Lo que sentí en la consulta no se lo confesé a nadie
Vengo de la consulta. Hoy fue la tercera sesión y, por primera vez, salí de allí sin saber muy bien quién había entrado y quién había salido. En las dos primeras le conté por qué iba a verle: los problemas que —creo— tengo y que, según yo, no deberían formar parte de mi vida. Cosas que no me gustan de mí, de mi forma de comportarme, de mi cabeza, pero que, llegado el momento, soy incapaz de evitar.
Intenté explicarle algunos detalles del presente y del pasado. Y digo intenté porque Teodoro, que así se llama el hombre que me trata, enseguida se dio cuenta de que mi vida, aunque no lo parezca por fuera, es un caos perfectamente disimulado. Por eso me pidió que escribiera un diario. Dice que sirve para poner orden en el relato, para encontrar dónde está el problema —si lo hay— y cómo resolverlo —si se puede—.
Y sobre todo, los detalles. Que no me deje ni uno. En estos casos, insistió, los detalles lo son todo. Un detalle insignificante puede esconder el dato que lo explica absolutamente todo. Teodoro me aclaró que el diario no es para él, que no piensa leerlo, que es solo para mí. Pero los dos sabemos que, si ordeno mis ideas aquí, después me costará menos contárselas a él de viva voz.
Así que aquí estoy, escribiendo. Voy a intentar anotar los hechos cotidianos, lo que me vaya pasando día a día. Y también los pensamientos, porque sospecho que buena parte del problema vive justo ahí, en lo que ocurre dentro de mi preciosa cabecita. Esas descargas eléctricas que, según los que saben, generan las ideas y terminan empujándonos a hacer lo que hacemos. Teodoro también me pidió que apunte cualquier recuerdo que, según mi propia lógica, pueda explicar por qué soy como soy.
Cuando me habló del diario, me acordé de cuando era pequeña. Como casi todas las niñas de mi época, guiada por las series y los libros, empecé a escribir uno. No sé si las adolescentes de ahora siguen haciéndolo. Aún recuerdo alguna entrada: «Querido diario, hoy en clase de literatura noté que el profesor me miraba las piernas, y sentí algo entre ellas que tuve que calmar en la cama, justo antes de dormir». Ay, cosas de la juventud. Me da la risa solo de recordarlo.
Con esto quiero decir que no me apetece nada empezar con un «Querido diario». Me devuelve de golpe a aquella adolescente ingenua que fui. O que creí ser. Así que, para no caer en ese «Querido diario» tan patético, decidí ponerte un nombre y hablarte como si fueras una amiga de verdad. Creo que así me resultará más fácil.
He pensado en llamarte Klara. No por nadie que conozca, sino por aquella criatura tan rara y tan tierna de la novela que leí el invierno pasado, esa que observaba el mundo de los humanos sin entenderlo del todo. Fue el primer nombre que se me vino a la cabeza, y me gusta la idea de contarte mis cosas a ti, que me escuchas sin juzgarme. Empiezo, entonces.
***
El problema, Klara, es que en ciertos momentos me comporto como si fuera otra persona. Hay situaciones en las que hago cosas que no encajan con mi manera de ser, pero a las que, en el instante exacto en que ocurren, soy incapaz de resistirme. Es como si una segunda mujer me tomara la mano y la mía dejara de obedecerme. Hoy mismo, sin ir más lejos, en la consulta con Teodoro me pasó. Y por eso necesito contártelo, porque todavía no me lo creo del todo.
Primero deja que te describa a Teodoro, para que entiendas lo absurdo de la situación. Teodoro tendrá unos sesenta años, quizá alguno más. Es calvo, con una barba blanca muy cuidada, algo de barriga y un gusto impecable para vestir: traje sin corbata y siempre, siempre, con chaleco. En la consulta apenas habla. Pregunta, escucha y toma notas en una libreta de tapas gastadas. Tiene una mirada inteligente, de esas que, cuando se posan sobre ti, parecen leerte por dentro. Intimida un poco, la verdad.
Teodoro no es mi tipo. Para nada. Tengo veintisiete años y, aunque siempre me han gustado los hombres mayores que yo, jamás me había sentido atraída por alguien de su edad. Nunca. Y, sin embargo, lo que pasó hoy fue exactamente eso, y no sé cómo explicarlo sin sonar a loca.
Hoy le conté cómo perdí la virginidad. No fue nada del otro mundo. Tenía dieciocho años y fue con un chico que había conocido esa misma semana, en una fiesta en casa de no recuerdo quién. Bebimos más de la cuenta, terminamos encerrados en una habitación, y ya está. Ni fuegos artificiales ni promesas. Quizá te lo cuente con calma otro día, Klara, aunque no creo que mis manías vengan de ahí. Fue una primera vez tan normal que casi resulta decepcionante.
Pero el caso es que, mientras se lo contaba a Teodoro, empecé a excitarme. Y no poco a poco, no. De golpe. Sin aviso, sin transición, como si alguien hubiera accionado un interruptor dentro de mí. De repente me oí a mí misma narrándole la historia en un susurro, con una voz grave y lenta que no reconocía, como si en lugar de confesar un recuerdo estuviera coqueteando con él al otro lado de la mesa.
¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué hablo así?
Y entonces lo noté. Noté que me mojaba. Te juro, Klara, que estaba sentada con las piernas cruzadas, muy correcta, muy formal, y en un momento en que las descrucé para cambiar de postura sentí la humedad por todas partes. Empapada. Creo que hasta se me escapó un gemido bajito que disimulé con una tos. Y lo peor no fue eso.
Lo peor fue el deseo. Unas ganas absurdas, casi violentas, de hacer algo prohibido delante de él. De mirarlo a los ojos y dejar que viera lo que en realidad soy. Quería que se diera cuenta, que supiera que mientras le hablaba de mis dieciocho años estaba pensando en otra cosa completamente distinta. Noté cómo se me endurecían los pezones bajo el sujetador, cómo se marcaban contra la tela fina de la blusa, y recé para que él no apartara la vista de su libreta.
Con cada pequeño movimiento que hacía sentía cómo me delataba el cuerpo. Empecé a obsesionarme con la idea de que la humedad se notara a través del pantalón, de que dejara una mancha en la tela del sillón, de que él lo viera al levantarme. Me agobié tanto que terminé la sesión a trompicones, contestando con monosílabos, mirando el reloj de la pared como si me fuera la vida en ello.
Salí de la consulta lo más rápido que pude, casi sin despedirme. Y te juro que apenas podía caminar. Cada paso era un roce, una pequeña tortura que avivaba todo en lugar de calmarlo. Sentía las piernas blandas y un calor insoportable subiéndome desde el vientre. La gente pasaba a mi lado por la acera, indiferente, y yo iba por la calle muerta de excitación como si llevara un secreto encendido entre las piernas.
***
Paré en una cafetería con la excusa de pedir un refresco bien frío, a ver si así se me pasaba. No se me pasó. Ni de lejos. Me bebí medio vaso de un trago, sentí el frío bajar por la garganta y ni siquiera eso bastó para apagar lo otro. Lo de dentro seguía ahí, latiendo, exigiendo. Así que hice algo que no había hecho jamás en un sitio público.
Me encerré en el baño de mujeres y me toqué.
De pie, apoyada contra la puerta, con el corazón a mil y un oído puesto en si entraba alguien. Y pensé en Teodoro, Klara. En él. Lo imaginé arrodillándose entre mis piernas con esa parsimonia tan suya, con esa calma de hombre que sabe lo que hace. Imaginé su barba blanca rozándome la cara interna de los muslos, su lengua tomándose su tiempo, sin prisa, como quien apunta cada reacción en una libreta invisible.
Me imaginé sus dedos —dos dedos, gruesos y seguros— mientras su boca seguía trabajando, y yo mordiéndome el labio para no gritar. Después le devolvía el favor: lo imaginaba sentado, observándome con esa mirada que lo lee todo, mientras yo me arrodillaba frente a él. Y al final me imaginé encima, marcando yo el ritmo, mirándolo a los ojos hasta que los dos terminábamos casi a la vez, en silencio, como si fuera la confesión más sincera que hubiera hecho en mi vida.
Me corrí mordiéndome la mano para no hacer ruido. Tuve que quedarme unos segundos quieta, recuperando el aliento, mirándome en el espejo manchado del baño con una mezcla de alivio y de vergüenza que no sé describir. La ropa interior estaba para tirar. Y la tiré, literalmente, a la papelera de aquel baño, porque no había forma de seguir el día así.
Volví a la mesa algo más calmada, terminé el refresco y salí a la calle intentando parecer una mujer normal que vuelve a su casa después de una tarde cualquiera. Pero no lo era. No esa tarde.
***
Al llegar a casa todavía no se me había pasado del todo. El recuerdo de la consulta seguía conmigo, intacto, como una brasa que se niega a apagarse. Me descalcé en la entrada, dejé el bolso tirado en el sofá y fui directa al dormitorio. No tenía hambre, no tenía sed; solo tenía esa urgencia tonta y persistente que conozco demasiado bien.
Volví a tocarme, esta vez tumbada en la cama, sin prisa, con la ayuda de mis juguetes. Y volví a pensar en él, en la voz que me había salido en la consulta, en la sensación de estar a punto de hacer algo imperdonable delante de un hombre que podría ser mi abuelo. Después de varias veces, ya agotada, con el cuerpo por fin tranquilo y la cabeza un poco más clara, me senté con el portátil sobre las rodillas y empecé a escribirte.
Eso es lo que me asusta, Klara. No el deseo en sí, que al fin y al cabo es humano. Lo que me asusta es esa otra mujer que aparece sin avisar, la que me toma la voz y la mano y decide por mí, la que se excita en el lugar más inoportuno con la persona más inoportuna. La que tira la ropa interior en una papelera y vuelve a la calle como si nada. ¿De dónde sale? ¿Vive en mí desde siempre o la inventé yo en algún momento que ya no recuerdo?
Teodoro dice que los detalles esconden las respuestas. Que escriba todo, sin pudor, sin filtros, porque solo así sabré dónde mirar. Pues aquí lo tienes, mi primer detalle de verdad, el más íntimo, el que no le conté a él de viva voz y que quizá nunca le cuente del todo: hoy me excité en su consulta hasta perder el control, y no fui capaz de impedirlo.
Espero que este método sirva para ordenar el desorden que llevo dentro. O al menos para entenderlo un poco. Por hoy ya he confesado bastante; tengo la mano cansada y los ojos pesados.
Un beso, Klara. Hasta la próxima.