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Relatos Ardientes

Llamé a mi ex y viví la noche que mi novio jamás me dio

Nunca pude olvidar las noches que pasé con Marcus durante mi primer año en la facultad. Fue con él con quien descubrí de verdad mi cuerpo, lo que me gustaba y hasta dónde podía llegar. Durante meses no hubo semana en que no termináramos enredados en su cuarto, agotados y felices, jurando que al día siguiente estudiaríamos en serio.

El destino se encargó de separarnos. Marcus tuvo que dejar la carrera y volver a su país para cuidar a sus padres, que ya eran mayores y estaban enfermos. Se fue una mañana de invierno y, durante años, no volví a saber de él. Solo me quedó el recuerdo, que pesaba más de lo que me gustaba admitir.

Yo seguí con mi vida. Conocí a Martín, me puse de novia, me mudé con él. Es un buen hombre, de eso no tengo dudas. El problema empieza y termina en la cama. El sexo con él casi nunca pasaba de lo correcto: me la metía tres o cuatro minutos, se corría, y a dormir. Rara vez me llevaba al final. Cuando acababa, se dormía en cuestión de minutos, y yo me quedaba mirando el techo con el coño palpitando y las bragas empapadas, terminando sola con dos dedos lo que él no había sabido empezar.

En esos momentos pensaba en Marcus. En su manera de mirarme antes de tocarme, en lo seguro que era de sus manos, en esa polla gruesa y larga que me abría en dos y me hacía correrme una y otra vez, en todo lo que sabía hacer y que Martín ni siquiera intuía que existía.

Un día, una amiga en común me escribió. Los padres de Marcus habían fallecido y él pensaba volver a la ciudad. Leí el mensaje tres veces. Después lo borré, como si así pudiera borrar también lo que se me había despertado por dentro.

No funcionó. Le respondí esa misma noche.

Nos vimos pocos días después. Al principio hablamos de todo un poco, como dos viejos conocidos que se ponen al día. Pero a la media hora ya no podía seguir fingiendo. Le dije que lo había echado de menos durante todos esos años. Que había echado de menos, sobre todo, las noches con él.

—¿Y tu novio? —preguntó, sin dejar de mirarme.

—Mi novio es otro tema —contesté.

Quedamos para el sábado en un bar tranquilo del centro. Toda la semana viví pendiente de ese día. Le dije a Martín que tenía una salida de chicas y que me quedaría a dormir en casa de una amiga. Que nos veríamos el domingo. Mentí con una facilidad que después me dio un poco de miedo.

***

El sábado me arreglé con calma, eligiendo cada cosa. Me puse una minifalda negra, un top ajustado y, debajo, un conjunto de encaje negro, tanga diminuta y sujetador con push-up. Me miré en el espejo más tiempo del necesario. Hacía años que no me preparaba así para nadie. Me toqué por encima de la tela y ya estaba mojada de solo pensar en él.

Llegué al bar nerviosa, con el corazón golpeándome en el pecho. Lo vi enseguida, apoyado en la barra. Seguía siendo ese hombre alto, de casi un metro noventa, ancho de hombros, con esa sonrisa lenta que se le formaba en una sola comisura. Los años, lejos de gastarlo, lo habían vuelto más imponente.

Nos sentamos en un rincón apartado, lejos del resto. Pedimos algo de beber y nos pusimos a hablar, pero las palabras eran lo de menos. Su mano encontró mi rodilla casi enseguida y empezó a subir despacio, sin prisa, midiéndome. Yo no la aparté. Abrí un poco las piernas, casi sin pensarlo, y dejé que sus dedos se acercaran a donde yo quería que llegaran. Cuando rozó la tela empapada de la tanga soltó una risa bajita en mi cuello.

—Estás chorreando, Carla —murmuró.

—Llevo toda la semana así —le confesé.

—¿De verdad quieres hacer esto? —me preguntó al oído, con la voz baja.

—¿Por qué crees que vine? Quiero que me folles hasta que no pueda caminar.

Me tomó de la mano y salimos. En el coche, antes de arrancar, me miró un segundo y me besó. Fue un beso largo, profundo, de los que se sienten en todo el cuerpo. Sus manos pasaron de mi cara a mis muslos, y de ahí, de nuevo, entre mis piernas. Yo ya estaba encendida desde que lo había visto en la barra.

Apartó la tanga a un lado y me acarició despacio, primero por encima del coño, separando los labios mojados con la yema de los dedos, después adentro, primero un dedo hasta el fondo y enseguida dos, curvándolos para tocarme por dentro justo donde yo necesitaba. Con el pulgar me buscó el clítoris hinchado y empezó a hacer círculos lentos, sin dejar de bombear los dedos. Encontró sin dudar ese punto que Martín ni siquiera sabía localizar. Gemí bajito y me mordí el labio.

—Ahí —susurré—. No pares, joder, ahí mismo.

—Sigues siendo igual de intensa, Carla —dijo contra mi cuello, mordiéndome la piel—. Sigues empapando el asiento entero como cuando tenías veinte.

Los dedos entraban y salían con un ruido húmedo que llenaba el coche. Yo abrí más las piernas, apoyé una en el salpicadero y le dejé todo el acceso. Él aceleró el ritmo, tres dedos ahora, y con la otra mano me pellizcó el pezón por encima del top. No me hizo falta mucho. Tuve el primer orgasmo ahí mismo, en el coche, con su boca en mi piel y la ciudad pasando borrosa por la ventanilla. Me corrí apretándole los dedos por dentro, con la falda subida hasta la cintura y las bragas hechas un trapo, mordiéndome la mano para no gritar.

Sacó los dedos brillantes de mis jugos y me los puso en la boca. Se los chupé sin pensarlo, mirándolo a los ojos.

—Esa es mi chica —dijo, y arrancó.

***

Su departamento estaba a pocos minutos. Mientras él iba un momento al baño, yo me quedé en la sala. Me quité la falda y el top y los dejé doblados sobre una silla. Me quedé en el conjunto de encaje, esperándolo, con la sensación de estar haciendo algo de lo que no había vuelta atrás.

Cuando volvió, se paró un segundo en la puerta a mirarme de arriba abajo, y esa mirada sola me hizo apretar los muslos. Me dio otro beso y me terminó de desvestir con una calma que me ponía aún más nerviosa. Me desabrochó el sujetador, me lo bajó despacio y se agachó a chuparme los pezones, uno y después el otro, mordiéndolos justo lo suficiente para hacerme arquear la espalda. Después me deslizó la tanga por las caderas y la dejó caer al suelo. Me acarició el pecho con las dos manos, sin apuro, y después fue bajando con la boca por mi cuello, por el estómago, hasta arrodillarse frente a mí.

Me senté en el borde del sofá y abrí las piernas para él. Me miró el coño hinchado y brillante y sonrió como el que llega a casa después de mucho tiempo. Empezó besándome la cara interna de los muslos, subiendo despacio, soplando sobre la piel mojada. Cuando por fin me metió la lengua entre los labios, gemí tan fuerte que casi me asusté yo misma. Marcus comía coño como nadie. Me lamía de abajo hacia arriba con la lengua plana, se paraba en el clítoris y lo chupaba metiéndoselo entero en la boca, y volvía a bajar para meterme la lengua adentro, follándome con ella. Le agarré la cabeza con las dos manos, le apreté la cara contra mí y empecé a mover las caderas contra su boca sin ningún pudor.

—Así, así, no te muevas —le supliqué—. Me voy a correr en tu boca.

Metió dos dedos otra vez mientras seguía chupándome el clítoris, y a los pocos segundos me sacudió un segundo orgasmo que me dobló hacia adelante, con las piernas temblando y el coño contrayéndose alrededor de sus dedos. Marcus no paró hasta que le tiré del pelo para apartarlo, sensible al mínimo roce.

Se puso de pie frente a mí y se bajó el pantalón. Cuando le vi la polla, se me hizo agua la boca. Larga, gruesa, con la vena marcada y la punta ya húmeda. Igual de imponente que en mi memoria, o más.

La tomé con las dos manos y la guié hacia mi boca. Empecé pasando la lengua por el glande, chupándole la punta y saboreando el líquido preseminal salado, y después me la metí entera hasta que me chocó contra la garganta. Marcus soltó un gemido ronco y me agarró del pelo. Le mamé la polla con ganas, subiendo y bajando con la boca, con la lengua girando alrededor, mientras con una mano le acariciaba los huevos apretados. Quería que él disfrutara tanto como yo, y me lo tomé con ganas, dejando que se moviera él también, follándome despacio la boca, escuchando cómo empezaba a respirar más fuerte mientras sus dedos seguían moviéndose entre mis piernas.

—Para o me corro ya —dijo con la voz rota, apartándome con suavidad.

Se arrodilló entre mis piernas. Se pasó la polla un par de veces por los labios del coño, empapándose, restregándome el glande sobre el clítoris hasta hacerme jadear. Entró despacio, centímetro a centímetro, dándome tiempo a acostumbrarme de nuevo a su tamaño. Sentí cómo me abría por dentro, cómo cada milímetro tocaba paredes que llevaban años sin sentir nada así. De vez en cuando salía entero y volvía a buscar el contacto justo, jugando, haciéndome esperar, dejando la punta apenas rozando la entrada hasta que yo levantaba las caderas buscándolo. Y cuando por fin empezó a moverse en serio, hundiéndomela hasta el fondo con embestidas largas y firmes, gemí sin poder contenerme.

Era esa sensación que no había vuelto a sentir en años: la de estar completamente llena, completamente atendida, con una polla dentro que sabía exactamente dónde tocar. Se inclinó sobre mí, me besó los pechos, me chupó los pezones, me mordió el cuello, y poco a poco fue marcando un ritmo más fuerte. Cada empuje me hacía subir los pechos, cada salida me dejaba vacía y desesperada por que volviera. Yo movía las caderas para encontrarlo, jadeando contra su hombro, clavándole las uñas en la espalda.

—Más fuerte —le pedí—. Rómpeme, Marcus.

Me obedeció. Me agarró de las corvas, me subió las piernas sobre sus hombros y empezó a follarme más hondo y más rápido, con el sonido de la piel golpeando la piel llenando toda la sala. Encontró otra vez ese punto por dentro. El tercer orgasmo me sacudió de tal manera que le clavé los dientes en el hombro, y él soltó un quejido entre el dolor y la risa mientras yo me convulsionaba debajo de él, apretándole la polla con el coño en espasmos.

—Cuánto te eché de menos —le susurré con la voz temblando—. No pares, por favor, no pares.

No paró. Cambiamos de posición, me puse a cuatro patas sobre el sofá y él se colocó detrás, se pasó la polla otra vez por mis labios chorreantes y volvió a entrarme de una sola embestida que me arrancó un gemido gutural. Me sujetó de las caderas con las dos manos y empezó a embestirme sin piedad, con fuerza, empujándome contra el respaldo. Cada golpe me arrancaba un gemido más fuerte, hasta que tuvo que pasarme un almohadón para que no se enterara todo el edificio. Yo mordía el cojín y él me daba una palmada en el culo cada vez que se me escapaba un grito demasiado alto, dejándome la piel roja y ardiendo. Me pasó una mano por debajo y me buscó el clítoris mientras seguía martillándome desde atrás. Perdí la cuenta de las veces que llegué. Uno detrás de otro, en cadena, hasta quedarme sin voz. Él aguantaba, paciente, como si tuviera toda la noche por delante, saliendo y bajando a lamerme el coño cada vez que estaba a punto de correrse para aguantar más.

Cuando por fin se dejó ir, me tumbó boca arriba, se puso encima y me la metió hasta el fondo unas cuantas veces más, mirándome a los ojos. Se corrió con un gemido ronco que le recorrió todo el cuerpo, descargándose dentro de mí en chorros calientes que sentí uno por uno. Me quedé abrazada a él, los dos sin aliento, con su semen escurriéndoseme entre los muslos, riéndonos por lo bajo de lo que acabábamos de hacer.

***

En mitad de la madrugada me sonó el teléfono. Era Martín. Le hice un gesto a Marcus para que se quedara callado, aunque a él le pareció divertido seguir acariciándome mientras yo intentaba sonar normal. Bajo las sábanas, su mano se abrió camino entre mis piernas y me metió dos dedos justo cuando atendí.

—Estoy de camino a casa de mi amiga —mentí, concentrándome con todas mis fuerzas para que no me temblara la voz mientras sus dedos entraban y salían de mí, todavía llenos de su propio semen—. Bebí un poco de más. Mañana te llamo, ¿sí?

Le di las buenas noches, colgué y apagué el teléfono. No quería que nada me sacara de esa noche. Marcus me miró con una ceja levantada, sacándose los dedos empapados y lamiéndoselos delante de mí.

—Eres terrible —dijo.

—Mira quién habla.

Fuimos a la cocina a tomar agua, los dos desnudos. Yo lo abracé por la espalda, le pasé la mano por delante y le agarré la polla, que se le puso dura enseguida entre mis dedos. Casi sin pensarlo, le pregunté al oído:

—¿Por qué se te da tan bien?

Se giró, me levantó en brazos y me sentó sobre la mesada de mármol frío. Me abrió las piernas y me habló al oído mientras se restregaba la polla contra el coño.

—Contigo me esfuerzo más. Sé lo que te gusta. Sé que te gusta que te la meta despacio primero, y después que te folle como una puta.

No le respondí con palabras. Le agarré la polla y me la guié yo misma a la entrada. Me levantó las caderas y volvió a entrar, despacio al principio, mirándome a los ojos mientras me abría de nuevo, y después con fuerza, sacándomela casi entera y clavándomela de un golpe, mientras yo le envolvía la cintura con las piernas y me agarraba del borde de la mesada para no caerme. Con cada embestida los vasos temblaban a mi lado. Me chupó los pechos, me mordió el cuello, me susurró todas las guarradas que sabía que me ponían. Lo hice todo de nuevo, una y otra vez, corriéndome sobre su polla dos veces más, hasta que sentí que se me nublaba la cabeza de puro placer.

Volvió a terminar dentro de mí, con un gemido largo, apretándome contra él mientras se vaciaba entero por segunda vez esa noche. Cuando salió, sentí el semen escapárseme y caer sobre el mármol. Me llevó en brazos hasta el dormitorio, con las piernas todavía temblando. Mientras me acostaba, me besó con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Nos quedamos pegados el uno al otro, su respiración en mi nuca, su mano ahuecada sobre mi pecho, y antes de dormirme lo escuché susurrar:

—Estoy loco por ti.

***

Nos despertamos pasadas las once, y no exactamente por el despertador. Marcus se despertó pegado a mi espalda, con la polla dura clavándoseme en el culo, y con la mano ya buscándome entre las piernas. Sin decir una palabra, me levantó una pierna, se colocó detrás y me la metió despacio de costado, mientras yo todavía terminaba de despertarme. Me folló así, lento y profundo, medio dormidos los dos, besándome la nuca, hasta que me corrí en silencio, mordiéndome la mano, y él se corrió detrás, apretándome contra su cuerpo.

Mientras me duchaba después, repasé la noche entera bajo el agua caliente, con las piernas todavía temblando y el coño dolorido de tanto uso. Habíamos estado horas. No me reconocía en la mujer desinhibida y desbordada que había sido, en la que había pedido que la rompieran a cuatro patas y había tragado semen y había gemido como una perra, y aun así no sentí ni una pizca de culpa. Pensé en los orgasmos que Marcus me había regalado en una sola noche, más que Martín en todos nuestros años juntos, y me dije que algo de razón tenía yo en buscarlo.

La verdad es que siempre fui así. La primera vez que entendí de qué iba el deseo de verdad fue ya entrada en los veinte, durante un viaje, con alguien que sabía tomarse su tiempo, que me comió el coño hasta hacerme llorar y me folló hasta el amanecer. Desde entonces supe lo que buscaba, y casi nunca lo encontraba.

Salí del baño envuelta en una toalla y Marcus me recibió con un beso de buenos días y un café fuerte que olía a gloria. Desayunamos en silencio, sonriéndonos como dos cómplices.

—Gracias por la noche —le dije.

—De nada, cariño —contestó con esa sonrisa torcida—. Es mi especialidad.

El desayuno no fue lo único que compartimos esa mañana. Apenas dejé la taza, sus dedos ya recorrían mi espalda, y mi cuerpo, que debería haber estado agotado, respondió enseguida. Me subió a la mesa de la cocina, me abrió la toalla y volvió a comerme el coño hasta hacerme correrme otra vez, con las piernas sobre sus hombros. Después me llevó de vuelta a la cama y me folló despacio, boca arriba, mirándonos a los ojos, sin prisa. Terminamos con él acabando sobre mis tetas y yo pasándome el semen por los pezones con los dedos, sin dejar de mirarlo. Nos demoramos hasta media tarde, sin reloj, sin culpa, recuperando todos los años que nos habían robado.

Cuando finalmente me vestí, me despedí de él con un beso largo en la puerta, todavía con el sabor de su polla en la boca. Tomé un taxi y, mientras la ciudad pasaba por la ventanilla, pensé en Martín, que me esperaba sin sospechar nada.

El sexo que me tocaría tener con él esa noche sería, comparado con esto, apenas un trámite. Pero lo haría igual, porque por ahora no pensaba dejarlo. Martín tenía sus cosas buenas. Para lo demás, ahora, otra vez, tenía a Marcus.

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Comentarios(6)

Martina_Mza

increible!!! me tuvo enganchada desde el primer parrafo. de los mejores que lei en esta categoria

CristinaDelNorte

me senti tan identificada con esto... hay momentos en que uno sabe exactamente lo que le falta aunque no quiera reconocerlo. Muy bien escrito y muy real.

LecturaNocturna7

la tension del relato esta perfecta, sin pasarse de burdo. se agradece ese equilibrio

Vero_Parana

espero que haya segunda parte!!! quede con ganas de saber mas

DiegoCba99

desde la perspectiva masculina te digo que este tipo de confesiones son las mas interesantes de leer jaja. muy bueno

RominaViajes

me recuerda a decisiones que uno toma en un momento y despues entiende perfectamente por que. Se siente autentico, no forzado. Felicitaciones

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