Acepté la invitación de mi vecino al club de jubilados
Don Horacio es mi vecino de toda la vida. Siempre educado, siempre con una palabra amable cuando nos cruzamos en el pasillo o en la vereda. Vive solo desde hace años y pasa casi todas las tardes en el centro de jubilados del barrio, donde se junta con los otros hombres de su edad a jugar a las cartas y a matar el tiempo. Yo lo saludaba y seguía de largo, sin pensar demasiado en él.
Una tarde de esas en las que el calor obliga a sacar a los perros más temprano, se acercó a charlar conmigo en la esquina. Empezó elogiando a mis dos labradores, lo bien cuidados que estaban, lo brillante del pelo. De los perros pasó a mí casi sin que yo lo notara.
—Una chica como vos no debería pasar los sábados encerrada —me dijo, con esa media sonrisa que no terminaba de ser inocente—. Vení una tarde de estas al club, te invito algo.
Acepté sin pensarlo mucho. Me pareció un gesto tierno, la cortesía de un hombre mayor que se aburre. Quedamos para el sábado siguiente, el único día que no trabajo.
Me vestí sin esfuerzo: un jean ajustado y una remera lisa, nada especial. Don Horacio pasó a buscarme con su auto, uno de esos modelos viejos impecablemente cuidados. Apenas arrancamos, empezó con los piropos.
—Estás preciosa hoy. Siempre lo estás, pero hoy más.
Yo sonreía y le agradecía, divertida. Había algo en su manera de mirarme de reojo mientras manejaba, en cómo dejaba caer cada frase, que me fue calentando de a poco. No sé bien qué me pasó. Quizá la sensación de que ese hombre tranquilo escondía otra cosa. Quizá las ganas, que hacía rato no atendía.
El barrio iba quedando atrás, las calles cada vez más tranquilas. Él hablaba de cualquier cosa —del club, de los amigos, de lo aburridas que se ponían las tardes de sábado— pero su voz tenía un fondo distinto, como si cada palabra fuera una invitación que yo todavía no terminaba de aceptar. Crucé las piernas. Él lo notó. Y siguió manejando con esa calma de hombre que sabe esperar.
Sin demasiados preámbulos, me llevé las manos al pecho por encima de la remera y empecé a acariciarme. Lo miré para ver su reacción. Don Horacio tragó saliva y, sin soltar el volante, estiró una mano y me apretó un pecho.
—Sabía que vos eras distinta —murmuró.
***
Le pedí que frenara un momento. Estacionó justo frente al club, pero no bajamos. Nos quedamos un rato adentro del auto, con los vidrios empañándose. Yo le pasé la mano por encima del pantalón y lo sentí endurecerse al instante. Bajé la cremallera mientras él me levantaba la remera y me hundía la cara entre los pechos, mordiéndolos, lamiéndolos con un hambre que no esperaba de un hombre de su edad.
—Hacía mucho que no tenía algo así en la boca —le confesé, mientras lo masturbaba despacio.
Y era verdad. Me agaché sobre su falda y empecé a chuparlo con ganas, sin apuro, disfrutando de cada reacción suya. Don Horacio gemía bajito, apoyaba la mano en mi nuca sin presionar, dejándome a mi ritmo. Estuve un buen rato así, hasta que me interrumpió con una pregunta que cambió toda la tarde.
—¿Te gustaría conocer a algunos compañeros míos?
Levanté la cabeza y lo miré. Este viejo zorro tenía todo planeado desde el principio, pensé. Pero en lugar de molestarme, la idea me prendió fuego por dentro. Quería saber hasta dónde llegaba lo que había armado.
—Sí —dije, y me limpié la boca con el dorso de la mano—. Quiero.
***
Me acomodé la remera, esta vez sin el corpiño, que dejé hecho un bollo en el asiento. Bajamos y entramos al club. Adentro la luz era cálida, había olor a café y a madera vieja, y media docena de hombres repartidos entre las mesas. Para mi sorpresa, casi todos eran conocidos del barrio.
—Hola a todos —saludé, fingiendo una naturalidad que no sentía.
Don Horacio me presentó con una sonrisa de orgullo y agregó algo que me hizo arder las mejillas:
—No saben lo bien que atiende esta nena.
Hubo un silencio breve, y después miradas que entendieron todo. Yo solo asentí con la cabeza, confirmando lo que él insinuaba.
—Epa, mirá quién apareció —dijo uno desde el fondo. Era don Casimiro, el de la panadería de la otra cuadra. También estaba el gasista que me había arreglado el calefón el invierno pasado, dos vecinos más y un par de hombres que no conocía de nada.
Don Horacio me tomó de la mano y me llevó hacia el sector del buffet, una salita más íntima al costado del salón principal. Cerró la puerta. Detrás de nosotros, uno a uno, fueron entrando los demás.
***
Retomamos donde habíamos quedado en el auto. Me hizo arrodillar sobre una alfombra gastada y volví a metérmela en la boca, pero ahora con público. Sentía los ojos de todos sobre mí, el peso de esas miradas, y lejos de incomodarme me ponía más caliente todavía.
Empezaron los comentarios, los codazos, las risas roncas.
—Mirá cómo chupa la pendeja.
—Si te viera tu viejo —soltó el gasista, y los demás se rieron.
—Quién iba a decir que la hija de Ramón era tan fiestera —dijo otro desde atrás.
Las palabras me daban vergüenza y placer al mismo tiempo, una mezcla que no entendía pero que no quería que parara. Me saqué la remera de un tirón y quedé desnuda de la cintura para arriba, arrodillada en el medio de todos ellos.
—Vengan —les dije, con la voz tomada—. Llénenme la boca.
Y eso hicieron. Se acomodaron a mi alrededor formando un semicírculo, y las vergas empezaron a turnarse para entrar en mi boca. Algunas estaban duras como piedra; otras tardaban un poco más, pero yo me encargaba de despertarlas con la lengua y con paciencia. Iba pasando de una a la otra, cerrando los ojos por momentos, perdida en la propia excitación.
El calor del lugar, el olor a hombre, las manos que me acariciaban la espalda y el pelo mientras yo trabajaba con la boca: todo se mezclaba en una sola sensación densa que me nublaba la cabeza. Ya no contaba cuántos eran ni quién era cuál. Me dejaba llevar, abriendo la boca para el que apareciera enfrente.
El único que no lograba ponerse firme era don Casimiro, el panadero. Por más que lo intentaba, no había caso, y los demás no le perdonaron ni una.
—Dale, Casimiro, que se te pasó el horno —se burló el gasista, y la salita estalló en carcajadas.
Yo igual se la chupé como si fuera la última de la tarde, con la misma dedicación. El pobre hombre era el blanco de todas las bromas, así que se me ocurrió algo. Me separé un segundo, lo miré a los ojos y le pedí lo que me daba más morbo.
—Pegame —le dije—. Pegame en las tetas, eso me calienta.
A don Casimiro le brillaron los ojos. Recuperó de golpe el protagonismo que el resto le negaba. Empezó a darme cachetadas en los pechos, suaves al principio, después un poco más fuertes, mientras yo seguía con su miembro fláccido en la boca, sin importarme que no respondiera. El ardor de cada palmada me recorría entera y me arrancaba un gemido ahogado.
***
Uno de los que no conocía lo hizo a un lado con suavidad y se puso a masturbarse delante de mi cara. Apenas unos segundos después largó un chorro espeso que tragué con ganas, sin dejar caer una gota, mientras don Casimiro seguía castigándome el pecho.
A partir de ahí fue una sucesión. Uno tras otro fueron acabando en mi boca, y yo tragaba todo como si me fuera la vida en ello, lamiéndome los labios entre uno y otro. Don Horacio me observaba desde un costado con una sonrisa satisfecha, como el director de orquesta de toda esa locura que había montado solo para verme.
De los ocho hombres que pasaron por esa salita, dos terminaron por segunda vez antes de que yo me diera por satisfecha. Cuando sentí que ya no podía más, me senté en el suelo, agitada, con el cuerpo temblando y una sonrisa que no podía borrar.
Me levanté, fui al baño, me lavé la cara y me acomodé la ropa como pude. Cuando volví al salón principal, todo había recuperado una calma absurda: los hombres jugaban a las cartas como si nada, alguno silbaba bajito. Don Horacio me esperaba en una mesa con el trago que me había prometido al principio. Brindamos en silencio.
—Que esto quede entre nosotros —me dijo, serio de repente—. Sobre todo que no se entere nadie de tu familia.
—Tranquilo —le respondí—. Nadie tiene por qué saberlo.
Terminé el trago despacio, mirando a esos hombres comunes del barrio que un rato antes habían sido otra cosa. Antes de irme, don Horacio me agarró la mano por debajo de la mesa.
—La próxima podemos ser más —dijo, casi como una pregunta.
No le contesté con palabras. Solo le sostuve la mirada y sonreí. Él entendió perfecto. Y la verdad, mientras escribo esto, ya tengo ganas de que se repita.





