron solo dos semanas, pero a juzgar por lo que me contó después, aprovechó bien esos labios.

Lo curioso es que Carla seguía siendo virgen. No terminaba de dar el paso. Una noche, hablando por mensajes, nos quedamos hasta las cinco de la mañana tonteando. Le confesé que me gustaba y ella me dijo que yo también, pero no sé por qué no me atreví a más. La conversación quedó suspendida en el aire. Lejos de frustrarme, aquello me hizo soñar todavía más, no solo con probarla algún día, sino con imaginar un futuro a su lado.

***

Aquel verano se fue de vacaciones con sus padres a otra ciudad. Cuando volvió quedamos para dar una vuelta y ponernos al día. Entre risas me confesó que se había liado con un chico de nuestra edad, el hijo de unos amigos de la familia. Lo que me dejó de piedra fue el resto: un día, encerrados en la habitación de él, se la había chupado y le había hecho una paja. Me excitó muchísimo. Poco a poco se animaba a más, cuando hasta entonces no pasaba de los besos.

Empezamos la universidad en ciudades distintas. Seguíamos en contacto, pero apenas nos veíamos, y entre los estudios y la distancia no quedaba mucho tiempo para nuestras confesiones. Un fin de semana de fiesta, con varios amigos, un comentario de una de sus compañeras me llamó la atención. Aquella chica presumía de los tíos con los que ya se había acostado, mientras Carla y su amiga Lucía la picaban.

—Pues prefiero lo mío, que al menos yo acabo —soltó la otra—. Vosotras dos se la chupáis a los chicos con los que quedáis y ahí lo dejáis.

—Cierto, así nos quedamos nosotras a medias —respondió Lucía, muerta de risa.

Me quedé con la duda clavada, pero no supe cómo sacarle el tema. Las semanas pasaron y no me atreví a preguntar por aquellas mamadas.

***

Un día me llegó un mensaje suyo que me descolocó. Después de un «tengo algo que contarte», resultó que había empezado a salir con un chico de su pueblo. Antes de que pudiera preguntar por él, me escribió: «Ya lo hicimos, jajaja». Me acomodé en la cama, excitado, y le pedí todos los detalles.

El afortunado era Rubén. Lo conocía de vista y, la verdad, no me caía bien. Era un año menor que nosotros y me parecía poca cosa para ella. Me contó que los fines de semana, cuando volvía a casa, quedaban para liarse, que le había pedido salir y que habían follado en casa de los padres de él, aprovechando que no estaban. Estuvimos hablando de sexo hasta las cuatro de la mañana: lo que había hecho con él, mis propias experiencias en la universidad con otras chicas. Me sorprendió que con Rubén solo lo hubiera hecho tres veces, y una de ellas ya sin preservativo.

—Espero no estar embarazada —me escribió entre risas.

***

Pasaron los meses y, aunque seguíamos en contacto, ya no era lo mismo. Carla dejó de salir con nuestro grupo y se movía con Rubén y los amigos de él. Dejamos de hablar de nuestras intimidades. Pasaron incluso los años. Hasta que una noche, poniéndonos al día, volvimos a quedarnos despiertos hasta las seis de la mañana.

Seguía con Rubén. Hablamos de sexo, de un bikini de hilo que se había comprado —que yo, por supuesto, dije que necesitaba ver— y de mis experiencias con la que entonces era mi novia. Cuando le hablaba de ella, notaba ciertos celos en sus mensajes, alguna pulla. La conversación se calentó y volvimos a tontear como en los viejos tiempos.

—Ojalá estuviéramos en otras circunstancias —me dijo—. Ya podría existir una máquina para teletransportarte hasta aquí. Siempre me has gustado, pero nunca te lanzas.

Le pedí que quedáramos a solas al día siguiente, en secreto. Me dijo que sí. No dormí en toda la noche. Me corrí tres o cuatro veces pensando en ella.

Pero al día siguiente, al darle los buenos días, la noté distante, cortante. Aun así insistí en la quedada.

—Mejor no —me escribió—. Tenemos pareja los dos.

Y así pasaron más años, distanciándonos cada vez más, aunque sin dejar de hablar de vez en cuando.

***

Llevaba siete años con Rubén cuando volvimos a abrirnos del todo una noche. Había conseguido trabajo en la ciudad de la costa donde solía veranear, a un par de horas de su pueblo, y se notaba que con su novio la chispa se había apagado. Le conté que con mi pareja hacíamos intercambios, tríos, que la compartía. Ella me confesó que le daría morbo un trío con otro hombre y que no se cerraría a un intercambio, pero que Rubén era demasiado celoso para esas cosas.

Me contó que una vez, en casa de una amiga, se había liado con Rubén en la misma cama que la amiga y su chico, aunque solo besos y caricias por encima de la ropa. Ella tenía ganas de más, incluso de follar delante de ellos, pero no se atrevieron a seguir. Y luego me soltó otra: una noche, en una discoteca, bailó con una chica, amiga de una compañera, y terminaron besándose un buen rato en mitad de la pista. La chica le ofreció salir a tomar el aire, pero Carla se asustó. Ni es lesbiana, ni bisexual, y tenía novio, así que le dijo «en otro momento» y ahí quedó todo.

Me di cuenta de que Carla era una mujer con ganas de explorar. Desde entonces le hablaba más a menudo, le contaba experiencias nuevas con mi pareja, y se notaba que el tema le encantaba.

***

Una mañana me llegó un mensaje suyo: «La cagué». Me contó que había salido el sábado con sus compañeras de trabajo y que en la discoteca se encontró con el hijo de aquellos amigos de la familia, sí, al que años atrás le había hecho su primera mamada. Bailaron juntos, se rieron, tontearon, y él se ofreció a acompañarla a casa.

Por el camino le pidió la mano y ella aceptó. Se besaron casi en cada farola. Subieron besándose en el ascensor, siguieron mientras él abría la puerta y fueron directos al sofá. Allí se liaron un buen rato, hasta que él le sirvió una copa. Charlaron y acabaron en el dormitorio. La desnudó entre besos, le recorrió el cuello, el pecho, le comió el coño. Después ella se la chupó, hicieron un sesenta y nueve y se masturbaron el uno al otro hasta correrse los dos. Luego se durmieron abrazados hasta el día siguiente.

Me juró que no habían follado. ¿La creemos? No lo sé. Me parecía raro que dos personas desnudas pasaran toda la noche en la misma cama sin llegar a más. Me dijo que se sentía culpable, pero que no creía que aquello fuera ponerle los cuernos a Rubén, porque las cosas entre ellos, con la distancia, ya no iban bien.

Me dio la risa que pensara que aquello no era ser infiel, pero la apoyé igual. Ese mismo día cortó por teléfono con Rubén, después de siete años. Supuse que empezaría a salir con el chico que la había comido entera, pero no. Se la veía afectada.

***

El domingo siguiente, una semana después, me llegó otro mensaje: «Esta noche he follado duro».

—¿Con el hijo de los amigos de tus padres? —pregunté.

—No.

Me sorprendió. Me contó que había salido otra vez con sus amigas y que ellas, para animarla, le habían buscado un chico. Era justo lo contrario de su ex: tres años mayor, melena, musculado, masajista de profesión. Se liaron, le gustó, y él le ofreció ir a su casa para hacerle un masaje. El chaval aceptó encantado.

Al llegar empezaron los besos. Me dijo que él se sentó en el sofá a mirarla mientras ella se desnudaba de pie frente a él, y luego se le subió encima completamente desnuda. Tras lamerle el pecho, le propuso ir a la ducha. Carla, sorprendida, aceptó. Allí él se desnudó y le mostró una polla más grande que la de su ex.

Se metieron bajo el agua y empezaron los besos, las caricias, los restriegues. Él la enjabonó sin perderse un centímetro de sus tetas, su sexo y su culo. Luego le tocó a ella, que golosa le enjabonó la polla, los testículos, el torso. Él la giró contra la mampara y empezó a follársela. Carla gemía mientras sentía las embestidas, el frío del cristal en los pezones, las salpicaduras del agua caliente. Se corrió allí mismo, encantada.

Al salir se secaron el uno al otro, aprovechando cada rincón, y se fueron a la cama a seguir follando, esta vez sin contención. Durmieron juntos. Esa misma semana empezaron a salir.

***

Durante un tiempo Carla siguió contándome las guarradas que hacían en la cama, en el baño, en la cocina, en el sofá y hasta en un parque. Pero poco a poco nos fuimos distanciando otra vez. Ahora llevamos más de un año sin hablar. Se ha centrado en su nuevo novio, Diego, y nada más.

Yo me quedé donde siempre estuve: del otro lado del teléfono, guardando cada una de sus confesiones. Y todavía hay noches en las que me pregunto lo mismo de siempre.

¿Algún día probaré esos labios?

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Comentarios (5)

MarceloBaires

Que relato tan bien escrito!! Me enganche desde la primera linea y sin darme cuenta ya habia llegado al final.

Pao_lectora

Por favor seguilo, quede con ganas de saber como termino todo. No puede quedar asi nomas!

DiegoCortes_77

Me recordo a alguien del secundario. Esa amistad donde uno siente mas pero no puede decirlo... muy real, me llego bastante.

LectoraNocturna

Excelente!!!

Luciana_Sur

Eso de guardar cada palabra para uno solo es tierno y doloroso a la vez. Se siente muy humano, felicitaciones por el relato.

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