Mi ex cumplió su fantasía con el camarero
Fue una de esas noches que, vistas con distancia, parecen una provocación anunciada desde el principio. Habíamos quedado en un bar del centro con dos parejas amigas para cerrar la semana con cervezas, tapas y conversación fácil. Yo había vuelto a ver a Mara después de varios meses de separación, y aunque oficialmente seguíamos siendo ex, entre nosotros todavía quedaba esa costumbre peligrosa de tocarnos como si nada hubiera cambiado.
Ella llegó con un vestido negro sencillo, el pelo recogido y esa sonrisa de quien ya trae una idea en la cabeza. Se sentó a mi lado por pura casualidad, según dijo, pero desde el primer minuto buscó mi rodilla bajo la mesa con la suya. Yo la conocía demasiado bien como para no notar que venía caliente, juguetona y con ganas de llevarme hasta algún límite.
Todo iba normal hasta que apareció el camarero a tomar nota de la segunda ronda. Alto, moreno, barba corta, camisa negra ajustada y una seguridad tranquila que llamaba la atención sin esfuerzo. Mara lo siguió con la mirada hasta que se alejó con la bandeja, se acercó a mi oído y me susurró:
—No sabes cómo me pone ese hombre.
Lo dijo despacio, rozándome la oreja con los labios. Sentí el golpe directo en la entrepierna. Yo sonreí, fingiendo que me lo tomaba a broma, pero ya notaba la erección empujando contra el pantalón.
—¿Sí? —le respondí—. No pierdes el tiempo.
—Míralo bien —insistió—. Tiene cara de follar sin pedir permiso.
Tuve que apretar la mandíbula para no reírme ni gemir. Con Mara siempre había existido ese morbo de hablar claro, sin disfraces. Si quería decir polla, decía polla. Si quería decir que se la chuparía allí mismo, también lo decía. Y esa noche venía especialmente desatada.
Mientras nuestros amigos hablaban de tonterías, su mano se deslizó por debajo de la mesa y se posó encima de mi muslo. No me miró. Siguió charlando como si nada, acariciándome cada vez más arriba hasta notar el bulto duro bajo la tela. Apretó apenas, lo justo para hacerme soltar el aire por la nariz.
—Veo que a ti también te ha gustado —murmuró.
Yo le agarré la muñeca un segundo, más por reflejo que por rechazo. Luego la solté y metí la mano por debajo de su falda. Llevaba las piernas cerradas, tensas, como si hubiera estado esperando exactamente eso. Deslicé los dedos entre sus muslos y la encontré húmeda a través de la ropa interior. Muy húmeda. Cuando aparté la tela y le rozé el coño con la yema de los dedos, se estremeció sin dejar de sonreírle a una amiga que seguía hablando frente a nosotros.
—Así que vienes preparada —le dije en voz baja.
—No. Me has puesto tú... y él también.
Le metí un dedo despacio, solo hasta la primera falange. Mara abrió un poco más las piernas debajo de la mesa. Luego dos dedos. Sentí cómo me apretaba por dentro mientras bebía cerveza y asentía a una conversación que ninguno de los dos estaba escuchando de verdad. La imagen de su coño mojándome la mano mientras fantaseaba con otro hombre me puso todavía más duro.
Saqué los dedos despacio y, antes de limpiarme, me los llevé a la boca. El gesto hizo que ella mordiera su labio con una mirada tan caliente que tuve que apartar los ojos para no delatarme delante de todos.
—Joder —susurró—. Me encanta cuando haces eso.
Después empezó a hablarme del camarero sin parar. Que si una conocida le había dicho que estaba muy bien armado. Que si tenía pinta de embestir fuerte. Que si quería verlo de cerca. Que si se imaginaba de rodillas en el almacén, tragándose aquella polla hasta las lágrimas. Cada frase era más sucia que la anterior, y cada una me la clavaba más adentro de la cabeza.
Lo curioso fue descubrir que no me molestaba. Al contrario. Me excitaba verla tan encendida por esa fantasía. Me excitaba sentir que me usaba como cómplice. Me excitaba imaginarla mamándosela mientras luego volvía conmigo todavía con el sabor ajeno en la boca.
Cuando nuestros amigos se despidieron, el bar ya estaba medio vacío. Quedamos ella y yo solos en una mesa del fondo, con música baja y el personal recogiendo cosas entre ronda y ronda. El ambiente cambió al instante. Ya no teníamos que fingir tanto.
—¿De verdad te lo follarías? —le pregunté.
Mara sostuvo mi mirada y se humedeció los labios antes de contestar.
—Ahora mismo le chuparía la polla delante de ti.
La frase me dejó sin aire. Me terminé la cerveza de un trago y noté una mezcla de vértigo, celos y morbo tan intensa que tuve que levantarme.
—Voy al baño —dije.
—No tardes —respondió—. Todavía no he acabado de calentarte.
Entré al lavabo con la cabeza ardiendo. Me miré en el espejo, me eché agua en la cara y fui al urinario para intentar calmarme. Ni siquiera había empezado a mear cuando la puerta se abrió y entró el camarero.
Se colocó en el urinario de al lado como si nada. Yo intenté concentrarme al frente, pero la curiosidad me estaba devorando. Quería ver si todo lo que Mara decía era solo fantasía o si de verdad había algo ahí que justificara tanto descontrol. Improvisé una frase absurda.
—Hace un calor de mierda aquí dentro.
Él soltó una risa corta.
—Sí. Y no ayuda trabajar viendo según qué cosas.
Giré la cabeza lo justo. Tenía la polla fuera y estaba medio erecta, gruesa, pesada, creciendo lentamente mientras meaba. Se me secó la boca. No era una exageración de fantasía: el cabrón la tenía enorme de verdad. Me quedé mirándola un segundo más de la cuenta.
Él se dio cuenta y no pareció molestarle. Al contrario.
—La culpa es vuestra —dijo sin apartar la vista al frente—. Los vi tocarse debajo de la mesa. Vi cómo le apartabas la tanga. Vi cómo saliste con los dedos mojados y te los chupaste. Casi me hacen perder la bandeja.
No supe qué responder. Me estaba hablando con la polla medio tiesa en la mano, y yo notaba la mía latiendo atrapada en el pantalón. Cerré la bragueta y me volví hacia él, todavía demasiado cerca.
—No era para tanto —mentí.
El camarero sonrió de lado.
—Tu ex no parecía pensar lo mismo. Me miraba como si quisiera que la llevara al baño.
Sentí otro tirón en la entrepierna.
—Tal vez sí.
Por primera vez giró la cabeza hacia mí. Tenía los ojos brillantes, divertidos, seguros.
—Entonces no la hagas esperar mucho.
Salí del lavabo con el pulso disparado. Mara seguía en la mesa, terminándose la última cerveza. Me senté frente a ella y le conté lo del baño sin ahorrarme nada: la mirada, el comentario, la erección, el tamaño. Ella abrió mucho los ojos y luego se echó a reír con una mezcla de incredulidad y hambre.
—¿Así que también se fijó en nosotros? —preguntó.
—Nos vio enteros.
—Mejor.
Se deslizó la lengua por los dientes, lenta.
—¿Tan grande la tiene?
—Sí.
—¿Más que tú?
La provocación me hizo apretar los puños, excitado.
—Bastante más.
Mara soltó un gemido ahogado, apenas audible.
—Joder... Quiero comprobarlo con la boca.
Se me puso dura otra vez con tanta fuerza que me dolió. El simple hecho de escucharla decirlo ya me estaba volviendo loco. Empezamos a fantasear allí mismo, en voz cada vez más baja, cada vez más sucia. Yo le decía que quería verla de rodillas delante de él. Ella me decía que quería sentirme mirando mientras se atragantaba con esa polla. Yo le pregunté si sería capaz de tragarse su corrida y besarme después. Ella respondió sin pestañear.
—Si me lo pide, me la trago toda. Y luego te la paso en la boca.
La frase me dejó prácticamente temblando.
A esa hora ya estaban cerrando. Las luces se encendieron un poco más, las sillas empezaban a subirse sobre algunas mesas y la cajera contaba dinero en la barra. Mara se levantó de golpe.
—No aguanto más. Voy al baño.
Asentí, convencido de que iba a refrescarse o a provocarme esperando que la siguiera. Yo me acerqué a pagar. La cajera, una morena de ojos claros con uniforme negro, me recibió con una sonrisa larguísima.
—Última cuenta de la noche —dijo.
Mientras cobraba, se inclinó más de la cuenta sobre la barra y me sostuvo la mirada. No era discreta: también había visto algo. Tal vez todo. Tal vez suficiente. Me sirvió un chupito de la casa y siguió hablando cualquier tontería mientras yo empezaba a perder la noción del tiempo, distraído entre su escote, mi excitación y la idea fija de Mara metiéndose en el baño del camarero.
De pronto sentí una mano agarrándome fuerte de la muñeca. Era ella.
Salimos del bar sin despedidas. Solo cuando cruzamos la puerta y el aire de la calle nos golpeó, Mara me empujó contra la pared del local y me besó con hambre. Me abrió la boca con la lengua, apretándose contra mi cuerpo. Tardé menos de dos segundos en notar algo distinto. Un sabor espeso, salado, inconfundible.
Me aparté apenas, con los ojos muy abiertos.
—No me jodas...
Mara sonrió, excitadísima, con la respiración agitada.
—Te dije que no aguantaba más.
Volvió a besarme. Esta vez fui yo quien abrió la boca, quien buscó ese sabor, quien lo reconoció sin dudas. Semen. Semen de otro hombre. El del camarero. Tragué saliva y una parte de esa mezcla caliente bajó por mi garganta. El morbo me golpeó tan fuerte que casi se me doblan las rodillas.
—Joder, Mara...
—Tienes razón —susurró entre beso y beso—. Menuda polla tiene. Me la metió hasta el fondo de la garganta. Y te traje un poco para que la probaras.
La miré como si no la conociera y, al mismo tiempo, como si por fin me estuviera enseñando su versión más sincera. Noté la erección brutal latiendo bajo el pantalón. Ella la tocó por encima de la tela y sonrió todavía más.
—Estás durísimo —dijo—. Sabía que esto te iba a poner como un animal.
La puerta del bar se abrió. El camarero salió unos pasos, limpiándose las manos con un paño. Nos vio pegados a la pared y sonrió con descaro, sin una pizca de vergüenza. Mara giró la cabeza hacia él, luego volvió a mirarme.
—¿Quieres entrar?
Yo debería haber dicho que no. Debería haber frenado. Pero ya estaba dentro del juego hasta el cuello.
—Sí.
Regresamos al bar. La persiana estaba ya medio bajada y solo quedaban ellos dos: el camarero y la cajera. Ella nos observaba apoyada en la barra, con los labios entreabiertos y la vista clavada en mi bulto. El ambiente había cambiado por completo. Ya no era un local público. Era un escenario cerrado, cómplice, cargado de deseo.
—Creí que no volverían —dijo el camarero.
—Yo sí —respondió Mara—. Todavía no he terminado mi fantasía.
Él dejó el paño sobre la barra y se acercó sin prisa. De cerca imponía aún más. Se detuvo frente a Mara, levantó una mano y le acarició la barbilla. Ella no se movió. Apenas respiraba.
—La chupas bien —le dijo—. Pero saliste demasiado rápido.
Mara se estremeció. Yo estaba a medio paso de ellos, mirando como un idiota excitado, sin saber si quería apartarla o empujarla otra vez hacia él.
La cajera habló por primera vez.
—Si van a seguir, háganlo de una vez. Me tienen mojada desde hace una hora.
Ese comentario terminó de romper cualquier freno. El camarero agarró a Mara de la nuca y la besó delante de mí, fuerte, sin delicadeza. Ella respondió abriendo la boca al instante, pegándose a su cuerpo. Yo miraba cómo sus lenguas se enredaban mientras una de las manos de él le subía el vestido hasta la cintura.
—Ven aquí —me dijo Mara sin soltarlo del todo.
Me acerqué y ella me agarró de la camisa para besarme también, pasando de su boca a la mía el sabor mezclado de saliva y semen que todavía le quedaba. Gemí contra sus labios. Ella sonrió al sentirlo.
—Trágatelo —me ordenó—. Quiero que lo pruebes bien.
Hice caso. La idea de obedecerla, de aceptar en mi boca la corrida del otro, me disparó algo nuevo. El camarero se dio cuenta en seguida.
—Así que también te pone esto —dijo, mirando mi entrepierna—. Me lo imaginaba.
No respondí. Mara ya estaba de rodillas.
Se arrodilló delante de él con una naturalidad obscena, como si hubiera ensayado esa escena toda la vida. Le abrió el pantalón, bajó la cremallera y sacó su polla otra vez. Seguía enorme, dura a medias, todavía brillante de la mamada reciente. Mara la sostuvo con una mano, me miró desde abajo y se la pasó por los labios antes de meter la punta en la boca.
La cajera soltó un suspiro al verla. Yo me quedé inmóvil, clavado al suelo, fascinado.
Mara empezó despacio, lamiendo el glande, rodeándolo con la lengua, humedeciéndolo entero antes de tragarlo más. El camarero le sujetó el pelo hacia atrás y la dejó trabajar. Ella mamaba con ansia de verdad, sin pose, sin pudor. Le chupaba la polla como quien quiere demostrar algo: que podía con ella, que la deseaba, que le importaba una mierda tenerme delante mirando cómo se llenaba la boca con otro.
—Así... —murmuró él—. Ábrela más.
Mara obedeció. La vi meterla más hondo, hasta que tuvo que cerrar un ojo y respirar por la nariz. Saliva le corría por la barbilla. El sonido húmedo de la mamada llenó el silencio del bar. El camarero empezó a follarle la boca con embestidas cortas, sujetándole la cabeza. No violentas, pero sí firmes. Cada vez que se la hundía más, yo notaba un tirón en el estómago y otro en la polla.
La cajera se acercó a mí por detrás y me apretó el culo por encima del pantalón.
—No te quedes mirando nada más —susurró—. Sácalatela.
Giré hacia ella casi aturdido. Me abrió el cinturón con habilidad y me bajó la cremallera. Mi polla salió dura, tensa, prácticamente dolorida. La cajera sonrió al verla.
—Joder. Esto sí que te está poniendo.
Me la agarró de inmediato y empezó a pajearme con la mano caliente, lenta al principio, mirándome a los ojos. Yo volví la vista hacia Mara justo cuando el camarero le estaba metiendo la polla hasta el fondo de la garganta. Ella soltó una arcada ahogada, retrocedió un segundo con hilos de saliva colgando y volvió a lanzarse encima con más ganas.
—Mírala —dijo la cajera, apretándome más fuerte—. Mira cómo se la traga.
Lo hice. La vi babear, gemir, lamer los huevos, chupar la base, masturbar lo que no le cabía mientras el camarero le follaba la boca. Entonces Mara levantó la vista hacia mí, con la polla ajena entre los labios, y me sonrió. Ese gesto fue peor que cualquier otra cosa. Me estaba mostrando su fantasía cumplida en directo, y quería que yo la disfrutara con ella.
—Ven —ordenó el camarero sin dejar de sujetarla.
Me acerqué. Él me miró apenas un segundo.
—Si te gusta probar lo que ella trae, prueba esto también.
Mara apartó la boca y jadeó. La polla quedó brillante, gruesa, a pocos centímetros de mi cara. Dudé solo un instante. Luego me incliné y pasé la lengua por la punta, saboreando su mezcla de saliva con la de ella. El camarero soltó una risa grave. La cajera me acarició más rápido.
—Eso es —dijo Mara, excitada—. Chúpala.
La humillación, el morbo y el deseo me estallaron al mismo tiempo. La tomé en la boca unos segundos, no tanto como ella, pero lo suficiente para sentir su peso, su dureza y el gusto salado de la piel. Mara me miraba fascinada, como si aquello le encendiera todavía más. Y así era. En cuanto me aparté, volvió a tragársela con avidez, compitiendo conmigo por ella.
El camarero respiraba ya entrecortado.
—Levántate —le dijo a Mara.
Ella se puso en pie y él la giró de espaldas contra la barra. Le subió el vestido del todo y le apartó la tanga a un lado. Yo me acerqué lo bastante para ver su coño abierto, mojado, brillante bajo la luz cálida del local. El camarero le pasó dos dedos por la raja y se rio al notar lo empapada que estaba.
—Te dejé peor de lo que pensaba.
—Fóllame —respondió ella sin dudar—. Delante de él.
No hubo más charla. Él se escupió en la mano, se acomodó detrás y le apoyó la punta en la entrada. Mara se agarró al borde de la barra y giró la cabeza para mirarme justo cuando él se la metió de una embestida seca, profunda, brutal. Ella gritó y el sonido rebotó en las botellas del estante.
—Joder... Joder... —repetía.
El camarero empezó a follársela con un ritmo duro, sostenido, sin ternura. Cada golpe le sacudía las caderas contra la barra. Yo no podía apartar la vista de cómo la polla desaparecía en su coño y volvía a salir cubierta de flujo. La cajera seguía pajeándome al lado, cada vez más rápido, y a ratos me masajeaba los huevos mientras yo gemía sin darme cuenta.
Mara estiró una mano hacia mí.
—Ven, bésame.
Me acerqué por delante y ella me agarró de la nuca para besarme mientras el otro la follaba por detrás. Su boca sabía a semen, a saliva y a deseo desatado. Notaba sus gemidos vibrándome en los labios, y cada embestida del camarero la empujaba contra mi cuerpo. Fue demasiado. Me corrí en la mano de la cajera con un gemido torpe, mirando cómo a Mara la partían en dos a pocos centímetros de mi cara.
La cajera no se apartó. Recogió mi corrida en la palma y me la mostró con una sonrisa insolente antes de limpiarse en una servilleta.
Detrás de mí, Mara estaba perdiendo la cabeza. El camarero le metió una mano por delante, le frotó el clítoris con dos dedos y aceleró aún más. Los golpes de su pelvis sonaban húmedos, secos, insistentes. Ella tembló, se arqueó y se corrió gritando su nombre, el mío y una sarta de palabras sucias mezcladas que ya no distinguí.
Él no paró. Siguió follándola mientras ella se recuperaba a duras penas, sosteniéndola por la cintura para que no se venciera. Luego la sacó de golpe, la giró hacia él y le agarró la mandíbula.
—Abre la boca.
Mara obedeció al instante. Cayó de rodillas otra vez, con el vestido arrugado en la cintura y el coño todavía contrayéndose. Él empezó a pajearse sobre su cara, con respiración rota. Yo la miraba fijo. Ella también me miraba a mí, no a él, mientras esperaba la corrida.
Cuando salió, fue abundante. Le llenó la lengua, los labios y parte de la barbilla. Mara cerró la boca, tragó una parte y luego se puso de pie sin limpiarse del todo. Se acercó a mí despacio.
—Abre.
Lo hice. Ella me besó y me pasó otra vez ese sabor espeso, esta vez más fresco, más directo, más innegable. Tragué con ella mirándome de cerca, comprobando el efecto que tenía en mí. Yo estaba todavía sensible por mi propia corrida, pero noté la polla reaccionar otra vez dentro del pantalón medio abierto.
—Sabía que te gustaría —susurró.
El camarero se recolocó la ropa sin prisa. La cajera volvió detrás de la barra como si nada extraordinario hubiera pasado, aunque seguía observándonos con una sonrisa satisfecha. El silencio de después tuvo algo extraño, denso, casi íntimo.
Yo miré a Mara. Tenía el pelo deshecho, los labios hinchados y una expresión de placer cumplido que no le había visto nunca. No parecía culpable. Tampoco avergonzada. Parecía exactamente lo que estaba: una mujer adulta que había hecho realidad una fantasía y que había querido arrastrarme dentro para compartirla.
—¿Y ahora qué? —pregunté, todavía aturdido.
Ella se acercó a mi oído y sonrió.
—Ahora nos vamos. Y la próxima vez, no solo mirarás.
Salimos del bar pasada la medianoche, con el cuerpo todavía caliente y la cabeza llena de imágenes que no he podido sacarme desde entonces. He tenido sexo más romántico, más limpio, más previsible. Pero pocas veces algo me ha marcado tanto como aquella noche en la que mi ex no esperó mi permiso para cumplir su fantasía delante de mí... y hacerme descubrir que, en el fondo, también era la mía.
¿Vivís en Córdoba o vas de visita? Hay escorts en Nueva Córdoba esperando tu mensaje.