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Relatos Ardientes

Dejé que un desconocido nos mirara en el coche

Nunca le he contado esto a nadie, ni siquiera a las amigas con las que me río de todo después de la tercera copa. Lo escribo aquí porque necesito sacarlo de algún sitio, y porque sé que nadie que me conozca va a leerlo. Me llamo Nadia, trabajo en un estudio de arquitectura y, hasta esa noche, creía saber bastante bien dónde estaban mis límites.

Llevaba un año largo con Darío. Lo nuestro funcionaba precisamente por eso: porque nos atrevíamos a decirnos en voz alta cosas que otros se callan. Fantasías, manías, lo que nos ponía de verdad. Esa sinceridad era el mejor afrodisíaco que teníamos, mejor que cualquier juguete del cajón.

Aquel jueves salí del estudio pasadas las nueve. Había sido un día interminable de planos y clientes indecisos, y lo único que quería era llegar a casa y desconectar. Cuando crucé la puerta de cristal, vi su coche aparcado en doble fila, con las luces de posición encendidas y él dentro, esperándome como tantas otras veces.

Me senté en el asiento del copiloto y, antes de que pudiera decir nada, noté cómo me miraba. No era la mirada de quien viene a recoger a su novia del trabajo. Era otra cosa.

—Llevo toda la tarde pensando en ti —dijo, con la voz baja—. No me he podido concentrar en nada.

—¿Ah, sí? —Sonreí, cansada pero halagada—. ¿Y eso?

—Estás muy guapa con esa camisa. —Su mano se posó en mi rodilla—. No sabes las ganas que tengo.

Me reí y le aparté la mano con suavidad. Estábamos justo delante de mi oficina, con la recepcionista todavía recogiendo dentro y los faros de los coches barriendo la fachada cada pocos segundos.

—Aquí no, Darío. Que me conoce media empresa. Como salga alguien y nos vea, mañana no sé cómo entro.

—Entonces vámonos —respondió, y arrancó sin esperar respuesta.

***

Condujo unos diez minutos, alejándonos del centro, hasta un polígono industrial donde a esas horas no quedaba un alma. Naves cerradas, persianas metálicas bajadas, una hilera de farolas a medio fundir que arrojaban una luz anaranjada y espesa sobre el asfalto vacío. Aparcó al fondo, junto a un solar sin urbanizar, y apagó el motor.

El silencio se volvió denso de golpe. Solo se oía nuestra respiración y, a lo lejos, el zumbido de una autopista que no se veía.

—Aquí no nos ve nadie —murmuró, girándose hacia mí.

Y me besó. No fue un beso tranquilo. Fue de los que empiezan por la boca y terminan en el cuello, con los dedos enredados en el pelo y la urgencia adelantándose a la cabeza. Sentí su mano subir por mi muslo, por debajo de la falda, y por mucho que mi sentido común protestara, mi cuerpo ya había votado que sí.

Solo un rato, me dije. Nadie va a venir a un polígono a estas horas.

Me incliné sobre él y le desabroché el cinturón. Darío echó la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas y soltó un suspiro largo cuando lo tomé con la mano. Me gustaba ese momento, el de tenerlo a mi merced, el de ver cómo el hombre seguro de sí mismo se deshacía por completo. Bajé la cabeza despacio, alargando la espera a propósito, hasta que ya no aguantó y enredó los dedos en mi pelo con un gemido ronco.

Lo hice con calma, escuchando cómo su respiración se entrecortaba, parando justo cuando notaba que estaba demasiado cerca. Con la otra mano lo acariciaba por debajo, sintiendo cada estremecimiento. Llevábamos así varios minutos cuando me apartó con suavidad, agarrándome de la barbilla para que lo mirara.

—Ven aquí —dijo—. Te necesito encima.

No tuvo que pedírmelo dos veces. Me deshice de la ropa interior con torpeza en aquel espacio imposible, golpeándome el codo contra la ventanilla, riéndome a medias, y pasé a horcajadas sobre él en el asiento del conductor. El cuero estaba frío bajo mis rodillas y los cristales empezaban a empañarse con nuestro vaho. Me hundí sobre él muy despacio, centímetro a centímetro, y los dos contuvimos el aliento a la vez.

—No hagas ruido —susurró, medio en broma—, que con lo callado que está esto se oye hasta el otro lado del polígono.

Le tapé la boca con un beso y empecé a moverme. El coche entero se mecía con nosotros, los muelles del asiento crujían y el mundo de fuera dejó de existir. Le mordí el hombro para no gritar. Él me sujetaba las caderas, marcando el ritmo, susurrándome al oído cosas que prefiero no escribir.

Y entonces lo noté.

Una presencia. Un peso distinto en el aire. La sensación inconfundible de que ya no estábamos solos.

Giré la cabeza despacio hacia la ventanilla del conductor, y se me heló la sangre. Al otro lado del cristal empañado había una silueta. Un hombre. Un desconocido, de pie, completamente quieto, observándonos desde apenas un metro de distancia.

***

Lo primero que sentí fue pánico. El corazón se me disparó y la mano se me fue por instinto a cubrirme el pecho. Quise decirle algo a Darío, gritar, salir corriendo. Lo lógico habría sido eso.

Pero no hice nada de eso.

Me quedé mirando aquella silueta inmóvil y, en lugar del miedo, me invadió algo que no esperaba y que me costó muchísimo reconocer. Una corriente caliente me subió por la espalda. El saber que alguien nos miraba, que un extraño estaba presenciando lo más privado que teníamos, me encendió de una forma que jamás había imaginado.

¿Qué me pasa?, pensé, horrorizada conmigo misma. ¿Por qué no me aparto?

No me aparté. Al contrario. Sin darme apenas cuenta, mis caderas volvieron a moverse, esta vez más despacio, más deliberadas. Darío, ajeno a todo, con los ojos cerrados y la cara hundida en mi cuello, malinterpretó mi quietud y me apretó más fuerte.

—Así, no pares —jadeó.

El desconocido seguía allí. No golpeó el cristal, no intentó abrir la puerta, no dijo una palabra. Solo miraba. Y yo, sosteniéndole la mirada a través del vaho, me dejé llevar por una excitación que me daba vergüenza y placer a partes iguales. Me incorporé un poco, lo justo para que él viera mejor, y un escalofrío brutal me recorrió entera al hacerlo.

Nunca me había sentido tan expuesta. Y nunca me había puesto tanto.

Aceleré el ritmo. Darío respondió agarrándome con fuerza, y los dos nos perdimos en una espiral cada vez más rápida. Yo no apartaba la vista de la ventanilla. El extraño levantó algo a la altura de su cara, y aunque la lógica tardó en alcanzarme, supe enseguida lo que era. Un teléfono. Nos estaba grabando.

Debería haberme detenido en seco. Esa era la línea, y la crucé sin frenar.

El saber que aquello estaba quedando registrado, que dejaba de ser un instante para convertirse en algo permanente, en lugar de cortarme me empujó al borde. Sentí el orgasmo formándose en alguna parte muy honda, imparable.

—Darío —gemí contra su oído—, agárrame fuerte.

Lo hizo. Me rodeó con los dos brazos y me apretó contra su pecho, y en ese instante exacto, con un desconocido grabándonos al otro lado del cristal y mi novio sin sospechar nada, me corrí de una manera que me sacudió hasta los huesos. Me mordí el labio para no gritar y aun así se me escapó un sonido largo y descontrolado.

—Joder —murmuró él, casi al límite—. Que me corro, Nadia.

—Hazlo —le dije, sin dejar de mirar a la ventanilla—. Hazlo ya.

Lo notó subir por todo el cuerpo, las manos clavadas en mis caderas, y terminó con un gemido ahogado contra mi clavícula, temblando entero. Yo seguía encima de él, jadeando, con la frente apoyada en su hombro, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho.

Cuando volví a mirar hacia el cristal, la silueta ya no estaba.

***

Se había ido tan en silencio como había aparecido. Me bajé de Darío con las piernas temblando, recompuse la ropa como pude y me dejé caer en el asiento del copiloto, todavía sin aliento.

—¿Estás bien? —me preguntó él, acariciándome la mejilla—. Te has quedado muy callada de repente.

Tuve la palabra en la punta de la lengua. Había alguien. Nos estaba mirando. Nos ha grabado. Era el momento de contárselo. Lo lógico, lo honesto.

—Estoy perfecta —dije en cambio—. Mejor que nunca.

No sé por qué mentí. O sí lo sé, pero me cuesta admitirlo incluso ahora. No se lo conté porque una parte de mí, una que yo no conocía, quería guardar aquello solo para ella. No quería que se convirtiera en una anécdota compartida, ni en un susto, ni en un motivo para no volver a aparcar nunca en un sitio así. Quería conservarlo intacto, secreto, mío.

Volvimos a casa en silencio. Él conducía con una mano en mi rodilla, satisfecho, sin imaginar lo que me pasaba por dentro. Yo miraba pasar las farolas por la ventanilla y revivía la escena una y otra vez: la silueta inmóvil, el teléfono levantado, el escalofrío de saberme observada.

***

Pensé que ahí terminaría todo. Una historia que me llevaría a la tumba, un secreto vergonzoso que con el tiempo se difuminaría hasta dudar de si había pasado de verdad.

Hasta que, unos días después, una compañera del estudio me mandó un enlace por privado, riéndose de un vídeo cualquiera que estaba circulando. Por puro aburrimiento, una noche entré en una de esas páginas de aficionados y me puse a curiosear sin buscar nada en concreto.

Y de pronto lo vi.

Un coche. Un polígono industrial. Una ventanilla empañada y dos siluetas moviéndose dentro. El título era una vulgaridad cualquiera, de esas genéricas, y la imagen de portada estaba lo bastante oscura como para no reconocer caras. Pero yo sabía perfectamente quiénes eran esas dos personas. Reconocí mi camisa. Reconocí el llavero que colgaba del retrovisor de Darío. Reconocí, sobre todo, el momento exacto en que mi cabeza giraba hacia el cristal.

El contador marcaba más de doce mil reproducciones.

Me quedé mirando la pantalla con el corazón en la garganta, esperando sentir vergüenza, asco, ganas de denunciar. Y sí, sentí algo de todo eso. Pero por debajo, traicionera, latía otra cosa que ya conocía. La misma corriente caliente de aquella noche. El mismo vértigo de saberme vista por gente que nunca conoceré, una y otra vez, miles de veces.

Cerré el portátil. Lo volví a abrir. Lo cerré otra vez.

Darío sigue sin saber nada. Cuando aparcamos en sitios apartados, a veces noto que me busca con la mirada, esperando que repita aquella entrega que tanto le sorprendió esa noche, sin entender de dónde salió. Y yo le sigo el juego, pero por dentro estoy en otro lado, reviviendo una silueta inmóvil al otro lado de un cristal empañado.

Esta es mi confesión, la de verdad, la que no le cuento a nadie. Descubrí esa noche que lo que más me excita del mundo no es lo que hago, sino saber que alguien, en la oscuridad, me está mirando. Y no sé si algún día seré capaz de decírselo en voz alta.

Si habéis llegado hasta aquí sin juzgarme demasiado, quizá vosotros también guardéis un secreto parecido.

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Comentarios(7)

lectura_nocturna7

me flipo con este relato!!! sigue escribiendo asi

RosaEnredo

Por favor seguila, este relato merece una segunda parte si o si

Florcita_Cba

jaja me recordo a una situacion parecida aunque sin el miron. muy entretenido!

LoboLector55

el tipo del retrovisor sabia que los estaban viendo? eso es lo que mas me intriga

MarisolR_22

Que relato tan intenso, te felicito. Se siente real sin pasarse de la raya. Ojala haya mas como este!

NinaSolitaria

el detalle de los cristales empañados me mato... uf

DiegoRJ_04

genial!!!

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