La invitación que mandé a mis ocho amantes esa madrugada
La noche anterior empezó como una más en el club swinger al que voy con mis hombres de confianza. Llegué del brazo de Damián, mi marido, con Rodrigo y Mateo siguiéndonos un par de pasos atrás, los tres vestidos como si fuéramos a cenar a un sitio caro. Y en cierto modo lo era: el plato iba a ser yo.
El club terminó pronto para nosotros. Ninguno tenía paciencia esa noche. Nos fuimos los cuatro a la finca que alquilo cuando quiero hacer ruido sin vecinos cerca, y la fiesta siguió ahí, entre las paredes de piedra de una casa vieja que parece pensada para esto.
No voy a fingir pudor. Llevaba horas con ellos encima cuando me di cuenta de que no me alcanzaba. Tres hombres me habían follado de todas las formas posibles y yo seguía con esa corriente en el estómago, ese hueco que no se llena por más que lo intenten. Damián me había metido la polla en el culo mientras Rodrigo me la clavaba en el coño y Mateo me follaba la boca hasta hacerme lagrimear el rímel. Me habían llenado de leche tres veces, dos por dentro y una en la cara, y yo seguía con el coño palpitando, hambrienta, insaciable de una manera que no recordaba desde hacía años.
Damián se quedó dormido boca abajo en la cama grande, con la polla todavía brillante de mis jugos apoyada contra la sábana. Rodrigo roncaba en el sofá del salón, todavía con una mano sobre el pecho como si vigilara algo, y su verga descansaba semi-erecta contra el muslo, como si ni dormido se rindiera del todo. Mateo era el único medio despierto, pero le temblaban los párpados. Los tres estaban acabados. Yo no.
Eran las cuatro de la madrugada. Me senté desnuda al borde de la cama, con el teléfono en la mano y el pulso todavía acelerado, sintiendo cómo el semen de Damián se me escurría entre los muslos y me manchaba la sábana. Me pasé dos dedos por el coño, todavía abierto y resbaladizo, y me los llevé a la boca para chuparlos. Sabía a los tres. Y entendí que tres no iban a ser suficientes para lo que mi cuerpo me estaba pidiendo. Necesitaba refuerzos. Necesitaba un plan.
Tengo una lista. No me da vergüenza decirlo. Una lista de ocho hombres con los que follo desde hace tiempo, elegidos uno por uno con un criterio muy concreto: todos saben lo que hacen y todos tienen la polla bien grande y bien gruesa. No improviso con cualquiera. Abrí el chat de cada uno y escribí el mismo mensaje a los ocho a la vez.
—«¿Están disponibles para partirme en dos todo el fin de semana, sin compasión?» —tecleé, y le di a enviar antes de pensarlo demasiado.
Las respuestas empezaron a entrar casi enseguida. Hombres a las cuatro de la mañana que ven aparecer mi nombre en la pantalla no suelen tardar.
—Sí —contestó el primero.
—Sí —contestó el segundo, y detrás el tercero, y el cuarto, hasta que los ocho estuvieron dentro.
Entonces me tomé mi tiempo. Si iba a montar lo que tenía en la cabeza, había que hacerlo con orden. Improvisar una orgía de un fin de semana entero es la mejor forma de que se convierta en un desastre de gente cansada y rondas a medias. Yo no quería eso. Yo quería un relevo perfecto, una cadena de pollas que no se rompiera nunca, un turno detrás de otro metiéndome verga por delante y por detrás sin dejarme respirar.
***
Les escribí un segundo mensaje, largo, y lo redacté con el cuidado de quien organiza un evento. Porque eso era.
«Son las cuatro de la madrugada y quiero hacer una fiesta con mi cuerpo y con ustedes durante todo el fin de semana. Soy toda suya, coño, culo y boca, para lo que quieran. El plan es el que sigue.»
«Llevo toda la noche follando con tres hombres, así que ya estoy lista, abierta, dilatada y bien lubricada para lo que venga. Tengo el coño todavía chorreando semen y el culo bien usado. Acabo de correrme hace diez minutos con una polla en el ojete y no me ha bastado. Quiero más. Mucho más. Me siento insaciable y no pienso disculparme por eso.»
«Ahora mismo voy a despertar a los tres que tengo aquí para que me sigan dando verga. Pero ellos van a caer rendidos en algún momento, y para entonces los quiero a ustedes frescos, descansados y con las pelotas llenas. Por eso van a venir por turnos.»
Detallé los grupos uno por uno. Ocho hombres divididos en cuatro parejas, cada pareja con una hora de entrada distinta, pensada para que siempre hubiera alguien recién llegado, con la polla dura y la energía intacta, justo cuando los anteriores empezaran a aflojar.
«Grupo uno: ocho de la mañana.»
«Grupo dos: once de la mañana.»
«Grupo tres: cuatro de la tarde.»
«Grupo cuatro: nueve de la noche.»
«Vengan habiendo dormido. Vengan habiendo comido. No quiero héroes agotados, quiero hombres que aguanten y que me follen hasta que no pueda ni caminar. Los espero dentro de mí, literalmente. La idea es simple: me hacen lo que les salga de los huevos, cuando quieran. Cójanme donde quieran, cómo quieran, y llénenme de leche todas las veces que puedan. No hay restricciones. No hay límites. Lo único prohibido es dejarme con ganas.»
Releí esa última línea y me gustó cómo sonaba. La dejé tal cual.
«Ahora mismo estoy con tres. A medida que vayan llegando se van uniendo, y harán conmigo lo que les apetezca, juntos o por separado. ¿Por qué no los dos a la vez, uno en el coño y otro en el culo? Cuantas más pollas, mejor. Para eso los he escalonado: para que el que llegue venga con las pelotas cargadas a relevar al que ya se haya vaciado.»
***
Pasé al inventario, porque sé que a ellos les pone tanto como a mí saber lo que les espera. La finca llevaba días preparada para algo así, aunque ni yo sabía que sería tan pronto.
«Hay ataduras y cuerdas por toda la casa, repartidas en cada habitación. Hay cuerdas colgando del techo de la sala, ancladas a las vigas, por si alguno quiere levantarme del suelo y usarme como un columpio para follarme colgando. Hay lubricante de sobra, una caja entera, porque van a hacer falta litros para todo lo que quiero que me metan por el culo. Hay una máquina folladora con un consolador grueso, para que se descansen el brazo mientras yo no descanso el coño. Hay plugs anales de todos los tamaños, vibradores, un gancho de metal que ya saben dónde va. Tienen con qué entretenerse y con qué entretenerme.»
«En la entrada dejé bebidas energéticas. Cada uno toma una antes de cruzar la puerta. No quiero a nadie a media máquina, quiero pollas duras como piedras desde el minuto uno.»
«Y a partir de las nueve de la noche, si las cuentas no me fallan, vamos a ser once hombres para esta puta. Once pollas para un solo coño, un solo culo y una sola boca. Espero que no me dejen sola ni un minuto. Quiero todo el fin de semana sin pausas, sin descanso, con verga dentro y leche cayéndome por todos lados.»
Me detuve un momento. El corazón me iba rápido, no de nervios, sino de pura anticipación. Me metí la mano entre las piernas mientras releía y sentí que ya estaba chorreando otra vez, con el coño empapado solo de imaginarlo. Estaba escribiendo en voz alta lo que llevaba meses masturbándome en silencio, y por una vez no había nadie que me dijera que era demasiado.
Porque nunca es demasiado.
«Quiero, a cualquier hora del día o de la noche, tener algo dentro. Una polla, un consolador, unos dedos, un puño, lo que sea. No me importa qué. No me importa quién. Solo que no se me cierre nunca. ¿Se atreven a probar hasta dónde llego?»
***
Y entonces les lancé el desafío, que era la parte que más me costaba esperar a mandar.
«Les propongo un reto. Durante todo el fin de semana, a cualquier hora, tiene que haber algo dentro de mi coño o de mi culo. Las reglas son dos. Una: no puede pasar más de cuarenta minutos sin que reciba una doble penetración, una polla en el coño y otra en el culo a la vez. Dos: no puede pasar más de treinta minutos sin que alguien me la meta por el ojete hasta las pelotas, en serio, hasta el fondo. Eso significa que, como mínimo, tienen que follarme dos veces por hora. ¿Se animan? ¿Comprobamos juntos si soy capaz de aguantarlo, o si son ustedes los que se corren y se rinden antes?»
Escribí la fecha y la hora como si firmara un contrato.
«Inicio: hoy, nueve de la mañana.»
«Fin: mañana, medianoche.»
«Yo me voy ahora a despertar a mis tres hombres para que me sigan follando hasta que lleguen ustedes. No tarden.»
Le di a enviar y bloqueé la pantalla. Por un segundo el silencio de la finca se hizo enorme. Solo se oía la respiración pesada de Rodrigo en el salón y, fuera, los primeros pájaros confundiendo la madrugada con el amanecer.
Luego el teléfono empezó a vibrar. Una vez. Dos. Cinco. Los ocho confirmando, uno detrás de otro, algunos con una sola palabra, otros con frases que me hicieron apretar los muslos sin darme cuenta. «Voy a partirte en dos, guarra.» «Prepara ese culo, que te lo voy a dejar abierto todo el fin de semana.» «Llevo la polla dura desde que leí tu mensaje.»
Dejé el teléfono cargando en la mesilla. No iba a necesitarlo en un buen rato.
***
Me levanté de la cama y caminé descalza por el pasillo de piedra fría, sintiendo cómo el semen de Damián seguía escurriéndoseme muslo abajo. La casa olía a la noche que acabábamos de tener, a sudor, a coño usado y a semen seco. Me asomé al salón. Rodrigo seguía dormido, con esa cara de hombre satisfecho que pone después de correrse dentro, y me dieron ganas de no dejarlo descansar ni un minuto más.
Me arrodillé a su lado en el sofá. Le pasé la mano por el pecho, despacio, bajé por el abdomen y le agarré la polla con la mano cerrada. La sentí crecer en mi puño antes incluso de que abriera los ojos. Le di un par de pajas lentas y me agaché a metérmela en la boca, chupándosela desde la base hasta la punta, saboreando los restos secos de mi propio coño en su verga. Se le escapó un gemido antes de despertarse del todo. Abrió un ojo y me miró sin entender del todo qué hora era ni qué quería.
—Es muy temprano —murmuró con la voz ronca, mientras su polla se ponía dura como un mástil dentro de mi boca.
—Lo sé —le dije, soltándosela con un ruido húmedo—. Por eso vengo a despertarte. Esto recién empieza.
Le seguí mamando la verga sin dejar de mirarlo a los ojos, hundiéndomela hasta la garganta hasta que se me saltaron las lágrimas. Cuando la tuvo tan dura que le palpitaba, me subí encima de él antes de que terminara de despertar. Me clavé la polla en el coño de una sola sentada, hasta que sus pelotas me golpearon el culo, y solté un gemido largo que le hizo abrir los dos ojos de golpe. Sentí cómo reaccionaba a pesar del cansancio, cómo el cuerpo le respondía aunque la cabeza le pidiera otra hora de sueño. Me gusta ese momento, el de convencer a un hombre acabado de que todavía le queda una corrida más. Y otra. Y otra.
—Faltan menos de cuatro horas para que llegue el primer grupo —le susurré al oído mientras me movía despacio, cabalgándolo con el coño apretado—. Tenemos que aprovechar el tiempo. Fóllame fuerte. Después vas a tener relevo.
Rodrigo entendió en ese momento que lo de la noche no había terminado, que apenas era el primer acto. Sus manos me agarraron las caderas con una fuerza nueva, la del hombre que decide despertarse del todo, y empezó a embestirme desde abajo, clavándome la polla hasta el fondo con cada golpe. Yo me mordía el labio y le apretaba el coño rítmicamente para exprimirle hasta la última gota de leche. Mateo se removió en la otra punta del sofá, atraído por el ruido húmedo de mi coño chorreando sobre la verga de Rodrigo como una polilla a la luz.
—Ven —le dije sin dejar de moverme, girando la cabeza hacia él—. Tú también. No pienses que vas a dormir. Sácala.
Mateo se acercó arrastrando una manta, con los ojos pesados y la polla ya medio dura asomando entre los pliegues, con una sonrisa que decía que sabía perfectamente en qué se estaba metiendo. Se la agarré en cuanto estuvo a mi alcance y me la metí en la boca sin dejar de cabalgar a Rodrigo. Se la chupé con hambre, cerrando los labios alrededor del glande, saboreando la sal de su piel, hasta que le sentí latir la verga contra la lengua. Damián, en el cuarto, seguía rendido, pero ya lo despertaría con la boca llena del semen de estos dos. Tenía toda la mañana para hacerlo, y luego llegaría el grupo de las ocho, y el de las once, y el de la tarde, y el de la noche.
Cerré los ojos y me dejé follar por delante y por la boca a la vez, sintiendo las dos vergas moverse dentro de mí al mismo ritmo. La primera de muchas. El reto ya había empezado y el cronómetro corría. Treinta minutos. Cuarenta minutos. Dos por hora, mínimo. Pensé en los once hombres que pasarían por esa casa antes de la medianoche del día siguiente, en las cuerdas del techo esperándome para colgarme abierta de piernas, en la máquina folladora que esperaba en el rincón con su consolador grueso apuntando al techo, y supe que esta vez sí, quizás, terminaría agotada, con los agujeros ardiendo y el coño rebosando semen ajeno.
Quizás. Pero todavía no.
Continuará…





