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Relatos Ardientes

Fingí ser virgen tres años para controlar a mi novio

Hay una herida que me marcó antes de tiempo y que tardó años en dejar de doler. No voy a contar aquí de dónde vino; basta con decir que aprendí demasiado pronto que el deseo de un hombre se puede sostener en la palma de la mano, como agua, y que casi todo lo que hice después fue para no volver a sentir que me la arrebataban.

Cuando terminó mi adolescencia me creía dueña de un pequeño imperio. Pensaba que tenía un harén de hombres dispuestos a tirar su abrigo sobre el barro para que yo pasara por encima sin mancharme. Lo que no entendía todavía es que ese abrigo lo habrían tirado por mí, por ti, por ella o por la de al lado. Aun así, me embriagaba la sensación de ser pretendida y la fantasía de ser la única.

Empecé la carrera de Derecho. Es de las pocas profesiones donde uno se acerca de verdad al alma humana, y yo hice todo lo necesario para aprender a leerla. Aprendí a pensar como abogada, a buscar la intención detrás de cada gesto, y me destaqué desde el primer cuatrimestre.

Mi familia prosperaba. En mi pueblo, eso bastaba para colocarnos entre los apellidos respetables, y por supuesto yo creía que aquello me hacía todavía más deseable. Así que me di a desear. Coqueteaba un poco con algunos, mucho con otros, pero no le daba entrada a nadie. Quería estar segura de que quien aspirara a mí le vendería el alma al diablo con tal de tenerme.

No buscaba un novio. Buscaba un súbdito, un admirador, barro para esculpir mi propio juguete. Necesitaba a alguien que me hiciera olvidar que la herida seguía abierta.

El elegido se llamaba Damián.

Buen chico. Demasiado buen chico.

Era el codiciado por las chicas del pueblo y por las de su facultad en la capital de la provincia. Hizo la corte como en otra época: visitó mi casa cien veces, me llevó flores que mi madre ponía en agua sin que yo se lo pidiera, y una tarde, con las manos temblando, tomó la mía y me pidió ser su novia. Le dije que sí. Sin un beso, sin un roce, sin pasión y sin amor.

Mis padres concluyeron que era un buen partido, y así empezó el noviazgo más extraño que se haya visto en aquella localidad. Damián me llevaba casi a diario a la universidad. Yo sacaba siempre las mejores notas; fui el mejor promedio de mi generación. Y junto a esa perfección que perseguía para mí misma, fui tejiendo una red de inventos y silencios donde el sexo no aparecía jamás.

Tengo que explicar algo para que se me entienda. Estábamos en pleno siglo veintiuno, pero en mi pueblo, y en familias como la mía, todavía sobrevivía el mito de la virginidad como una reliquia. Damián estaba convencido de que yo era virgen. Lo creía él, lo creía mi familia, lo creía la gente que me saludaba en la plaza. Y yo, con la cabeza partida en dos, alimenté ese personaje con una dedicación enfermiza: una mujer impoluta, que nada sabía ni entendía del cuerpo, que daba explicaciones que nadie le pedía.

Lo curioso es que durante un tiempo dejé de sentir deseo de verdad. Como si me hubiera puesto una anestesia voluntaria. No me tocaba, no me metía la mano entre las piernas a la noche, no soñaba con pollas ni con bocas ajenas, y todo ese apetito que reprimía lo sublimé en una sola cosa: el control de las personas que me rodeaban.

Damián me creyó. Y se mantuvo a mi lado tres años sin pasar de un beso, y ni siquiera profundo. Insistía, claro. Él necesitaba mucho más, me amaba, de eso estoy segura. Pero ese hombre no estaba preparado, ni de lejos, para descubrir que a mí me encantaba que me follaran hasta partirme.

Lo que él no sabía es que yo ya estaba enamorada de otro.

***

Se llamaba Andrés y lo cambiaba todo.

De él hablaré largo y tendido en otra confesión, porque merece una propia. Por ahora alcanza con decir que ese enamoramiento impidió que mi relación con Damián se volviera algo normal. Yo me enamoré de uno, pero me mojaba las bragas con el otro; es lo que hacemos muchas mujeres y casi nunca lo admitimos en voz alta.

Damián necesitaba coger. Y si no lo encontraba conmigo, tarde o temprano iba a meter la verga en otra parte. Las mujeres sabemos olfatear esos momentos. Así que empecé a reaccionar más fuerte, más ruidosa, a sus besos y a sus abrazos. Fingía orgasmos mientras frotábamos nuestros cuerpos vestidos en la oscuridad de su camioneta, con su bulto duro apretándome el coño por encima del jean, y fingía después una culpa enorme por haber «cruzado la línea», aunque en realidad lo empujaba a cruzarla un poco más cada vez.

Cuando me sobaba las tetas por encima de la ropa, yo cerraba los ojos e imaginaba que eran las manos de Andrés apretándome los pezones. Cuando le permití por fin acercar la boca, fingí que era la lengua de Andrés la que me chupaba, que eran sus dientes los que me mordían.

Los años pasaban y el final de la carrera se acercaba. Damián me atendía, me llevaba, me traía, iba a buscarme a donde hiciera falta. Yo lo dejaba avanzar lo justo para no perder ese lugar de privilegio que me ofrecía, y usaba su propia culpa como correa: había construido el mito de la virgen y me esforzaba al máximo por sostenerlo.

Lo dejaba tocarme y enloquecer con ello. Mi espalda, mis piernas, todo lo que estuviera por fuera era suyo. Solo había un territorio negado —mi coño, virgen o no, era mío—, y él lo sabía. Poco a poco pasé de hacerlo terminar con las manos a probar, tímidamente, otra cosa.

La primera vez que se la pajeé fue en el asiento trasero de su camioneta, una noche cualquiera, con la ventanilla empañada por nuestra respiración. Le abrí el pantalón con dedos torpes, saqué esa polla que llevaba meses temblándole en los pantalones y me quedé mirándola un segundo. Estaba durísima, gruesa, con la punta hinchada y una gota transparente en el glande. Empecé a moverla con la mano, despacio, apretando de más porque no sabía cómo hacerlo, y él gemía como un animal, con los ojos cerrados y la nuca apoyada en el respaldo. Me contuvo la mano un par de veces —«así no, más flojo»— y yo aprendí en el mismo asiento a subir y bajar el prepucio, a girar la muñeca en la punta, a apretar la base. Cuando se corrió, me llenó los dedos y el interior del vidrio, y yo me hice la escandalizada mientras por dentro me carcajeaba de placer al ver cómo un hombre podía deshacerse en mi mano.

La primera vez que se la chupé ya estábamos en el tercer año. Teníamos la casa para nosotros un fin de semana entero. Nos lo pasamos besándonos en cada rincón: el sillón, el jardín, mi cama. El pretexto era poner otra película, y él se dedicaba a recorrerme entera repitiéndome una y otra vez que me amaba.

Sabía que necesitaba descargarse. Lo notaba en su respiración, en la forma en que su verga se tensaba dentro del pantalón y buscaba mi muslo. También sabía, porque no soy tonta, que el muy desgraciado se desahogaba con alguien más, que había otra que le abría las piernas y le tragaba lo que yo le negaba. No iba a perder el control que tenía sobre él. Así que hice lo mío.

Me arrodillé entre sus piernas en el sillón, le bajé el pantalón hasta las rodillas y le saqué la polla ya empapada de fluido. Se la miré de cerca, casi con curiosidad de estudiante aplicada, y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta en un lametón lento. Él soltó una puteada ahogada. Me metí el glande entero en la boca, cerré los labios, y empecé a chuparla en serio, mamándosela con la lengua envolviéndole la cabeza mientras la mano le trabajaba la base. La saliva me chorreaba, me caía por el mentón, y yo la usaba para lubricarle el tronco entero. Le agarraba las bolas con la otra mano, se las apretaba suave, y le clavaba los ojos desde abajo para que me viera con la boca llena de su verga. Le encantaba, me lo susurraba entrecortado: «así, así, no pares, mi amor».

Recuerdo perfecta la cara que puso cuando se vino. Respiró hondo, contuvo el aire, y no duró nada. Me llenó la boca de un chorro caliente y espeso que casi me hace atragantar. Me aparté en cuanto sentí que terminaba, dejé que el resto de la corrida le cayera sobre la panza, y le dediqué mi sonrisa más boba, la de la chica que no entiende del todo lo que acaba de hacer, con un hilo de semen en la comisura. Lo dejé recomponerse y él se deshizo en juramentos de amor.

Yo me sentía de maravilla. Tenía el coño empapado bajo la falda, latiéndome, y pensaba que desde ahí podría empezar a soltar, de a poco, el disfraz de santa. Pero el muy idiota ni siquiera intentó devolverme el favor. Me subió a su regazo, me abrazó, me besó el pelo, y ni una mano me metió entre los muslos. Salí del baño diez minutos después, todavía apretando las piernas, y me terminé de correr yo sola, dos dedos adentro, mordiendo la toalla para que no me oyera.

***

Hay algo que aprendí en aquellos años y que no me ha abandonado: somos aromas. El olor que queda después del deseo se registra en la mente de los hombres sin que ellos sepan ponerle nombre. Cuando veía a Damián los días en que yo venía de estar con Andrés, con el olor del otro todavía impregnado en la piel y en la ropa interior, lo notaba desorientado, ansioso, como si algo en él reclamara su turno semanal. No lo entendía. No tenía por qué entenderlo.

Durante ese año mi novio del pueblo fue feliz con su ración de los sábados. Lo llamábamos «el día del amor». Cenábamos en algún lado, tomábamos algo, y de regreso, en la camioneta, nos besábamos durante media hora antes de que él se animara a más, siempre temeroso de que yo lo frenara. Yo terminaba con su verga en la mano o en la boca, tragando o dejando que se me viniera en las tetas, según el humor y según cuánto lo quisiera castigar por su cobardía.

Me mantenía dentro del personaje hasta en eso. No me dejaba ir, no me entregaba del todo, aunque me muriera de ganas de sentarme sobre su polla y clavármela hasta el fondo. Lo hacía terminar y, con una vergüenza fingida y la mirada baja, hacía como si aquello me costara un mundo. Y ahí estaba siempre Damián, mi caballero, para asegurarme que todo estaba bien, que lo hacíamos por amor.

El día que cambió todo no fue con él. Fue la tarde en que Andrés me besó por primera vez.

Pasó en una oficina vacía. Nos saludamos, me abrazó, me apartó un mechón de la frente, y yo sentí su colonia, su aliento, el calor de su pecho contra el mío. Llevaba tanto tiempo esperando que se acercara lo suficiente que mi cuerpo reaccionó solo. El calor me bajó de la cabeza al vientre y del vientre más abajo, directo al coño. Sentí cómo se me humedecía la bombacha en cuestión de segundos. Gemí, y fue un gemido legítimo, el primero en años. Él lo notó.

Jugó con mi boca varios minutos antes de pasear su lengua por la mía. Me apretó contra el escritorio, me subió una pierna sobre su cadera, y me recorrió la espalda con las dos manos mientras me besaba el cuello. Una de esas manos bajó, se metió por debajo de la falda, y me apretó el culo por encima de la bombacha empapada. Sentí su verga dura contra mi pubis, gorda, insistente, apretándose contra el hueso como pidiendo entrar. No hizo falta más. Yo, en una oficina prestada, a cuarenta segundos de empezar, con la ropa puesta y sin que me tocara ni un pezón, sentí mi primer espasmo de verdad. Me deshice con apenas un par de roces, mordiéndole el hombro para no gritar, temblando, fallándome hasta las piernas, corriéndome contra su muslo como una perra.

Cuando recuperé el aliento, con la voz tartamuda y la bombacha todavía chorreando, solo me salió una pregunta: «¿Vas a dejar tu vida por mí?». Necesitaba esa respuesta para entregarle todo lo que era, para arrodillarme ahí mismo y sacarle la polla y comérmela hasta la última gota. Por toda contestación recibí media sonrisa y un «si ni siquiera estamos juntos».

Bajé la mirada. Esa sensación de tierra que se abre bajo los pies, esa que ya había sentido una vez años atrás, volvió a instalárseme en el estómago. Y otra vez, como entonces, no dije una palabra. Le di un beso pequeño en los labios y, por primera vez, le dije: «Te quiero».

Y era verdad. Lo quería. Pero no iba a tragarme la afrenta sin más.

***

Esa misma tarde llamé a Damián y le dije que necesitaba su amor. Vino a buscarme enseguida, dócil como siempre, y le pedí que me llevara a un lugar donde pudiéramos estar solos. Terminamos en una cabaña alquilada a las afueras del pueblo, la que su primo prestaba a cambio de nada, con una cama grande y una estufa a leña y ninguna vecina que pudiera oírme.

Lo besé como nunca. Le desabroché la camisa a tirones y le pasé la lengua por el pecho, le mordí un pezón, le clavé las uñas en la espalda. Me dejé llevar más de lo que me había permitido jamás, y mientras él seguía sin poder creer lo que estaba pasando le inventé una historia. Le dije que una amiga me había explicado una forma de estar juntos «sin perder lo que tanto cuidábamos». Le hablé de sexo anal en voz muy baja, como si me diera pudor pronunciar la palabra, y le juré que había leído que así seguiría siendo virgen para nuestra noche de bodas.

Le brillaron los ojos como a un chico ante un regalo. Me terminó de desnudar temblando. Me miró las tetas como si nunca antes las hubiera visto de verdad, me chupó los pezones uno por uno, torpe, ansioso, y bajó por mi vientre con la boca hasta topar con la línea de la bombacha. Ahí se frenó, como si necesitara permiso. Yo se la corrí a un lado con un dedo, le agarré la nuca y le empujé la cara contra mi coño. «Ahí, con la lengua, así», le dije, y le di, una por una, todas las indicaciones necesarias para llevarme al límite. Le enseñé a lamerme el clítoris en círculos lentos, a meterme la lengua entera, a chuparme los labios, a subir y bajar sin apuro. Él obedecía como un alumno aplicado, resoplando entre mis muslos, con la cara empapada de mi jugo.

Y, sin embargo, no llegué. Estaba encendida, claro que sí. El recuerdo del beso de aquella tarde me ardía en el cuerpo y todavía tenía las marcas de los dedos de Andrés en el culo. Pero no podía terminar con Damián.

Así que lo di vuelta, lo puse boca arriba, y me la chupé un rato más para que estuviera durísima. Después me acosté boca abajo, le ofrecí el culo, y le dije que empujara despacio con un poco de saliva. Le tomó un buen rato acomodarse. Yo apretaba los ojos, más por concentración que por dolor, y le pedía que fuera de a poco. Cuando por fin la punta entró, gemí más fuerte de lo necesario para animarlo. Fue metiéndomela centímetro a centímetro, temiendo hacerme daño, mientras yo llevaba una mano entre mis piernas y me frotaba el clítoris sin que él lo viera.

Recurrí al truco de tantas. Mientras Damián se esforzaba, conteniéndose, temeroso de romperme, yo evocaba con todas mis fuerzas la boca de Andrés. Su olor. El sabor de su lengua. La verga que le había sentido apretada contra el pubis en la oficina. El orgasmo que me había arrancado sin proponérselo. Le puse a Andrés en la cabeza de Damián: era su polla la que me estaba abriendo el culo, era él el que me tenía boca abajo diciéndome puta al oído. Y funcionó. Empecé a mover las caderas contra él, a pedirle que me embistiera más fuerte, que no me tuviera lástima, y cuando le dije al oído «cógeme, no te contengas», el pobre perdió el control y empezó a metérmela hasta el fondo con una violencia que yo llevaba meses esperando. Mis dedos volaban sobre el clítoris, el culo me ardía, y me corrí gritando contra la almohada, con espasmos que me atravesaban entera, apretándole la verga adentro hasta que él, ya sin voluntad propia, se vino en tres estocadas y se derrumbó sobre mi espalda.

—¿Te dolió? —me preguntó después, cubriéndome de besos en el pelo, en el cuello, en las manos, mientras su corrida me chorreaba por entre los muslos.

—Solo un poquito —le mentí, haciéndome la inocente, la culpable, la enamorada, la que acababa de perder algo que en realidad ya no tenía hacía años.

***

Siempre me había creído la persona más cuerda del mundo. La de mejor salud mental, pese a la herida vieja y pese al disfraz de santa que arrastraba desde hacía años. Pero esa noche, después de un orgasmo que le había dedicado en secreto a un hombre que no estaba allí, con la verga de otro todavía adentro y el nombre equivocado en la punta de la lengua, pensé por primera vez que tal vez estaba un poco loca.

Y tal vez ya lo estaba desde mucho antes.

Damián siguió creyéndome suya, pura e intacta por delante, mientras me abría el culo por detrás cada sábado y se convencía de que aquello era una prueba de amor. Andrés siguió siendo el dueño de cada cosa que yo sentía de verdad, de cada vez que me metía los dedos a solas pensando en él, de cada orgasmo real. Y yo seguí jugando a las dos cosas a la vez, con un novio arrodillado y otro adentro de la cabeza, convencida de que controlaba el tablero, sin querer ver que el tablero hacía rato me controlaba a mí.

Pero esa, la de Andrés, es otra confesión. Y prometo contarla entera.

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Comentarios(5)

LectorNocturno_88

me quede sin palabras jajaja. excelente!!

JuanchoDelSur

tres años manteniendolo... impresionante de verdad. muy buen relato

ValentinaRK

por favorrr seguí escribiendo, quede con muchas ganas de saber como termino todo esto!!

Daniela_RS

me hizo acordar algo que me paso con un ex hace años jaja, aunque mucho mas simple. muy buena la historia, se siente real

Carlos

buenisimo, gracias por compartirlo

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