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Relatos Ardientes

Las bolas chinas que me tuvieron mojada todo el día

Tengo que confesar algo y no sé muy bien por dónde empezar, así que lo voy a contar tal cual pasó. Hace ya bastante que no tengo sexo, y eso me ha dejado en una especie de montaña rusa que no controlo. Hay semanas en las que no siento absolutamente nada, en las que mi cuerpo parece apagado y podría pasar días enteros sin pensar en ello. Y después, sin aviso, llegan esas otras temporadas en las que ando como una perra en celo, encendida desde que me levanto, masturbándome dos o tres veces al día.

Lo disfruto, no lo voy a negar. Pero tengo que admitir que últimamente se me ha vuelto un poco monótono. Siempre lo mismo, siempre el mismo recorrido, los mismos gestos, el mismo final apurado antes de seguir con mi vida. A veces termino y me quedo mirando el techo con una sensación rara, como de que algo me falta.

Seguramente ya sea hora de renovar mis juguetes. Los que tengo me los conozco de memoria y han perdido la gracia; sé exactamente qué van a hacer y cuánto van a tardar, y esa certeza mata cualquier sorpresa. Llevaba semanas diciéndome que tenía que pedir algo nuevo y nunca encontraba el momento.

El jueves pasado, sin embargo, pasó algo que no esperaba.

Salí del trabajo agotada, con ese cansancio plano de los días que no tienen nada de especial. Subí a mi piso, dejé el bolso en la entrada y me puse a preparar algo de cenar mientras la cabeza todavía me daba vueltas con cosas pendientes. Y entonces, mientras cortaba verduras en la cocina, se me ocurrió una tontería: ponerme las bolas chinas. Sin motivo. Sin plan. Solo por hacerlo, por tenerlas puestas el resto del día y ver qué pasaba.

Fui hasta el cajón de la mesilla, las saqué y las miré un momento en la palma de la mano. ¿En serio voy a hacer esto un jueves a las ocho de la tarde, yo sola?

Me las metí ahí mismo, de pie junto a la cama. No estaba lubricada ni excitada ni nada parecido, así que al principio me costó un poco y tuve que ir despacio, respirando, sin forzar. Pero una vez que pasaron del todo, mi cuerpo las recibió bien, como si supiera dónde tenían que estar. Me acomodé la ropa, sentí ese peso nuevo y discreto dentro de mí, y volví a la cocina como si no pasara nada.

***

Al principio me decepcioné, la verdad. Seguí con las cosas de la casa, lavando los platos, recogiendo la ropa, y casi no las notaba. No sé por qué, en mi cabeza me había imaginado que estaría gimiendo a cada paso, que cada movimiento me arrancaría un suspiro. Pero no. Era apenas una presencia, un cosquilleo de fondo tan suave que casi lo olvidaba.

«Vaya tontería», pensé. «Otro juguete que no me hace nada.»

Pero esa decepción no me duró mucho.

A los diez minutos, mientras pasaba un trapo por la encimera, lo sentí. Un calor que subía despacio, un latido pequeño que se instalaba justo en el centro de mí. Cada vez que me agachaba o que daba un paso, las bolas se movían un milímetro y mandaban una corriente que me recorría la pelvis entera. Me quedé quieta, con el trapo en la mano, prestando atención a algo que ya no podía ignorar.

Estaba húmeda. No mucho, todavía, pero lo suficiente para que el cosquilleo se convirtiera en algo más serio, en una especie de pulso constante que me obligaba a apretar los muslos sin darme cuenta.

Terminé la limpieza casi en piloto automático, con la cabeza en otra parte. Cuando me di cuenta de que me había quedado sin un par de cosas para la cena, decidí bajar a hacer la compra. Y ahí fue cuando la cosa se puso interesante de verdad.

***

Bajar a la calle con las bolas chinas puestas fue una experiencia que no había vivido nunca. Cada escalón, cada paso por la acera, cada vez que me paraba en un semáforo, era una pequeña sacudida que me recordaba lo que llevaba dentro. Caminaba normal, con mi cara de cualquier mujer que vuelve del trabajo, mientras por debajo de la ropa mi cuerpo estaba en otra dimensión completamente distinta.

Cuando entré al supermercado ya estaba mojada de verdad. Empapada. Recorría los pasillos buscando lo que necesitaba y a la vez intentando disimular, apretando las piernas cada pocos pasos, mordiéndome el labio frente a la estantería de las conservas como si fuese la decisión más importante de mi vida. Me cruzaba con gente, con el chico de la caja, con una señora que comparaba precios, y nadie tenía la menor idea de lo que estaba pasando entre mis piernas.

Esa idea, la de estar así en medio de todos sin que nadie lo supiera, me encendió todavía más. Llegué a notar que había mojado el pantalón, una mancha pequeña pero real que me obligó a colocar el bolso de una manera concreta para taparla. Salí de allí casi temblando, con la respiración un poco más rápida de lo normal, deseando llegar a casa cuanto antes.

***

De vuelta en mi piso, dejé las bolsas en la cocina sin ni siquiera guardar la compra. Estaba demasiado encendida para ocuparme de nada. Me dejé caer en el sofá, todavía vestida, con la excusa de descansar un momento y tontear con el móvil antes de hacer la cena.

Fue una excusa mala. En cuanto me recosté, con las piernas un poco abiertas, sentí cómo mis fluidos resbalaban despacio por mi sexo, bajando hacia atrás, llegando hasta mi otro agujero. Esa sensación, ese hilo cálido recorriéndome, fue como encender una mecha.

Mi mente explotó.

La imaginación se me disparó sin que pudiera, ni quisiera, detenerla. Me imaginé boca abajo, con la cara contra el colchón y el culo en alto, todavía con las bolas chinas dentro. Alguien detrás de mí, sin rostro, fuerte, follándome duro mientras me agarraba del pelo y tiraba hasta hacerme arquear la espalda. Me imaginé sin control, sin decidir nada, simplemente entregada, obedeciendo, dejándome usar mientras una voz me decía al oído lo que iba a hacerme.

Dios, qué ganas.

El sofá ya estaba prácticamente empapado debajo de mí. Lo notaba en la tela, en la humedad que se extendía, y yo seguía solo imaginando, sin tocarme. Eso es lo que más me sorprende todavía cuando lo recuerdo: que no me toqué. No sé de dónde saqué el aguante, pero me contuve. Tenía las manos quietas, una sobre el vientre y la otra agarrada al borde del cojín, y me torturé un buen rato deseando todo aquello sin dármelo.

***

Era una tortura deliciosa y cruel a la vez. Cada vez que cambiaba mínimamente de postura, las bolas se movían y me mandaban otra descarga. Apretaba los muslos, los soltaba, los volvía a apretar. Sentía el corazón latiéndome en sitios donde no debería sentirlo. La respiración se me cortaba en suspiros que ahogaba contra mi propio hombro.

Y aun así no me toqué.

Seguí inventando escenas en mi cabeza, una detrás de otra, cada vez más subidas de tono. Unas manos que me sujetaban las muñecas. Una orden susurrada que me obligaba a quedarme quieta. La sensación de no poder hacer nada salvo recibir. Mientras tanto mi cuerpo iba por libre, palpitando, mojándose, pidiendo a gritos algo que yo me negaba a darle solo por el placer perverso de prolongar las ganas.

Tenía el pulso disparado, el sexo latiéndome como un segundo corazón y el sillón hecho un desastre debajo de mí. Y ni un solo orgasmo. Nada. Solo deseo puro, acumulado, vibrando en cada centímetro de mi piel sin descarga posible.

***

Llegó un punto en que tuve que parar, porque si seguía iba a perder la cabeza del todo. Intenté calmarme poco a poco. Cerré los ojos, dejé el móvil a un lado y me concentré en respirar hondo, en recuperar el aire, en bajar despacio de aquel estado en el que llevaba colgada casi una hora.

No fue fácil. El cuerpo no quería bajar, seguía buscando ese roce que yo le negaba. Pero fui aflojando, soltando los músculos uno a uno, hasta que el latido se volvió un murmullo y conseguí respirar normal otra vez.

Cuando por fin me sentí dueña de mí misma, me levanté del sofá con las piernas todavía temblando un poco y me fui a la cocina a hacer la cena, como si nada. Aún con las bolas chinas dentro. Más mojada que nunca en mi vida, eso sí.

Cociné en silencio, con una sonrisa idiota que no se me iba, sintiéndome encendida y poderosa a partes iguales. Había descubierto algo esa tarde, casi por accidente: que no siempre se trata de llegar al final. Que a veces el deseo retenido, la anticipación, el saber que podrías y no hacerlo, es mucho más intenso que cualquier orgasmo rápido de los míos de siempre.

Esa noche cené, recogí, y me acosté sin tocarme. Me dormí con ese calor todavía latiendo entre las piernas, prometiéndome que pronto, muy pronto, dejaría que alguien hiciera realidad lo que esa tarde solo me atreví a imaginar.

Y por si te lo preguntas: sí, las bolas chinas vuelven a salir del cajón mucho más seguido desde entonces.

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