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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el tren no fue una fantasía

Llámalo confesión o llámalo fantasía. A estas alturas ni yo mismo sé qué palabra le queda mejor. Solo sé que, cada vez que vuelvo a subir a un tren de larga distancia, miro el pasillo, la puerta del baño y los asientos enfrentados como si el cuerpo recordara antes que la cabeza.

Aquella tarde salí de la estación central con el cansancio pegado a la espalda y una satisfacción limpia en el pecho. Habían sido varios días de reuniones, presentaciones y sonrisas tensas, de demostrar que yo estaba a la altura del puesto que me había ganado. Ya rondaba la treintena larga, llevaba un traje caro, el cuello de la camisa abierto por el calor y esa seguridad de quien ha pasado demasiadas horas oyéndose decir que todo ha salido bien.

Cuando me vi reflejado en el cristal de acceso al andén, entendí por qué aquella noche pensaba volver a mi ciudad con ganas de celebrar. Alto, barba clara bien recortada, hombros anchos, la expresión todavía afilada por la adrenalina del trabajo. Me gustaba lo que veía, y no suelo fingir modestia con esas cosas.

Subí al tren con la idea de abrir el portátil, repasar unos documentos y dejar que las tres horas largas de viaje me devolvieran a una rutina más amable. Ni siquiera me molestó demasiado descubrir que mi asiento estaba en una mesa de cuatro, frente a otro pasajero. Me senté junto a la ventana, coloqué la mochila, saqué el ordenador y me preparé para fingir productividad mientras el paisaje se deslizaba al otro lado del cristal.

Ella llegó unos segundos después.

Dejó un bolso de mano a su lado y ocupó el asiento frente a mí con esa mezcla rara de discreción y presencia que tienen algunas mujeres apenas entran en un sitio. No era una chica; era una mujer adulta de unos veintitantos largos o treinta recién cumplidos, con la seguridad suficiente para saber que no necesitaba llamar la atención para tenerla. Llevaba un vestido amplio, fresco, de tela ligera, con una abertura lateral que le dejaba una pierna casi entera al descubierto cuando se acomodó.

Tenía el pelo castaño, largo y suelto, cayéndole por los hombros en ondas desordenadas. La cara fina, la boca carnosa y unos ojos verdes que no tardaron en encontrar los míos. Le sonreí por educación.

—Hola —dije.

—Hola —respondió ella, en voz baja, mientras dejaba una tableta sobre la mesa.

El tren arrancó con un temblor suave. Afuera, la ciudad empezó a deshacerse en bloques, vías y descampados secos. Adentro, el aire acondicionado peleaba sin éxito contra el bochorno de junio y el vagón entero parecía medio dormido. Había gente leyendo, un hombre mayor cabeceando dos filas más allá y una pareja al fondo que no se quitaba los auriculares.

Intenté concentrarme en la pantalla. Aguanté poco.

Desde mi ángulo, la tela del vestido de ella me quedaba demasiado cerca como para ignorarla. No hice nada al principio, solo mirar de reojo, buscar sin querer lo que sí quería encontrar. Las tiras del vestido descansaban sobre sus hombros desnudos y no había ni rastro de sujetador. Eso, por sí solo, ya me puso alerta.

Volví a la pantalla, escribí un par de líneas inútiles y levanté otra vez la vista. La tela se movía apenas con su respiración y marcaba el contorno de sus pechos libres bajo el vestido. No era una exageración ni una visión robada a medias: se notaba. Se veía cómo subían y bajaban, cómo la tela se tensaba, cómo los pezones empezaban a adivinarse cada vez con menos pudor.

Fue entonces cuando cometí la indiscreción de alargar demasiado una mirada.

Y fue entonces cuando descubrí que ella me estaba mirando a mí.

No apartó los ojos de inmediato. Tampoco puso cara de molestia. Al contrario: sostuvo la mirada con una media sonrisa tan leve que, de no haber estado ya excitado, quizá habría pensado que la imaginaba. Yo tampoco bajé la vista. Nos quedamos así un instante, retándonos en silencio, hasta que el rubor le subió por las mejillas y desvió los ojos hacia su tableta.

Pero no cerró las piernas.

Ni corrigió el escote del vestido.

Ni hizo nada de lo que hace una mujer cuando quiere poner distancia.

Ahí entendí que no estaba solo en el juego.

Apoyé una mano sobre el teclado y dejé que una de mis piernas avanzara despacio bajo la mesa. El primer roce fue apenas eso: tela de mi pantalón contra la piel tibia de su pantorrilla. Sentí un pequeño espasmo en ella, un temblor breve. Esperé a que retirara la pierna. No lo hizo.

Seguí.

Deslicé la pierna un poco más arriba, acariciándola con lentitud, como si el movimiento hubiera sido casual. Ella levantó los ojos de su tableta y me miró de nuevo, esta vez con menos timidez y más desafío. La abertura del vestido se abrió un poco más cuando recolocó las piernas. Fue un gesto sencillo, casi inocente, pero me regaló la línea entera de su muslo.

Mi polla empezó a endurecerse de verdad bajo el pantalón.

Lo noté enseguida. También ella.

Separé apenas las piernas, no tanto como para parecer grotesco, sí lo bastante como para que el bulto se marcara bajo la tela. Sus ojos bajaron despacio, fingiendo que revisaba algo en la pantalla. Los vi detenerse justo donde yo quería. Luego volvieron a subir. Tenía los labios entreabiertos y la respiración un poco más rápida.

—Así que sí estabas mirando —murmuró, sin mover apenas la boca.

Me incliné apenas hacia delante.

—Tú también.

Su sonrisa fue corta, nerviosa, excitada.

Entonces hizo algo que me apretó el estómago de golpe. Se quitó una sandalia con un movimiento lento, casi elegante, y estiró el pie desnudo bajo la mesa. Noté primero la tibieza en el tobillo, luego en la parte interior del muslo. No respiré. Su pie siguió subiendo, explorando con descaro milimétrico, hasta posarse sobre mi erección.

Casi se me escapó un jadeo.

Me apretó una vez, suave, con la planta del pie, y volvió a retirarlo como si nada. Después levantó la vista para comprobar el efecto. Yo tenía la mandíbula tensa y la polla dura hasta doler.

—Joder —dije entre dientes.

—Lo sé —respondió sin voz, solo moviendo los labios.

Me moría por tocarla con las manos, por meterla en el baño, por arrancarle el vestido y comprobar si estaba tan mojada como parecía. Pero el morbo de seguir allí, con gente alrededor, sin que nadie sospechara nada, me estaba volviendo loco. Volví a rozarle la pierna, esta vez subiendo hasta el interior del muslo. La noté abrirse un poco más. La abertura del vestido cedió y, durante un segundo glorioso, vi el borde de unas braguitas negras de encaje.

No llevaba medias. Solo piel. Piel caliente y tensa, a centímetros de mi mano y de mi polla.

La megafonía anunció la próxima parada importante a menos de una hora. Ella dejó la tableta, se inclinó hacia mí y habló sin mirarme, como si comentara algo irrelevante.

—Yo me bajo ahí.

Miré hacia el pasillo. Luego a la puerta del baño del vagón. Luego otra vez a ella. No hizo falta más. Sus ojos se clavaron en los míos y entendí que había leído la invitación entera.

Me levanté primero. Las piernas me pesaban por la excitación. Crucé el vagón intentando aparentar calma, llegué al baño y entré con el pulso disparado. Cerré la puerta sin echar el seguro. El espacio era mínimo, apenas el lavabo, el espejo, el inodoro y ese olor limpio y artificial de los trenes nuevos. Esperé un minuto. Luego otro. Empecé a pensar que me había precipitado.

Entonces sonaron dos golpes suaves.

Abrí.

Ella se deslizó dentro sin decir nada, me sostuvo la mirada y cerró la puerta a su espalda. Esta vez echó el pestillo. El clic sonó mucho más fuerte de lo que era. Nos quedamos inmóviles un momento, con apenas unos centímetros de distancia, respirándonos la cara.

La agarré de la cintura y la besé.

No fue un beso tímido ni bonito. Fue un beso con hambre. Le abrí la boca con la mía y su lengua se metió enseguida, húmeda, ansiosa. Me mordió el labio inferior. Yo le apreté el culo por encima del vestido y la pegué a mi erección. Ella soltó un gemido ronco contra mi boca, uno de esos sonidos que no se fingen porque nacen directo de la entrepierna.

Mis manos subieron por sus costados. Bajé una de las tiras del vestido y luego la otra. La tela cedió hasta dejarle los pechos al aire. Eran firmes, redondos, con las aureolas oscuras y los pezones completamente duros. Me quedé mirándolos un segundo que se me hizo eterno.

—¿Eso era lo que querías ver? —susurró.

—Llevo media hora pensando en tus tetas.

No esperé respuesta. Metí la cara entre ellas y me llevé un pezón a la boca. Lo chupé con fuerza, pasándole la lengua alrededor antes de morderlo apenas. Ella arqueó la espalda y se agarró al borde del lavabo.

—Joder... sí... así...

Mientras le mamaba una teta, bajé la mano por la abertura del vestido hasta su muslo. Encontré el encaje de las braguitas empapado. Empapado de verdad. No era una fantasía mía ni un exceso de orgullo masculino: la tela estaba húmeda y caliente contra mis dedos.

—Mira cómo estás —le dije, frotándole el coño por encima del encaje.

—Por tu culpa.

Le aparté la braguita a un lado y metí dos dedos entre sus labios. Se los traguó enseguida, resbalando con una facilidad deliciosa. Su coño estaba abierto, mojado, palpitando. Empecé a mover los dedos despacio, entrando y saliendo mientras con el pulgar le buscaba el clítoris. Ella soltó un gemido más alto y se mordió el puño para ahogarlo.

—Calla o nos oyen —le dije cerca del oído.

—Entonces no me metas los dedos así.

Sonreí y se los metí más hondo.

Su cuerpo respondió de inmediato. Las caderas se le adelantaban solas, buscando más fricción, más presión. Le chupé el otro pezón, alternando boca y lengua, y sentí cómo se le aflojaban las piernas. La sujeté por la cintura para que no se venciera sobre el lavabo. Tenía la piel ardiendo.

—¿Te gusta que te toque en público? —pregunté, sin dejar de follarle el coño con los dedos.

—Sí.

—¿Te pone cachonda que haya gente a unos metros?

—Sí.

—¿Te pone cachonda mi polla?

Abrió los ojos y me clavó la mirada.

—Desde que te sentaste.

Esa respuesta me terminó de empujar.

Saqué la mano de su coño y ella soltó un pequeño quejido de protesta. Aproveché para desabrocharme el cinturón y bajarme la cremallera. Mi polla salió dura, pesada, todavía atrapada a medias por el bóxer. Ella la miró con una mezcla de curiosidad, deseo y alivio, como si por fin le mostrara la respuesta física a todo lo que había estado provocando.

—Ven —le dije.

No necesitó que se lo repitiera. Se arrodilló con cuidado en el estrecho espacio del baño, apartándose el vestido de las rodillas. Me bajó el bóxer del todo y me agarró la polla con la mano. La acarició despacio de la base al glande, observando cómo se tensaba todavía más bajo sus dedos.

—Llevas todo el viaje presumiendo de esto —murmuró.

—Y tú llevas todo el viaje pidiéndolo.

Abrió la boca y me la metió de golpe hasta media polla. Solté el aire de una vez, con un gruñido. Su lengua recorrió el tronco lento, insistiendo bajo el glande antes de volver a tragarme. Me chupaba mirándome. Eso fue lo peor y lo mejor: sus ojos verdes fijos en mí mientras me mamaba con una expresión obscena y serena a la vez.

Le acaricié el pelo, luego la nuca. La empujé apenas, marcando el ritmo. Ella aceptó enseguida. Fue bajando más, relajando la garganta, dejándome entrar cada vez más profundo. Cuando el glande le golpeó el fondo de la boca, sus labios se tensaron alrededor de mi polla y el gemido se me escapó sin remedio.

—Qué buena boca tienes —dije.

Ella respondió tragándome otra vez, más despacio, apretando con los labios al subir. La mano le acompañaba el movimiento, húmeda de saliva, masajeándome donde no alcanzaba su boca. Me estaba poniendo al límite en un minuto.

Le sujeté la barbilla y la hice parar.

Tenía saliva brillante en los labios y en la punta de la polla.

—Si sigues así, me corro en tu boca.

Se incorporó con una sonrisa descarada.

—Pues córrete después. Primero fóllame.

La levanté de un tirón y la giré contra el lavabo. Se agarró al borde enseguida, empujando el culo hacia atrás como si llevara toda la vida esperando esa postura. Le subí el vestido hasta la cintura y le bajé las braguitas por los muslos lo justo para dejarle el coño libre. La visión me hizo apretar los dientes: piel suave, muslos abiertos, el culo firme y, entre las piernas, el brillo húmedo de su excitación.

Pasé la punta de la polla entre sus labios, de arriba abajo, manchándome de ella. Tembló entera.

—No juegues —dijo, jadeando—. Métela ya.

Le di una palmada breve en el culo, más provocación que castigo.

—Pídelo bien.

Giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. Tenía la boca entreabierta y los ojos oscuros de ganas.

—Méteme la polla y fóllame de una vez.

Eso hice.

Le entré de una sola embestida, sin medias tintas, hasta el fondo. Su cuerpo se puso rígido un segundo y luego soltó un gemido ahogado que casi le arrancó la respiración. Yo me quedé quieto, enterrado dentro, notando cómo su coño se cerraba alrededor de mi polla, apretándome con pulsos cortos, calientes, desesperados.

—Joder... —dijo ella—. Sí...

Empecé a moverme despacio al principio, retirándome casi entero para volver a entrar profundo. El baño vibraba con el tren y con nuestros cuerpos chocando. Cada embestida le hacía golpear apenas contra el lavabo. Una mano mía le sujetaba la cadera; la otra se perdió entre sus piernas para frotarle el clítoris mientras la follaba.

Eso la rompió rápido.

Se abrió más para mí, echando el culo hacia atrás, buscando mi polla con hambre. Yo aumenté el ritmo. Las embestidas se volvieron más cortas y duras, el sonido húmedo de su coño llenó el baño. Ella jadeaba sin vergüenza, intentando ahogar los gemidos mordiendo su propia mano.

—Así... así... no pares...

—Mírate —le dije, inclinándome sobre ella—. Toda mojada por un desconocido en un tren.

—No eres un desconocido si ya me has follado medio cuerpo con la mirada.

Me reí contra su cuello y le mordí la nuca. Después le metí dos dedos en la boca para que los chupara mientras seguía clavándosela. Ella obedeció sin pensarlo, cerrando los labios alrededor de mis dedos con la misma obscenidad con la que antes había tragado mi polla. Verla así, abierta, agarrada al lavabo, chupándome los dedos y dejando que la follara en un baño de tren, me terminó de encender la cabeza.

Saqué los dedos de su boca y los llevé a su clítoris. Empecé a frotárselo con presión circular mientras la embestía más rápido. Ella se sacudió entera, las piernas temblándole.

—Me voy a correr —dijo con un hilo de voz.

—Pues córrete.

—No pares, cabrón, no pares.

No paré. Le di justo lo que pedía: polla dura entrando hasta el fondo y mis dedos castigándole el clítoris sin compasión. Su orgasmo le llegó de golpe. Se arqueó sobre el lavabo, apretando tanto mi polla que casi me hizo perder el ritmo. Un gemido largo, roto, le salió por la garganta mientras el coño le latía alrededor de mí en contracciones rápidas y profundas.

La seguí follando durante su corrida, aprovechando cómo se le deshacían las fuerzas. Cada vez que parecía recuperar el aliento, volvía a embestirla con más dureza. Ella ya no decía frases enteras; soltaba palabras sueltas, tacos, ruegos desordenados.

—Sí... ahí... joder... otra... más...

La agarré del pelo con suavidad suficiente para hacerla levantar la cara y la besé de lado, torpe, sucio, excitado. Mi propio orgasmo estaba encima. Lo notaba en la base de la polla, en la tensión del abdomen, en esa urgencia casi dolorosa que no admite demora.

—Me corro —le dije al oído.

—Fuera —jadeó—. Quiero verlo fuera.

Salí de ella de golpe, con la polla brillante y tensa. Me la agarró enseguida con la mano, todavía temblando por su orgasmo, y empezó a pajearme rápido, fuerte, mirando cómo el glande resbalaba con su humedad. Apenas aguanté un par de movimientos.

Me corrí sobre su muslo y parte de su mano en pulsos espesos y calientes. El semen le cayó por la piel, descendiendo lento por la cara interna de la pierna. Ella no apartó la mirada ni un segundo. Al contrario: siguió apretándome hasta exprimir la última sacudida, con una expresión de puro morbo que me dejó sin aire.

—Joder —dije, apoyando la frente en su hombro.

—Sí —respondió ella, respirando todavía deprisa—. Joder.

Nos quedamos así unos segundos, escuchando el traqueteo del tren y nuestras respiraciones desordenadas. Luego el sentido común regresó a empujones. Ella cogió papel, se limpió los muslos con calma y me pasó otro para que me arreglara. Verla recomponerse fue casi tan excitante como desvestirla: recolocó las braguitas, bajó el vestido, se subió las tiras a los hombros y escondió los pechos como si nunca hubieran estado al aire ante mí.

Antes de abrir la puerta, se volvió y me besó otra vez. Más corto. Más lento.

—Ni siquiera sé cómo te llamas —dije.

Sonrió.

—Mejor así.

Salió primero. Esperé un par de minutos antes de volver al asiento. Cuando regresé, ella ya estaba sentada frente a mí, con la tableta en las manos y una serenidad insultante. Solo el rubor residual en las mejillas y la forma en que cruzaba las piernas delataban algo. Yo me senté intentando aparentar la misma calma. Fue inútil; todavía sentía su coño apretándome la polla cada vez que cerraba los ojos.

Nos miramos un par de veces más durante el resto del trayecto. Sin sonrisas grandes. Sin palabras. Solo esa complicidad sucia de quienes ya se han visto desnudos y se han corrido juntos a escondidas.

Cuando la megafonía anunció su parada, guardó la tableta, tomó el bolso y se puso en pie. Durante un segundo pensé que al menos me diría adiós. No lo hizo. Avanzó por el pasillo, se detuvo una vez, giró la cabeza y me lanzó una última mirada cargada de intención y secreto.

Luego desapareció entre la gente del andén.

Yo seguí sentado, con la imagen de sus pechos, su boca y su coño todavía pegada a la piel. Nunca supe su nombre. Nunca volví a verla. Pero cada vez que alguien me habla de viajes de trabajo, de trenes largos o de encuentros improbables, yo recuerdo aquella tarde y pienso lo mismo.

Que hay trayectos que duran tres horas.

Y otros que se te quedan metidos en la polla y en la memoria durante años.

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Comentarios(7)

IgnacioB77

Tremendo relato!!! Por favor seguí, necesito saber qué paso despues.

Karen0910

Me encantó como empieza, esa tensión antes de que todo suceda es lo mejor. Muy bien escrito.

RodriViajero

Los viajes en tren tienen algo especial... esto me recordó una situación parecida que me pasó hace años, nunca lo olvide jaja

TatoMar

increible, la primera clase no va a ser lo mismo jajaja

SolDeInvierno_33

Buenisimo!!! ¿y después tuvieron contacto? me quedé con esa duda

PauloSN

Se nota que es real, tiene ese detalle de verdad que los relatos inventados no tienen. Muy bueno, espero la continuacion.

MartinaRdz

La tension del comienzo me atrapó desde el primer párrafo, uff

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